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Las cosas que pasan

¿Será el perfume secreto de las rosas?

Martín Tami · 2025-05-18 22:38 · 0 claps · 4.2 min read
#peluquería #papa #chiclayo #avispa #literatura
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Las cosas que pasan

I.

Jesús corta el pelo con la facilidad de quien lleva treinta años haciendo lo mismo, y haciéndolo bien. Cada tanto, desvía su mirada, no siempre dejando de cortar, para seguir las novedades del Giro d’Italia, la competencia ciclista del momento, que comparece desde la pantalla de su celular. Es que, además de ser un buen peluquero, Jesús es un ciclista apasionado.

No soy de los que gustan de conversar en la peluquería, pero Jesús me cae bien y quiero abonar el terreno de nuestra circunstancial amistad: hago algún comentario muy endeble sobre esos hombres que bicicletean entre Castel di Sangro y Tagliacozzo.

Así pasa el rato: Jesús en silencio, yendo de la tijera a la navaja, para luego retomar el concierto de la primera, y yo también, sumido en mis pensamientos, gozando de mis cinco o seis puntos de miopía (para dejarse cortar el pelo conviene quitarse los anteojos), intuyendo cómo se desprende la maleza entrecana que gobierna mi cabeza.

Pero en un momento la conexión de la competición italiana se interrumpe: ahora es cuando tocan los auspicios de la transmisión. Me llama la atención el primero: habla de un champú para oscurecer el pelo, es decir, para combatir el avance de las canas en nuestras cabelleras. Me pregunto para mis adentros si ese anuncio será el mismo para todos los que asisten a la transmisión del Giro, o será que se trata de uno especialmente dirigido al afable Jesús (o a quienes circunstancialmente le hacemos compañía casi a diario, sin dejarle apenas tiempo para respirar), a raíz del oficio al que se dedica con tanto esmero desde hace tanto tiempo.

No alcanzo a responderme, cuando es el propio Jesús quien retoma nuestra volátil conversación y me comenta:

— Hasta sacaron unas pastillas para combatir la calvicie. Pero parece ser que le generaba a la gente tendencias suicidas. Así que las tuvieron que retirar del mercado. Murió gente.

Yo, por mi parte, sorprendido por el tenor de la noticia que me acerca el peluquero, que, dicho sea de paso, me tiene a merced de cualquier arrebato asesino que se le figure oportuno, con sus tijeras de distintos colores y tamaños danzando entre sus dedos, apenas atino a responder:

— Ah, ¿sí? Qué impresión.

Pero para mis adentros pienso: “Así son las cosas que pasan: a veces, hay que elegir entre la calvicie o la vida”.

II.

Ya hace un tiempo, pronto se cumplirán tres años, inauguré mis publicaciones en este medio con un texto referido a lo que en su momento, y todavía hoy, me pareció adecuado nombrar como el arte de lo improbable.

Recientemente ocurrió algo que me ha vuelto a poner sobre la pista de esta noción: la de lo improbable como un factor esencial de la vida. De la mía, pero no solo la mía. Quiero decir: de todas las vidas.

El caso es muy claro, así que no hace falta que me entretenga enhebrando ornamentos muy sofisticados. Vayamos al grano:

¿Alguien me puede decir qué probabilidad había de que un día, en el preciso acto en que se dirige por primera vez al mundo, un papa recién votado en el cónclave que se venía realizando hasta hace unos momentos en la majestuosa Capilla Sixtina, enviara un saludo especial, dicho sobre todo en su propia lengua, es decir, en la de ellos, que es también en cierto sentido la suya, a las personas de una humilde diócesis peruana, más precisamente la de Chiclayo, que en ese instante pasó de no existir para nadie, o para muy pocos, a convertirse en el centro de atención de la Iglesia universal?

¿Alguien me puede decir qué probabilidad había de que la primera ciudad nombrada por un nuevo papa, además de la de Roma, a la que previsiblemente debe nombrar, puesto que ser papa equivale a ser el obispo de dicha urbe, o más bien al revés, fuera ni más ni menos que la de una ciudad de la costa norte de Perú, también conocida como “ciudad de la amistad”, debido al carácter amable y amistoso de su gente, según consigna Wikipedia?

¿Alguien me puede decir qué probabilidad había de que un hombre como Robert Francis Prevost, sacerdote agustino, nacido en la mayor ciudad del Estado de Illinois, es decir, Chicago, y profundamente ligado al pueblo peruano, del que llegó a ser obispo en la ciudad de Chiclayo, fuera un día el más nombrado de entre los cardenales reunidos bajo llave mientras se realizaba un escrutinio para ver quién de todos ellos habría de salir al balcón de San Pedro como nuevo sucesor del primero de los apóstoles de Jesús?

Chicago, Chiclayo… ¿Será este el primer papa que pueda viajar a China? Parece imposible, pero ya sabemos que nada es imposible para Dios. Acaso convenga corregirse y afirmar que, más que imposible, se trata de algo improbable, sí, muy, pero muy improbable.

Como casi todas las cosas que pasan, a fin de cuentas, me digo ahora que lo pienso mientras lo escribo.

III.

La bestia me esperaba agazapada debajo del escritorio.

Tan pronto la vi, no pude ahogar un pequeño gritito de espanto. (Sí, lo admito: no me gustan nada los bichos). Pero resulta que esto no era solo un bicho. Era algo más, algo más monstruoso, más amenazante y feroz. Una bestia de pocos centímetros, aunque los suficientes como para que llamara la atención de cualquiera.

La avispa asiática que me daba los buenos días y me saludaba tardíamente por San Isidro es capaz de inocular un veneno mortal con su aguijón de gran porte, aunque todavía no lo sabía, ni sabía que no querría saberlo.

Aparentemente se trata de una especie invasora en Europa y son el terror de las abejas autóctonas del viejo continente. Claro: en Asia se pueden jactar de ser más viejos todavía, y la vespa velutina (que así es como se denomina la especie, técnicamente) resulta una digna defensora de la primacía del lejano oriente.

La situación no es dramática, pero sí digna de cuidado y de atención. Pero, más allá de la gestión biosanitaria del asunto, a mí me persigue el comentario que lanzara horas más tarde mi compañero Menene, con la perspicacia del hombre que entiende mejor que ninguno de los europeos las peripecias de la naturaleza:

“Martín, qué casualidad: que la avispa fue justo a por ti”.

¿Será el perfume secreto de las rosas?

¿Será el perfume secreto de las rosas?


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