¡Mucha policía!
Una de las cosas que recuerdo de mi infancia es la policía. Nunca tuve ningún problema con la policía, pero sí recuerdo que la policía…
¡Mucha policía!

Una de las cosas que recuerdo de mi infancia es la policía. Nunca tuve ningún problema con la policía, pero sí recuerdo que la policía existía y que en no pocas ocasiones los agentes del orden nos regañaban cuando nos juntábamos en la calle a jugar y nos emocionábamos demasiado. Entonces no había tantos parques de columpios con suelo sintético para que los niños no se desollen las rodillas ni había tampoco tantos parques perrunos para que los canes no se estresen como ahora. La infraestructura de juego no era tan sofisticada ni existían tantos protocolos y normativas pero había, en cambio, muchos zagales. La sensación más o menos era que podías jugar a lo quisieras en la calle del modo en el que te diera la gana, al menos hasta que llegaba la policía y te daba un tirón de orejas. Nunca pasaba realmente nada porque, básicamente, lo que hacíamos tras la advertencia era ajustar durante unos minutos el ritmo de juego o los decibelios y luego continuábamos como si tal cosa, pero al menos sabías que la policía podía llegar, así que muchas veces estábamos con un ojo en el juego y con otro en el callejón de enfrente por si había que salir corriendo, es decir, por si las moscas.
Nunca he sido yo un gran fan de la policía, pero tampoco soy un gran fan del cinturón de seguridad y creo que es mejor llevarlo. Hacerte mayor es, en efecto, darte cuenta de que hay un montón de cosas que no son apasionantes pero que es mejor que existan. Este es además un gran criterio de demarcación para distinguir a un individuo sin destetar aún sumido en un estado de patética adolescencia de un sujeto funcional y completamente adulto: el primero cree siempre que solo debe existir lo que le gusta.
La policía hacía acto de presencia y con esa mínima intervención ya conseguía cierta ilusión de orden. Con el tiempo, te das cuenta de que una de las cosas fundamentales que mantiene intactos los sistemas humanos es la ilusión: la ilusión de que te amonesten, la ilusión de que te multen, la ilusión de que van a venir los reyes magos, la ilusión incluso de que si eres bueno y estudias vas a tener un gran futuro, esto es, la famosa ilusión meritocrática. Los sistemas sociales están articulados entorno a ilusiones que es preciso conservar porque en la solidez de esas ilusiones se cifra la fortaleza de una sociedad. No obstante, las ilusiones siempre requieren de una mínima infraestructura que las respalde para continuar vigentes, es decir, tienes que saber que va a venir la policía para que funcione la ilusión de orden. De lo contrario, estamos jodidos.
A este respecto, tengo que decir que ya no sé hace cuántos años que no veo a la policía haciendo la ronda por el barrio en el que vivo. Creo que debe de hacer más de una década. Paseando por aquí, nunca te topas con un policía caminando o te cruzas con una pareja de municipales ni de casualidad: como mucho ves pasar de largo un coche patrulla con las luces encendidas de camino a alguna intervención. En un llano que sirve de aparcamiento unos metros más abajo de donde vivo, si la policía finalmente aparece, siempre es cuando el ciudadano bloqueado ha avisado ya a la grúa para poder así escoltarla. La gente, en efecto, sigue aparcando como le da la gana porque la ilusión dicta que la policía solo aparecerá a posteriori, nunca a priori.
La ilusión vigente actualmente en la sociedad en la que vivo es que la policía virtualmente no existe. Es como si la policía del mundo moderno fuera alérgica a caminar por las aceras o a cruzarse en la panadería con los vecinos y hacer acto de presencia de cuerpo presente. El relato dicta además que tendrás que llamarla una vez que la guerra se haya desatado con tu vecino y encima tendrás suerte si finalmente aparece.
Todo esto hace que los conflictos se multipliquen y que la gente se falte al respeto cada vez con más frecuencia y que los listos que quieren imponer sus costumbres estrafalarias a los demás campen a sus anchas. La gente siempre está muy preocupada por los criminales: la verdad es que, cuantitativamente hablando, para una sociedad son muchos más peligrosos los listos, es decir, aquellos que piensan que las normas no están hechas para ellos. De hecho, la distancia que va del hecho de que tu vecino te tome el pelo todos los días al crimen es apenas de un paso.
Nunca he tenido, como digo, un problema con la policía, pero también es verdad que siempre he sido más hobbesiano que kantiano. Para quien no lo entienda aún, esto quiere decir que considero que el estado, estrictamente hablando, no es otra cosa que el monopolio legítimo de la violencia. Si el estado no media y pone su cuerpo para que los vecinos no nos matemos entre nosotros, ¿para qué se pagan impuestos? Esta, que parece una pregunta muy sencilla, es una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo.
En los últimos años, hemos estado asistiendo además a un adelgazamiento paulatino del estado. El estado nos controla cada vez más digitalmente mientras ha hecho mutis por el foro físicamente. Esto es como estar toda la semana ahorrando para que llegue el sábado y tu novia te diga que no puede quedar. Eso no hay noviazgo que lo aguante. El estado ha ido poco a poco quitándose del medio mientras nos sigue apretando las tuercas con obligaciones fiscales y requisitos digitales y nos cuenta todos los días en la tele lo que hay que hacer para no ser un facha. Hombre, no sé, lo primero que hay que hacer para no convertirse en un facha es llamar a la policía y que aparezca. Si no, igual te vas a tener que liar a hostias con el vecino y eso democrático no es.
Muchas veces me descubro pensando cómo se sostiene todo esto, cómo es posible que con este nivel de indolencia estatal no nos estemos ya despellejando entre todos. Nos despellejamos ya en las colas del autobús, en las salas de espera de los hospitales y en los llanos de los aparcamientos, sí, pero casi siempre de modo ocasional. Todavía la anarquía no ha alcanzado masa crítica porque lo cierto es que los humanos tenemos mucho más aguante del que solemos imaginar. Para que una persona estalle completamente y decida sacar la guillotina tiene que darse un cúmulo de circunstancias muy desafortunadas y lo que hace normalmente la gente es tragarse su furia y aguantarse por no liarla.
Sin embargo, una sociedad que permite que el ciudadano tenga que vivir tragándose su furia un día sí y otro también a largo plazo acaba mal. La ilusión de orden y seguridad es una de las ficciones fundamentales en una sociedad libre y su erosión continua y cotidiana nunca sale gratis. Lógicamente, el resultado de toda esta dejadez gubernamental, el fruto de vivir en un estado físicamente ausente aunque digitalmente omnisciente es la bunkerización. Como a la policía la llamas y ya nunca aparece y cuando quieres ir a la comisaría a denunciar resulta que tienes que hacerlo de 8 a 3 porque por las tardes y los fines de semana, como es bien sabido, nunca hay incidentes porque los criminales no trabajan, todo el mundo quiere irse a vivir al campo a hacerse su búnker para no tener que soportar al prójimo. Por supuesto yo el primero. El problema es que ya incluso en el campo tienes que aguantar a los vecinos con sus perritos salchicha. Lo mismo ahora hay que irse un poco más lejos, adentrarse más allá de todo lo conocido. Igual ya lo único que nos va a quedar es largarnos a la España vacía. Esperemos que, por el bien de todos, siga muchos años vacía y no se llene también de listos intentando aparcar en doble fila.
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