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Mi Novio Es Imbecil, Asi Que Me Folle Al Vecino

Writing anything and Everything. · 2025-09-04 14:27 · 5 claps · 13.2 min read paywalled
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Mi Novio Es Imbecil, Asi Que Me Folle Al Vecino

«Cariño, ¿puedes pausar un segundo?» Me apoyé en el marco de la puerta, con la cadera un poco ladeada, el fino tejido de mi camiseta de tirantes subiéndose cuando me moví. Samuel ni siquiera miró. Tenía los hombros echados hacia delante, el mando de la play apretado en las manos, la cara brillando por la luz de la tele. —No puedo. Ranked —dijo sin más.

Por supuesto, pongo los ojos en blanco. Ranked, siempre había algo más importante que yo.

Dejé que el silencio se alargara y luego crucé la habitación despacio, doblándome por la cintura para coger un cojín del suelo. Mi culo le quedaba justo a la altura de los ojos, a escasos dos metros. Me detuve, alargando el gesto un poco más de lo necesario. Nada. Ni un destello de atención.

Me incorporé y abracé el cojín contra el pecho. El pulso me martilleaba de irritación. Podría estar desnuda y probablemente me pediría que me apartara porque le tapo la pantalla.

—¿Quieres salir esta noche? —probé otra vez, más ligera, fingiendo que me daba igual—. A cenar por ahí. O…

—Pide una pizza —murmuró, echándose hacia delante como si eso fuera lo único que importara en el universo—. Me da igual.

Se me encogió el pecho. Ni siquiera se digno en mirarme. Claro que le da igual…

Esa noche en la cama, deslicé mi pierna contra la suya bajo las sábanas. Su piel estaba caliente, su cuerpo ahí mismo. Pero no se movió, ni siquiera me reacciono. La luz de su móvil le iluminaba la cara con un azul frío. Le veía el pulgar haciendo scroll. A veces se le movía la boca, la más leve sonrisita.

“¿Porno? ¿Modelos de Insta? Seguro que se escaquea al baño a hacerse una paja mientras yo duermo…” Pienso, está tumbado aquí con una novia a la que no se ha follado en meses, y prefiere correrse con desconocidas en una pantalla.

Me acerqué un poco más, pegando el pecho a su brazo, los labios rozándole el hombro. —Sam… —susurré, vertiendo toda mi necesidad en esa única palabra.

—Ahora no. —Su tono fue plano, casi molesto, como si le hubiera pedido que sacara la basura.

Me quedé rígida. El calor del pecho se me derrumbó en un pozo frío. No se giró, no me tocó. Siguió con el movil.

Me puse boca arriba y me quedé mirando el techo. El cuerpo me zumbaba de frustración, los pensamientos retumbaban en el silencio de nuestro dormitorio muerto. Ahora no; nunca, al parecer.

Y entonces mi mente hizo lo que parecía hacer siempre últimamente. Bajó las escaleras, hacia David.

David con los tatuajes grabados en los brazos, un chaval siempre sentado fuera con un cigarro colgando de los dedos, el malote de manual… la cabeza lo bastante echada hacia atrás como para parecer perezoso, pero esos ojos afilados, clavados en mí cada vez que pasaba, desnudandome en su mente.

Recordaba el momento exacto, la punzada de aquello, cuando me lanzó un piropo con Samuel justo ahí.

—Joder, tía —llamó David, la voz baja y áspera, arrastrándose por mi piel como una mano—. Ese culo está pidiendo unos azotes.

Se me encendieron las mejillas, la vergüenza me pinchó la piel, pero por debajo latió algo más oscuro, algo que no quería admitir. Miré a Samuel, esperando… algo. Rabia, una palabra, una mirada, un cambio en su cuerpo, lo que fuera, pero no. Ni pestañeó. Simplemente se quedó ahí, mirando su móvil como siempre, como si David no hubiese dicho nada.

David me sonrió ladeado, soltó el humo despacio, y sentí el peso de sus ojos sobre mí hasta subir las escaleras. La vergüenza se me quedó pegada, pero también el calor. Y la pregunta: ¿por qué me siento más vista por el vecino gilipollas que por mi propio novio?

Incluso ahora, tumbada junto al silencio de Samuel, sentí aquella escena arrastrarse otra vez por mi piel. La humillación de ser invisible para el hombre con el que vivo y el sucio cosquilleo de ser desnudada por el de abajo.

A veces, en la oscuridad, imaginaba qué pasaría si simplemente cediera. Si dejara que David me empotrara contra la pared, dejandole meter su mano en mis bragas, delante de Samuel. ¿Él por fin espabilaría? ¿Por fin lucharía por mí? ¿O seguiría en su movil, demasiado ocupado, demasiado indiferente, demasiado… ido?

El pensamiento me hizo un nudo en el estómago y me apretó los muslos bajo las sábanas. Rabia, vergüenza, curiosidad, calentón… Todo enredado, todo vivo de una forma en que este dormitorio que no veia acción en mucho tiempo.

A la mañana siguiente, salí de la ducha con el pelo húmedo pegado a los hombros. Samuel estaba exactamente donde siempre, plantado en el sofá, mando en mano, casco con micro puesto. Su voz cruzaba la habitación.

—Bro, por la izquierda, por la izquierda, ¡joder! ¡Cúbreme!

Me ajusté la toalla y me quedé cerca de la encimera de la cocina, esperando alguna palabra de el. Solo me vio cuando su partida terminó.

—Eh —dijo rápido, con los ojos aún en la pantalla de carga—. ¿Puedes hacer la compra hoy?

Abrí la nevera. Vacia, salvo unos huevos y unos tuppers con salsa reseca por los bordes. —Sí, necesitamos cosas —admití.

—Guay. Ah, y cómprame Doritos, los naranjas. Y bebidas energéticas, el Monster verde, no el blanco. Y, eh, espera. —Se recolocó el casco, cogiendo el móvil—. Te mando una lista.

Miré el fregadero lleno de platos sucios suyos. —Sam, no puedo cargar con muchísimo, ya sabes que el ascensor sigue roto.

—Te apañarás —dijo, ya de nuevo concentrado en la pantalla—. Tómatelo con calma. Ah, no te olvides de las pizzas congeladas, las de masa gruesa. Siempre coges las que no son.

Se me tensó la mandíbula. Como si fuera su repartidora, no su novia.

Quise discutir, decirle que no, pedirle que viniera conmigo por una vez. Pero ya se había puesto el casco otra vez, riéndose de algo que dijo su amigo. La conversación había terminado, me gustara o no.

Me vestí con unos shorts vaqueros y una camiseta de tirantes, me até el pelo en una coleta rápida y cogí una bolsa de tela. Cuando llegó el mensaje, repasé la lista: patatas, refrescos, cerveza, pizzas congeladas, chucherías, dos cajas de ramen, además de la compra normal que los adultos ( solo yo, en esta casa) comen. Genial, se me van a caer los brazos.

La tienda estaba a reventar, el calor de fuera era asfixiante. Cuando terminé de pagar, la bolsa me cortaba el hombro, más pesada de lo que podía con ella. La palma me ardía por el plástico clavado en la piel. Maldije a Samuel por lo bajo durante todo el camino de vuelta.

Cuando llegué al bloque de apartamentos, lo vi. Por supuesto. David estaba sentado en el murete bajo de la entrada, cigarro entre los dedos, un brazo descansando con desgana sobre la rodilla. Sus ojos se alzaron en cuanto aparecí, y sentí cómo viajaban, devorandome con la mirada.

Intenté ignorarlo, rebuscando torpe las llaves. Pero cuando metí la mano en el bolso, se me cayó el alma a los pies, mierda! Me las había dejado arriba.

La bolsa me cortó más hondo el brazo mientras sacaba el móvil. Samuel contestó al tercer tono, con los sonidos de disparos y gritos reventándome el oído por el altavoz.

—Sam, necesito que bajes a abrirme —dije, intentando mantener la voz estable—. Me he dejado las llaves y la bolsa pesa muchísimo.

—¿En serio ahora? —Su voz salió afilada, molesta—. Estoy en mitad de una partida, Sophie. Dios, ¿por qué estas siempre jodiendo?

Me ardió el pecho. —Solo te necesito dos minutos. Por favor. El ascensor está roto, no puedo…

—Vete a la mierda, dejame en paz—soltó, y colgó.

Me quedé allí plantada, con el móvil muerto en la mano y el peso de la bolsa cortándome los dedos. Y todo el rato, sentía la mirada de David sobre mí.

Se puso en pie, tiro el cigarrillo y se acercó, con una sonrisilla en los labios. —Tu novio no se merece ese culo tan perfecto —dijo en voz baja y segura, como quien enuncia un hecho.

Las palabras me golpearon como una bofetada y una caricia a la vez. La piel me hormigueó de calor bajo la ropa, parte vergüenza, parte algo más oscuro.

David pasó el brazo por delante de mí, metió su llave y empujó la puerta, abriéndola con facilidad. —Anda —dijo, con los ojos arrastrándose por mí—. Déjame ayudarte.

El corazón me latía a golpes. Los dedos se me cerraron con fuerza alrededor de la bolsa pesada. Y por primera vez en semanas, me sentí vista.

La puerta se cerró detrás de nosotros con un eco hueco; la escalera estaba tenue y olía a polvo. El brazo me palpitaba por el peso de la bolsa hasta que David me la quitó de la mano como si nada.

—Joder, tía —dijo, echando un vistazo dentro—. ¿Estás abasteciendo a un ejército?

—Al parecer —murmuré, apartándome un mechón de la cara. Tenía las mejillas más calientes de lo normal.

Sonrió, recolocando la bolsa contra la cadera mientras empezábamos a subir. —Apuesto a que todo es mierda para él, ¿eh? Pizza, patatas, chucherías. No tiene pinta de saber lo que es una verdura.

Apreté una sonrisilla a mi pesar. —No te equivocas.

Subimos despacio los peldaños, la bolsa crujiendo a cada cambio de peso. Se le marcaban los músculos del brazo, los tatuajes moviéndose con cada paso. Su presencia se sentía… grande. Más grande de lo que jamás se siente Samuel.

David me lanzó una mirada de lado, los ojos recorriéndome descaradamente. —Sabes, Sophie, tengo una pregunta seria.

Se me saltó un latido. —¿Qué?

Bajó la voz, juguetona pero afilada. —¿Cómo es que puedo oír al matrimonio de viejos del primero follar como conejos a través de estas paredes de papel… —se inclinó un poco más, los ojos brillando— …pero jamás he oído ni un solo ruido de vosotros dos?

El calor me subió a la cara y luego más abajo, hondo en el vientre. Se me apretó la garganta. —Eso… no es asunto tuyo —alcancé a decir, aunque me faltó mordiente.

David soltó una risita, cálida y chula. —Oh, es asunto mío cuando vives justo encima y oigo a todos los demás vecinos. A un hombre le entra curiosidad, ¿sabes?

Dios… lo sabe. Sabe que Samuel no me toca. Sabe que he estado despierta, frustrada, escuchando cómo todos los demás tienen lo que a mi me niegan.

Llegamos al rellano y me di cuenta de que estaba conteniendo la respiración. David cambió la bolsa de brazo, y con la mano libre rozó la pared, muy cerca de donde pasaba mi cadera. Sin tocarme todavía, pero lo bastante cerca como para que se me erizara la piel.

—Te mereces algo mejor que silencio —murmuró, con los ojos clavados en los míos—. Una chica como tú debería estar haciendo el tipo de ruido que mantiene a los vecinos despiertos y con envidia.

El pulso me resonaba en los oídos. Todo en mí gritaba que siguiera andando, que mantuviera la línea. Pero bajo la vergüenza, bajo la rabia a Samuel, hubo una oleada de calor entre los muslos que no sentía desde hacía meses.

Y lo peor es que… se que David tiene razón.

Seguimos subiendo, el eco de nuestros pasos rebotando en las paredes. Mi corazón sonaba demasiado fuerte, estaba segura de que David podia oírlo.

—Estás sonrojada —dijo de pronto, con diversión en la voz.

Me llevé una mano a la mejilla. —Hace calor —murmuré.

—Mm —arrasó—. Claro.

La bolsa crujió cuando la recolocó, liberando su otra mano. Por un momento me rozó la zona baja de la espalda al girar la esquina del tramo de escaleras. Ligero, casual, pero intencionado.

Me puse tensa. —David…

—¿Qué? —Su tono fue pura inocencia, pero la sonrisa de medio lado lo delataba.

Tragué saliva, el pulso acelerándose. —Y sabes qué.

Se inclinó más, el hombro rozando el mío, el aliento caliente en mi oreja. —Sé que tu novio no te da lo que mereces, Soph. No tienes que decirlo. Se te nota cada vez que pasas delante de mí.

Se me oprimió el pecho. —No sabes…

—Sí sé. —Sus dedos rozaron otra vez la parte baja de mi espalda, esta vez quedándose un poco más—. Si esas paredes no fueran tan finas, pensaría que solo sois compañeros de piso. Tu sabes que se oye a todos… excepto a vosotros…

Las palabras me golpearon, la vergüenza mezclándose con un subidón peligroso, y el lo sabia.

Llegamos al siguiente rellano y me di la vuelta con intención de coger la bolsa y seguir sola a mi piso, poniendo algo de espacio. Pero en su lugar, su brazo me rozó, pesado, cálido; los tatuajes oscuros contra la palidez de mi piel.

—¿Alguna vez lo piensas? —preguntó en voz baja, con los ojos fijos en los míos—. Hacer que todo el edificio te oiga. Hacer que yo te oiga.

Se me cortó la respiración. El aire entre nosotros se volvió denso, pesado. Su cuerpo no me tocaba del todo, pero estaba lo bastante cerca como para sentir su calor.

Susurré antes de poder detenerme: —A veces.

Su sonrisa se ensanchó. —Eso pensaba.

Y cuando su mano se movió justo por encima de la curva de mi cadera, no me aparté. Para cuando llegamos a la planta del piso de David, tenía el pecho apretadome por los nervios. Su hombro volvió a rozar el mío, y no me aparté. Su mano quedó suspendida cerca de mi cadera mientras recolocaba la bolsa con la otra, tan casual pero tan cerca que podía sentir su calor; tan cerca, tan cálido…

Me detuve frente a su puerta, mirando la madera raspada como si pudiera tragarme entera. ¿Qué estoy haciendo? El pulso me retumbaba en las orejas. Esto es una locura. No puedo simplemente…

David apoyó la bolsa en la pared y se plantó frente a mí demasiado cerca. Le flexionaron los tatuajes al pasarse la mano por la mandíbula, con esa sonrisa chula tirándole de los labios como si ya supiera la respuesta.

—Relájate —murmuró—. Tienes pinta de querer salir corriendo.

Tragué saliva. Mi cabeza gritaba que subiera el último tramo de escaleras y me deslizara de vuelta al infierno silencioso de mi apartamento. A la indiferenciade Samuel, al ruido de su videojuego, y a su silencio conmigo.

Pero mi cuerpo… mi cuerpo se inclinaba. La piel me zumbaba donde su mano me había rozado. Los muslos se me apretaron sin querer, ansiando sentirme deseada otra vez. Dios, me muero por esto, por cualquier cosa que se sienta real.

Y entonces lo oi… La voz de Samuel desde el piso de arriba, amortiguada pero lo bastante alta como para retumbar por la escalera.

—¡PUTOS CAMPERS! ¡Equipo de retrasados de miedar!

Me quedé rígida, el calor subiéndose a la cara. David alzó las cejas y luego soltó una risa oscura. —Parece que está ocupado.

El sonido se me retorció dentro… parte humillación, parte furia. ¿Para eso gasta su pasión? ¿Para un puto juego? ¿Puede gritar así por desconocidos online, y a mi no me da ni un beso de buenas noches?

Miré a David entonces, lo miré de verdad. La sonrisa, los tatuajes, el calor que emanaba. El hombre que me veía, que oía el silencio que Samuel me daba.

Algo dentro de mí se quebró.

Solté el aire temblando. —Abre tu puerta.

La sonrisa de David se ensanchó. No dudó. La llave giró, la puerta se abrió, y con un tirón ligero de mi muñeca, me metió dentro.

La puerta se cerró tras nosotros con un clic, y antes de que pudiera respirar, la boca de David chocó contra la mía. Su mano me sujetó la nuca, fuerte, exigente, mientras la otra me atrapaba la cadera contra la pared.

Un gemido se me escapó de la garganta, meses de silencio rotos en un solo sonido. Su lengua se abrió paso, con sabor a humo y calor, y yo me aferré a su camiseta, los dedos crispados en la tela como si pudiera ahogarme sin él.

—Joder, Sophie —gruñó contra mis labios—. si que tenias ganas.

No le contesté. No podía. Mis manos ya tiraban del dobladillo de su camiseta, desesperadas por sentir piel. Él se la arrancó de un tirón, los tatuajes tensándose con cada músculo que se movía.

Mi top siguió el mismo camino, sus manos lo subieron tan rápido que las costuras crujieron. El sujetador cayó enseguida, abierto antes de que me diera cuenta. Su boca atrapó mi pezon, chupando con fuerza, arrancándome un jadeo mientras mis uñas se clavaban en sus hombros.

Tropezamos hacia el dormitorio devorándonos mutuamente. Sus manos se colaron bajo mis shorts, apretando mi culo con un gemido ronco.

—Dios, quise este culo desde la primera vez que pasaste delante mio —murmuró, los dientes rozándome el cuello.

Debería haber sentido vergüenza, pero lo único que sentía era calor, un pulso húmedo entre mis muslos, un latido que se mezclaba con el de mi corazón. Él me desea. De verdad me desea.

Para cuando alcanzamos la cama, éramos un desastre de ropa y carne. Mis shorts cayeron, mis bragas fueron apartadas de un tirón brusco. Me empujó contra el colchón, de pie un segundo frente a mí, mirándome desde arriba con esa expresión hambrienta y segura.

—Joder, estás chorreando —gruñó, bajándose los vaqueros lo justo para liberarse. Su polla rebotó contra su vientre, gruesa y dura, y todo mi cuerpo se contrajo al verla.

—Por favor —sollocé, abriendo las piernas sin pensarlo, la voz temblando de necesidad—. Dios, David, lo necesito…

No me dejó terminar. Hundió si miembro en mí de una embestida, tan honda que grité, el sonido desgarrándome el pecho y rebotando contra las paredes finas.

—Eso es —gruñó, arremetiendo otra vez, más fuerte—. Ese es el ruido que estaba esperando.

El cabecero golpeaba contra la pared, mis uñas arañaban su espalda, mi voz se rompía en jadeos y gemidos que no podía contener. Cada embestida era cruda, castigadora, meses de abandono desapareciendo con su calor.

—Dilo —exigió, su mano apretándome la mandíbula, obligándome a mirarle—. Dime que el no te folla como yo.

—No lo hace —solté entrecortada, mis piernas apretándose contra él—. Nunca… joder… nunca me toca.

Su polla se hundió más, más duro, su boca en mi oído.

—Bien. Entonces voy a follarte tan fuerte que el escuchara lo que se pierde.

Y lo hizo. Grité, gemí… mi voz llenando el apartamento, subiendo a la planta de arriba. Ese sonido que Samuel nunca obtuvo de mí, David me lo arrancaba con cada embestida brutal…

Me aferré a sus hombros, las uñas hundidas en su piel mientras me golpeaba una y otra vez, fuego atravesando mis nervios. Su boca aplastó la mía, los dientes rozándome el labio, la lengua invadiendo, mientras una mano me tiraba del pelo y la otra me mantenía inmóvil.

—Dios, qué bien se siente tu coño —gruñó, las caderas estrellándose contra las mías—. Tan jodidamente mojado, solo para mí.

Me arqueé, arañando su pecho, mordiéndole el hombro con necesidad desesperada. Cada movimiento era salvaje, urgente, como si intentáramos borrar meses de frustración en una sola locura ardiente. Jadeaba, mis muslos se cerraban con fuerza contra él, arrastrándolo más adentro.

Él siseó, deslizando una mano entre nosotros para apretarme el clítoris mientras me follaba sin compasión. Gemí alto, rota, la voz cruda, incontrolable, rebotando por el cuarto.

—Joder… por favor… fóllame más fuerte…

Y lo hizo. Sus embestidas se volvieron implacables, cada una llevándome al borde, dejándome sin aliento y temblando bajo él. Mis uñas rasgaron su pecho, mis dientes mordieron su hombro, sus gruñidos se mezclaban con los míos, llenando el aire de calor y hambre.

—Di mi nombre —ordenó, el rostro retorcido de necesidad, su polla castigándome sin descanso.

—¡D-David! —grité, arqueándome, pegada a él, cada nervio encendido—. Más fuerte… por favor… no pares…

Él gruñó, bajo y feroz, mordiéndome el cuello, los dientes arrastrándose por mi piel mientras me devoraba a embestidas. Sentía mi cuerpo romperse, cada golpe encendía chispas que estallaban en mi centro. Mis manos se enredaron en su pelo, tirando de él más cerca, y él respondió con la misma brutalidad, las caderas martilleando, su pecho aplastando el mío, sujetándome como prisionera de ese frenesí voraz.

Grité una y otra vez, dejándole arañazos, los dientes arañando, mi cuerpo temblando contra el suyo, hasta que todo control se deshizo. Él gruñó, profundo, gutural, y con una última embestida, se dejó ir, arrastrándome con él al climax hacia un mundo de placer crudo y desesperado que no habias saboreado en much tiempo.

Caímos juntos, jadeando, empapados de sudor, los cuerpos enredados, los corazones desbocados. Mi pecho subía y bajaba, la cabeza me daba vueltas, y lo entendí: meses de ser invisible, indeseada, ignorada, se habían borrado en esta locura ardiente y temeraria.

Y David… David sí me veía, me deseaba, me necesitaba…


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