‘Los nombres de Feliza’ de Juan Gabriel Vásquez
¿Puede un libro dedicado a rememorar la vida de una persona que te era hasta ahora desconocida dejarte con la sensación de haber…
‘Los nombres de Feliza’ de Juan Gabriel Vásquez

¿Puede un libro dedicado a rememorar la vida de una persona que te era hasta ahora desconocida dejarte con la sensación de haber descubierto todo un universo nuevo y convencerte de que la protagonista quedará en tu memoria de una manera indeleble?
Sí, rotundamente posible, y esto es lo que me ha sucedido con Los nombres de Feliza, la ultima novela del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Este fenómeno comienza a ser para mí una seña de identidad de las últimas obras de Vásquez, posiblemente el escritor colombiano más destacado de lo que va de siglo (opinión subjetiva pero ampliamente compartida).
A Vásquez se le coloca constantemente la etiqueta de heredero de García Márquez, etiqueta tan errónea como acertada, pues, aunque la escritura de cada uno discurre por sendas de estilo muy diversas, comparten en múltiples ocasiones un interés por retratar un país tan singular y fascinante como Colombia y transponer el hecho, la anécdota, en paradigma universal. Me pregunto si no es esto una esencia o un deber ineludible de toda literatura. De lo que no se puede dudar es que Vásquez ha vuelto a situar la literatura colombiana en el mapa literario mundial, precisamente en un momento en el que Colombia parece querer romper con su estereotipada imagen marcada por la violencia y dar a conocer su incontable riqueza.
No es la primera vez que Vásquez echa mano de personajes y hechos reales. Ya en Volver la vista atrás, su anterior novela, el autor bogotano fue capaz de crear a través de la vida del conocido director de cine Sergio Cabrera un relato monumental sobre la historia de Colombia, donde cabían temas como el exilio republicano español, la presencia decisiva del socialismo y comunismo en el despertar de Latinoamérica en los años 60 y 70 o el auge de los movimientos guerrilleros. Y así la historia personal, íntima, la de las relaciones no siempre fáciles entre padres e hijos, la de los enamoramientos o la construcción de una identidad propia, se entrelazaban con los grandes acontecimientos para conformar, a modo de doble hélice, el ADN de una literatura imprescindible. Algo similar ocurría en La forma de las ruinas donde el mismo Vásquez se convertía en protagonista para poner luz sobre dos hechos decisivos de la historia de su país, los asesinatos de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y de Rafael Uribe Uribe en 1914.
Feliza Bursztyn en estos tiempos no es ni de lejos la artista más conocida del mundo artístico colombiano, un ecosistema fagocitado por la imponente figura de Fernando Botero. El pintor y escultor de Medellín durante muchos ha opacado, en cierta manera, al resto de autores de las artes colombianas, así como sucede con el citado García Márquez y la literatura. Puede que la publicación de la novela cambie esto.
Quiere el capricho que hace unos meses, antes de la publicación de la novela, yo me sentase junto a una de sus obras situada en el exterior del caleño museo de La Tertulia sin detenerme demasiado en valorar dicha escultura, por mi gran desconocimiento en cuanto a la escultura contemporánea se refiere. Podría estar seguro de haber leído una placa donde aparece escrito el nombre de la obra y la autora, pero en realidad desconozco incluso si dicha placa existe.
Visto desde ahora, desde el momento en que ya la novela y su protagonista se ha instalado en el lugar donde se anclan las historias que nos conmueven, uno fácilmente adjudica estas casualidades a una planificación cuasi mágica y fuera de la razón.
El mismo Vásquez reconoce que también él, allá por los años 90, en su juventud parisina, desconocía la existencia de Feliza Bursztyn cuando habían pasado menos de 20 años de su muerte.
Entonces vuelve a hacer acto de presencia el omnipresente García Márquez. Parece inevitable que cualquier acercamiento a la cultura e historia colombiana no tenga al menos un momento en que no se nos cruce el escritor de Aracataca. En esta ocasión Gabo fue testigo de primera fila del momento crucial de esta novela, la muerte de la escultora en su exilio parisino en 1982 con tan solo 48 años.
A los pocos días de este fallecimiento repentino en un restaurante de París, cuando Feliza compartía mesa con su marido, con García Márquez y Mercedes Barcha y con el periodista Enrique Santos y su esposa María Teresa, el mismo García Márquez iniciaba con estas frases un artículo donde se preguntaba por qué su amiga murió en el exilio y por qué las autoridades colombianas no hicieron nada por evitarlo:
Cuatro de esas palabras calaron en la mente y el alma del joven estudiante Juan Gabriel y le han perseguido durante más de 25 años: se murió de tristeza. Y esas palabras, por inexplicables causas, dieron lugar a una autoimpuesta obligación, la de descubrir qué provocó esa tristeza que mató a Feliza.
Durante 27 años Vásquez asegura que la presencia de Feliza Bursztyn en su día a día era constante, pero que ha necesitado todos estos años para poder llevar a la página toda esa compleja obsesión. Contaba el escritor en la presentación de su novela en Madrid junto a la periodista Àngels Barceló hace unas semanas, que ha necesitado llegar a una edad similar a la que tenía Bursztyn cuando murió para poder comprenderla plenamente y para poder contar su vida con la mayor honestidad posible.
Al lector fiel de Vásquez no le queda ya ni la menor duda de que es un escritor atravesado por una curiosidad infinita, que solo se sacia con una rigurosidad en la investigación que desde fuera puede ser vista como algo extenuante. Pero ojo, esto no significa que Vásquez se convierta en un historiador cuando aborda las historias de personajes reales. Él mismo aclara que tanto esta novela como la anterior sobre Cabrera, no son biografías, siguen siendo novelas donde hay muchos diálogos y hechos que surgen de su pura imaginación, que son una reconstrucción o una simulación de cómo podrían haberse desarrollado los hechos y cómo hubieran respondido los protagonistas ante los mismos. La rigurosidad está en otro lado. Vásquez busca que lo ficticio y lo real reflejen el alma, la esencia de una mujer cuya existencia se vio atravesada por una constelación de hechos: desde la amenaza nazi que llevó a los padres de Feliza, judíos polacos, a recalar en Colombia, hasta la revolución cubana y su contrapartida en ese apocalipsis reaccionario y golpista que bañó América Latina desde los 50 hasta los 80, fenómeno que permanece en la conciencia colectiva latinoamericana y cuya sombra amenazante parece no desvanecerse. Ese devenir histórico, la realidad política y social, se conjuga con lo personal, con la búsqueda de un lugar propio, de una identidad como mujer y como artista. Feliza Bursztyn quiere ser ella, quiere que su arte y su modo de vivir la vida sean lo que la definan. Para ello escapa de un matrimonio prisión (con maltrato incluido), viaja hasta París para formarse como escultora y es capaz de arriesgar hasta el contacto con su propia familia por negarse a obedecer las rígidas convenciones sociales de la época.
Podría pensarse que esa tristeza que mató a Feliza Bursztyn no es sino el castigo esperable para alguien que ha ejercido una libertad fuera de la norma, que reventó incluso el paradigma de la mujer artista y apostó por trabajar en un estilo escultórico, el de grandes piezas soldadas, que se entendía más propio de hombres, que defendió una relación amorosa que desafiaba la moralidad, la católica y la judía, porque en todos los lados se cuecen habas. Pero qué lejos de la realidad. No se trata de convertir a Feliza en una mártir, pensar que el sufrimiento es lo que la dignifica y la convierte en referente. Parece ser que las mujeres que sufren son las que merecen ser elevadas a la categoría de mito, por un destino ineludible. Vásquez nos habla de una mujer arrolladora, divertida, luchadora, burlona, mal hablada, irreverente y hasta con tintes anarquistas. Una mujer progresista a quien sin embargo horripila la violencia, incluso cuando esta quiera justificarse como único vehículo posible de lucha social. La tristeza de Feliza Bursztyn es fruto de la injusticia, del autoritarismo, de la perversidad que tantas veces acompaña al poder y lo define, del miedo a la diferencia y al cambio.
Como lector uno siente impotencia por ese final de Feliza Bursztyn. Esa misma impotencia que para mí impregna el artículo de García Márquez de 1982, cuando señala sin pudor a los responsables y cómplices del exilio y la tristeza que acabó con la vida de su amiga.
No obstante, esto no lo es todo. El lector debe celebrar y disfrutar a la misma vez la contrapartida que ofrece la novela. Feliza Bursztyn se convirtió con los años en uno de los puntos gravitacionales de un periodo de oro de la cultura colombiana. Escritores como Jorge Gaitán Durán, García Márquez, Eduardo Coté Lamus, Hernando Valencia o León de Greiff, pintores como Alejandro Obregón o Luis Caballero, la crítica y divulgadora Marta Traba, referentes de mundo teatral como Santiago García y Patricia Ariza, fundadores del grupo La Candelaria y toda una constelación de periodistas, galeristas, escultores, forman parte, en mayor o menor medida, de la peripecia vital de la escultora bogotana y se pasean por las páginas del libro.
Sirva pues también esta novela para abrir una brecha en esa ignorancia, en parte voluntaria y fruto de cierto complejo de superioridad, que tenemos en este lado del Atlántico cuando de América Latina se habla. Asombrémonos de cómo en tiempos convulsos la cultura se convirtió en lo que debe ser, portavoz de la resistencia y del humanismo y refugio para ciudadanos de todas las clases.
Esa tarde en la presentación en Madrid alguien entre el público le preguntaba al escritor el porqué del plural del título, por qué hablaba de los nombres de Feliza y no del nombre en singular. Juan Gabriel Vásquez, con ese tono amable que le caracteriza, se disculpaba porque lo que iba a decir pudiese malinterpretarse y considerarse un mero llamado a la venta del libro. La respuesta al porqué del título requería de su lectura, no cabía una explicación corta. Muy cierto, la historia de esta mujer fascinante sorprende al lector que se asombra de que en 48 años de existencia quepan tantas historias como para llenar varias vidas. Feliza fue una mujer a la que se dieron varios nombres y otros que ella eligió, porque cada vida merece su propio nombre.
Los nombres de Feliza, de Juan Gabriel Vásquez. Alfagüara, 2025
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