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Mentirosa, Mentirosa… ¿Quién es la mentirosa?

Este recuerdo me ha perseguido por años. Que te llamen mentirosa nunca es agradable, especialmente cuando lo hacen nuestros padres.

Monica Paul in Victoria Thorn · 2023-09-20 21:40 · 0 claps · 3.6 min read
#abuso #mentira #daños #padres
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Mentirosa, Mentirosa… ¿Quién es la mentirosa?

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Este recuerdo me ha perseguido por años. Que te llamen mentirosa nunca es agradable, especialmente cuando lo hacen nuestros padres. Pero es aún peor cuando se trata de un juicio contra una niña. Quiebra la confianza en uno mismo y provoca una herida tan profunda que es difícil de sanar y, si sucede, deja una cicatriz como recordatorio de lo que no vale la pena hacer: confiar. Hoy les escribo a mis padres, quienes me tacharon de mentirosa cuando tenía siete años.

Queridos padres:

Esa noche fueron a una fiesta o algo así. Nos dejaron dejado con Zenaida, la sirvienta. Si pensaban que ella me cuidaba bien, estaban equivocados. Quizás se preocupaba por mi hermana, pero a mí me trataba muy mal. Esa noche, mi hermana y yo estábamos en nuestra habitación con la puerta cerrada. Zenaida veía televisión y fumaba; puedo recordar el repugnante olor de sus cigarrillos.

Mi hermana estaba un poco resfriada, así que su medicina estaba en la mesa de noche. Mamá solía darle unas pastillas dulces que le gustaban. Ella siempre pedía más; como si fueran dulces.

Se bajó de su cuna y tomó las pastillas; probablemente se comió tres o cuatro antes de que yo le quitara el paquete de la mano a la fuerza. Ella gritó y Zenaida vino a ver qué estaba pasando.

— ¿Qué le estás haciendo? Preguntó, tomando mi muñeca con fuerza y alejándome de mi hermana.

Me solté de su mano. — ¡Suéltame! Le dije. Ella se estaba tomando las pastillas.

Zenaida tomó las pastillas. — Vuelve a tu cama. Gritó.

Se llevó a mi hermana y al rato regresó con ella en brazos. Revisó que yo estuviera dormida antes de poner a mi hermana en su cuna. Fingí estarlo. No sabía si mi hermana estaba bien.

Cuando los escuche entrar, corrí hacia ustedes y les dije que mi hermana se había tomado las pastillas. Papá, tú me preguntaste cuántas y te respondí que no lo sabía con seguridad, pero tal vez tres o cuatro.

Zenaida me miró y dijo que yo mentía; sacó las pastillas de su bolsillo. Ella dijo: — Tengo las pastillas conmigo. Lo que ella dice es imposible. Solo falta una pastilla en la tira, ella había cortado la parte vacía. Dijo que solo faltaba una, la que le había dado antes de dormir.

Zenaida mentía. Me miró con una sonrisa malévola; se estaba burlando de mí.

— Papá, yo la vi. Las pastillas estaban sobre el buró. Le quité las pastillas a mi hermana y ella gritó. Zenaida vino y se llevó las pastillas. Ella cortó la tira donde estaban.

Tú, madre, me preguntaste por qué era yo así. Luego, con un tono que mezclaba la condescendencia y el juicio, me dijiste que te estaba asustando. Dijiste que las niñas que mienten son feas, malas y pecadoras.

— No estoy mintiendo, Zenaida es la mentirosa. Grité.

Estaban enojados conmigo. Tú, padre, me jalaste y me llevaste de regreso a la cama. Me dijiste que lo peor en este mundo es una niña mentirosa. Te fuiste, me dejaste sola, llorando en la oscuridad.

Ustedes nunca lo supieron, pero Zenaida me amenazó con hacerme la vida imposible si volvía a decir algo en contra ella. Se rio mucho porque, después de todo, yo siempre sería la mentirosa.

Después de ese día, me convertí en la mentirosa oficial. Le dieron a la sirvienta más validación que a mí.

Nunca volví a confiar en ustedes, tampoco intenté cuidar de mi hermana. Me mantuve alejada de esa niña porque, para mí, era una amenaza que solo me daba problemas.

Cuarenta años después, mamá, viniste a decirme que los vecinos te habían dicho que Zenaida era mala persona. Te justificaste diciendo que lo que ella había hecho ya era cosa del pasado. Pero la cicatriz que había dejado esa herida seguía ahí. Era demasiado tarde para nosotras.

Entonces, mentirosa, mentirosa… Yo no era la mentirosa. Padres, ustedes eligieron vivir cegados por una mujer mala. Pusieron a sus hijas en manos de alguien que no merecía su confianza. Su elección tuvo consecuencias, como todas las decisiones que tomamos en la vida.

Hoy me siento cómoda con la persona que soy. Valoro mucho la confianza que doy y recibo de las personas, he aprendido a establecer límites para mí y para los demás. Ya nadie me llama mentirosa. No lo permito. Aunque fue difícil, crecí y maduré sin ti.

Crecí sin confiar en ustedes, no les contaba nada sobre mí. Ustedes se desesperaban, me presionaban. Querían saber qué estaba haciendo y quiénes eran mis amigos. Se quejaban continuamente de que les respondía con monosílabos: Sí, no, bien… Dijeron que no me conocían. Ante su insistencia les mentí; lo hice a propósito para evitar ser vulnerable ante ustedes. Creé un escudo que nunca pudieron derribar. La mentirosa se materializó únicamente para ustedes.

Victoria.

De estas experiencias decepcionantes y tristes aprendí que nosotros, los adultos, debemos escuchar a los niños. Ellos, cometen errores, son curiosos y, den ocasiones, no saben ver las consecuencias que pueden tener sus actos. También les da miedo contar lo que han hecho, sobre todo cuando saben que no estuvo bien. Pero no debemos juzgarlos antes de saber la verdad. Existen adultos malvados, abusadores y mentirosos como Zenaida. Debemos abrir bien los ojos para ver a quién podemos permitir que se acerque a los niños.


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