Los Mercachifles de “Factos”
Cuando los «hechos» se usan para manipular y la “evidencia” termina reforzando sesgos, es preferible cultivar el escepticismo y el…
Los Mercachifles de “Factos”
Cuando los «hechos» se usan para manipular y la “evidencia” termina reforzando sesgos, es preferible cultivar el escepticismo y el falibilismo antes que entrar en confrontaciones.
Introducción.
La exigencia de “factos” (término que pretende darle punch a «hechos») es saludable; lo preocupante es el uso mercachifle de la evidencia: citas sin rigor y cherry-picking para legitimar narrativas. En tiempos de hegemonía del dato, conviene recordar que toda simplificación puede inducir sesgos y que la defensa ciega de una abstracción suele desembocar en un conservadurismo torpe. Este texto no explora las creencias, sino qué errores se pueden cometer al justificar lo que creemos.
Las tres desgracias.
Hay tres conceptos que, por obra y desgracia de las explicaciones simplistas, pueden resultar nocivos:
- La creatividad entendida como un algoritmo de generación de ocurrencias.
- La intuición entendida como magia, como “sintonía con la vibración cósmica” que haría que quien la posee adquiera una percepción avanzada y tome decisiones certeras, al menos desde el punto de vista de sus consumidores o creyentes.
- Y “los factos” entendidos como conseguir un artículo o información que refuerce los propios prejuicios para mover «likes» y crear una base de consumidores o de creyentes.
Insisto en que la búsqueda de una base empírica o experimental para la toma de decisiones es loable. Sería un sueño que las decisiones se tomaran con la mejor y más rigurosa información disponible, con una contextualización cuidadosa de los hallazgos. Pero, a menudo, simplemente se busca un recurso que dote a un discurso o narrativa de legitimidad y credibilidad.
El asunto, sin embargo, no está en qué creer, sino en cómo construimos nuestras justificaciones.
El sincretismo.
Para muchos, tener un método es un atentado contra la creatividad. El problema es que, cuando no se tiene, es bastante probable que ocurra — sincretismo — .
Mi explicación dista de una definición académica, pero puede tener mayor efecto retórico: el sincretismo es pegar ideas con babas.
Que si hay un estudio que indica que los antioxidantes ayudan a prevenir enfermedades asociadas con el deterioro celular, y si se dice que una fruta es una buena fuente de antioxidantes, para un mercachifle de la ciencia confundir asociación con causalidad resulta facilísimo: la fruta detiene el deterioro celular; por lo tanto, el envejecimiento, el cáncer, el alzhéimer, etcétera…
Si con ese recurso “creativo” se manipula evidencia en ciencias naturales o aplicadas, donde con frecuencia se emplean diseños experimentales que manipulan una o más variables para estimar efectos causales, los problemas pueden agudizarse en las ciencias sociales, que a menudo dependen de datos observacionales y de constructos difíciles de medir.
Además, en disciplinas normativas como el derecho, un lector no especializado puede confundir pura especulación con evidencia empírica.
Directamente a las conclusiones.
En una cultura de la inmediatez, el requerimiento de “resúmenes ejecutivos” puede empeorar el discernimiento sobre “los factos”, pues no buscamos entender o ampliar la mirada sobre un fenómeno, sino obtener respaldo para un argumento, con frecuencia preconcebido.
Un “facto” se puede extraer de un libro cuyo autor es una figura de autoridad (autoridad que, a menudo, se establece por la cantidad de libros vendidos), o puede extraerse de las conclusiones de un paper sin tener en cuenta, como mínimo, una comprensión del diseño de la investigación o del experimento y de los criterios de calidad de los ensayos o pruebas.
… E ir directamente a ver si el p-value está en 0,05 no mejora el análisis.
Entonces, ¿se debe ser un experto en métodos de investigación, diseño de experimentos y estadística para formarnos una opinión sobre algo?
De la manipulación al nihilismo.
Si el argumento “lo dice un artículo científico” se ha vuelto una herramienta más de manipulación, renunciar a profundizar en las bases de nuestro criterio resulta igualmente dañino.
Por ejemplo, ¿es sensato eludir el debate sobre los beneficios o riesgos de una decisión de carácter público con el argumento de que son temas técnicos especializados por fuera de mi formación?
A primera vista, puede parecer la actitud más racional; es evidente que no se debería opinar por opinar, o generar polémica solo para ganar seguidores. Pero renunciar a nuestra capacidad de “detectar camelos”, como diría Carl Sagan, es dañino no solo para las personas en un entorno particular, sino para la sociedad y para ideas como la democracia.
Nuestra relación con la realidad debería partir de un sano escepticismo, en el que, al menos, aprendamos a dar nuestra confianza no a quien piensa como nosotros, sino a quien pueda ofrecer argumentos que, luego de una evaluación y comparación lo más profunda posible, merezcan ser aceptados según nuestra propia capacidad crítica.
En contextos donde conviven creencias y valores diversos, amplificados por el uso masivo de redes sociales y por la abrumadora cantidad de información, intentar imponer un criterio único para establecer lo que consideramos «verdad» suele ser contraproducente. Puede ser más realista promover que cada quien mejore la calidad de sus justificaciones, adoptando una actitud falibilista y orientándose por la construcción de una verdad útil y contextual, entendida como provisional y revisable a la luz de mejores razones y datos, y evitando en lo posible el oportunismo individualista y el relativismo autocomplaciente.
메타데이터
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