Pensar sin molestar: crónica de un festival amable
El Hay Festival Arequipa y la cultura convertida en espectáculo
Pensar sin molestar: crónica de un festival amable
El Hay Festival Arequipa y la cultura convertida en espectáculo
En Arequipa, el Hay Festival despliega un simulacro de descentralización que transforma la inquietud intelectual en experiencia premium. Entre paneles sin debate, homenajes solemnes y lecturas performativas, la crítica se vuelve ornamento y la cultura, vitrina global.
Cada noviembre, el Hay Festival Arequipa confirma que el espectáculo literario latinoamericano tiene su propio circuito de clases medias ilustradas. Todo parece organizado para la celebración del gusto, la conversación amable y el turismo cultural de autor. El visitante llega con su acreditación al cuello, escucha un par de charlas sobre el estado del mundo, pasea por los claustros coloniales y almuerza en restaurantes cuidadosamente seleccionados. La literatura se convierte en un pretexto sofisticado para un tipo de sociabilidad que, en el fondo, es bastante reconocible: el ocio urbano de la élite cultural limeña desplazado a otra postal, acompañado de sus inevitables lobbys editoriales y culturales.

Tan claro es el traslado de Lima a Arequipa que, el primer día del festival, las redes sociales se llenan de fotos de escritores limeños y editores de transnacionales — de todas las parcialidades ideológicas posibles — sonriendo con una bebida espirituosa en la mano frente a algún edificio típico del centro histórico. Es una especie de Semana Santa en noviembre, o una profecía de las vacaciones de verano con aroma de rocoto relleno. Aquí se disuelven las diferencias políticas, las pugnas de egos o las trincheras literarias: todos se funden en el mismo coro del espectáculo cultural organizado por los capitales internacionales para el disfrute de productores y consumidores.
En estas vacaciones de la escena limeña, la periferia es, lógicamente, decorado y no experiencia. Arequipa funciona como escenario de un simulacro de descentralización que apenas disfraza el viejo eje capitalino del poder simbólico. Las voces locales quedan fuera del programa central o aparecen como cuota exótica en mesas con títulos amables sobre “diversidad”, “memoria” o “territorios”. El Hay Festival convierte la ciudad en una vitrina global que ofrece, a partes iguales, patrimonio, gastronomía y autores con discursos exportables.
Los dilemas de la literatura y la cultura del siglo XXI se celebran con la misma ligereza con que se fotografían casonas virreinales o el frontis de la catedral, se convocan almuerzos de mantel largo o se compran chocotejas en los locales de la chocolatería Ibérica. El público — ese conglomerado de clases medias ilustradas que vive entre la nostalgia de los libros y el entusiasmo por los podcasts — llega a las sedes con la fe de quien asiste a una ceremonia de culto, acreditación en mano y entrada pagada como parte del ritual. Aplaude la diversidad, celebra la ciencia, sonríe ante el arte. Todo cuidadosamente moderado para que nadie se sienta fuera de lugar. El disenso no cabe en el programa; el desacuerdo se percibe como una falta de etiqueta.

Algunos paneles anuncian diferencias de opinión e incluso antagonismos, pero se trata de un vocabulario equívoco: no hay discusión, sino acuerdos. Los moderadores — a menudo escritores peruanos convertidos en entrevistadores de figuras internacionales — no interpelan: acompañan. A veces, los más duchos añaden una pizca de histrionismo a la puesta en escena; la mayoría, en cambio, se limita a ser testigos respetuosos del brillo ajeno, aunque nunca falta quien intente atraer por momentos la luz de los reflectores. En cualquier caso, no se trata de pensar, sino de mantener el ritmo del espectáculo intelectual del siglo XXI, ese que exige entusiasmo, simpatía y una dosis de compromiso ético para la foto.
Las lecturas públicas de poesía se inscriben en el mismo ritual. Son momentos concebidos para el registro visual y digital, además de la experiencia compartida en directo. Sin embargo, la poesía continúa siendo en todas partes un saber minoritario, que la clase media percibe cada vez más como un cuerpo extraño al que dedica una sonrisa de admiración performativa. Algo semejante ocurre con los homenajes y las conferencias en torno a Mario Vargas Llosa, santo patrono del evento. Sus textos se leen con solemnidad, pero la mayoría de asistentes participa con el fervor del espectador que sabe estar frente a un clásico, aunque no siempre pueda explicar por qué.
Mientras tanto, los expertos más reputados brillan por su ausencia. Y cuando alguno aparece, se ve obligado a ajustar su discurso a las reglas del espectáculo: limar aristas teóricas, traducirse en frases de efecto y sostener la expresión de bienvenida que impone la cortesía del evento. Lo que predomina es la figura del intelectual amable, capaz de hablar de la crisis climática, el feminismo o la inteligencia artificial con la cadencia de una charla de couching. Su mérito principal no es la profundidad, sino la adaptabilidad al auditorio: sonar complejo sin incomodar, emocionar sin alterar, pensar sin molestar.
No son pocos los casos en que los invitados peruanos destacan más por su media training o por ser los engreídos de algún conglomerado editorial — agradecido todavía por un éxito de ventas remoto — que por su verdadero dominio de la literatura. En ese sentido, el festival no divulga: como interés corporativo, comercializa. No abre espacios de pensamiento, sino de pertenencia y fidelización a los conglomerados en función de la sensación de bienestar cultural que renuevan. Se han vuelto máquinas prodigiosas: convierten la inquietud intelectual en experiencia premium, la crítica en ornamento de fin de semana y la literatura en espectáculo para el turismo nacional e internacional.

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