¿Quién coge el AVE?
Ya ha pasado el momento de hablar las 24 horas de Julio Iglesias, amigos, ha sido tan rápido que no me ha dado tiempo ni a escribir un…
¿Quién coge el AVE?

Ya ha pasado el momento de hablar las 24 horas de Julio Iglesias, amigos, ha sido tan rápido que no me ha dado tiempo ni a escribir un artículo sobre ello: parpadeas un segundo y ya llega otro asunto del que hay que estar hablando las 24 horas. Ni siquiera me imagino lo que tiene que ser trabajar como columnista en una redacción periodística de las de verdad y ver como te adelanta la actualidad a la velocidad de un Concorde: eso tiene que ser una ansiedad y un tormento.
Vamos a hablar, pues, del AVE ahora. Le tenía yo ganas al AVE , la verdad, era uno de los temas que no descartaba para el futuro y ahora mismo con lo que ha pasado de qué otra cosa se puede escribir. Por supuesto, no voy a hablar del fatal accidente ni de la tragedia del montón de vidas cercenadas. Sobre eso, poco hay que decir más allá de lamentarlo y desear que no se vuelva a producir, deseo que, como todos sabemos, no se trata más que de una fantasía absurda. Volverá a ocurrir, claro: la cuestión es cuándo y que no te pille dentro. Pero vamos a hablar del AVE.
El AVE. Yo soy precisamente, amigos, de la generación del AVE. Me acuerdo perfectamente de todo el show que se formó con la inauguración de la primera línea entre Madrid y Sevilla en el año 1992. Me acuerdo de los reyes de España llegando engalanados para la ocasión y de la cocorota de Manuel Chaves, el presidente de la Junta de Andalucía, y de Curro, la mascota de la Expo92, una especie de pájaro loco que se había esnifado todo el arcoíris. Yo estaba en segundo de BUP, creo, y mis compañeros estaban todo el tiempo haciendo rifas o vendiendo mantecados para visitar la Expo92. Había un viaje organizado por el instituto y tenían que vender surtidos de polvorones de Estepa con muchas bolitas de coco y papeletas de lotería a destajo, algo así. Yo nunca fui a la Expo92 ni vendí tampoco nada porque en mi familia siempre han tenido el buen juicio de no enviarnos nunca a viajes escolares potencialmente mortales, pero me acuerdo de que luego todos mis compañeros hablaban del pabellón de Japón hecho con palillos machihembrados, una obra irrepetible del arte de los mondadientes al parecer.
El AVE, la Expo92, los Juegos Olímpicos, las cadenas privadas de televisión, la Megadrive, Oliver y Benji y Los caballeros del zodiaco: aquello, amigos , era el futuro, un futuro como hasta entonces no se había visto ni se ha visto tampoco nunca después. Lo cierto es que para que el futuro fuera perfecto, ya solo faltaban los móviles, el sexo e internet, pero quién iba a decirnos entonces que eso estaba ya prácticamente a la vuelta de la esquina. Qué maravilla fueron aquellos tiempos, amigos, los que aún no habíais nacido no os lo podéis ni imaginar, pero, si tuviera que regresar al futuro volvería sin pensármelo dos veces a principios de los noventa, esa época dorada en la que España era un país que se alejaba de la edad media a alta velocidad y Michael Jackson aún vivía y era guay.
El AVE era el símbolo de la modernización de la sociedad española, todo el mundo quería montarse en ese tren futurista cuya locomotora principal era tan aerodinámica como el calzador de un zapato, un nave futurista al estilo de las lanzaderas de V, esa serie de extraterrestres que en realidad eran lagartos. Recuerdo que había mucha gente conocida que nunca había ido a Madrid que fue a Madrid solo para montarse en el AVE, es decir, para probar la experiencia de subirse al futuro. Nosotros en mi casa nunca fuimos a Sevilla ni a Madrid ni a la Expo92 ni a ningún sitio ni nos montamos nunca tampoco en el AVE porque mi familia ha sido siempre más de hormigoneras que de viajes y no íbamos a cambiar por mucho que molara el AVE, así que ese tren milagroso yo siempre lo observé desde lejos, pensando quizá que en algún momento me subiría a él cuando fuera mayor, cuando me casara o tuviera hijos o me divorciara o yo qué sé, pero pasaron los años y la verdad es que no me monté nunca ni me casé ni tuve hijos ni tampoco me divorcié como todo el mundo.
Viviendo en Málaga y estudiando en la universidad tampoco tuve la oportunidad, porque entonces la línea no llegaba a Málaga. Hasta el 2007 no llegó el AVE a Málaga, es decir, tardaron quince años desde la Expo92, francamente no sé qué estuvieron haciendo todo ese tiempo, pero quince años me parece ahora toda una eternidad para la capital de la Costa del Sol. Luego a continuación vino el famoso ramal Madrid-Barcelona, pero yo seguía sin haberme montado nunca en el AVE porque mis viajes siempre eran costeros y mediterráneos o aéreos e internacionales y el AVE para eso no servía. Solo me hizo falta a partir del 2011 cuando conocí a una catalana bonita que vivía en el quinto pino, más lejos de Marbella yo creo imposible, y entonces, claro, me vi en la tesitura de echarle un ojo al AVE a ver cómo funcionaba el asunto de la alta velocidad ferroviaria y , mon dieu, un vistazo y nunca mais: cogí el avión y ya nunca miré atrás.
Más caro imposible, amigos: el AVE es ese medio de transporte ferroviario de alta velocidad sufragado con los impuestos de todos los españoles que el español medio por defecto jamás cogerá a no ser que no tenga alternativa. Por supuesto, ante la disyuntiva y tras sopesar los precios cuidadosamente como buen muerto de hambre, yo opté por el avión y me hinché de coger vuelos Málaga-Barcelona. A pesar de que volar no es que me apasione, soy un muerto de hambre racionalista voluntarista y me obligué. En cualquier caso, puedo afirmar con conocimiento de causa que en ninguna de las veces que viajé entonces estuvo el AVE a menos de 200 euros ida y vuelta y, según la época, las tarifas podían estar claramente por encima, lo cual quiere decir que en un par de visitas a la ciudad condal se te podían ir perfectamente 500 euros al mes sin contar taxis, hoteles, restaurantes y cacahuetes. De media — lo he comprobado con el amigo Grok — , el trayecto Málaga-Barcelona en ida y vuelta suele costar entre cuatro y cinco veces más de lo que cuesta el avión. No el doble ni el triple, no amigos, entre cuatro y cinco veces más: la alta velocidad del pueblo por así decir.
Pues bien, amigos, dicho lo cual, preguntémonos ahora qué función tiene el AVE, a quién va dirigido y quién lo usa: ¿es una megainfraestructura pagada por los españoles para uso y disfrute de los españoles o está diseñada para que puedan servirse de ella los turistas suizos en semana santa, los ejecutivos de Iberdrola que hacen el puente Barcelona- Madrid y los daviducleses y los manuelvilas que andan de gira por el país presentando sus limpiamente premiados libros con los billetes pagados por las editoriales y los ayuntamientos que les invitan?
Evidentemente, yo ya sé que soy un muerto de hambre que no me puedo permitir pagar los precios del AVE más que puntual y excepcionalmente, pero entonces, ¿a quién sirve toda esta gigantesca red ferroviaria futurista que comenzó con la expo92?, ¿o es que esto va de mantener una red ferroviaria futurista y descomunal que es claramente deficitaria simplemente para que los turistas hablen bien del país y los artistas subvencionados la disfruten?
Se me ocurre que igual toda esta fiebre de la alta velocidad que ha acabado convirtiendo la península en una telaraña gigantesca de vías no ha sido más que el resultado de una obsesión política por figurar, la consecuencia inevitable de un deseo irracional de inaugurar tramos y presumir en la prensa, una bola de nieve ferroviaria a la que nadie ha sabido poner freno desde el 92. El país quería ser moderno y el AVE era la forma de conseguirlo. De hecho, lo primero que hicieron estos genios es convencernos de que una región del país sin AVE era ya por decreto una región subdesarrollada. Desde entonces, todas las regiones y todos los presidentes autonómicos de este país han estado peleándose y dándose tortas para conseguir su foto de inauguración con el AVE. Había además que deshacerse de los trenes convencionales y obliterar las líneas de cercanías para tener el supertren que nos iba a conectar con el futuro, porque además en el futuro la gente solo viaja a Madrid o atraviesa el país de una punta a otra, jamás viaja a la provincia de al lado: ¿a quién le podría interesar viajar en tren de Málaga a Cádiz sin pasar por Madrid?
Donde yo vivo, de hecho no hay ni tren. Marbella, la segunda ciudad más importante de Málaga, un municipio que roza el medio millón de habitantes durante la época de vacaciones, tiene muchos traficante de armas y mafiosos rusos, pero lo que no tiene es tren: los atascos de tráfico que se lían aquí en verano son para cortarse las venas. Por otra parte, se ha construido tanto que ahora mismo para llevar a cabo el mítico proyecto del tren litoral que conectaría con la línea de cercanías de Fuengirola habría que expropiar a media Arabia Saudí. Es probable que yo me muera antes de que ese tren llegue a hacerse realidad. Recuerdo que en mi infancia ya se hablaba de él.
No hay tren aquí, es decir, vivimos en una región subdesarrollada pero con un AVE que nos conecta con el reino y nos permite ir a Madrid a las presentaciones de los libros importantes. En Cataluña hay descarrilamientos e incidencias continuas en Rodalies, sí, pero no olvidemos que eso sucede porque allí hay trenes a patadas: lo sé precisamente porque estuve viviendo por allí un tiempo cuando me aburrí ya de tanto volar a Barcelona.
El caso es que el AVE ha sido la norma de desarrollo ferroviario para este país por algún motivo que todavía nadie nos ha conseguido explicar, aunque me imagino que se trata de algo a caballo entre la fantasía del prestigio tecnológico y la cantidad de pelotazos urbanísticos, mordidas y sobornos que la construcción y el mantenimiento de una obra de ingeniería civil de semejante calibre tienen que generar. Cuántas empresas de áridos y maquinaria no habrán comido del AVE, cuántos almacenes de materiales, cuántos cargos intermedios, cuántas tuneladoras, cuántas subcontratas. Súmenle a eso el capital simbólico que para cualquier político supone contar con un tren bala como el de los japoneses: ¿para qué más?
En cualquier caso, ya digo que yo nunca he cogido el AVE: el bicho es carísimo y, afortunadamente, nunca me ha hecho mucha falta. En toda mi vida, solo una vez he amado el AVE: cuando mi novia lo cogía para venir a Málaga. Sólo en aquellos instantes en los que ella abandonaba aquellos vagones mágicos y comenzaba a cruzar el umbral de la estación María Zambrano para reunirse conmigo he conseguido comprender y justificar su existencia.
메타데이터
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