La culpa de los de paso
Dana, o lo que deja un nómada

La culpa de los de paso
Dana, o lo que deja un nómada
Hay un momento que me ocurre cada vez que llegamos a un sitio nuevo. No siempre, pero sí con suficiente frecuencia como para haberlo reconocido ya. Es cuando aparco la autocaravana y salgo, y el primer contacto con el lugar, el aire, la luz, el ritmo de la calle, tiene una calidad que no depende de si el sitio es espectacular o no. Puede ser un pueblo de interior con una plaza sin mérito especial y un bar de la hora de las once. Puede ser un camping a la sombra de un pinar que huele a resina y a tierra mojada. No importa mucho. Lo que ocurre en ese primer momento es siempre parecido: recibo algo que no he ganado.
Es una sensación que tardo un poco en identificar porque inicialmente se parece al disfrute. Pero debajo del disfrute hay algo más incómodo, menos presentable. Una especie de consciencia de que estoy tomando prestado algo que no es mío, que no construí, que no mantendré. Que mañana o la semana que viene o dentro de un mes estaré en otro lugar tomando prestado lo mismo, y este sitio seguirá aquí con o sin mí, igual que estaba antes de que llegáramos.
El que pasa por los sitios tiene una libertad que es real y que no vale la pena fingir que no existe. Puede elegir los meses buenos, la estación que le conviene, el clima que le apetece. En invierno, el sol del sur. En verano, la montaña o el norte. En otoño, donde sea que las hojas caigan bien y la gente todavía no haya llegado. Esa libertad es el centro de una forma de vida que elegimos con consciencia y que no vamos a dejar de defender. Pero tiene una cara que cuesta mirar de frente, y es que la libertad de estar cuando quieres es también, inevitablemente, la libertad de no estar cuando el sitio te necesita.
No estás cuando hay que votar en las elecciones municipales que van a decidir si ese camping donde apareas puede seguir estando ahí. No estás cuando el temporal de noviembre deja sin luz a la mitad del pueblo y alguien tiene que ir a ayudar al vecino de arriba. No estás cuando el bar de la plaza lleva tres semanas con menos clientes de lo habitual y necesitaría que tú siguieras viniendo aunque llueva. Solo estás cuando hace bueno. Y el sitio, de alguna manera, lo nota. O no lo nota, lo cual quizás es peor.
Escribí algo parecido, aunque con otro ángulo, sobre Moraira. Sobre la incomodidad de ser gente de fuera que consume un lugar sin haber contribuido a construirlo. Lo dejé ahí, casi de pasada, porque no era el foco de ese artículo. Pero la frase siguió ahí después, como suelen seguir las cosas que uno no termina de resolver. Y con el tiempo le he ido dando más vueltas de las que esperaba, no como autocrítica sino como pregunta genuina: ¿qué es exactamente lo que estamos haciendo cuando habitamos un lugar de paso?
En pali, el idioma en que se escribieron los primeros textos budistas, hay una palabra que se usa para nombrar la práctica de dar sin esperar nada a cambio. Dana. No es exactamente caridad, que en la tradición occidental tiene connotaciones de desequilibrio de poder, de quien tiene dando a quien no tiene. Dana es otra cosa. Es el reconocimiento de que vivir implica recibir constantemente, de que uno está siempre en deuda con algo o con alguien, y de que la forma de habitar ese reconocimiento es devolver de alguna manera, no porque el cálculo lo exija sino porque el acto de dar sin expectativa de retorno es, en sí mismo, una práctica que cambia quien la hace. No te devuelve nada contable. Te devuelve otra forma de estar en la cadena.
El ejemplo clásico es el del monje y el laico. El monje recibe comida del laico, que acepta lo que le ofrecen sin elegir ni exigir. El laico recibe del monje la enseñanza, el tiempo, la presencia. El intercambio es completamente asimétrico: no hay equivalencia posible entre un cuenco de arroz y años de práctica. Pero esa asimetría no lo hace intercambio falso, sino que lo hace real de una manera distinta. Lo que circula no es valor en el sentido económico. Lo que circula es relación. La cadena se mantiene porque la mantienen los dos, cada uno desde su lugar, sin que la contabilidad sea necesaria.
Lo que me pregunto, y no tengo respuesta clara, es cuál es el dana del que pasa. Qué circula cuando uno llega a un sitio, lo disfruta durante días o semanas y después se va. El dinero que uno gasta existe, y es real, y tiene efectos concretos sobre la economía de un lugar. Pero el dinero es transacción, no dana. El monje no paga la comida con euros y el laico no paga la enseñanza con transferencia bancaria. Dana funciona precisamente porque no es economía. Es otra lógica. Y si lo que el slowmad deja en un lugar es solo dinero, entonces lo que hace es economía, no dana. Intercambio, no generosidad. Y la diferencia entre los dos, aunque no siempre visible, cambia de qué lado de la cadena estás y qué tipo de relación construyes, o no construyes, con el sitio por el que pasas.
Hay otro concepto budista, pratītyasamutpāda, que normalmente se traduce como interdependencia o coproducción condicionada, y que dice, en esencia, que nada existe por sí solo. Que todo lo que existe lo hace en relación con todo lo demás. El lugar que disfrutas no existe de forma autónoma: existe porque alguien construyó los caminos y alguien los mantuvo y alguien eligió quedarse aunque hubiera opciones más cómodas. Existe porque hay una comunidad que lo habita y que al habitarlo lo produce constantemente. Cuando uno llega y se beneficia de todo eso sin pertenecer a esa cadena, no está haciendo nada que se le pueda reprochar en términos legales o incluso morales convencionales. Pero está desconectado de algo. De la trama que hace posible lo que disfruta.
La pregunta que me hago, y que quizás no tiene respuesta satisfactoria, es si hay una forma de pasar que no sea extractiva. Si la presencia genuina, la curiosidad real, el interés por las personas del sitio y no solo por el paisaje, el respeto al ritmo local aunque tu ritmo sea diferente, si todo eso es una forma de dana o si es solo buenas maneras. Porque la diferencia importa. Las buenas maneras son una cortesía que no compromete nada. Dana es una práctica que cambia la relación. Y la relación del que pasa con el lugar por el que pasa, cuando uno la mira sin demasiada indulgencia, tiene mucho más de lo primero que de lo segundo.
Podría decir que lo que uno deja es la atención, que el acto de mirar bien un lugar es en sí mismo una forma de honrarlo. Podría decir que la memoria es una forma de permanencia, que un lugar que uno recuerda con cuidado existe de alguna manera en ti aunque ya no estés en él. Podría decir que el slowmad que trata bien al sitio, que no hace ruido, que no deja basura, que saluda, que compra en el mercado local, está haciendo algo que importa. Y todo eso sería verdad. Pero también sería conveniente. Y con las cosas convenientes hay que tener cuidado, porque el autoengaño en este terreno es especialmente fácil. Uno puede construir una narrativa muy honesta sobre sí mismo y seguir siendo, en lo fundamental, alguien que toma sin dar.
La última vez que salimos de Font Romeu, Noa encontró una piedra en el camino, una piedra sin mérito especial, y la puso en el bolsillo con esa naturalidad de quien no está robando nada sino simplemente continuando algo. La trajimos con nosotros en la autocaravana y lleva semanas en el cajón donde Noa guarda sus cosas importantes. No sé si Font Romeu notó la diferencia. Sé que nosotros nos la llevamos.
Hay algo en eso que no termino de saber cómo nombrar.
메타데이터
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- 2026-06-26 21:52:29