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Sálvese quien pueda: la individualidad como antídoto contra el egoísmo colectivo

“Nos enseñaron a sacrificarnos por los demás. Pero nadie habla de lo que ocurre cuando una sociedad entera olvida cómo sostenerse a sí…

Cacho · 2026-05-09 10:16 · 0 claps · 3.2 min read
#individualismo #egoísmo #responsabilidad-social #manipulación-política #esfuerzo-individual
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Sálvese quien pueda: la individualidad como antídoto contra el egoísmo colectivo

“Nos enseñaron a sacrificarnos por los demás. Pero nadie habla de lo que ocurre cuando una sociedad entera olvida cómo sostenerse a sí misma.”

Si de intentar aportar se trata, siempre valdrá la pena hacer el esfuerzo de redactar discursos, ensayos, artículos, novelas u opiniones que inviten a detenerse y observar distintos modos de posicionarse frente al mundo que nos rodea. Todo ello, aun cuando a quien nos lea le dé lo mismo o nos responda con un frío silencio.

Hay que diferenciar entre individualidad y egoísmo. Cada cual se encuentra absorto en sus propios problemas de subsistencia. Vivimos en una sociedad inmersa en un mar de egoísmo: paralizada por el pánico y traumatizada por la larga e incontable serie de circunstancias que, a diario, nos superan. La individualidad es su antídoto.

Todo lo anterior ha derivado en una conclusión que me he repetido silenciosamente hasta el cansancio: una conclusión amordazada por un mandato cristiano, parapetado en los rincones de mi infancia; una idea que atenta contra el epicentro mismo de esa doctrina y que se traduce en la siguiente frase:

“Cada uno se las debe arreglar rascándose con sus propias uñas”.

Respecto a Dios, no existe aquella mano divina dispuesta a darnos ayuda solo por el hecho de existir. Por lo tanto, tampoco es válida aquella mano que pretende pautear nuestra fe, nuestras culpas y nuestros miedos a costa de una devoción condicionada. Si esa divinidad existe realmente, lo hace a través de la preciosa oportunidad que se nos ha brindado para administrarnos a nosotros mismos.

“Ayúdate, que te ayudaré”, dice también otra voz bíblica. Esa ayuda, finalmente, debe trabajársela uno mismo, tomando conciencia de que cada uno de nosotros es, en verdad, una chispa divina esperando ser activada: mediante el desarrollo de nuestra conciencia y a través del empleo real y útil de nuestras conductas virtuosas.

Expresado en una sola frase:

“Sálvese quien pueda”.

Esta expresión no es otra cosa que una invitación a mirar el mundo desde nuestras propias facultades y voluntad; a cambiar el paradigma que tramposamente nos induce a hacer el bien sin mirar a quién, a dar hasta que duela, renunciando a uno mismo.

Es un paradigma que constantemente intenta golpear nuestra autoestima, inhibiendo nuestra conciencia y evitando a toda costa que observemos el mundo y nuestras propias circunstancias desde nuestra capacidad de percibir, pensar y evaluar lo que nos rodea.

Probablemente, tras leer estas palabras, la tendencia natural de un lector será calificarlas de egoístas. Lo serían si sugirieran negar ayuda a quienes la merecen, pero no es eso lo que plantean. De ellas se desprende naturalmente lo siguiente:

Nadie que no tenga cómo ayudarse a sí mismo será capaz de ayudar a otros.

Dicho de otra manera: solo puede ayudar quien realmente está en condiciones de hacerlo. No es egoísmo si esto se entiende como una forma distinta de comprender que el todo se compone por la suma de sus partes. Nunca una cadena será más fuerte que el más débil de sus eslabones.

¿Cómo puede un cuerpo funcionar normalmente si le falta un riñón, o si su calidad de vida depende de estar condenado a una diálisis permanente?

Aquí se rompe un paradigma: aquel que nos ha mantenido atrapados desde tiempos inmemoriales, el que sostiene que “las partes dependen del bienestar del todo”. Este pensamiento — de inspiración marxista — , llevado al nivel de las naciones, del Estado, del Reino, de la región, de la comuna o de múltiples estructuras sociales, civiles o religiosas, solo es útil para quienes pretenden que ese “todo”, administrado por sus propios intereses políticos, sea el único beneficiado por el aporte incondicional de las “partes” que lo componen.

Es el discurso de quienes lucran gracias al pago obligatorio de impuestos de los contribuyentes. Su eslogan dice: “Si todos están bien, yo también lo estoy”. Un modo perverso de comprender y sostener los antivalores que nos gobiernan, aun cuando ni siquiera sepamos realmente cómo se encuentra ese “todo” que nos rodea.

Así, la línea que separa libertad y libertinaje queda en un estado de indefinición permanente: uno que solo resulta funcional para aquellos que manipulan el límite por la fuerza, relativizando la moral en beneficio propio.

Esa línea termina dejando peligrosamente en manos de discursos diseñados para las multitudes la clasificación de “buenos” y “malos”, de “ricos” y “pobres”, alimentando de forma tramposa el resentimiento y la envidia, y con ello, la rabia y las reacciones violentas nacidas de la impotencia frente a quienes ostentan el poder.

Se convierte entonces en una invitación a tomar las armas “por los más pobres” y “por los abusados”, pero dejando fuera a quienes efectivamente trabajan y aportan bienestar mediante su iniciativa personal, su honestidad y su esfuerzo individual.


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