Existe un superalativo de mi interior y es el Otro — Balbuceos para abrazarnos a palabras.
En días de desamparo extremo hay que cultivar la demora, la suspensión frente al pánico. Cuando la realidad se presenta como una…
Existe un superlativo de mi interior y es el Otro — Balbuceos para abrazarnos a palabras.
En días de desamparo extremo hay que cultivar la demora, la suspensión frente al pánico. Cuando la realidad se presenta como una concatenación de acciones tenemos que detenernos para rastrear con qué palabras narraremos lo que merece ser contado.
A la decisión popular le siguió la apertura de un dique de palabras (viejas) que fortalecen esta meta-física de la mesura. La realidad se aplana en un lenguaje extranjero: el refugio depende de derogaciones, el alimento de la inflación, las celebraciones de las leliqs, los derechos del mercado y el amor de la libertad que avanza. Nosotros ya lo sabemos, las topadoras siempre nos desamparan de nuestro hogar: el lenguaje que nos habla.
Necesitamos una lengua de la afectación, una lengua del amor. Que nos saque del terror, del pánico y nos retorne a la perplejidad. La diferencia entre el pánico y la perplejidad es que la primera nos deja inmóvil, la segunda es la inscripción de los comienzos. El pasmo de esta hoja en blanco que abro para balbucear el ahora.
Hay que obrar la voz, desfosilizarnos del lenguaje económico que nos fagocita y nos deja dóciles. Conversar más, conversar como acto imprudente. Habitar un habla entregada a la irrupción. Entre tanta exhibición, entre la violencia de la imagen, la injusticia insiste en enunciarse con la voz. Si Munch para mostrar el horror tuvo que pintar El grito, nosotros para vencer el horror tendremos que conversar. Encontrar un más allá de la representación. Todo lo mostrado se vuelve ícono, imagen operante, síntesis, pregnancia; hay que volver a la voz: la voz con-mueve. Alojar una palabra a tiempo que se enlace a la propia como un beso suave. Un nosotros para renombrar el mundo.
Disponernos a un “estar con” que nos desenrede de la lengua ajena y nos defosilice de la métrica obsesiva del dólar y el peso. Así, la angustia será la guía que frente a la falta de palabras no intentará suturar el vacío con imágenes, sino trastabillar con un lenguaje de nuevas risas, de nuevas celebraciones, de nuevas demandas, que nos abrace, que nos reencuentre. Qué es acaso conversar sino anudar de forma provisoria un decir más allá de lo dicho.
En un mundo nombrado por la lengua económica estar “en quiebra” es un estado de inexistencia. Sin un Estado que te reconozca, solo resta dormir al costado de los pasos de quienes orillan una mirada de desprecio y lastima. En un mundo nombrado por el-vivir-común estar en quiebra es estar barrado, escindido de su conciencia: un sujeto que encuentra en el superlativo de su interior, la intimidad, un sujeto que encuentra en lo más propio al Otro.
메타데이터
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