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Lo que vio Don Ramiro

Yo creo que sí les dijeron a los de la Guardia Nacional que no dejaran pasar a nadie, porque neta, no dejaban pasar a nadie. Otras veces…

Juan de la Torre · 2026-05-12 04:20 · 0 claps · 19.3 min read
#horror #fiction #mexican-horror #folk-horror #cosmic-horror
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Lo que vio Don Ramiro

Yo creo que sí les dijeron a los de la Guardia Nacional que no dejaran pasar a nadie, porque neta, no dejaban pasar a nadie. Otras veces, ponle tú que a los campesinos sí los dejaban pasar pa’ que vieran a su ganado, pero esta vez ni a ellos. Y por todos los callejones, los “nuevos” como los “viejos”, estos últimos son intransitables en vehículo, ni las motos pasan; a pie sí, o a caballo. Había elementos armados hasta repartidos por entre los potreros. Eso acrecentaba el chisme: “¿Pos qué habrá pasado pa’ que se pongan así?”, era la pregunta que rondaba entre los habitantes de la comunidad del Ahuichote y en los de la región.

La presa del Ahuichote está entre unos cerros, un arroyo; en la parte más alta y más angosta pusieron la cortina de la presa. Es un embalse pequeño, pero sí agarra mucha agua. Eso atraía a gente que iba nomás de paseo; por muchos años se usó como punto de reunión nomás de esparcimiento. Algunos aficionados a andar en bicicleta, o en motos, hasta en vehículos todoterreno. El paisaje es bonito, porque de ahí empieza la vegetación de la sierra. Es como la frontera entre un ambiente y otro.

Esa tarde de mayo, el ocho para ser más preciso, fue cuando se escuchó ese ruidajo. Parecía como de un avión, pero nomás no vieron al avión. Se oyó como si hubiera pasado bien bajito, y no nomás el sonido, también el polvadero que dejó, las láminas que levantó y el azoro entre los animales de granja como entre las gentes. Tres veces pasó eso. Uno detrás de otro, y en ninguno se vio qué fue lo que lo provocó. Entre uno y otro de esos estruendos pasarían, si acaso, unos quince segundos. Y se me hace mucho.

Poco a poco empezaron a reunirse las gentes frente a la capilla, cada uno cuando consideraba que ya estaba todo seguro. Fue un evento que no pudo ser ignorado por nadie, ni los más viejos, porque en toda su vida habían visto o presenciado algo así. Ya ni se preguntaban qué habían visto; luego luego platicaban lo que habían visto y lo que pensaban que era o qué fue lo que pasó. Pero pues nadie sabía nada.

Horas después, porque ya estaba oscuro todo, llegaron las primeras patrullas. No de municipales, como se pensaría, fueron los guardias nacionales. Eran varias; unas se fueron directo para la presa, otras se quedaron en el pueblo, muy tranquilos, sondeando entre la gente lo que había pasado. Unos, nomás al ver a los uniformados, se metieron en sus casas, y ni Dios los sacaría de ahí; seguros estaban de que algo “grande” estaba pasando. Los que sí dieron testimonio fueron los menos. Las autoridades se limitaban a escuchar, no daban respuesta a nada. Intentaban tranquilizar a los más alterados, que era de susto, no de agresión. Algo que sí se notó es que se estaban estableciendo para quedarse algunos días, porque empezaron a armar unas carpas en la cancha de la comunidad.

Don Ramiro es un señor de unos setenta y cinco años. Vivía solo, su familia estaba en Estados Unidos, lo visitaban de vez en cuando y le mandaban para que no le faltara nada. Él andaba bien feliz con sus vacas y sus perros de potrero. Pues ese día, él vio clarito desde lo más alto del pueblo, ya casi en el cerro, que es donde está su casa, las luces que daban vueltas en lo alto del cielo. Los pelos se le pusieron de punta cuando las vio; no había sentido eso nunca en su vida. Creció en la religión católica, pero nomás tuvo chance y dejó de practicarla. Era más inclinado a buscar la explicación de las cosas que a creer ciegamente en lo que le decían. Pero ese día no tuvo duda: eso era algo sin explicación, sería cosa de Dios o algo divino. Vio anillos girando, unos para un lado y otros para otro, y en el “lomo” del anillo, luces, muchas luces. Le empezó a salir sangre de la nariz y le dio mucha sed. Él no hallaba ni qué hacer, si meterse a su casa o quedarse viendo eso. Luego se dio cuenta de que ni dar un paso podía, lo habían pegado al suelo. Le templaban las rodillas, las manos, y escuchaba cómo le sonaba el corazón. Los perros estaban a ladre y ladre, pero vueltos locos, porque no era para un lugar en específico. Daban vueltas sobre sí mismos, correteando y haciendo brete para todos lados. Cuando las luces se fueron, porque sí, se fueron, no se apagaron o se pararon, se fueron, subieron al cielo, dijo Don Ramiro. Sintió como si lo hubieran soltado. Derechito para su silla, que tenía a un lado de la puerta de su casa, fue a dar. Se sentó a agarrar aire, a intentar asimilar lo que había acabado de ver. Eran como las once y algo de la noche. En el pueblo se veían las luces del alumbrado público parpadear, y el campamento que estaban haciendo los guardias nacionales estaba a oscuras, nomás iluminado de vez en cuando con las luces azules y rojas de las patrullas.

Don Ramiro no hizo por bajar a saber el chisme con los demás del pueblo, como cuando los ruidos esos que levantaban todo a su paso. Pensó que ahora, con más razón, se juntarían todos a decidir qué hacer o a que les explicaran qué estaba pasando. Pero Don Ramiro se metió a su casa, empezó a agarrar las cosas que creía ocuparía para pasar unos días en el potrero; las echaba en su morral y en una mochila. Los perros nomás lo veían como esperando la indicación para ya salir.

Ya se sabía todas las veredas de memoria, entonces no tuvo que prender su lámpara cuando se iba alejando de su casa. Escuchaba el crujir de las yerbas mientras pasaba. Silencio aparte de las ramas; ni un grillo, ningún animal nocturno se oía. Hasta ellos estaban asustados queriendo saber qué fue eso, decía Don Ramiro, se lo contaba a sus perros, en voz baja.

Se encontraron pedazos de gente, esparcidos por kilómetros y kilómetros. Para las horas que llevaban caminando por el arroyo que lleva a la presa, era imposible contarlos; ya tenían rato que habían perdido la cuenta. La indicación que traían era llegar hasta donde se acabara el último rastro de cuerpos, peinar el área, y no parecía que fuera pronto. A cada tanto aparecía una mano, un pie o triperío. No olía a nada, era lo que iban comentando.

El comandante escuchaba por la bocina del celular en altavoz la indicación clara: nadie debía de pasar, pero nadie, nadie. Hacer lo que se tuviera que hacer para que ningún civil pasara. “Ya va en camino la gente de México”, remató la voz que daba las indicaciones. El comandante no dejaba de sudar; la primera vez que le tocaba algo así de grande y de sin sentido. Él no tenía ni idea, pero no le interesaba saber el origen de los cadáveres; a él solo le preocupaba cumplir las órdenes y quedar bien con sus superiores.

A los del pueblo, los viejos y las mujeres, y los pocos niños que había, les decían que tenían que pasar unos días en la cabecera municipal, porque el veneno que había en el aire los ponía en riesgo. Nadie se la creía, porque ninguno de “los soldados” traía cubierta la boca. Lo difícil iban a ser los viejitos, no iban a dejar así como así a sus animalitos, ni a su casa donde habían pasado toda su vida. Usarían la fuerza si no salían por su voluntad. Esa fue otra de las indicaciones. Nomás que aún no se lo decían a los pobladores. Aún.

Nadie pasaba, pero nadie, nadie, desde el Salitrillo, a unos ocho kilómetros retirado del Ahuichote. El presidente municipal quería llegar a la comunidad; ya mero eran las elecciones y tenía la oportunidad de la reelección, entonces eso lo iba a hacer quedar bien con el electorado, tipo héroe, aunque nada que ver. Ni siquiera se tomaban el tiempo de escucharlo los guardias nacionales, nadie era nadie. Algunos familiares empezaron a llegar, ya sea que iban regresando de alguna diligencia por Jerez o Zacatecas. Empezó el pánico entre los que no los dejaban llegar a su hogar o a visitar a sus familiares. Ya eran las ocho de la mañana del nueve de mayo. Aún no podían sacar a los habitantes viejos de la comunidad. La gente de la región empezaba a especular varias historias en sus posts en feisbuk, llamadas por guatsap, videollamadas con sus familiares en Estados Unidos. Nadie sabía nada, ni los que estaban ahí en el campo, en primer contacto; menos los que nomás tenían miedo y tiempo para pensar tanta cosa con los pocos chismes que salieron de la comunidad.

Una cosa sí es cierta: los que vieron las luces en el cielo en la noche, a esos no los dejaron salir, ni el intento. Los tenían en el campamento, con un lonche sencillo y unos camastros. Eran dos adolescentes, María y José Luis, estudiaban la preparatoria en Tepetongo y eran novios. Andaban “rayando” cuando sintieron como si los chuparan esos anillos llenos de luces. Pálidos estaban; la hemorragia por la nariz nomás no paraba, aunque no era grave, continua, pero poquita. Las enfermeras de la Guardia Nacional no les daban chance de ningún tiempo solos, parecían sus sombras, tan cerca que era imposible hablar algo sin que ellas escucharan. Otro de los que ahí estaban era Joaquín, un joven de unos veintisiete años, que vivía de andar cuidando caballos y vacas de las gentes que vivían fuera de la comunidad. Él estaba en el corral, quitándole la silla a su caballo andaluz, hermosa bestia que no dejaba de moverse inquietamente y de resoplar. Las gallinas se quedaron en silencio, a pesar de que unos segundos antes tenían tanto alboroto que parecía que andaba el coyote adentro del corral. Eso fue lo que sacó a Joaquín de la caballeriza para ir a revisar el gallinero, cuando al ir cruzando el corral vio los anillos. Giraban y giraban, y la luz lo tenía tan atento, porque no le hallaba qué fuera. Además, su vista estaba pegada a los anillos, los veía claramente, los tenía a unos escasos metros de su cabeza.

Otras retenidas en las carpas eran las solteronas “Avendaño”, dos señoras de pasados los cincuenta años. Ellas vivían para y por sus vacas, ya que hacían un queso tan delicioso que no se cansaban de recibir cumplidos sobre ello. Ellas, más que el dinero, que era un buen ingreso para la vida en la comunidad, eran los buenos comentarios sobre su producto. Lo vendían en Jerez, Colotlán y hasta en Tlaltenango. Ellas además presumían que hasta internacionales eran sus clientes, porque tiro por viaje, los paisanos que vivían en California, cada que visitaban su tierra, el Ahuichote, se llevaban queso para repartirlo con los familiares al otro lado.

Las solteronas acostumbraban tomarse un café en el porche de su casa, con un pan y viendo las estrellas, platicando chismes de sus vecinos. Además, solían fantasear mucho con “la fiesta del rancho”, preguntándose quién vendría, quién contrataría a la danza este año, cosas de esas. Fue en ese momento de su noche cuando, al estar comentando lo que decían del ruidajo de en la tarde, vieron los anillos llenos de luces. El Padre Nuestro fue lo primero que salió de sus bocas, las dos al mismo tiempo, pero no quitaban la vista de los anillos, ni soltaron el pan y el café. Aunque ni un sorbo ni una mordida le volvieron a dar, sentían que ya no les cabía. Además, como hasta mareos; una hasta dijo que “como cuando uno se marea de tanto oler la cera en la capilla”. Igual que al resto, no les dejaba de salir sangre de la nariz.

El pretexto para no dejarlas ir, a las personas retenidas, era su salud, pero en realidad no querían que contaran lo que vieron a las demás personas, ni a sus familias. En el rancho no había señal, entonces eso era algo bueno, pero el chisme de boca en boca era lo que las autoridades querían evitar. Ni las luces en los anillos, ni mucho menos los cientos de cadáveres que había regados por lo largo del arroyo que le dicen del Chiquihuite, que es el que llena a la presa del Ahuichote. El comandante de la Guardia Nacional ya había recibido por radio el límite: desde donde empezaban el reguero de carne humana hasta la presa, que era donde terminaba. El número, aún imposible saber. Eran tantos que se ocuparían, a lo mejor, hasta días, por no decir semanas, ya que ahí son puras barrancas de no muy fácil acceso.

Ya para el mediodía, en Tepetongo, la cabecera del municipio, se empezaba a ver gente sospechosa, camionetas que, sin ser expertos, los testigos del pueblo que las vieron pasar aseguraban que eran blindadas, todas de color verde olivo, el que maneja el Ejército Mexicano. Pasaron tantas que unos decían que hasta veinte, otros decían que más, porque por el camino de Arroyo Seco pasaron hasta el doble, unas escoltando a tráileres del Ejército que llevaban aparatos como carga. Ese movimiento de las fuerzas armadas obviamente trajo sospechas, que ya se habían filtrado algunos videos a las páginas informativas de dudosa reputación que abundan en feisbuk. Los posts aseguraban, con una confianza envidiable, que un operativo grande se estaba llevando a cabo en la sierra; algunas hasta cifras en millones de dólares de producto decomisado mencionaban, otras decían que eran varios laboratorios, los más grandes jamás desmantelados desde que empezó la guerra contra las drogas. Una que apenas tenía, si acaso, mil veinticuatro seguidores, pregonaba como encabezado en su post del video de los convoyes del Ejército pasar por las terracerías que llevan al Ahuichote: “Miles de cadáveres están bajando en camiones de volteo de la sierra, estuvo bueno el enfrentamiento”. Como jastag, ponían hasta el nombre de un posible capo capturado.

Miles de cadáveres sí, pero de un enfrentamiento no; del origen, aún ni rastro. Un general del Ejército, que ya se encontraba en la comunidad del Ahuichote, instalado en una de las casas enormes y solas que dejan los norteños solo para pasar dos semanas al año en que visitan la comunidad para su fiesta patronal; en una de esas casas estaba instalado el encargado de la seguridad, el más alto mando del Ejército Mexicano que jamás haya pisado esas tierras del municipio en toda su historia. Adaptaron el campo de beisbol como helipuerto, esperaban hasta la visita de la mismísima presidenta del país. Tan así estaba la cosa, que los militares andaban para arriba y para abajo. El lienzo charro y sus alrededores estaban siendo usados como estacionamiento de tanto vehículo que había, puros de las fuerzas armadas. El panorama era asombroso, y más para las gentes acostumbradas a la paz del campo de ese rincón del estado y del país.

Don Ramiro ya iba casi llegando a lo más alto del cerro de Juanchorrey, el famoso despeñadero. Gran parte de su vida por todos esos lugares, que pasaba desapercibido, se unía a la naturaleza, se hacía parte de la misma, y sin proponérselo, nomás era la simbiosis de pasar tanto entre esas cañadas, arroyos y barrancos. Se sentó en una peña que estaba cubierta por un pequeño bosque de encinos. Ahí estaba descansando, después de haber caminado toda la noche. Él claramente podía ver el desmadre que traían “los guachos” por el arroyo del Chiquihuite, los veía caminar por entre las barrancas, y dos helicópteros que no dejaban de dar la vuelta por el área. Un pedazo de papel higiénico tapaba sus orillas de la nariz, ya rojos, empapados de sangre. Se sentía débil, que se visualizó pálido. Una vez ahí, intentando tranquilizarse, empezó a recordar lo que había visto. Le parecía tan lejano, aunque apenas algunas horas atrás había pasado. “Pues si es Dios, qué misterioso es, y si es otra cosa, qué misteriosa era; puro misterio”, se dijo. Por lo pronto, él no pensaba volver a la gente, solo era mejor.

A su lado izquierdo escuchó el jadeo de uno de sus perros, que venía a la velocidad que podía subiendo entre el barranco para llegar hasta con su amo. Ya cuando lo alcanzó a ver, con tan solo unos pocos metros de distancia, el perro, un mestizo pero con rasgos más marcados de american bully o pitbull, perro chato les decían en el pueblo, llegaba con un brazo humano en la boca, aún fresco, porque le escurría sangre. Don Ramiro se para y le dice a su perro: “Ssshhht”, pa’ que soltara lo que traía en el hocico.

— ¿De dónde lo sacaste? — le dijo, aun a sabiendas de que el perro no le iba a responder, pero así estaba acostumbrado Don Ramiro a ser con sus perros, eran sus favoritos, los prefería por encima de muchas personas.

Don Ramiro empezó a seguir el rastro de las gotas de sangre. Caminaba aprisa, su corazón parecía que quería salírsele del pecho, y así, sin más, entre la barranca, por unas peñas y entre unos garruños, ve lo que parecía el torso de otro cuerpo. Empieza a peinar el área con su mirada y se da cuenta de que hay más, mucho más cadáveres.

Un grupo de cinco periodistas, todos de la nota roja, que se mueven solo en el área metropolitana Zacatecas — Guadalupe, y cuando se requiere, hasta Fresnillo. Los medios para los que trabajan, hasta eso, tienen un poco más de credibilidad y manejan un poco más profesional la información. Por lo menos intentan contrastar con la versión oficial y la de los testigos. Este grupo se juntó para viajar juntos hasta el municipio de Tepetongo, que solo lo conocen por “las tortas”, y ya. Viajan en un solo vehículo para repartir gastos, porque bien, pues no ganan. Todos querían tener la información de primera mano sobre lo que estaba pasando en el siempre bello municipio de Tepetongo, Zacatecas, México.

Imaginaban llegar a un pueblo solitario, donde ni los perros de la calle se veían por ningún lado, pero no. La vida se llevaba con completa normalidad, solo que en la boca de los habitantes estaba un solo tema: la movilización militar. No batallaron nada para que los pobladores contaran cuánto sabían; el problema fue que las versiones se contradecían. Lo único certero que tenían era: militares controlando todo a su paso. ¿El porqué? Ni la más mínima pista. Los soldados, tanto del Ejército como los de la Guardia Nacional, obviamente no decían nada, pero absolutamente nada.

En el campamento, María y José Luis, Joaquín y las solteronas vieron cómo llegaba un grupo de guardias nacionales con Don Ramiro. No lo iban escoltando como a un delincuente detenido, más como a un viejo que ocupa atención médica, pero que va por pie propio. Eso sí, la mirada de Don Ramiro veía todo y nada, no se podría decir en qué enfocaba su atención, pero los ojos cerrados no los tenía. Estaba tan pálido, más que ellos, y los labios los tenía tan secos que se veían puras escamas blancas. Los militares le daban agua a beber, pero Don Ramiro no hacía el mínimo intento por aceptarla.

— Un suero — le dijo un militar a una enfermera.

Sentado estaba, no se quiso recostar en el camastro que le ofrecieron. Los otros testigos de las luces solo estaban ahí viendo, sin poder compartir sus impresiones entre ellos por la estrecha vigilancia de las enfermeras. Una de las solteronas dijo, no se pudo contener:

— ¿Pos qué vio Don Ramiro?

En ese momento, Don Ramiro dirige la mirada hacia la solterona. Su boca soltó un molesto “aaaahhhh”, seguido de un:

— Me dijeron que mis perros iban a estar conmigo, ¿dónde están?

El militar le contesta:

— Están bien, los están atendiendo mis elementos.

El general del Ejército les da instrucciones al resto de comandantes.

— Vamos a tener que contratar camiones refrigerados, pero los vamos a mover de noche. No queremos testigos, así que limpien todos los caminos. Aún no sabemos cuántos se van a necesitar a ciencia cierta, pero hagan el plan para unos diez a veinte. Tiene que ser rápido, la recolección como el traslado de los cuerpos.

El destino era Guadalajara, Monterrey, Zacatecas, Aguascalientes y San Luis Potosí. Las morgues de esas ciudades tendrían tanto trabajo que parecía imposible. Y a los testigos, a ellos los llevan a la zona militar, no los puede ver nadie, ni familia ni los periodistas.

Don Ramiro, al ver tanto cuerpo regado por árboles, garruños, nopales y magueyes, algo se rompió en su interior, porque de tanto que sentía, no sentía nada. Sonaba contradictorio. Ya ni les decía nada a sus perros. Estar en silencio y empezar a alejarse del lugar era su objetivo. No negaba que el vómito le hizo dar arcadas y aventar solo saliva. Se veía las manos, como queriendo comprobar que no estaba soñando.

Después de caminar por horas, va llegando a la comunidad de “La Tinaja”, bajó por todo el arroyo del Salto. Ahí, en la única tienda del pueblito, se encontraban los cinco periodistas. Se tomaban una Coca-Cola de vidrio bien frita, a la sombra del gran mezquite que estaba a un costado de la tiendita. Al ver al anciano, su atención fue inocultable. Uno le soltó:

— ¿Está bien, don?

Don Ramiro dijo, sin preguntarse quiénes eran esos desconocidos. Solo quería contar lo que había visto, porque solo así podría poner en orden las ideas de lo vivido en horas recientes. El destino lo juntó con las personas correctas, esos cinco periodistas de nota roja, hambrientos de información y laiks para sus notas.

La comunidad de “La Tinaja” se encontraba fuera del perímetro blindado que tenían los militares. Los periodistas decidieron ir para allá con la esperanza de acercarse lo más posible al origen de lo que parecía el destino de todos los vehículos de los soldados. Les fue imposible, así que estaban buscando opciones, quizá algún lugareño sabía una ruta por donde acercarse. Tanto era su afán de la información, que hasta con poder grabar un video donde se pudiera escuchar en el sonido ambiente las balaceras que ellos creían que era lo que estaba pasando allá por la sierra.

No fue así. Se toparon con algo que no esperaban, para nada: el testimonio de Don Ramiro. Salía tanto de lo que todo mundo sospechaba, que creyeron que el viejo se burlaba de ellos. Aun así, lo fotografiaron y grabaron en video y audio su entrevista. Era mejor eso que nada. Aunque nadie hizo por tener interés en publicarlo. Sonaba tan irreal que siguieron con lo suyo, intentando llegar al epicentro, que las alucinaciones del viejo Don Ramiro.

El aspecto del anciano tampoco fue algo que les resultara extraño. Todo lleno de tierra, como todos los de rancho, con un par de perros flacos, pulguientos como compañeros, y esos tapones en la nariz, ya negros, era porque estaba malito de su cabeza. Ninguno pensó que requería ayuda, ni por la palidez de su piel. Ellos nomás querían el morbo del desmadre que estaba pasando por aquellos lugares.

Don Ramiro seguía con su corazón a todo. Las punzadas en la cabeza eran tan molestas que no se podía concentrar. La sangre que aún emanaba de su nariz ya ni la intentaba tapar, se sacó el papel higiénico de sus orillas y lo aventó a un lado del camino. Aturdido se sentía, escuchaba pájaros, sus pasos, pero más, más, oía a su corazón: tun tun tun. Hasta se le estaba empezando a olvidar su encuentro con los periodistas. Él contó todo lo que vio, ni le agregó nada, ni le quitó nada. Se desahogó, pero no se sintió mejor.

Ahora iba caminando sin rumbo, nomás a ver a quién más se encontraba en el camino para contarle lo que vio y así poder sacarse esa sensación. Al acercarse al Salitre, unos militares a bordo de una patrulla de la Guardia Nacional lo detienen, lo interrogan y les cuenta todo, así como a los periodistas. Ellos, los militares, reportan al viejo y reciben la indicación de llevarlo al campamento donde estaba el resto de los testigos. Don Ramiro solo forcejeó al subirse a la patrulla porque no quería dejar a sus fieles acompañantes, sus perros.

— ¿Pos qué sería lo que vio Don Ramiro? — se preguntaban los compañeros de la carpa.

Lo conocían bien, era vecino de la comunidad, aunque siempre andaba solo y era serio, pero sabían que algo no estaba bien, ni con ellos ni con el viejo. Así como estaba, no nomás era por las luces en los anillos, era otra cosa. María y José Luis, por adolescentes quizá, no asimilaban bien lo que estaba pasando. Ellos lo que querían era irse a su casa con su familia, empezaban a creer que no los dejarían ir pronto. Joaquín estaba seguro que Don Ramiro sabía algo más. Varias veces fueron a ver vacas a la sierra juntos. Era un señor que no se impactaba fácil, contaba las cosas como eran, rara vez le llegó a contar mentiras.

“Pa’ mí que hasta se lo llevaron”, esas luces, y algo le hicieron, pensaba el caballerango.

Las solteronas le intentaron sacar plática a Don Ramiro, pero las enfermeras intervinieron, con el pretexto de que el viejo ocupaba descansar.

El general entra a la carpa de los testigos, se presenta con todos esos nombramientos rimbombantes que usan los militares, que diplomado, que Estado Mayor y cuanta cosa. Nadie de los ahí presentes le puso atención a eso, para ellos era “el soldado jefe”, y ya. Lo que les decía era que estarían bajo observación médica militar, en uno de sus hospitales, en la zona de Guadalupe. Los llevarían cuanto antes y les brindarían todas las comodidades posibles. Los testigos preguntaban por su familia, que los querían ver.

— Allá en el hospital los podrán ver — les dijo “el soldado”.

No sería verdad.

Los cinco periodistas se dirigían nuevamente a la cabecera municipal, a Tepetongo. Al ver fracasados sus intentos por tener algo más vistoso, ya no podrían subir más videos de los vehículos militares pasando de aquí para allá. Eso lo pudieron publicar sin haberse movido al pueblo protagonista del caos. Uno de ellos aplicó el típico “chingue su madre”, y dijo:

— Pos yo sí voy a publicar la entrevista del viejo ese de las luces del cielo y los cadáveres. “De eso a nada” — remató — , mientras a ver qué más podemos hacer para saber qué está pasando de verdad.

El cielo estaba rojo, y todas esas tonalidades bonitas que traen los atardeceres en estas latitudes del globo. Hermoso que se veía. El periodista de nota roja justo acababa de darle publicar al video, que cumplía con todo el cliché de video click bait, con un círculo rojo en la portada señalando un punto en el cielo, y abajo vehículos verde olivo.

“Lo que vio Don Ramiro” era el encabezado de su video, en su post de feisbuk. Ya estaba en el universo del internet. Imposible sería detenerlo en caso de que fuera viral. El periodista no creía que fuera a pegar, pero cumplía con su cuota del día.

Ese atardecer tan hermoso, que desde la comunidad del Ahuichote fue el escenario para algo tan atroz como lo siguiente. Un par de suburban del Ejército, escoltadas por otro par de cheyenes, estaban por llevar a los testigos al campo militar. Al salir de la carpa y ver el rojo del cielo, Don Ramiro vio a sus perros. Sí se los estaban cuidando los soldados, nomás que estaban igual de inquietos que como cuando los anillos esos con luces de la noche anterior.

Sintió una punzada en la cabeza. La nariz ahora aventó un chorro más grande de sangre, se lleva la mano para intentar taparla. Los demás compañeros testigos también. La sangre los hizo detener sus pasos, no se subieron a la camioneta.

En ese momento, el ruido ensordecedor y la polvadera invadieron todos lados. Las carpas de la Guardia Nacional salieron volando en todas direcciones. Militares corrían de un lado a otro intentando contener, era inevitable. Otra vez, solo fue el ruido y el viento, pero no se veía qué lo provocaba.

Segundos después, como no queriendo, primero de a poquito, luego ya más fuerte, se empezaron a escuchar gritos. Gritos de los cientos de militares que estaban regados por el campo, por arroyos y barrancos. Gritos no normales, de por sí los soldados son fríos, pero esta vez los gritos eran de dolor, dolor puro. Los uniformados que estaban en el pueblo volteaban a todos lados. Caos reinante.

Arriba, justo arriba de la presa, se posó esa luz cegadora que emitían los anillos que giraban. El ruido era sordo, hueco, pero aun así muy molesto. Don Ramiro no podía dejar de verlo, aunque ahora lo tenía más lejos que la noche anterior, pero ahora así parecía un ojo, un ojo divino, cegador, terrorífico. Sintió paz y miedo, ganas de seguir viéndolo, así como de huir. Sus perros estaban ahora dando vueltas a su alrededor.

Sintió como si el ojo luminoso, hecho de anillos giratorios, lo chupara, se lo llevara, y sí, vio cómo fragmentos de su piel se empezaron a ir en dirección a la luz. Levantó sus manos y las vio deshacerse. Era tanto dolor que deseaba acercarse por su voluntad. No lo pudo hacer, se sentía pegado al piso. Todo era contradictorio.

Todo desapareció.

El diez de mayo, Día de las Madres, en lugar de fotos de madres o de imágenes con frases alusivas al festejo, en las redes sociales abundaban videos de la luz, de los ruidos, del viento y de los cientos, quizá miles, de cadáveres regados por todos lados, en las azoteas del pueblo de Tepetongo. Pero el video más viral ahora era el testimonio, la entrevista de Don Ramiro. Aunque resulte difícil de creer, hasta medios internacionales estaban replicando todo: fotos, videos y demás.


메타데이터
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