Contacto visual
Nuestro decir tiene expresiones que me resultan especialmente significativas.
Contacto visual
Nuestro decir tiene expresiones que me resultan especialmente significativas.
Una de ellas es “contacto visual”. Me di cuenta hace pocos días.
Visual es un tipo de contacto sin tacto: salta a la vista algo paradójico en tal expresión.
Pero a la vez se trata de una forma de contacto más íntima que la que pueden ofrecer buenamente las manos. En el contacto áureo de dos que se miran recíprocamente a los ojos es capaz de acontecer una forma de la comunicación de altísima hondura.
Porque, a veces, los ojos hablan. Veamos.
- Lucas 22, 54–61.
Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos. Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: “Este también estaba con él”. Pedro lo negó, diciendo: “Mujer, no lo conozco”. Poco después, otro lo vio y dijo: “Tú también eres uno de aquellos”. Pero Pedro respondió: “No, hombre, no lo soy”. Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: “No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo”. “Hombre, dijo Pedro, no sé lo que dices”. En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo. El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro.
El texto sigue diciendo que Pedro, entonces, recordó las palabras que Jesús le había dicho durante la Última Cena. Reconociéndose en ese gesto infiel que le había sido anunciado, el primer Papa se retiró llorando amargamente.
Me impresiona notar cómo el texto no cuenta otra cosa más que una mirada: la mirada de Jesús a Pedro en el momento en que consuma su traición. ¿Qué habrá habido en esa mirada de Jesús? ¿Qué habrá visto Pedro en los ojos del Maestro? ¿Rencor, soberbia, pena? No lo creo. La imagino, más bien, como la mirada del amor: aquella que sufre por una herida redimiéndola en el secreto de su corazón.
- Juan 18, 37–38.
Pilato le dijo: “¿Entonces tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”. Pilato le preguntó: “¿Qué es la verdad?”.
El pequeño fragmento que citamos es de aquellos que más me han impactado siempre del relato de la Pasión. El encuentro de Jesús con Pilato, que en rigor no alcanza a ser propiamente un encuentro, ya que Pilato no puede -no quiere- captar el auténtico significado de la presencia que tiene delante, contiene sintéticamente una lección inmarcesible para todos los tiempos.
Cristo habla de la verdad: de dar testimonio de la verdad. Esa es su vocación. El prefecto de Judea intuye que ahí hay algo enigmático, y por lo tanto pregunta: “¿qué es la verdad?”. Quid est veritas?
El interrogante de Pilato es el de la historia de la filosofía. La respuesta de Jesús, la de la historia de la salvación.
El texto no dice si Cristo responde. Tan solo continúa narrando las peripecias del prefecto romano. Pero yo, sin embargo, creo que es razonable interpretar que el Señor no solo le contestó, sino que además lo hizo elocuentemente: mirándole en silencio a los ojos.
- Lucas 23, 39–43.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Leo -escucho- este texto y no puedo evitar preguntarme: ¿se puede morir así? ¿Se puede llegar al borde de la vida, habiendo malvivido tantos años, y, sobre la hora, adoptar un gesto que lo cambie todo, radicalmente?
Sí.
Es la historia del buen ladrón, precioso oxímoron, un tal Dimas, protagonista de la primera canonización de la historia. Nos consta de palabra del Señor: mecum eris in paradiso.
¿Qué habrá visto este ladronzuelo en los ojos de Cristo? Su perspectiva es única: él estaba crucificado a su lado. El misterio de la Pasión contiene, en esta escena, un signo de los tiempos que hubieron de venir después, estos que llegan hasta nuestros días…
¿Cuántas cruces vemos levantarse en las colinas de nuestro mundo? ¿Cuántos inocentes expían hoy la culpa de un mal que no han cometido?
Todos los días pueden nacer muchos otros Dimas al cielo.

메타데이터
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