Una reflexión sobre el periodismo y las comunicaciones en Chile y la región
Mayo suele ser un mes importante para el periodismo y las comunicaciones. No solo por las conmemoraciones y actividades que se organizan en…
Una reflexión sobre el periodismo y las comunicaciones en Chile y la región

los panelistas y yo
Mayo suele ser un mes importante para el periodismo y las comunicaciones. No solo por las conmemoraciones y actividades que se organizan en torno a la libertad de prensa, sino porque también nos obliga a detenernos, aunque sea un momento, a preguntarnos en qué estado está el ecosistema informativo que habitamos, cuáles son sus mayores desafíos, y qué podemos hacer para enfrentarlos.
Ayer tuve el privilegio de moderar la primera mesa del seminario Periodismo en riesgo: diálogos sobre los desafíos de la libertad de prensa en Chile, organizado por el Colegio de Periodistas, la coalición COFLE y la Radio Universidad de Chile, y que contó con el apoyo de UNESCO Santiago y la Embajada de Alemania en Chile. Compartir ese espacio con personas a quienes admiro profundamente, por sus trayectorias y por su compromiso con las comunicaciones, fue también esa invitación que necesitaba para pensar el momento que estamos viviendo.
De lo que escuché, concluyo que el escenario para las comunicaciones no es alentador.
Chile sigue apareciendo en una situación “problemática” para el ejercicio del periodismo según el informe de Reporteros sin Fronteras (RSF). A esto, se suman las cifras levantadas por el Observatorio de la Comunicación (OCD), que establece que, en los últimos cuatro años, ha habido un aumento sostenido de agresiones contra periodistas y profesionales de las comunicaciones, especialmente mujeres; aunque estos ataques se desarrollan más en entornos digitales y menos cara a cara, se observa que estas acciones son cada vez más coordinadas entre uno o más actores que buscan amedrentar periodistas usando las tecnologías.
Pero quizás lo más complejo es que estas tensiones ocurren en un contexto global donde conceptos fundamentales, como la libertad de expresión, están siendo constantemente disputados. Y ahí aparece una paradoja incómoda: en el intento legítimo por reducir la violencia y la polarización del debate público y en la prensa, muchos países optan por respuestas regulatorias o institucionales que pueden terminar debilitando las garantías fundamentales, incluyendo la libertad de expresión. La educación, la prevención, el monitoreo de casos de discursos dañinos, y las medidas de reparación a los grupos sociales que los padecen deberían ser como lo señala el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), el foco de las medidas que acompañen cualquier normativa; su implementación, sin embargo, no sólo requiere mucha voluntad política y coordinación de múltiples actores, sino que también son medidas cuyos efectos no son para nada inmediatos.
Mientras tanto, el ecosistema de la información se deteriora, y eso afecta tanto al trabajo periodístico como a la sociedad en su conjunto. Sin periodismo robusto, seguro y crítico, se debilitan también las conversaciones públicas informadas y diversas, lo que puede tener efectos muy profundos en las democracias.
En ese diagnóstico difícil, me quedo también con señales que vale la pena destacar.
Me parece especialmente relevante que distintos países de la región estén avanzando en marcos legales de protección para periodistas y trabajadores de las comunicaciones. En una región donde, según datos recopilados por el Foro Latinoamericano y Caribeño de Periodismo (FLAP), más de 600 periodistas han sido asesinados en las últimas 3 décadas, es preocupante que este tema no haya sido tratado antes por las autoridades regionales. En 2026, por el esfuerzo de los propios comunicadores, países como Chile, Paraguay, Argentina y Brasil están por fin discutiendo mecanismos que reconozcan que ejercer el periodismo es un trabajo de riesgo. Y creo que ahí aparece una idea que se repitió varias veces durante la conversación: poner la resiliencia en el centro de la conversación. Pero no romantizada ni entendida como acostumbrarse a la violencia o normalizar la precarización de la profesión; sino como la capacidad colectiva de adaptarse, resistir e innovar, para así seguir sosteniendo proyectos comunicacionales de valor, en contextos cada vez más difíciles.
En ese punto, también se mencionó, la sociedad civil tiene un rol irremplazable. En tiempos donde las plataformas digitales, la inteligencia artificial generativa, la desinformación y la crisis de confianza afectan simultáneamente las democracias, ninguna organización podrá enfrentar estos desafíos de manera aislada. La colaboración entre medios, academia, organizaciones sociales, comunidades digitales y organismos internacionales deja de ser un ideal deseable, y emerge como una necesidad urgente. Sólo así se puede levantar la evidencia necesaria, identificar los mensajes para la incidencia, motivar a las nuevas generaciones de reporteros, y construir la fuerza que se requiere para fortalecer un rubro altamente golpeado, pero cuya tarea debería seguir siendo fundamental.
Gracias nuevamente a Rocío Alorda, presidenta del Colegio de Periodistas, por la invitación a armar esta reflexión, y a quienes compartieron el panel: César Baeza de RSF; Jorge Avilés del OCD; Silvana Lauzán del INDH, y Mauricio Weibel de FLAP.

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