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¿Dónde florece tu dinero?

¿A quién le conviene el consumo local?

Linda Miranda · 2025-09-15 18:20 · 1 claps · 4.2 min read
#localismo #economia-circular #desarrollo-local #consumo-local #dinero
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¿Dónde florece tu dinero?

¿A quién le conviene el consumo local?

Sin ahondar en lo escabroso de una sociedad capitalista y del consumo, partamos en esta reflexión de que, mientras no tengamos un nuevo modelo económico y social, hay que aprender a nadar en este mundo en el que nos tocó nacer.

Considerando que el sistema económico y de gobierno (aunque no deba ser así) nos ve como consumidores y como fuente de capital, más que como personas, nuestro superpoder (y supongo que no es un secreto para nadie), es el dinero. Mucho, poco, más o menos, lo que sea que tengas, es tu superpoder.

Al dinero dedicamos gran parte de nuestra vida: trabajamos para conseguirlo, lo cuidamos, lo administramos, nos preocupa perderlo. Y, sin embargo, rara vez pensamos en lo que puede hacer por nosotros más allá del placer inmediato de gastarlo en tal o cual objeto o servicio. Pensamos que su vida útil, en lo que a nosotros respecta, termina en una primera y única transacción en la que lo cambiamos por aquello que necesitábamos. Y esta visión pragmática y completamente comprensible, funcional, no nos deja ver que hay mucho más que ese dinero, nuestro dinero, puede hacer por nosotros.

Les propongo pensar en el dinero no como en algo que gastamos, sino como en algo que transferimos. No solo en lo bancario, aunque ahí resulta más evidente. Pensemos que cuando lo gastamos, no desaparece (porque no lo hace). Nosotros ya no lo vemos, y sale de nuestro control, ya no es nuestro, pero ahora está en control de alguien más. ¿De quién? ¿Y eso por qué debería importarme? Si el dinero es un superpoder, ¿en manos de quién lo estoy poniendo?

Si le pagas por el servicio de lavandería a tu vecina, transferiste ese dinero — ese poder — muy cerca de ti: ella le compra al mismo panadero que tú, que entre más vende, tiene más variedad, empleados mejor capacitados y mejor pagados, con un horario más amplio. Si tus vecinos tienen más dinero, sus casas estarán mejor cuidadas y quizá sus luces prendidas durante la noche hagan tu barrio más seguro. Toda compra transfiere el poder: el poder adquisitivo, el poder del dinero. Entonces con esa transferencia a tu vecina no solo tienes limpia la ropa, sino la banqueta deshierbada, y la luz encendida durante la noche.

¿Te gusta invertir? ¿Te gusta que tu dinero crezca? ¿Qué te beneficie más? Una manera de que siga beneficiándote aún después de esa primera transferencia en la que adquiriste algo que te interesaba, es beneficiarte también de las posteriores transferencias. Si el dinero es poder adquisitivo que transfieres ¿por qué no transferirlo a tus clientes potenciales? ¿Eres arquitecta?, compra en la librería de tu barrio que luego te comprará una remodelación. ¿Eres abogado?, consume el catering de alguien que te contratará para revisar sus contratos más adelante. Si lo transfieres a la amiga de tu amiga, a la que le compraste un pastel, pues ella lo transferirá al maestro de artes o a la maestra de inglés, y estos maestros luego vendrán a tu estética a regresarte ese dinero en cortes de cabello o tratamientos de spa. Cuando compras en los comercios locales, estás alimentando una rueda que sigue girando muy cerca de ti, y que tarde o temprano te alcanza de vuelta.

¿Te gustaría pagar impuestos en otro país? ¿No?. ¿Por qué? Porque quieres que ese dinero se gaste en el parque de tu barrio, en los baches de tu calle, en la recolección de basura de tu casa. ¿O prefieres que el fruto de tu esfuerzo mejore las calles de otro país con tu dinero? Nada contra otros países — ojalá todos sean bellos y funcionales — pero todo el mantenimiento de las ciudades requiere dinero, y como el Estado no genera dinero, solo usa el que nosotros producimos y le damos a través del impuesto, lo que gasta es nuestro dinero, pues entonces que lo gaste en nosotros.

Bueno, piensa igualito en la transferencia de tu dinero entre particulares. Si compramos en Amazon, nuestro dinero se va a Jeff Bezos, que se lo gasta en que California esté muy bonito (disclaimer, no sé donde vive Bezos, pero se entiende el ejemplo). Mientras nuestro barrio se deteriora, nuestros saberes y habilidades se pierden y nuestros habitantes se empobrecen, nosotros transferimos valor a otras personas en otras partes.

No digo que no compremos más en Amazon, o que no compremos más cosas extranjeras, para nada. Solo digo que no lo transfiramos todo fuera. Arreglemos los vestidos con la costurera amiga de tu madre, compremos cintos en la talabartería, contratemos los servicios de los emprendimientos de los amigos, no solo como un gesto de apoyo y amistad, sino también como un gesto de inversión en ti mismo. Desde cualquier óptica funciona.

Consumir local es exactamente eso: sembrar ese dinero en tu propia comunidad. Es permitir que tu dinero se quede en tu entorno, que circule en las manos de quienes conoces, que regrese multiplicado en forma de calles vivas, comercios abiertos, oficios que se preservan, comunidades que prosperan. Cada planta que adquieres en el vivero de la colonia es un recordatorio de que aún existen manos capaces de crear, de transformar, de sostenernos sin depender siempre de lo industrial, lo barato y lo masivo.

Consumir local no es solo una cuestión económica. Es también cultural, social, afectiva. Cuando decides comprarle al carpintero de tu barrio en lugar de a Ikea, no solo obtienes un mueble: sostienes un oficio, un saber, una tradición. Mantienes vivo un conocimiento que forma parte de tu comunidad. Si todo lo que consumimos viene de Shein, ¿Quién quedará para crear un vestido único y a medida cuando lo necesitemos?

Consumir local es también un acto político. Una forma de resistencia contra un sistema que nos prefiere dependientes de lo grande, de lo lejano, de lo homogéneo. Pero sobre todo, es un acto de amor propio. Porque al comprar en el barrio no solo sostienes a otros: te sostienes a ti mismo. Garantizas que haya oficios vivos cerca de ti, que tu ciudad tenga identidad, que tu comunidad tenga fuerza.

No se trata de satanizar lo global ni de cerrar las puertas al mundo. Se trata de equilibrar. De pensar. De recordar que consumir local nos beneficia directamente a nosotros mismos. Que cuidar los negocios del barrio es, en última instancia, cuidar nuestra propia calidad de vida.


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