Fan de Dussel
La estética es el gusto por la vida.
Fan de Dussel

una historia que subí a Instagram el 6 de noviembre de 2023
En 2025 estuve más apática que nunca en mi vida a todo lo que refiere a conocer gente o salir con alguien. Toda mi libido estuvo en recibirme y pagar el alquiler. En un momento, hablando de esos temas con mi hermana, ella me cuenta que en Pampita (🤌🏼🤌🏼🤌🏼) en una entrevista dijo que estando soltera, había dejado lugar vacío en el placard, para que hubiera espacio para cuando apareciera alguien nuevo. Yo le contesté que no tenía placard y que tampoco tenía lugar en la cama, que suelo compartir con, mínimo, dos de mis perras o a veces las tres. (Hay una que a veces no quiere dormir con nosotras porque le molesta que la despierte cuando me muevo, otro: 🤌🏼🤌🏼🤌🏼).
El 31 de diciembre o por ahí, mientras pensaba en qué tipo de año nuevo anhelaba tener, se me ocurrió que ahora que ya había terminado de cursar la carrera podía “hacer el espacio” para otras cosas. Unos días antes había oído (en silencio) a mis compañeras de trabajo hablar sobre apps de citas y decidí bajar Tinder. Las veces anteriores que bajé alguna aplicación, las borré a los minutos, o como mucho al par de días. Esta vez superé todos mis récords, la tuve instalada dos semanas, chatee con varias personas y concreté 3 citas.
Decidí que bajar una app de citas no iba a ser sinónimo de disfrazarme de algo que no soy, pese a que así se sentía. Una de las fotos que elegí fue al lado de mi botella de un metro sesenta de Lágrimas de Zurdo que fue mi series finale de la Licenciatura en Artes. Y en la bio sólo puse “Fan de Dussel”. Para mi propia sorpresa matcheé con bastantes personas lindas y un toque me dejé seducir la autoestima por las lógicas de los algoritmos, pero solo una me preguntó por Dussel. Después de charlar un rato decidí bloquearla cuando me contó que trabajaba de hacker del poder judicial o alguna fiscalía o no sé , algo que me asustó. Buena onda igual. Fue la charla más interesante. Y la única que conocía a Dussel.
De las 3 citas concretadas, la primera duró 35 minutos y me quise ir. Me sentí ajena y fue incomodísimo. Me pasaron a buscar en auto y dimos unas vueltas buscando algún lugar para tomar algo, pero antes de encontrarlo le dije que mejor me devolviera a mi casa. A una cuadra, para ser exacta, porque nunca le di mi dirección.
La segunda cita concretada fue mucho mejor, tuvo todo lo que tiene que tener una cita para considerarse exitosa en el mundo de los normis. Ya sé que está mal y es despectivo hablar de normis. Y suena petulante y que quién me creo que soy. No me creo la gran cosa, pero tampoco una normi. Nunca encajé del todo en ningún lado, ya viví la suficiente cantidad de décadas para tenerlo asumido. Tuve una segunda cita, que fue aún más divertida que la primera, pero a la primera complicación de mi vida personal, con total responsabilidad afectiva que aprobaría hasta la persona progre más mc progre, me bajé de una próxima hasta nuevo aviso. Nada estuvo mal pero tampoco se sentía algo propio. Fue bien tomado.
La tercera sucedió en medio de esas dos y estaba casi segura de que iba a fracasar pero igual quise hacerlo como para vivir la experiencia. Es importante vivir la vida. Desde los 18 hasta los (18+15) trabajé en el mismo lugar, del que más o menos desde los primeros seis meses hubiera preferido irme. En pandemia me di cuenta de que realmente no podía sostenerlo más, no (tanto) situada en un lugar de frustración o aburrimiento sino de deseo: “quiero tener más entrevistas de trabajo, quiero volver a ser nueva en un lugar, conocer otras oficinas”. Es difícil abandonar un puesto estable en relación de dependencia cuando sos de clase trabajadora en este país. Me animé porque tenía muchas ganas de vivir la vida mientras todavía era joven.
En ese trabajo tenía acceso a pasajes de avión casi gratis y lo que más o menos le daba sentido a mi vida era usarlos para ejercer de fan. En ese momento, de un músico inglés y sus versiones solista y con banda 1 y banda 2. Banda 2 era mi preferida, pero se habían separado. Cuando anunciaron que volvían saqué entradas inmediatamente, antes de hacer ninguna cuenta, antes de pedirme vacaciones, las saqué y luego acomodé todo alrededor. Los vi dos veces, la primera en Leicester y la segunda en Cambridge. Mientras los fans locales se empujaban para ver quién agarraba la lista de temas al final, dotada de mi valiosa “viveza criolla” fui para atrás y se la pedí al sonidista. Le lloré diciendo que venía de Argentina y me la dio, charlamos unos minutos y me pidió disculpas por las Malvinas, utilizó el término “Malvinas”, no Falkands. Eso se convirtió, entonces, en mi estándar ético para personas de Inglaterra. La segunda vez me la dio sin charlar. Me ponía contenta, además, ser fan de personas dispuestas a cuestionar lo establecido. Como yo.
De esas vacaciones volví llorando a terapia mientras decía que en la vida no me gustaba nada más que ser fan. Todavía no estaba en mis planes anotarme a la Licenciatura en Artes. En el documental de Cecilia Fiel sobre Dussel (Dussel. La filosofía es un don para un mundo sin sentido, 2024), él cuenta que está preparando su último libro que cierra su obra y su vida y su misión que es la estética de la liberación. (No salió todavía, una ansiedad). Y adelanta que la estética es el gusto por la vida. Que la vida es el centro de la belleza. Y no desde una mirada antropocéntrica, que los animales perciben la belleza, que también lo hacen las plantas cuando persiguen al sol o se nutren del agua debajo de la tierra. Pero que sí somos los humanos los más capaces de realizar expresiones de belleza. O algo así, no pude tomar nota en el cine. Habla de que el arte es una forma de representar la vida y que eso es lo bello, la vida, no el arte.
El de la tercera cita también fue un hombre, inglés. Era bastante lindo por fuera y muy alto. No le gustaba Pete Doherty. Le dije de encontrarnos al mediodía en mi hora de almuerzo de mi trabajo, que está en un lugar muy hermoso y amigable que le recomendaría a cualquier turista. Estuve toda la mañana diciendo que quería cancelar pero la verdad solo tenía que cruzar la calle así que fui. Me pareció entendible, pero cobarde, que me hiciera pedir a mí la comida, que él pagó. Ni chateando ni en persona hizo el esfuerzo por decir una frase en castellano. Yo hablo inglés, pero igual me daba fastidio. Estamos en Buenos Aires, soy local. Antes de la cita, le pregunté si era de esos turistas que andaban con pantalones cargo color caqui. No lo tomó a mal porque los ingleses se bardean mucho, pero yo le hablaba en serio. Hacía calor pero no tanto. Se puso una bermuda azul. La charla fue agradable hasta que, obvio, le pregunté por Malvinas. Dijo Falklands varias veces, el muy colonizador. Yo le decía que la plataforma continental de las islas es Argentina y él comentaba que aunque fuera cierto habían pasado muchos años. Y que había que preguntarle a los isleños. No tenía argumentos muy sólidos. No es que piense que alguien podría tenerlos pero él, menos. Yo trataba de pincharlo pero no llegaba ni a debatir de manera interesante. Sólo repetía lo de los isleños una y otra vez. Cuando nos despedimos le dije colonizador en la cara y no lo vi más. Yo soy fan de Dussel.

Cuando di por cerrada esa etapa, viajando en el 105, vi en la parada frente al Gaumont que había un documental de Dussel. No tenía idea de que existía y apareció justo frente a mí después de que me hubiera bajado Teología de la liberación y ética, con intenciones de incluirlo en mi proyecto de graduación. Le escribí a mi directora y me dijo “lo vi, tenés que verlo, te va a encantar” y también a un viejo capo militante de la filosofía para la liberación que conocí en mi camino de descubrir lo que de verdad me gusta. Él también me dijo que vaya sí o sí y que aunque no esté pudiendo asistir a los encuentros, me esperan cuando pueda. Le avisé a toda la gente que conozco del documental. Casi nadie me dio bola, pero yo iba a ir con o sin acompañantes. Así que de manera analógica, viendo un cartel por la calle, gestioné mi cuarta cita del año, la mejor, con Enrique, en sus últimos años de vida, compartiendo su sabiduría, su sensibilidad y su inteligencia, a través de la pantalla de cine y de la mirada de Cecilia Fiel.
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