Capítulo 8: La Primavera de las Cátedras. Primera Parte.
La Semana Santa de 2024 me llevó a visitar la bonita ciudad de Valencia.
Capítulo 8: La Primavera de las Cátedras. Primera Parte.

La Semana Santa de 2024 me llevó a visitar la bonita ciudad de Valencia.
Entre turistas, sol y buena compañía descubrí las maravillas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias y el Oceanografic. Aquellas construcciones parecían imposibles, obras que solo podían surgir del talento y la imaginación de personas extraordinarias.
Durante unos días conseguí olvidarme de todo. Aquel pequeño respiro me permitió recordar que existía algo más allá del trabajo, de la incertidumbre y de las preocupaciones que llevaban meses acompañándome. Sin embargo, la tregua duró poco.
A la vuelta, mi estómago dijo basta. Basta al estrés, a la intriga permanente y a las preguntas sin respuesta. Mientras intentaba recuperarme, seguía preparando el temario para las clases y tratando de comprender qué ocurriría con la otra profesora sustituta del departamento.
La tarde anterior a las vacaciones había hablado con ella. Me confesó que no sabía cuándo se haría efectivo su despido o cuál sería exactamente el trámite que le impediría continuar impartiendo docencia.
La situación me preocupaba, especialmente por los estudiantes, que podían encontrarse sin profesora al regresar de las vacaciones.
Le pedí que informara al jefe de departamento, pero no lo hizo.
Alarmada, fui yo misma a hablar con él. Su respuesta fue tan ambigua como desconcertante.
Me aseguró que no podíamos hacer nada y que confiaba en que, entre él y yo, de alguna manera, la situación acabaría resolviéndose.
Aquellas palabras no me tranquilizaron en absoluto. Más bien tuve la sensación de que no quería asumir una decisión incómoda.
Tras las maravillosas fiestas de primavera de mi querida Murcia, cuando por fin mi delicado estómago había conseguido recuperarse, las clases regresaron. Y también el misterio.
La profesora sustituta reapareció en el aula, aunque las dudas continuaban. Nadie parecía dispuesto a explicar qué había sucedido realmente.
Durante semanas había escuchado versiones contradictorias, rumores y medias respuestas, pero aquella mañana todo continuó como si nada hubiera pasado.
Mientras tanto, mis dos directoras estaban completamente absorbidas por la preparación de sus respectivas cátedras.
Sus defensas tendrían lugar con apenas unos días de diferencia y, según ellas, los nervios les impedían dedicar tiempo a cualquier otra cuestión, sobre todo a mi tesis.
Recuerdo especialmente una conversación de aquellos días.
Una de ellas se encontraba ultimando los preparativos de su defensa y había pedido ayuda a otra profesora del departamento, antigua doctoranda suya, para preparar las diapositivas de la presentación.
Yo todavía la admiraba profundamente.
Con cierta timidez y el miedo que me imponía, le pregunté si podía asistir a la defensa. Me hacía mucha ilusión verla culminar un objetivo tan importante.
— A mí me da igual.
La respuesta me sorprendió, aunque decidí no darle importancia.
Pensé que simplemente estaba nerviosa. Al fin y al cabo, no todos gestionan la presión de la misma manera.
Aun así, acudí al acto.
Recuerdo llegar junto a mis compañeras de departamento. Estaban las de matemáticas y algunas profesoras de estadística que habían sido también alumnas de doctorado de ellas hasta pocos meses atrás.
Luego, algo mas tarde, apareció mi compañero de despacho del doctorado y me hizo un comentario extraño.
Me dijo que allí nadie llegaba a dar clase sin tener algún padrino y que mi caso era una rareza.
No entendí muy bien qué quería decir. Pensé que aquel desagradable comentario se debía a que yo daba clase allí y él no, por lo que supuse que era una simple torpeza por su parte.
Mi tutora también me comentó entonces que, ya que había entregado el temario a la otra sustituta, yo también podía utilizarlo si quería.
Le agradecí el ofrecimiento, aunque no pude evitar cierta perplejidad. El cuatrimestre llevaba meses en marcha y yo ya había elaborado mi propio material.
— Ahora ya tengo el mío — le respondí.
Aquellas ofertas llegaban ya demasiado tarde.
Poco después comenzó el acto.
El presidente del tribunal, que además era jefe del departamento, dedicó unas palabras de elogio a la futura catedrática. Habló de ética. Habló de profesionalidad. Habló de excelencia académica.
Yo escuchaba emocionada.
Sola.
Sentada en una fila de sillas vacías, sin nadie a mi lado. Ni siquiera mi tutora, ni mi compañero.
Incluso llegué a contener las lágrimas mientras la veía defender un trabajo que yo creía que representaba tantos años de esfuerzo.
Recuerdo que mi jefe me observaba desde la mesa del tribunal con una expresión que entonces no supe interpretar.
No observaba a la candidata.
No observaba al tribunal.
Me observaba a mí fijamente.
En aquel momento no le di importancia.
Cuando terminó la defensa me acerqué a felicitar a mi directora.
Sonrió.
Y entonces dijo algo que, en aquel momento, me pareció una frase sin importancia.
— En cuanto termine la defensa de la otra cátedra, nos pondremos con tu tesis. Que llevas dos años ya.
La miré sorprendida.
— Llevo cinco años — respondí.
Hubo unos segundos de silencio.
Esperé una explicación. Una disculpa. Alguna muestra de interés.
No llegó ninguna.
Aquella conversación duró apenas unos segundos, pero hoy la recuerdo como un punto de inflexión.
En aquel momento no le di importancia.
Pensé que estaba nerviosa. Pensé que todo seguiría su curso habitual. Pensé que, una vez terminadas las cátedras, por fin tendríamos tiempo para hablar de mi tesis, porque, como ellas sabían muy bien, el plazo se agotaba.
Me equivocaba.
Porque, sin saberlo, aquel día no estaba asistiendo únicamente al final de una defensa.
También estaba contemplando el final de la admiración que durante años había sentido por ella.
Todavía no podía verlo.
Todavía no sabía que, tras aquella primavera de las cátedras, comenzaría una historia muy distinta.
Ni que las personas a las que más había admirado serían también las que terminarían mostrando rostros que jamás había imaginado.
Las máscaras aún seguían en su sitio.
Pero ya empezaban a resquebrajarse.
Y yo todavía no sabía que aquello sería solo el principio.
CONTINUARÁ…
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