Cromo
a la fotografía de nian pegada en el refrigerador de su mamá
Cromo
a la fotografía de nian pegada en el refrigerador de su mamá
Una fragancia del dolor me hizo tocar eso que era inmutable SKR. ZOÉ.

Estamos sentados, en el sillón desgastado por las gatas y el alba; no sé cuánto tiempo más aguante sin deshacerse. Y te rasco la espalda pero me detengo en el centro y recuerdo:
Esa noche quemaron el hormiguero.
Recordé nuestros dedos llenos de lodo y las uñas sucias de tierra, recordé cuando probamos nuestra mugre por primera vez: el sabor mineral en la lengua, la sal; reventamos los granitos de tierra entre nuestros dientes, justo antes de que lloraras porque las hormigas te mordían el rostro y las manos. Fue la primera vez que te vi derrotada por maravillosas mandíbulas diminutas. Fue la primera vez que rasqué tu espalda. Aún no sabía que esto lo iba a recordar por siempre.
Claro que un par de veces hemos empezado a hablar de nosotros y acabamos describiendo el fuego de aquella noche y el chasquido de las hormigas que se hacían diminutas y se enconchaban, como doblándose ante un dios invisible. Acaso esas sean las consecuencias de jugar e imaginarnos el fuego: encontrarnos asediados por lo divino, eso que quema e ilumina los cuerpos.
He llorado, también un par de veces, porque he querido regresar a casa y ahora la encuentro vacía. Mientras me acerco veo ojos brillantes que la acechan: tus más frescas y justas obsesiones; y le ruego a la noche que hagan más cálido tu espíritu a fuerza de quebrar el mío, por fin, y para siempre.
No me tomes muy en serio.
Cómo quisiera no tocar el hormiguero con mi memoria. Cómo quisiera no embarrarlo de esta mirada inútil ni del aire del tiempo profanado. Cómo quisiera inundarlo de aluminio y que cada cámara se mantenga brillante y pura. Que la colonia de hormigas sea un objeto de cromo para que nunca más se muevan. Pero sé que obligarlas a hacerlas inmutables es, también, detener el ciclo natural de lo verdaderamente eterno. Qué brillantes serían sus rincones y sus cámaras, qué inútil y hermosa esta crueldad de las transformaciones.

Alguien habrá visto nuestro hormiguero. Alguna hormiga lo habrá hecho su nuevo hogar después de que la reina muriera aquella noche entre el fuego vengativo y la piedad de tus lágrimas; y es que al final no sabías si llorabas por tus heridas o por el fuego que había acabado con el hormiguero. Alguien habrá notado eso. Alguna hormiga.
Ignoro si la desolación y la muerte podría ser un buen hogar para ellas, si no se encuentran con viejos y amigables fantasmas en las cámaras de larvas, acunando pequeños huevos carbonizados.
Se requiere de carácter para dejar que lo infinito se desmorone por sí solo, y un poco de cobardía para solo observar cómo cae; poquita tristeza para revolver las cenizas y mancharse las manos esperando una chispa nueva.
¿Todo murió aquel día, con esa luz ardiente en el hormiguero? ¿O todo empezó? Quise creer en una tregua, pero quizá la hormiga roja por fin llegó al campanario y aquella leyenda de Azcapotzalco por fin se hizo realidad.

¿Y qué importa si seguimos viviendo después del fin del mundo?
¿Quién se va a dar cuenta?
Pienso en aquella noche, hace años, en el hormiguero, y me preguntas por qué me detuve, en qué pienso.
Te respondo “en el futuro”.
En el futuro.
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