El privilegio de adelgazar: o cómo la obesidad encontró su lugar en el Sur
Hay noticias que conviene leer dos veces, no porque sean difíciles, sino porque su aparente buena nueva esconde un reparto desigual. Como…
El privilegio de adelgazar: o cómo la obesidad encontró su lugar en el Sur

Hay noticias que conviene leer dos veces, no porque sean difíciles, sino porque su aparente buena nueva esconde un reparto desigual. Como informa la publicada en SciDev.Net, que trata sobre un estudio publicado en Nature el 13 de mayo — que revisó datos de peso y talla de más de 232 millones de personas en 200 países entre 1980 y 2024 — anuncia que la obesidad ha dejado de avanzar al mismo ritmo en todo el mundo: en varios países ricos se estabiliza e incluso retrocede ligeramente, mientras que en buena parte de América Latina, Asia y África sigue una trayectoria de aumento sostenido o acelerado. La epidemia, al parecer, también aprendió geografía. Y como tantas otras cosas en este hemisferio, decidió quedarse donde menos recursos hay para combatirla.
La novedad metodológica del trabajo no es menor, y conviene reconocerla: sus autores no se limitaron a comparar cuántos obesos había en distintos momentos, sino que midieron la “velocidad” del fenómeno, es decir, el cambio anual en puntos porcentuales, lo que permite distinguir si una tendencia se acelera, se frena o empieza a revertirse. Gracias a esa precisión podemos afirmar con elegancia estadística lo que el sentido común ya sospechaba: que Francia, Italia, Portugal o España vieron desacelerarse su obesidad infantil desde los años noventa, mientras Brasil, Colombia, Argentina y Perú siguen subiendo en niños y adultos por igual. México, fiel a su talento para los matices, presenta datos mixtos: parece frenar entre niñas y niños, pero avanza imperturbable en adultos, con un 43% en mujeres y un 34% en hombres, tasas que superan a las de muchos países que llamamos desarrollados. Un logro, si uno se empeña en buscarlo.
El líder del estudio, Majid Ezzati, del Imperial College London, sostiene que hablar de una “epidemia global de obesidad” es una simplificación excesiva, y tiene razón. La obesidad no es global; es selectiva. Ezzati se declaró “optimista” por la reversión observada en muchos países, aunque admitió, con la honestidad que distingue al buen investigador, que en los países de ingresos bajos y medios el aumento “continúa sin disminuir”. Optimismo, pues, con domicilio fijo. Las causas que enumera son tan razonables que casi duele que se hayan ignorado tanto tiempo: la mecanización del trabajo y el transporte, el mayor poder adquisitivo, la comercialización agresiva de alimentos, y la peculiar manía de las políticas públicas de seguir combatiendo la desnutrición mientras la obesidad entraba por la puerta de al lado. Menciona, además, la escasa regulación fiscal frente al mercadeo de productos como las bebidas azucaradas, que, en sus palabras, no tienen ningún beneficio nutricional y empeoran la obesidad. Que un refresco sea malo para la salud es, desde luego, un hallazgo que la humanidad recibirá con la sorpresa que merece.
Hay, en medio del diagnóstico, una observación que rescata la conversación del lamento. El epidemiólogo colombiano Óscar Franco, de la Universidad de Utrecht, recuerda que la obesidad no refleja un fallo individual, sino la consecuencia de un sistema que prioriza curar por encima de prevenir. Es una corrección necesaria a la costumbre, tan cómoda como injusta, de culpar al individuo por engordar en entornos diseñados para que engorde. Franco propone dejar de obsesionarse con bajar de peso y empezar a promover la salud integral — alimentación real, actividad física, sueño, menos estrés — , y advierte que si seguimos dedicando todos los recursos a tratar enfermedades ya instaladas, los sistemas de salud terminarán por colapsar. Dicho de otro modo: prevenir sigue siendo más barato que curar, una verdad que la economía sanitaria repite desde hace décadas con la paciencia de quien sabe que no será escuchada.
El estudio concluye con una afirmación que merece subrayarse sin ironía: el aumento de la obesidad no es inevitable, pero tampoco lo es su estabilización. Para América Latina, donde la obesidad convive con inseguridad alimentaria, pobreza y otras formas de malnutrición — ese lujo de padecer a la vez el exceso y la carencia — , la respuesta tendrá que ser estructural: políticas fiscales y regulatorias, entornos escolares más sanos, acceso a alimentos frescos y sistemas de salud capaces de prevenir antes que tratar. Nada que no se sepa, nada que no se haya recomendado antes. La diferencia, como siempre, no estará en el diagnóstico, sino en si alguien decide por fin pagar la cuenta. Mientras tanto, los países ricos celebran su delgada victoria, y el Sur global engorda con la puntualidad de quien hereda los problemas que otros ya resolvieron.
메타데이터
- post_id
- 722d9effd3fa
- slug
- el-privilegio-de-adelgazar-o-cómo-la-obesidad-encontró-su-lugar-en-el-sur-722d9effd3fa
- url
- https://medium.com/@blogcaep/el-privilegio-de-adelgazar-o-c%C3%B3mo-la-obesidad-encontr%C3%B3-su-lugar-en-el-sur-722d9effd3fa
- canonical_url
- https://medium.com/@blogcaep/el-privilegio-de-adelgazar-o-c%C3%B3mo-la-obesidad-encontr%C3%B3-su-lugar-en-el-sur-722d9effd3fa
- author_url
- https://medium.com/@blogcaep
- status
- ok
- fetched_at
- 2026-06-17 12:55:42