Honrar el dolor
El dolor llega. A veces sin previo aviso. Se presenta con fuerza, con crudeza, como un huésped no invitado que toca a la puerta de nuestra…
Honrar el dolor
El dolor llega. A veces sin previo aviso. Se presenta con fuerza, con crudeza, como un huésped no invitado que toca a la puerta de nuestra alma. Y sin embargo, no se trata de huir de él, ni tampoco de arrodillarnos ante su presencia.
El dolor no es nuestro enemigo, pero tampoco es nuestro amo. Es simplemente una impresión, un estímulo que la vida nos presenta. Lo que importa no es tanto el dolor en sí, sino lo que hacemos con él. Cómo lo interpretamos. Como decidimos responder.
Honrar el dolor es reconocer su existencia sin cederle el control. Es permitirnos sentirlo sin permitir que defina nuestros actos ni nuestras decisiones. Porque en última instancia, lo que sí nos pertenece — como enseñaba los estoicos- es nuestro juicio, nuestra elección, nuestra respuesta.
No se trata de endurecer el alma ni negar las emociones. El estoicismo no propone una frialdad como la nieve, sino una templanza sabia. Una capacidad de mirar el dolor con claridad, sin adornos ni dramatismo. De decir: “Esto ha sucedido. ¿Qué puedo hacer ahora que esta en mis manos?”
Honrar el dolor no es revolcarse en él, es extraer las enseñanzas sin convertirlo en altar. Es aprender a convivir con su presencia sin permitirle que se siente en el trono de nuestra mente.
Hoy, elijo no huir del dolor. Tampoco rendirme ante él. Lo honro con presencia, lo escucho sin desesperación, y sigo caminando. Porque aunque no pueda controlar lo que llega a mí, siempre podré elegir qué clase de persona quiero ser frente a ello.
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