El día que Walter llegó
Escrito por AB
El día que Walter llegó
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Esperando que todo esté bien, pero sabiendo que no era así, agarré la pequeña máquina, y la ajusté en mi dedo. Y esperé. Nueve. Nueve resultados que confirmaron lo que ya había sabido. Me permití las lágrimas por unos momentos. Luego agarré el teléfono para llamar a la clínica.
Hablé con la misma enfermera que solía contestar llamadas en la clínica. Tuve que explicarle quién era y que estaba embarazada a 32 semanas, que sufría de presión sanguínea alta, y que tenía una medida de 180/90. “Ok, espere un momento,” y me dejó para buscar una cita. Me sorprendí escuchar la voz de mi enfermera, la que siempre trabajaba con mi médica, diciendo mi nombre.
“¿Adrienne? Soy Amanda. Sí…tienes que venir. Ahora mismo. ¿Qué tan rápido puedes llegar?”
Podía sentir que mi nivel de pánico iba subiendo, pero traté de no revelarlo. “¿Diez minutos?” le contesté, tratando de sonar normal.
“Ok, te di la cita en 15 minutos. Nos vemos pronto.”
Inmediatamente después de colgar el teléfono, las lágrimas finalmente salieron. Empecé a llorar incontrolablemente. Grité para mi esposo, que no había tenido que ir al trabajo ese día (gracias a Dios), que venía corriendo. Le expliqué lentamente, con dificultad, lo que me había dicho. Sabía que algo grave me estaba pasando, pero sin saber que las próximas horas cambiarían nuestras vidas, nos subimos al carro rumbo a la clínica.
Cuando llegamos, fui a la clínica de mujeres para que me revisara. Estaba un poco triste que mi enfermera no me ayudara, pero sabía que ya tenía sus pacientes y que tendría que ver al médico que estaba de turno. Me mandó directamente al hospital, por lo cual tuvimos que tomar un puente que cruzaba Lemay, e insistieron que me sentara en una silla de ruedas “para que descansara.” No querían arriesgar que mi presión se subiera.
No recuerdo mucho de esos pocos minutos de pánico. Una enfermera me preguntó, “¿Sientes contracciones?” a la cual le respondí que no las sentía.
Otra enfermera me recomendó que me quitara los pasadores de mi pelo porque en caso de que tuvieran que operarme, no los podría tener. Eso fue el momento en que empecé a sentir más pánico. Me sentí totalmente fuera de control, como alguien estaba manejando un carro y yo estaba sentada atrás, sin poder controlar la velocidad del carro. Como si estuviera gritándole al conductor que se desacelere, pero no hace y no sé por qué.
Me acuerdo de hace unos años cuando mi esposo y yo fuimos a Hawaii. Él insistía que nosotros vayamos en motocicleta, aunque me daba tanto miedo que no quería ir. Finalmente me convenció, pero mientras salíamos de la franquicia estaba llorando con terror, viviendo una vida que no parecía ser mía. Sentía tan inútil y que nadie me estaba escuchando ni entendiendo mi terror. Como ahora.
Cuando llegamos a nuestro cuarto del hospital, una médica, una neonatóloga, vino para presentarse. Nos explicó que ella será la encargada de cuidar a nuestro bebé después del parto. Eso fue la primera vez que alguien había hablado de nuestro bebé como si existiera afuera de mí…como existiría muy pronto. Me dio miedo.
Sarah y BJ, unos amigos nuestros, entraron con ojos tan grandes como platos. Sarah parecía estar super aterrorizada; su cara reflejaba exactamente los sentimientos míos.
Finalmente, después de lo que parecía mucho tiempo, llegó mi mamá. Había venido de Denver; no sabía que eso momento sería tan importante, Ryan solo sabía que estaba muy enferma cuando la llamó. Mis padres vivieron en Denver en ese entonces, pero mi papá estaba muy enfermo y no pudo venir con ella. Estaba tan aliviada cuando la vi entrar, pero no teníamos la oportunidad de hablar. Le dieron una bata y una máscara y anunciaron que por fin fue la hora de operar.
La verdad es que no recuerdo mucho del parto, desde ese punto adelante, el cual es muy difícil decir porque obviamente, me gustaría recordar el parto de mi primer hijo. Otra cosa que estaba fuera de mi control, que me hacía sentir como una madre terrible. No podía controlar ni mi cuerpo ni el parto. Me sentía que estaba fracasando desde el principio.
La próxima cosa que recuerdo es cuando me desperté, otra vez en mi gran cuarto. No sé cómo sabía en ese momento, mi esposo debía de haberme dicho que todo estaba bien con nuestro hijo, con Walter, que estaba en la NICU recuperando. Sí recuerdo que mi esposo y yo convencimos a mi mamá que se durmiera en nuestro dormitorio extra, y que los dos salieron muy tarde. Recuerdo que conocí a mi enfermera nueva, que fue la enfermera de turno, y tuvo que venir para cuidar a mí, específicamente. No recuerdo mucho de esa noche. Sé que vomitaba casi toda la noche. Tengo unas memorias de usar el botón del remoto que me había dado para llamar a la enfermera y decirle que estaba vomitando de nuevo. Me habían dado una medicina para prohibir que sufriera de un derrame cerebral, pero era básicamente un metal y me sentía que me estaba muriendo. Así pasó toda la noche. Nunca me ocurrió preguntar de, o aún pensar en, mi bebé recién nacido.
La mañana siguiente, estaba acostándome, poco a poco, en mi cuarto del hospital. Todavía no había conocido a mi hijo. Estaba en la NICU, porque nació muy temprano y necesitaba mucha ayuda médica. Oí que alguien tocó la puerta. Mi esposo entró, pero oí voces de unas personas que estaban con él. Estaba con BJ, su mejor amigo, y su esposa, Sarah. Traté de despertarme y no sentirme tan fea y desarreglada enfrente de ellos, pero me sentía tan expuesta.
“Dios mío,” respiró Sarah, sin poder controlar su sonrisa. “¡¡Tu hijo es TAN lindo!!” No pude responder. ¿Cómo que ella sabía cómo era mi hijo, mi propio hijo, y yo todavía no lo había conocido? Quería llorar.
Adentro, sí estaba llorando. Yo aún no había conocido a mi hijo…¿y ella sí? Me sentía como si estuviera muriéndome, y me parecía que a nadie le importaba. Mi mamá, y mi esposo, habían pasado la noche en casa, no conmigo. Estaba sola, toda la noche, con mi enfermera. Obviamente, mi esposo había estado con mi bebé esa mañana, no conmigo.
En ese momento, sentí una gran vergüenza. Me sentía como una madre terrible. Una ira insoportable me empezó a llenar, mientras que miraba la cara sonriente de “tía Sarah.” Estallé en llantos, lágrimas furiosas corriendo por mis mejillas, y los ruidos de mis llantos causaron un eco bien alto en el cuarto. Sarah parecía confundida. Incómoda. No sabía qué hacer; tampoco lo sabía yo. Me sentía sin remedio y sin control.
Mi esposo rápidamente les dijo algo para que entendieran que debían salir, y que hablaría con ellos luego. En ese momento, estaba tan agradecida por eso. A veces él no comprende exactamente lo que quiero o cómo quiero que vayan las cosas, pero en ese momento, sentía que él comprendía exactamente cómo me sentía. Inmediatamente después de que salieran, fue para hablar con una médica. Volvió la con enfermera, quien estaba sonriendo, y me dijo, “Oí que estás lista para conocer a tu hijo.”
La enfermera empezó a mover tubos de mi IV y cambiar el nivel y todo de mi cama. Más pronto que anticipaba, ella empezó a empujar mi cama pesada (conmigo en ella) por la puerta y por el pasillo hacia la NICU. Mi esposo caminaba con nosotras, llevando mi mano. Estaba nerviosa pero tan emocionada. No sabía qué esperar. Respiré profundo, y esperé.

Una de las primeras fotos de Walter. Nota la bolsa de toallitas para entender su tamaño de 3 libras, 1 onza.
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- 2026-07-29 10:54:54