En tiempos electorales: la emoción que destruye al otro antes de destruir la convivencia
En cada elección los ciudadanos discuten sobre programas, candidatos e ideas. Detrás de muchos de esos debates suele aparecer, sin embargo…
En tiempos electorales: la emoción que destruye al otro antes de destruir la convivencia

En cada elección los ciudadanos discuten sobre programas, candidatos e ideas. Detrás de muchos de esos debates suele aparecer, sin embargo, una emoción menos visible y más peligrosa que el desacuerdo mismo. Una emoción capaz de convertir adversarios en enemigos, ciudadanos en caricaturas y diferencias legítimas en fracturas difíciles de reparar.
La actual discusión electoral colombiana ofrece un ejemplo particularmente visible. Tres grandes corrientes (izquierda, derecha y centro) debaten sobre el futuro del país. El desacuerdo forma parte natural de una democracia. Las diferencias de visión, prioridades y diagnósticos enriquecen la conversación pública. El problema surge cuando el desacuerdo se transforma en otra cosa. Esta dinámica permite comprender una de las amenazas más silenciosas para la convivencia democrática.
Existe una emoción de la que hablamos poco. Se estudia menos que el odio, se reconoce menos que la ira y suele esconderse detrás de palabras más aceptables. Sin embargo, cuando aparece, tiene una capacidad singular para erosionar relaciones, comunidades y sociedades enteras.
Muchas personas creen que el desprecio consiste en sentir rabia por alguien. Otras lo confunden con la decepción, la frustración o el desacuerdo. Sin embargo, el desprecio pertenece a una categoría distinta. Mientras la ira todavía reconoce al otro como un interlocutor capaz de responder, el desprecio lo ubica en un escalón inferior. La ira dice: “estás equivocado”. El desprecio dice: “eres inferior”. La ira busca corregir. El desprecio deja de considerar que exista algo valioso que preservar.
Por esa razón, el desprecio resulta especialmente peligroso. Una relación puede sobrevivir a discusiones intensas, desacuerdos profundos e incluso conflictos recurrentes. Lo que suele anunciar una fractura profunda es la pérdida del respeto fundamental por la humanidad del otro.
El desprecio comienza cuando dejamos de ver una persona y empezamos a ver una caricatura.
Ya no observamos una vida compleja llena de contradicciones, aprendizajes, heridas, torpezas y aspiraciones. Observamos una etiqueta. Un estereotipo. Una simplificación. El otro deja de ser alguien y se convierte en algo.
Quizás por eso el desprecio puede identificarse a través de preguntas sencillas.
¿Sigues admirando algo de esta persona?
La admiración suele ser uno de los primeros elementos que desaparecen. Cuando el desprecio crece, la mente pierde la capacidad de reconocer virtudes.
¿Hablas de esa persona como un ser humano complejo o como un conjunto de defectos?
Toda persona contiene luces y sombras. El desprecio selecciona únicamente las sombras.
Cuando cuentas una historia sobre ella, ¿aparecen virtudes y limitaciones o solamente errores?
La memoria deja de ser un espacio de comprensión y se convierte en una colección de evidencias para justificar una condena.
¿La ves como protagonista de su propia vida o como un obstáculo dentro de la tuya?
Aquí aparece uno de los rasgos centrales del desprecio: la incapacidad de reconocer que el otro también posee una historia, un dolor, un propósito y una visión del mundo.
Cuando habla, ¿te interesa lo que tiene para decir o ya anticipas que está equivocado?
El desprecio escucha cada vez menos. El juicio llega antes que la conversación.
¿Te descubres corrigiéndolo mentalmente con frecuencia?
¿Hay momentos en que sientes que deberías explicarle cómo vivir, pensar o actuar?
Estas preguntas revelan una transformación clara. El otro representa solo un proyecto por corregir.
¿Qué tanto respeto sientes por sus criterios para tomar decisiones?
El desprecio aparece cuando asumimos que nuestras razones poseen legitimidad mientras las razones ajenas solo pueden surgir de la ignorancia, la manipulación o la mala intención.
Si alguien a quien admiras alabara a esta persona, ¿te sorprendería?
¿Todavía puedes aprender algo de ella?
Tal vez estas dos preguntas constituyan la prueba más profunda. El desprecio se instala cuando desaparece la posibilidad de aprender del otro.
Todo esto puede observarse en la intimidad de una pareja, de una amistad o de una familia. Sin embargo, también puede observarse en la vida pública.
En los actuales debates electorales colombianos, el desprecio se hace visible cuando amplios sectores perciben el futuro del país como una elección entre riesgos irreconciliables. Cada grupo observa con claridad los peligros de la alternativa opuesta y encuentra dificultades para reconocer los temores, experiencias o motivaciones que impulsan a quienes piensan distinto. La discusión entonces gira solo alrededor de las identidades enfrentadas.
En esos momentos, sectores sociales completos asumen que los otros son moralmente inferiores. El votante de izquierda aparece reducido a una caricatura ideológica. El votante de derecha es una representación simplificada del privilegio o de la indiferencia, y el votante de centro es un cobarde, ingenuo e irrelevante.
Y así, la conversación gira en torno a identidades degradadas.
A esta dinámica contribuye también el lenguaje desafortunado de muchas campañas, donde abundan consignas simplificadoras, advertencias apocalípticas, amenazas explícitas y relatos construidos alrededor del miedo. Sin embargo, como ciudadanos, tenemos la responsabilidad de ir más allá de esos relatos. Quienes piensan distinto siguen siendo nuestros vecinos, compañeros de trabajo, amigos y familiares. Comparten con nosotros las mismas calles, las mismas instituciones y el mismo futuro.
El problema político del desprecio consiste en que destruye las condiciones necesarias para la democracia. Una democracia requiere adversarios. El desprecio produce enemigos. Un adversario posee argumentos que merecen consideración. Un enemigo posee defectos que justifican la exclusión.
Cuando una sociedad entra en esta dinámica, cada grupo reserva para sí la inteligencia, la sensibilidad y la virtud, mientras atribuye a los demás la ignorancia, la maldad o la incapacidad moral.
La consecuencia resulta evidente: cada vez menos personas buscan comprender. Cada vez más personas buscan confirmar aquello que ya creen.
El desprecio funciona entonces como una forma de ceguera. Impide reconocer que incluso nuestros opositores contienen fragmentos de verdad. Impide admitir que una persona puede sostener ideas distintas y seguir siendo digna de respeto. Impide comprender que la complejidad humana siempre excede cualquier etiqueta política.
Quizás la pregunta más importante para una sociedad no sea quién tiene razón.
Quizás la pregunta más importante sea otra:
¿Todavía somos capaces de ver humanidad en quienes piensan distinto?
Mientras esa respuesta permanezca afirmativa, existe espacio para el diálogo, el aprendizaje y la convivencia. Cuando desaparece, el desprecio ocupa su lugar y la democracia pierde uno de sus recursos más valiosos: la capacidad de comprender.
En tiempos electorales, reconocer y combatir el desprecio constituye una condición esencial para proteger la convivencia democrática. Esa tarea comienza con preguntas aparentemente simples: ¿todavía admiramos algo de quienes piensan distinto?, ¿reconocemos su humanidad?, ¿podemos aprender algo de ellos? Mientras esas preguntas sigan vivas, el diálogo conserva una oportunidad. Cuando desaparecen, el desprecio encuentra el terreno fértil para crecer y la sociedad empieza a olvidar una verdad elemental: detrás de cada posición política sigue existiendo una persona y un sueño, y detrás de cada sueño existe una historia que todavía merece ser comprendida.
메타데이터
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