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¿Realmente lo perfecto es enemigo de lo bueno?

Genaro Yoel Rodriguez Hoyos · 2026-04-03 19:48 · 1 claps · 4.5 min read
#art #renacimiento #philosophy
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Wiki topics: PHI · Philosophy CUL · Culture & Media

¿Realmente lo perfecto es enemigo de lo bueno?

Pensé en esta frase de François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, cuando volví a leer la biografía de Paolo Uccello escrita por Vasari.

La releí casi por casualidad, pero me golpeó con una fuerza que no esperaba. Hay libros —y párrafos – que esperan pacientemente el momento exacto en que uno está listo para recibirlos y asimilarlos.

Vasari abre su relato de Uccello con una sentencia que suena casi a epitafio: “Paolo Uccello hubiera sido el más delicioso y original genio después de Giotto en el arte de la pintura, si se hubiese esforzado tanto en las figuras y los animales como se esforzó y perdió tiempo en las cosas de la perspectiva.” Es el veredicto de un contemporáneo informado sobre una vida entera mal administrada.

Paolo di Dono —ese era su nombre real – nació en 1397 en las cercanías de Florencia. Desde joven frecuentó el taller de Lorenzo Ghiberti, el gran escultor de las puertas del baptisterio florentino, y trabó amistad con Donatello, que sería testigo privilegiado de su extraña obsesión. Paolo tenía talento de sobra. Lo que le faltó fue equilibrio.

Vasari escribió que Uccello era capaz de pasar toda la noche en su estudio tratando de captar el punto de fuga exacto. Su mujer lo llamaba a dormir, y él respondía satisfecho como saboreando un manjar desde la oscuridad de su cuarto: “¡Oh, qué dulce cosa es esta perspectiva!”

Dejó una hija que sabía dibujar y una mujer que contaba, como quien narra una desgracia, que Paolo ensimismado toda la noche buscaba la perspectiva perfecta.

Condenado por voluntad propia a la soledad, inventó nuevas formas de trazar perspectivas que fueron novedosas en su tiempo. Con mente precisa y analítica intentó aplicar un método científico para representar objetos en un espacio tridimensional.

Se conservan estudios suyos de superficies geométricas de una complejidad asombrosa, como si fueran generados por algún software moderno de modelado arquitectónico. Cajones llenos de dibujos portentosos. Proyectos que nunca se llevaron a cabo.

En contraste, ese mismo encierro no le permitió advertir la sencilla manera en que un caballo camina. Donatello, su gran amigo, le reprochaba con frecuencia perder el tiempo en absurdas especulaciones geométricas. Le decía: “Tu perspectiva te hace dejar lo cierto por lo dudoso.”

Vasari ve en Uccello a una víctima de un vicio, de una suerte de adicción que lo arrastró a la soledad, la incomprensión y la miseria. En su declaración de la renta florentina de 1469, Uccello escribió: “Me encuentro viejo y achacoso, mi mujer está enferma, y no puedo trabajar más.” Se entregó a la perspectiva, que lo mantuvo pobre y recluido hasta su muerte. Tenía setenta y dos años. Murió en 1475.

¿Por qué me detuvo esta historia?

Porque aparte de que mi edición de la obra cumbre de Vasari está muy bien traducida, reconocí en ella un patrón humano profundamente contemporáneo.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Hay un costo excesivo de tiempo que implica la búsqueda de la perfección. En todo trabajo hay un momento en que la mejora del resultado que se puede conseguir es mínima y el esfuerzo y tiempo que hay que dedicar para conseguirlo ha crecido exponencialmente.

Uccello no ignoraba este costo. Lo elegía, noche tras noche. Y esa elección tiene algo de grandioso y algo de patético al mismo tiempo, que es quizás la combinación más honesta que puede ofrecernos una biografía.

Lo que Voltaire llamó la Falacia del Nirvana es el error lógico de comparar cosas reales con alternativas ideales: rechazar lo posible porque no es lo perfecto en nuestra mente.

Vasari lo dice con una elegancia singular: “No cabe duda de que quien, con estudios demasiado terribles, violenta la naturaleza, si bien por un lado aguza su ingenio, por otra parte nunca hace nada que parezca realizado con esa facilidad y esa gracia que naturalmente tienen aquellos que ponen cada pincelada en su lugar, moderadamente, con deliberada inteligencia llena de discreción.”

La gracia espontánea que se realiza y florece. Eso es lo que se pierde cuando el intelecto aplasta al instinto. No la perfección técnica, sino esa ligereza que hace que una obra parezca inevitable, como si no pudiera haber sido de otra manera y que transmite la idea, el pensamiento o la sensación.

La figura de Donatello.

Donatello era el amigo que decía la verdad. El que veía desde afuera lo que Uccello no podía ver desde adentro. Todos necesitamos a alguien así: no un crítico, no un enemigo, sino un amigo lo suficientemente honesto como para señalar, sin crueldad pero sin ambigüedad, que estamos dejando lo determinado por lo dudoso.

El problema es que Uccello escuchaba a Donatello, asentía, y luego volvía a sus papeles, sus trazos y sus perspectivas. El perfeccionismo lleva implícito el miedo a cometer errores, y el miedo a cometer errores nos hace poco productivos y nos paraliza. Pero en el caso de Uccello el mecanismo era inverso: no era miedo al error lo que lo paralizaba, sino amor excesivo a la solución de moda. Había encontrado en la perspectiva algo que le daba más placer que cualquier pintura terminada.

Voltaire escribió su famosa sentencia en el siglo XVIII, pero Uccello la vivió en carne propia doscientos años antes, sin saberlo, en el silencio de un taller florentino. Voltaire utilizó esta idea para criticar el exceso de perfeccionismo y la búsqueda obsesiva de la perfección en la sociedad. Creía que esta búsqueda podía ser contraproducente y frustrante, ya que a menudo impedía que las personas alcanzaran objetivos realistas y lograran avances significativos.

No propongo conformismo. Propongo lo que Vasari, con toda su impaciencia, le pedía a Uccello: equilibrio entre el intelecto y el instinto. Entre el rigor del análisis y la confianza de una solución realista en curso.

Los cajones llenos de dibujos no pintados son el mejor monumento al talento mal distribuido. Y son, también, un espejo incómodo para cualquiera que haya pasado demasiadas noches perfeccionando algo que nadie llegará a ver.

Y vaya, este escrito estuvo dos largos años recibiendo párrafos, borrados luego y vueltos a escribir mientras miraba libros, dibujos y pensaba en palabras que nunca se ordenarán de la forma perfecta.

¡Oh, que dulce cosa es esta perspectiva!

Sí. Pero el caballo, Paolo, camina de otra manera.

¿Reconoces en ti algo de Uccello? Déjame tu comentario.


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