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Somos el aula: Elinor Ostrom da clases. Los principios de diseño aplicados al grupo académico

Es cierto, las y los docentes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM no somos muy dados a reflexionar colectivamente en…

Eduardo Barraza González · 2023-09-26 16:28 · 0 claps · 27.5 min read
#evolucionismo #pedagogía #enseñanza-superior
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Somos el aula: Elinor Ostrom da clases. Los principios de diseño aplicados al grupo académico

Es cierto, las y los docentes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM no somos muy dados a reflexionar colectivamente en lo que hacemos dentro del aula. No creo que falte el interés o la curiosidad, sino que sobran los plazos por cumplir y lo que dejamos de hacer por cumplir los plazos. Si tuviéramos la posibilidad de hablar y dialogar, de seguro hasta podríamos redactar alguna nota de lo que — luego de haberlo estudiado, planificado y aplicado durante años — , hemos hecho bien y que otros profesores quizá podrían usar como inspiración.

Eso que nos ha salido bien es lo que intenta recoger la presente serie de artículos “Somos el aula”. Podemos llamarlo con la expresión al uso de “buenas prácticas docentes”, sin desconocer que muchas cosas nos han salido mal y que, por ello, corregimos y repetimos hasta que se convierten en esas buenas prácticas.

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Elinor Ostrom (1933–2012).

Elinor Ostrom (1933–2012).

Presentación: las aulas se abren

Estamos en tránsito. La llamada “educación superior” se transforma y abandona, parece que irremisiblemente, los principales rasgos de la cátedra magistral. En el artículo “En tránsito desde la cátedra magistral al círculo comunitario” de esta misma serie, publicada aquí, en Medium, ofrecí mi versión del asunto desde el punto de vista de la organización de las personas/cuerpos humanos dentro del aula:

¿Cómo es que la disposición física de alumnado y profesorado de la cátedra magistral aprovecha la limitada capacidad de percepción y atención de que disponemos los seres humanos para transmitir la información, los conocimientos acumulados y el saber (ICAS)? Y, en contraste, ¿cómo es que el círculo de aprendizaje, el otro extremo en el continuum de la organización de las personas/cuerpos humanos en el aula, facilita el despliegue de esas capacidades y agrega otras?

El de las personas/cuerpos es un tema que proviene del Giro Evolutivo en ciencias sociales, del cual intento ofrecer un panorama en otro artículo de Medium. Aquí abordo uno más de los innumerables asuntos que abraza dicho Giro y que está íntimamente relacionado con el de la organización de las personas/cuerpos en el aula: el de los grupos académicos.

Los grupos académicos y el Giro Evolutivo en ciencias sociales

Lo que parece inmodificable en el tránsito de las aulas cerradas y aisladas hacia las abiertas y diversas, es el GRUPO ACADÉMICO, por presencialmente perecedero o virtualmente fantasmal que sea. El grupo continúa siendo la base del establecimiento llamado “escuela”: agrupar a las personas, constituir comunidades académicas más propiamente hablando, permite avanzar en el interminable esfuerzo por alcanzar los inalcanzables valores humanos (la felicidad, el bienestar, además de la supervivencia y la reproducción que son la condición biológica basal), así como determinar los objetivos educativos de los grupos humanos (la transmisión del ICAS).

Pero ¿cómo podemos entender el grupo académico? Siguiendo el Giro Evolutivo en ciencias sociales, hay que colocarlo primero dentro el marco de los GRUPOS HUMANOS EN GENERAL; es decir, en el marco de los grupos que quedaron constituidos en sus grandes fundamentos bioculturales en por lo menos los últimos 100,000 años en que se data la evolución de Homo sapiens sapiens.

¿Parece desmesurado remontar ese periodo, un desvarío academista totalitario? Mi reto aquí consiste en mostrarles que no, que el grupo humano debería ser el punto de partida lógico de las especulaciones y los trabajos de las ciencias sociales pues, interviniendo con corchetes lo dicho por el biólogo Theodosius Dobzhansky (1900–1975), “Nada tiene sentido en Biología [y en ciencias sociales] si no es a la luz de la evolución”. Y el grupo humano sólo se comprende evolutivamente.

Claro que un artículo, por excepcional que fuera, sería insuficiente para explicar, y menos para convencerlas y convencerlos, de la importancia de algo tan distinto a las temáticas que han alimentado la mente del sociólogo, el politólogo o el comunicólogo. Pero hago el intento de explicación en las modestas páginas que siguen, para lo que les solicito su generosa paciencia e invaluable atención.

Nuestro cerebro no está hecho para razonar evolutivamente. No comprende el concepto de tiempo evolutivo, entre otros grandes conceptos de nuestra historia en el planeta, de nuestra Historia profunda. Por ello, lo primero es flexibilizar el modo de pensar el tiempo, en particular en quienes nos hemos deformado mentalmente con las especializaciones y las profesionalizaciones de las disciplinas sociales. Esa deformación, entre otras cosas, nos hace contar la historia en términos de la historia escrita (6,000 años) — que es la propia de los poderes centralizados, de los Estados — , e incluso en los cortoplacistas términos sexenales con que ansiosamente cuentan el tiempo la mayoría de los políticos mexicanos, y muchas y muchos estudiosos de lo que hacen (más bien, mal hacen) esos políticos.

Además de emplear grandes trozos de tiempo, hemos de practicar, en serio, la tan mentada interdisciplinariedad entre las ciencias sociales entre sí, y entre ellas y las naturales, y entre todas las ciencias y las Humanidades. Hay que romper el sistema de cajones estancos de las especializaciones y las profesionalizaciones para recorrer el tiempo evolutivo.

Simplemente con contemplar el mar bibliográfico del Giro Evolutivo que se ha acrecentado en los últimos tres decenios, sabemos que hay bases sólidas para utilizar la plataforma de los grupos humanos con el objetivo de entender los académicos (y otro de mis retos es mostrar, en otra parte, ese crecimiento bibliográfico). Aunque, también, hay prejuicios y malentendidos apilados por años que obstaculizan utilizar dicha plataforma.

Edward O. Wilson (1929–2021).

Edward O. Wilson (1929–2021).

Pongo un ejemplo: la “Sociobiología” de los 1970:

Para algunas y algunos quizá venga a su mente el nombre de Edward O. Wilson y el título de su libro *La sociobiología, la nueva síntesis*, que el destacado biólogo publicó a mitad de esa década. Parado sobre una montaña de conocimiento evolutivo, Wilson afirmó algo en extremo difícil de concebir para los científicos sociales de aquellos días: que LAS SOCIEDADES HUMANAS SON PARTE DEL PUÑADO DE SOCIEDADES ANIMALES que en el mundo han sido (hormigas, abejas, ballenas, lobos, cuervos…) y que, dada esa filiación, las ciencias sociales estaban obligadas a sacar las consecuencias.

Ésa fue la verdad explosiva de Wilson, quien murió en diciembre de 2021 y a quien, por el alcance de su obra, se compara actualmente con mismo Charles Darwin. Tan perturbadora era la idea, que es fama que Wilson fue atacado físicamente durante una de las presentaciones académicas de ese volumen. Vale la pena citar en extenso lo ocurrido según la sección científica de *The New York Times*, la fuente que cubrió originalmente el asunto:

“[…] Quince académicos en el área de Boston, incluidos dos de los colegas de Wilson en Harvard, Stephen Jay Gould y Richard C. Lewontin, formaron el Grupo de Estudio de la Sociobiología. En noviembre de 1975 denunciaron dicha disciplina en una carta a The New York Review of Books. La vinculaban con el racismo y la ideología nazi. Tres años después, Wilson fue agredido durante un discurso en la reunión anual de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia. Los manifestantes, afiliados al Comité Internacional contra el Racismo y quienes portaban pancartas contra la sociobiología (al menos una con una esvástica), tomaron el estrado y arrojaron una jarra de agua helada sobre la cabeza de Wilson, al tiempo que vociferaban: ‘¡Wilson, estás completamente equivocado!’ [“Your all wet”, con el retruécano de “mojado” a la vez que de “equivocado”]. El episodio ‘puede ser la única ocasión en la historia estadounidense reciente’, escribe Wilson, ‘en que un científico fue atacado físicamente, aunque sin consecuencias graves, simplemente por la expresión de una idea’.”

Me atrevo a afirmar que, después de cuarenta y siete años, no acabamos de entender lo que dijo Edward O. Wilson en ese libro: la vida social en la Tierra es en verdad rara, un producto de la evolución tan raro como las tierras raras que atesora la corteza terrestre, y la vida social regida por la conciencia y la cultura, como la de los sapiens, es más rara todavía. Dice Wilson que:

“Durante los pasados 250 millones de años hubo muchas oportunidades para que el evento crucial de la eusocialidad [el nivel biológicamente más alto de organización social] ocurriera en los animales grandes. En tiempos del Mesozoico muchas líneas evolutivas de dinosaurios alcanzaron al menos algunos de los prerrequisitos necesarios: tener tamaño de humano, ser carnívoros de rápidos movimientos, constituir partidas de cazadores, poseer el andar bípedo y las manos libres. Ninguno dio el paso final para conseguir siquiera la eusocialidad primitiva. En los siguientes 60 millones de años, casi la duración entera de la era Cenozoica, se produjo la misma oportunidad ante la proliferación de especies de los mamíferos grandes. […] Sin embargo, de todos los mamíferos no primates en el mundo, salvo las ratas topo desnudas, y de todas las especies que vivieron por millones de años en las regiones tropicales y subtropicales, sólo una, el retoño de los grandes simios africanos, un antecesor del Homo sapiens, cruzó el umbral de la eusocialidad (Wilson, 2012:137–138).”

No obstante, en la inmensidad de su rareza, las diversas formas de vida social tienen mucho en común, unidad en la diversidad que obliga más que nunca, a atender el veredicto de Dobzhansky y caminar por la vía abierta por Wilson. En estos tiempos calcinantes del Antropoceno-Capitaloceno, tiene como nunca sentido organizar a los grupos humanos para que funcionen como comunidades que saquen lo mejor de los individuos que las constituyen, su humanidad, su eusocialidad, su prosocialidad. Una tarea cardinal para ello es determinar, precisamente, cuáles son los mecanismos bioculturales específicos del funcionamiento de esos grupos.

El grupo humano funcional y el grupo académico

Si las sociedades humanas son parte de las sociedades animales y los grupos humanos que las constituyen comprenden a los grupos académicos, se sigue que el entendimiento de los mecanismos de funcionamiento de los grupos humanos en general debe aportar buena cantidad de elementos para saber cómo funcionan los grupos académicos. Más importante aún, ha de permitirnos saber cómo podemos hacerlos funcionar mejor en su actual tránsito desde la cátedra magistral a la diversidad de formas de enseñanza.

Llamemos a esos mecanismos la INFRAESTRUCTURA de los grupos humanos, como hace Michael Tomasello (otro representante del Giro Evolutivo, a quien dedicaremos una reseña de su notabilísima obra aquí en Medium). Esta metáfora explica el fundamento biocultural que sostiene sus estructuras organizacionales, un poco a la manera de la “infraestructura” de Marx y Engels, que sostiene a la estructura del edificio social.

Llamemos también GRUPO FUNCIONAL al que consigue que los elementos de la infraestructura trabajen de tal manera que le permitan alcanzar sus fines, los cuales, como los fundadores de las ciencias sociales soñaron, se resumen en la inmensa palabra “felicidad”. En esta lógica, EL GRUPO FUNCIONAL ES LA UNIDAD BÁSICA DE ANÁLISIS SOCIAL, el tipo ideal weberiano fundamental, no los individuos por separado ni las sociedades compuestas de cientos de miles de grupos de nuestros días (para profundizar en el asunto remito a un destacado representante del Giro Evolutivo: el biólogo David Sloan Wilson, a quien debemos agradecer que, con tesón admirable, haya puesto el tema de los grupos a la orden del día: Wilson, 2019).

Se sigue, a este respecto, afirmar la obviedad de que los grupos de sapiens que han sobrevivido son los funcionales, y los que no han sido funcionales perecieron o se asimilaron a otros grupos para formar los grupos de grupos que han constituido las sociedades complejas de nuestros días. (Se trata de una forma de selección que no es la clásica darwiniana, sino la hoy llamada “selección multinivel”, tema de otra entrega más para Medium, ¡otra más!).

(Debo aclarar, de paso, que por “funcional” entiendo al grupo que bioculturalmente sobrevivió y se reprodujo sin destruir las condiciones de su sobrevivencia y reproducción, una definición que tiene sus bemoles, ciertamente. La verdad es que no encuentro una palabra más funcional que “funcional”, y quisiera evitar caer en la rancia discusión ideológica sobre el funcionalismo.)

Añado que ESOS GRUPOS HUMANOS FUNCIONALES HAN SIDO SIEMPRE PEQUEÑOS, no más de 150 integrantes, el célebre **número de Dunbar**, que equivale a la capacidad de los cerebros humanos para establecer relaciones sociales e interacciones cara a cara, lo cual equivale a decir, en lo tocante a los grupos académicos, que los subgrupos “de apoyo” y de “simpatía” en la gráfica que viene, son los grupos del aula presencial.

NÚMERO DE DUNBAR. ¿Cómo fue que nuestros cerebros evolucionaron hasta tener un volumen que, a diferencia del menor volumen de los cerebros de los demás primates, les permite interacciones con un grupo promedio de 150 personas? A responder esta pregunta está dedicada gran parte de la obra de Robin Dunbar (Human Evolution, 2016, es una gran síntesis). Aclaro que el número de Dunbar es una discusión abierta. Entre otras cosas, los “amigos” de Facebook parecen haber expandido nuestras capacidades cerebrales, y desafían lo que se denomina en la gráfica “red personal”. Aclaro, además, que para estos cálculos hay que contar, como en la misma gráfica se muestra, los 150 desde el centro de un individuo en particular, pues habría que considerar la interacción entre los 150 y las interacciones dentro de sus subgrupos, lo que arroja números kilométricos.

Elinor Ostrom y los grupos humanos que manejan recursos naturales

Disponiendo la mesa de discusión con las categorías de trabajo –INFRAESTRUCTURA y GRUPO FUNCIONAL, que es siempre PEQUEÑO — y las afirmaciones que he destacado con mayúsculas altas y en negritas, me permito proseguir con una obviedad — otra — , aunque no tan obvia porque, como les digo, exige pensar casi en eones.

Dicha obviedad no tan obvia es que esos grupos funcionales han logrado sobrevivir durante esos 100,000 años, que llegan hasta el presente, porque HAN MANTENIDO LA MISMA INFRAESTRUCTURA DE COMPORTAMIENTO GRUPAL con que se han adaptado tanto a los ambientes naturales a los que han arribado en su dispersión sobre el globo terrestre — hace 60,000 años, se calcula convencionalmente — , como a los ambientes artificiales que ellos mismos han creado.

Y aquí salta un problema de enorme trascendencia: el de las dificultades de la adaptación a los ambientes artificiales de las sociedades complejas que hemos construido los sapiens desde la aparición de la agricultura, hace 11,000 años, lo que se ha denominado “MISMATCH EVOLUTIVO” (“desencuentro evolutivo”, asunto que comienza a ocupar con contundencia la mesa de discusión académica: por ejemplo, Lieberman, 2014 y 2021; Heying y Weinstein, 2021, y Giphart y Van Vugt, 2016).

Los principios de diseño

¿Cómo se ha dado y cómo se da la funcionalidad de los grupos funcionales?

A esta pregunta contestó la admirada Elinor Ostrom, cuya sonrisa ilumina el portal de este artículo. Lo hizo en el contexto de la clase especial de grupos humanos que gestionan recursos naturales — los llamados commons — a cuyo estudio dedicó su vida y por lo cual fue galardonada con el premio Nobel de Economía en 2009. Para su respuesta acuñó laboriosamente conceptos que se encuentran en su obra mayor: El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva (por ejemplo, llama “Recursos de Uso Común” a los commons y “apropiadores” a las y los integrantes de las comunidades). Dichos grupos, propuso, debían basar su organización y acciones en unos “PRINCIPIOS DE DISEÑO”.

¿Qué son los principios de diseño de Ostrom? No son teorías o hipótesis; menos axiomas inconmovibles. El término viene de la ingeniería o actualmente del diseño gráfico, y está más bien emparentado, por su carácter pragmático, con los manuales de construcción de grandes estructuras. ¿Quieren que el puente no se les venga abajo (y, además, sea hermoso)? Apliquen buenos principios de diseño (y, claro, también usen buenos materiales).

Y lo mismo podemos decir de las políticas públicas y ciudadanas. ¿Queremos que sean efectivas y perdurables (además de generadoras de felicidad)? Entonces vale la pena basarlas en los grupos funcionales y pequeños, y en los principios de diseño de Ostrom. Así de sencillo y de difícil.

Ostrom era una científica, eso hay que tenerlo muy claro. Es decir, no era una ideóloga, déjenme recurrir a este adjetivo malsonante en momentos en que vemos prosperar por todas partes formas de pensamiento sin sustento teórico y comprobable. Ostrom extrajo sus principios de diseño de la información empírica que por años recopiló trabajosamente en los viajes que hizo por el mundo, de modelos matemáticos como los que proporciona la teoría de juegos y de estudios científicos de muy diversas procedencias, hasta de las notas recogidas en las bitácoras que los investigadores de campo dejaron inconclusas. Para ella nunca había suficientes pruebas…

Y dado que estudió específicamente a los grupos humanos que gestionan commons hizo un planteamiento claro como el agua: si se quería empujar la formación de grupos humanos que aumentaran sus posibilidades de ser funcionales, o sea, que impidieran diezmar los recursos naturales que gestionaban, debía hacerse cálculos con los principios de diseño. Así lo hace un ingeniero con la idea de que su puente resista siglos enteros, siglos enteros (y, además sea hermoso). La razón, insisto, es que sus principios de diseño se basan en la infraestructura de los grupos humanos que han persistido durante al menos 100,000 años.

En el insondable internet, que todo lo contiene, ustedes encontrarán los principios que menciono explicados en artículos y libros de libre acceso. Hallarán, también, desarrollos de la Tragedia de los Comunes, propuesta por el biólogo Garret Hardin en 1968, a la que rebatió Ostrom con su trabajo de toda la vida (Leticia Merino, su discípula mexicana directa, compiló un número de la *Revista Mexicana de Sociología que ofrece un magnífico panorama al respecto; a mi vez, yo hice un sencillo [resumen ilustrado con el commons* de L’Horta valenciana](https://eduardobarraza.medium.com/es-tiempo-de-hablar-como-sapiens-sapiens-a9a124e5a180), un sistema de riego milenario que estudió Ostrom).

Ostrom desarrolla los ocho principios de diseño en El gobierno de los bienes comunes (2011:169–184), luego de describir casos ilustrativos de éxito cuando su aplicación es íntegra, y casos en que la falta de alguno hacía fracasar la gestión de los* *RUC (los “Recursos de Uso Común”, les recuerdo). Advirtió, antes de exponerlos, algo que reafirma lo dicho: era una científica para la que nunca había suficientes pruebas:

“No pretendo argumentar que estos principios de diseño son condiciones necesarias para lograr la fortaleza institucional en escenarios de RUC. Se requiere más trabajo teórico y empírico antes de hacer una afirmación de peso sobre la necesidad imperiosa de la presencia de estos principios. Sin embargo, quisiera argumentar que, luego de que más trabajo se haya desarrollado en este campo, será posible identificar un conjunto de principios de diseño necesarios, y ese conjunto incluirá el núcleo de lo que se ha identificado en este análisis” (Ostrom, 2011:168).

El cuadro que sigue recoge la versión originaria de los principios:

Y, como esperaba Ostrom, inmenso trabajo se ha efectuado para definir mejor los principios de diseño, tanto desde un punto de vista teórico como pragmático, y para confirmar su validez. Con lo que sigue espero mostrar que gran parte de lo hecho llena de significado el subtítulo del citado libro mayor de Ostrom: La evolución de las instituciones de acción colectiva. En ese subtítulo la palabra “evolución”, en efecto, remite directamente a Darwin y a las ciencias de la evolución. Además, como aquí afirmo con base en el Giro Evolutivo y, en particular, en la encomiable obra del aludido David Sloan Wilson, dichas ciencias explican los mecanismos de funcionamiento de los grupos humanos en general.

Puesto que no es saludable cargar demasiada información en un artículo de divulgación como pretendo que sea éste, me gustaría plantear solamente dos asuntos ilustrativos del evolucionismo de Ostrom. Como verán, ambos ayudan a entender cómo podrían aplicarse los principios a la organización y gestión de los grupos académicos, por excesivo que parezca inicialmente enunciar el proyecto.

LA AUTONOMÍA BÁSICA

Un principio de diseño fundamental y evidente para que los grupos humanos sean funcionales es plenamente político en el sentido más amplio de la palabra: LA CONDICIÓN DE SU COMPLETA AUTONOMÍA RESPECTO DE LAS INSTITUCIONES CENTRALIZADAS Y RESPECTO DE OTROS GRUPOS PEQUEÑOS. Sólo siendo autónomos, en efecto, los grupos humanos pueden erigirse en ASAMBLEA, cuya principal labor es deliberar y decidir las normas de funcionamiento del grupo, la manera de aplicarlas, así como la de monitorear su aplicación y de castigar su inobservancia o premiar su observancia.

Desde la aparición de los cazadores recolectores arcaicos, hace por lo menos 200,000 años, la asamblea inclusiva es la institución que ha fijado las reglas de actuación colectiva en el grupo funcional.

Desde la aparición de los cazadores recolectores arcaicos, hace por lo menos 200,000 años, la asamblea inclusiva es la institución que ha fijado las reglas de actuación colectiva en el grupo funcional.

Hemos llevado a cabo la tarea asambleísta desde que éramos cazadores-recolectores arcaicos y las SOCIEDADES COMPLEJAS FUNCIONALES la siguen emprendiendo (así podríamos denominar a las sociedades que han conseguido una vida civilizada en el mejor sentido de la palabra: “sociedades complejas funcionales”, que son sociedades compuestas por grupos humanos funcionales). Para fundamentar esta aserción Ostrom y su esposo, Vincent Ostrom, acudían a Alexis de Tocqueville, el joven francés que recorrió “las Américas” al inicio del siglo XIX y escribió La democracia en América, y elaboraron la teoría del “policentrismo” a que remite el Principio número 8, el cual se refiere a la aplicación de los principios 1 a 7 a las sociedades entendidas como un todo.

La asamblea, por supuesto, no debe dejar a nadie fuera de la deliberación y la toma de decisiones, por una sencilla razón: TODAS Y TODOS LOS INTEGRANTES DEL GRUPO OBEDECEN EN PRIMER LUGAR LAS NORMAS QUE ELLOS MISMOS CREAN. Las normas externas son secundarias y, por esa razón, necesitan de mayor gasto de energía, de mayor maña y fuerza física, incluida la violencia, para imponerse.

Ostrom explicó de mil maneras el enorme valor de la autonomía, y fue más allá. Confirmó que, de manera sistémica, las decisiones tomadas en el exterior por los funcionarios públicos tenían poco que ver con los problemas reales que afrontaban los grupos pequeños en el lugar mismo donde ejercían su actividad. Hablaba, como les digo, de los grupos que gestionan recursos naturales, en los que la prueba de la funcionalidad es, como mencioné, la explotación sustentable de los recursos.

CASTIGOS GRADUADOS

Otro de los principios de diseño de Ostrom que no es posible explicar sin acudir al Giro Evolutivo, dice que los castigos que debe imponer el grupo a sus miembros para ser un grupo funcional, deben ser CASTIGOS GRADUADOS, deben ir de leves a graves, de la vía civil a la penal, clasificarse de veniales a capitales en palabras de la iglesia católica.

¿Por qué graduados? Es fácil ver la necesidad de la gradualidad si en su grupo vecinal ustedes castigan al que comente una falta a las normas establecidas por ustedes mismas y mismos en la asamblea vecinal, ya sea acudiendo a las autoridades institucionales externas o haciendo justicia por mano propia. Si saltamos de nivel normativo o desconocemos las normas establecidas por el grupo, que incluyen siempre la actuación pacífica, lo que avivamos son las reacciones que compartimos con el resto de los primates y muchos otros órdenes biológicos: el resentimiento y la posible venganza del castigado.

En cambio, si usamos, por ejemplo, la mirada del “Ya te vi, te he estado observando y sé lo que has estado haciendo”, la simple y poderosa mirada del que vigila el cumplimiento de las normas, el castigado con el latigazo de esa mirada piensa dos veces si vuelve a cometer la falta. Por supuesto, permítanme reiterar que, para que esa mirada opere, tanto quien castiga como quien recibe el castigo deben haber acordado, colectiva y previamente, la norma que se violó, lo que implica, a fortiori, la autonomía del grupo humano de referencia.

Esa mirada vigilante y punitiva no trabaja sin el sostén de varios elementos de la infraestructura de los grupos humanos a la que me he referido: un primer elemento es la esclerótica de nuestros ojos, esa parte blanca que hace que sigamos nuestras mutuas miradas incluso a lo lejos, y que sepamos las intenciones de las y los demás sin necesidad de que las expresen verbalmente.

Dos funciones de la mirada humana en un grupo pequeño: 1) mirada dirigida a un objeto de trabajo, como la presa de caza; es una mirada de “atención conjunta” (noción de Tomasello) y de cooperación. Y 2) mirada a la mirada de las y los demás, es mirada de “lectura” de la mente de los demás y de monitoreo.

Dos funciones de la mirada humana en un grupo pequeño: 1) mirada dirigida a un objeto de trabajo, como la presa de caza; es una mirada de “atención conjunta” (noción de Tomasello) y de cooperación. Y 2) mirada a la mirada de las y los demás, es mirada de “lectura” de la mente de los demás y de monitoreo.

Si ustedes reparan en los ojos de nuestros primos primates (los chimpancés, los bonobos, los gorilas y los orangutanes), ninguno tiene la esclerótica visible de tal manera que se convierta en un medio de comunicación. A diferencia de nuestros primos, sólo con nuestra especial mirada humana realizamos tareas colectivas, pues la mirada de una persona enlaza la mirada de otra hacia el objetivo del trabajo en común (por ejemplo, la presa que persigue la partida de caza o la silla de Ikea que armamos entre todos en la sala de nuestro hogar), y también con esa mirada podemos verificar si las y los demás han hecho o no ese trabajo común. De ahí su enorme poder, que ha originado, nada menos, el mito del mal de ojo (poder que, en la cátedra magistral queda monopolizado por el profesor, el único que mira al grupo en su conjunto, ahí está el meollo).

Nuestros primos primates carecen de esclerótica, ya que no les sirve en sus incipientes interacciones de cooperación y capacidad de “lectura” de la mente.

Nuestros primos primates carecen de esclerótica, ya que no les sirve en sus incipientes interacciones de cooperación y capacidad de “lectura” de la mente.

Otros elementos de la referida infraestructura son las emociones de la vergüenza y la culpa. Cuando sentimos vergüenza se nos ve en la cara. Durante por lo menos los 100,000 años que digo, los sapiens perfeccionamos el rubor, la manifestación de la vergüenza en el rostro (la zona que mejor comunica las emociones en nuestra especie), esa la zona de nuestros cuerpos que evolutivamente quedó expuesta a la mirada de las y los demás, que constituyó, dicho evolutivamente, el espacio público de nuestros cuerpos.

Como dice la expresión popular, “se nos cae la cara de vergüenza” frente a las y los demás cuando cometemos la falta y, algo más importante: no podemos controlar voluntariamente que nuestro rostro se encienda y nos delate (o que haya otros signos delatores en quienes tienen piel oscura). Queramos o no, se nos ve en la cara lo que hicimos.

Eso es específicamente humano y opera únicamente en los grupos pequeños. Se ha dicho que los perros también sienten vergüenza cuando, luego de una maldad, nos miran compungidos. Según el antropólogo Christopher Boehm (2012), por mucho que los hayamos modificado biológicamente a nuestra imagen y semejanza, en realidad temen el castigo del amo, nos tienen miedo. La evolución no los ha dotado de una cara sin pelo donde se exponga el rubor.

Por otro lado, la culpa es un eco de la vergüenza que se prolonga en cada individuo cuando se aparta del grupo luego de haber cometido la falta. Y al decir esto, trato de atajar el posible reproche de algunas lectoras y lectores de Nietzsche, Freud o Foucault, autores que consideraban que la culpa es una criatura abominable. Sé que la explicación es más compleja, pero Nietzsche decía que era una mala hierba que había brotado sobre la Tierra; Freud ideó una explicación mítica para identificarla y una metodología para extirparla y, finalmente, Foucault refería que la culpa era el poder encajado en el cuerpo mediante procedimientos panópticos, donde se transfigura en lo que llaman “alma”.

Hay que tener muy presente que los tres autores se referían a sociedades complejas, no a las sociedades simples de los grupos pequeños, donde la culpa puede ser factor de su funcionalidad. Y digo puede ser, porque no siempre es así. Hay sociedades de cazadores recolectores actuales donde no existe siquiera esa emoción y, por lo tanto, no hay necesidad de nombrarla y menos de tratarla.

La culpa es mala hierba siempre y cuando la norma violada que la despierta en la intimidad de nuestra conciencia haya sido violada por nosotros y no completamente castigada por el grupo. Más enredado aún: la culpa es mala hierba cuando nos expulsa del grupo y abrigamos rencor a la vez que sabemos que hemos violado la norma y no es justa nuestra reacción. Pues, para sentir culpa, nuestra mente debe dividirse en dos, convertirnos en una especie de Mr. Jekyl y Mr. Hyde: en el castigado y el que castiga, pero si el castigo público de la vergüenza funciona es porque el grupo trabaja bien en conjunto.

La gestión electrónica de los Recursos de Uso Común

Una aclaración respecto a los trabajos que una comunidad debe emprender para conseguir la gestión sustentable de los recursos naturales y artificiales a su cuidado: el internet y la digitalización electrónica proporcionan actualmente medios de contabilidad y monitoreo que en gran medida pueden reemplazar esos trabajos. Por ejemplo, con el llamado “internet de las cosas” puede conocerse de manera automática y precisa la cantidad de las unidades de aprovechamiento de esos recursos, de manera que se facilita la vigilancia de su gestión sustentable. Añádanse artilugios como los sensores que ya se colocan en los árboles de un bosque para registrar su crecimiento y, por principio, para saber cuántos son y a dónde están. Son desarrollos tecnológicos insospechados y, sobre todo, cada vez más baratos.

Ni qué decir que la Inteligencia Artificial aportará recursos más efectivos que ni siquiera imaginamos.

Resulta evidente que estos nuevos medios electrónicos y digitales son complementarios de los fundamentos bioculturales de los principios de diseño de Ostrom e, incluso, pueden ser garantes de su buena aplicación. Si la tecnología comenzó con el dominio del fuego o, más recientemente, con “exoesqueletos” tan imprescindibles como los lentes que nos permiten ver a los hipermétropes y miopes (adminículos difundidos en Europa en el siglo XIII), ¿por qué no podría continuar con máquinas tan pasmosamente exactas como los mencionados sensores, las computadoras o los robots?

Si estuvieran vivos, Engels y Marx gritarían que el tiempo de la administración de las cosas ya llegó. A su vez, Ostrom y las y los científicos evolucionistas recordarían que, para que se consiga la felicidad, falta agregar en el esquema a los grupos humanos y la condición fundamental del RESPETO A SU AUTONOMÍA, ya que es claro que los poderes centralizados están siempre al acecho y pueden usar esas tecnologías para sostener su poderío.

La tecnología digital para la transmisión de la información, los conocimientos acumulados y el saber (ICAS), que extiende el aula presencial hacia el infinito del aula virtual y crea una nueva clase de enseñanza-aprendizaje, puede agregarse también al esquema de la administración de las cosas y los grupos humanos. ¿Cómo? No lo sabemos bien, entre otras razones, por la diversidad de las formas de apertura del aula a que nos referimos al inicio. Y, aunque no sepamos bien cómo, sí sabemos que, para pensarlo, necesitamos aumentar las categorías de trabajo y las afirmaciones tentativas puestas sobre la mesa de discusión. He aquí un puñado más:

Los ocho principios ampliados

Voy hacia una de las interpretaciones de los principios más cercana, según yo, al grupo académico (falta trabajo comparativo para considerar otras versiones o teorías emparentadas, como la de la “comunalidad” oaxaqueña). Es la del mencionado David Sloan Wilson, quien, entre tantos experimentos sorprendentes que ha realizado, cuenta cómo aplicó los principios a sus propios grupos de licenciatura, y cómo se alió con Paul Atkins y Steven Hayes, dos psicólogos evolucionistas, para extenderlos a la mayor cantidad de grupos humanos:

David Sloan Wilson (1949-).

David Sloan Wilson (1949-).

He aquí la versión de los principios propuesta por los tres autores:

Puesto que el desarrollo de lo contenido en el cuadro desbordaría la presente exposición, me limito a citar lo que Wilson, Atkins y Hayes afirman respecto a los principios 1 y 5. Agrego algunas observaciones personales.

IDENTIDAD Y PROPÓSITO COMPARTIDOS

Como se aprecia en el cuadro, el principio de diseño número 1 adaptado se refiere a la “identidad” y al “propósito” del grupo:

“Un grupo funciona mejor cuando sus miembros entienden su propósito y perciben que ese propósito es valioso. Un grupo también funciona mejor cuando ofrece un fuerte sentido de identidad compartida que ayuda a sus miembros a entender quién está dentro y quien está fuera del grupo, incrementa el orgullo y el placer de pertenecer, y guía y coordina los comportamientos a través de normas y valores compartidos (Atkins, Wilson y Hayes, 2019:103).”

Es así que los tres autores suman y profundizan nuevas relaciones sociales a la relación entre grupos y recursos de uso común que había establecido Ostrom. Si hablamos de “identidad compartida” y “propósito” es fácil ver cómo se extiende el principio 1 a nuestros grupos académicos.

En particular después de la pandemia de coronavirus, es necesario ofrecer un SENTIDO a las actividades de nuestros grupos. Simples sondeos revelan que no se han atendido debidamente los problemas de ansiedad y depresión que trajo el enclaustramiento y la virtualización, la gota que derrama el síndrome del enclaustramiento, por llamarlo de algún modo. Reencauzar las actividades académicas dándoles el sentido que cada grupo les encuentre, es un modo de atender esa psicología lastimada y reorganizar a los grupos para nuevas maneras de transmitir el ICAS.

ARREGLOS DE ELECCIÓN COLECTIVA

Como hizo ver Edward O. Wilson, reitero, los sapiens no somos la única especie social sobre la Tierra (termitas, hormigas, abejas, ballenas, lobos y otras pertenecen al mismo conjunto), aunque sí somos la única que cruzó el Rubicón evolutivo gracias al desarrollo pleno del pensamiento simbólico, el lenguaje y la cultura. Nuestra forma de deliberar y tomar decisiones en asamblea está potenciada respecto a las utilizadas por el resto de las especies sociales. Pues, ¿a que no sabían que las abejas toman, en “asamblea”, decisiones tan importantes como la de dónde establecer los nuevos habitáculos de las poblaciones acrecidas? Thomas Seeley lo relata con primor: Seeley, 2010.

DEMOCRACIA DE LAS ABEJAS. Una colmena de abejas decide en “asamblea” qué nuevo nicho ocupar cuando ha agotado los recursos del que habitan y ha crecido su población. Utilizando las danzas programadas genéticamente para la recolección de néctar, dos abejas exploradoras le señalan a la asamblea las opciones disponibles. Frente a ella “bailan” la dirección de su territorio hacia donde se encuentran dichas opciones. La asamblea delibera y decide (“vota”) por el número de abejas que responden a una u otra con determinados movimientos (azules contra rojas). Como se observa, no fueron los inmortales griegos quienes ensayaron la democracia por primera vez en el planeta.

PARTIDA DE CAZA. Una partida de caza de cazadores- recolectores decide la dirección de la búsqueda y pone la atención conjunta (término de Tomasello) en las huellas de la presa. Para ello dispone de medios tan buenos como los de las queridas abejas, a saber: una mente simbólica y las correspondientes adaptaciones corporales para el lenguaje simbólico (el aparato fonador de sus cuerpos, por ejemplo). Con ello: 1) consigue transmitir casi tan bien como las abejas la información sobre el terreno, en este caso, las huellas de la presa; 2) transmite mejor que esos insectos, de ascendientes a descendientes, el conocimiento acumulado de las distintas clases de huellas, y la manera de perseguir y cazar a la presa identificada; o 3) crea metalenguajes de que carecen las abejas, como los tabúes, que impiden seguir determinadas huellas y que permiten aplicar, con autoridad grupal (aunque sin éxito asegurado) prohibiciones para la conservación de la especie cazada. (Nótese, de paso, el sexismo de las representaciones idílicas de los sapiens arcaicos: casi nunca aparecen mujeres.)

SANCIONES GRADUADAS

Wilson, Atkins y Hayes cuidan de llamar al quinto principio “Respuesta graduada a los comportamientos que ayudan y a los que no ayudan”:

Nadie es perfecto para cumplir las obligaciones de un grupo. Aún el más capaz y bien intencionado de los miembros puede fallar […]. Las transgresiones no implican intenciones maliciosas. […] la mayoría de los grupos necesitan no sólo disuadir de los comportamientos que no ayudan, sino fomentar los que ayudan (Wilson, Atkins y Hayes, 2019:163).”

El problema de las sanciones a los malos comportamientos es, quizá, el más difícil de entender y el más complicado de solucionar. Pone en cuestión incluso nuestras nociones de “naturaleza humana” y nos hace invocar a los muy citados y leídos (en la FCPyS-UNAM, por lo menos) Hobbes y Rousseau (parece que sin mucho éxito, porque son muertos vivientes del siglo VXI y XVII que requieren demasiada respiración artificial).

Los autores referidos proponen que, antes que juzgar o sancionar a la persona, un grupo la separe cognitiva y emocionalmente del acto supuestamente malicioso y coloque ese acto en la situación en que actúa la persona. Se trata de preservar la integridad del grupo no sólo desalentando los malos comportamientos, sino premiando y reforzando (conductualmente) los buenos.

Un ejemplo clásico: El Juego del Buen Comportamiento

David Sloan Wilson pone el Juego del Buen Comportamiento como gran ejemplo de aplicación de los principios de Ostrom adaptados que se emplea exitosamente desde los años 1960 en buena cantidad de escuelas primarias norteamericanas. He aquí el procedimiento tradicional de este recurso didáctico:

En “asamblea”, todas las niñas y los niños determinan cuáles son las reglas para un buen comportamiento en su muy particular grupo. No definen reglas ideales, sino las que surgen de su conducta efectiva, mala o buena, verificada hasta el momento de proponer, debatir y sancionar dichas reglas. El resultado de la deliberación se registra en un pizarrón o cartel visible a todo mundo, como éste:

NORMAS EN EL JUEGO DEL BUEN COMPORTAMIENTO. Agrupadas según los sentidos y las actividades, en un lugar visible a las y los integrantes del grupo de determinada escuela primaria, quedan registradas las reglas que regirán durante el curso de que se trate. Nótese que, en este cartel en particular, se mezclan valores (la “Felicidad” a que se aspira) o consejos para el buen comportamiento (“Usa palabras agradables y amables”), junto con las reglas propiamente hablando (“Levantar la mano en lugar de hablar sin pedir la palabra”). Así lo decidieron los niños y niñas del grupo que propuso, discutió y acordó las reglas comunes en una sesión de “asamblea”.

Para vigilar el cumplimiento de las reglas acordadas entre todas y todos, se forman al menos dos subgrupos, de manera que uno monitoree al otro. La clase en cuestión (Matemáticas, Biología, Gramática o la que sea) sigue su marcha y, en otro cartel semejante, se van anotando las faltas a las reglas cometidas por uno u otro bando en un segundo pizarrón o cartel, expuesto también a la vista de todo mundo.

Al final de la clase se sancionan las faltas de una manera graduada (con castigos leves que, en caso de reincidencia, serán más severos), si bien se da el mayor peso a los premios otorgados al subgrupo que tenga menos faltas. Son premios que suelen consistir en comportamientos asociados a la diversión y pueden ser los que se han sancionado, como bailar o cantar cuando hay que hacer un trabajo, no premios como dulces o dinero. Además, el maestro, en tanto autoridad que equivale a un tribunal comunitario, resuelve sin dilación los conflictos si se presentan antes, o atiende los problemas de comportamiento de que se trate en el momento en que tienen lugar.

Los resultados del Juego del Buen Comportamiento, como confirmó Wilson en un estudio documental muy amplio, son efectivos y duraderos en la edad adulta: las y los menores que lo practicaron cayeron menos en la drogadicción y cometieron menos actos criminales cuando crecieron, por ejemplo.

En lo anterior se reconocen palmariamente los principios de Ostrom. También se vislumbra la posibilidad de adaptar el Juego del Buen Comportamiento al nivel universitario con, por caso, contratos firmados o aceptados por consenso al inicio de los cursos (luego de analizar todas y todos, profesorado y alumnado — es decir, el grupo académico convertido en asamblea deliberante y tomadora de decisiones — , los problemas y las propuestas de normatividad). En esos contratos se asientan las reglas acordadas en la asamblea (comenzando con la asistencia, pasando por el uso del celular en clase, hasta el tiempo límite de las exposiciones de Power Point).

Llamando al tequio académico

Hasta aquí lo que, según mi opinión, podría contener la nuez del nivel más teórico para comenzar a aplicar los principios de diseño de Ostrom al grupo académico.

Si he conseguido interesarlas e interesarlos en el asunto, las invito a pensar en cómo llevar a cabo dicha aplicación en las situaciones concretas de nuestras aulas. Pues esta tarea no puede ser sino colectiva (un TEQUIO, para tomar aliento desde nuestro común pasado mesoamericano). En particular, hago un llamado muy cordial a mis queridos colegas de la FCPyS a emprenderla.

El tequio en México o la mita en Perú, aunque debilitadas o alteradas, son formas supervivientes de trabajo colectivo de los grupos humanos. Brotan espontáneamente cuando se crean las condiciones propicias, y son modelos de comportamiento y organización de las labores académicas en las aulas que somos.

El tequio en México o la mita en Perú, aunque debilitadas o alteradas, son formas supervivientes de trabajo colectivo de los grupos humanos. Brotan espontáneamente cuando se crean las condiciones propicias, y son modelos de comportamiento y organización de las labores académicas en las aulas que somos.

Bibliografía

Atkins, Paul, David Sloan Wilson y Steven Hayes (2019), PROSOCIAL. Using Evolutionary Science to Build Productive, Equitable, and Collaborative Groups, Oakland, Estados Unidos, Contex Press.

Boehm, Christopher (2012), Moral Origins. The Evolution of Virtue, Altruism, and Shame, Nueva York, Basic Books.

Dunbar, Robin (2016), Human Evolution. Our Brains and Behavior, Nueva York, Oxford University Press.

Giphart, Ronald y Mark van Vugt (2018), Mismatch. How Our Stone Age Brain Deceives Us Every Day And What We Can Do About It, Londres, Robinson.

Heying, Heater y Bret Weinstein (2021), A Hunter-Gatherer’s Guide to the 21st Century: Evolution and the Challenges of Modern Life, Estados Unidos, Penguin (Col. Portfolio).

Lieberman, Daniel E. (2014), La historia del cuerpo humano. Evolución, salud y enfermedad, Barcelona, Pasado y Presente.

Lieberman, Daniel E. (2021), Ejercicio. Cómo es que nunca evolucionamos para hacer ejercicio, por qué es saludable y qué debemos hacer, Barcelona, Pasado y Presente.

Ostrom, Elinor (2011), El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva, México, FCE-IIS-UNAM (Sección de Obras de Economía Contemporánea), segunda edición.

Seeley, Thomas D. (2010), Honeybee Democracy, Estados Unidos, Princeton University Press.

Wilson, David Sloan (2019), This View of Life. Completing the Darwinian Revolution, Nueva York, Pantheon Books.

Wilson, Edward O. (2012), The Social Conquest of Earth, Nueva York-Londres, Liveright Publishing Corporation.


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