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El Guerrero y el Espejo

Sentado con paciencia, mirando desafiante a los ojos al asesino de mis sueños.

GRECON · 2026-05-31 12:12 · 0 claps · 2.3 min read
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El Guerrero y el Espejo

Sentado con paciencia, mirando desafiante a los ojos al asesino de mis sueños.

Encuentro intriga. ¿Por qué no quiero arrancarle la garganta…?

Es más: hasta me da una ligera aura de comodidad.

Aquel que me da la excusa perfecta para que mis decisiones no lo molesten.

El que me susurra cerquita de la oreja con esa voz suave y reconfortante, esa que, inconscientemente, espero:

“Solo cinco minutos más…”

“¿Para qué esforzarse, si lo podés hacer después?”

“No vale la pena… ya lo hará alguien más.”

Y cómplice, consciente de mi ignorancia, me dice con dulzura:

“Quedate durmiendo.”

Es el mismo que se alimenta y disfruta, mucho más de lo que yo puedo, de mi conformidad y de la comodidad que tan cara me costó y costará.

Desde mis almohadones de plumas lo observo, tratando de entender por qué le hago caso.

Y no entiendo cómo pude ignorar los reflejos…

Si le prestara atención al rostro que con toda la triste intención ignoro…

Sentiría el golpe de sus nudillos en la sien.

El parpadeo y el chispazo blanco del golpe de su reflejo de realidad,

ese que tapé con menús gourmet sobre el ostentoso plato dorado,

donde alimenté mi desgano.

Cuando, en su despiadada sonrisa, me demuestra que poco o nada le importa.

Solo le interesa un día a la vez:

comer hasta llenarse, dormir, vaciarse,

para luego anestesiar la culpa, con la pantalla defecando su cóctel de procrastinación y entretenimiento barato.

Para terminar en una siesta, y comenzar de nuevo…

Del otro lado de la cama — y del espejo — ,

el que antes fue implacable,

el despiadado que no se detenía ante nada ni nadie,

en sus fervientes erupciones de poder, desplegando calor, doblegando monarcas, fortaleciéndose en tormentas.

Ahora se ve atrapado por esta suave sábana, pesada como una enorme cadena de seda,

abrumado por tanta comodidad:

en la reconfortante hospitalidad de sus frazadas, en el dulce placer de la gula y sus caprichos culinarios, encerrado en su conformismo de vivir.

Si se viera en el espejo, no se reconocería.

No por el paso del tiempo,

sino por lo que se ha permitido perder.

El camino fue largo, la pelea tan áspera, que ya ni siquiera intenta.

Se sienta cómodo.

Se sienta…

conforme.

Anhelando sus días de gloria, se lamenta del día en que le ganó, por primera vez, la pereza.

La que se regocijó con él, y sin darse cuenta compartieron una sonrisa.

Un pequeño gozo.

Y lo que fue inofensivo en su momento, con el tiempo se convirtió en hábito.

Ese hábito le presentó a sus nuevos amigos:

la indiferencia, la pereza, y el ego de creer que se lo merecía por quien había sido…

Juntos,

lo transformaron en alguien

que nunca quiso ser.

Y ahora, rodeado de espejos,

la tristeza y la culpa pesan mucho más que la derrota.

Mira sus manos suaves, sus brazos flácidos, ese bulto en el abdomen que no reconoce como propio,

sus piernas débiles,

su voluntad apenas sosteniendo su existencia.

Sabe que tiene que levantar el mentón.

Fortalecer su cuerpo.

Enfrentarse a la pereza.

Pero lo vence… todos y cada uno de sus días.

Pues, en su mente, sigue siendo el mismo guerrero orgulloso y fornido,

peleando a diario fieras batallas contra el descanso

en esas suaves y pesadas sábanas de seda.

No pierde la fe de que algún día vencerá.

— G.R.E.C.O.N. —


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