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Libertad

Mi mamá se llamaba Libertad, pero yo no lo sabía.

Sergio Oncina · 2021-03-09 10:09 · 0 claps · 2.5 min read
#relato #narrativa #pioneras
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Libertad

Mi mamá se llamaba Libertad, pero yo no lo sabía.

Dormíamos juntos. Cada mañana me despertaba con un beso en la frente y yo me quejaba porque su melena negra me hacía cosquillas y porque tenía sueño y quería dormir, al menos hasta las ocho como el resto de mis amigos. Después, ella me besaba de nuevo porque era muy besucona y se levantaba para prender la cocina. Yo frotaba mi mejilla para limpiarme, aunque los restos de hollín nunca desaparecían completamente.

Mientras yo remoloneaba en la cama, Mamá hervía la leche y separaba la nata. Servía el desayuno muy caliente en dos cuencos de barro y en el mío añadía un poco de pan duro si era antes del jueves y aún nos quedaba. Ella decía que no era bueno trabajar con el estómago lleno y, a veces, ni siquiera bebía su leche. En esas ocasiones, yo aprovechaba las sobras cuando Mamá se iba a trabajar. Cada día, la Agustina voceaba sin llamar a la puerta: —¡María, no llegamos! Mi madre, que era mujer de pocas palabras, contestaba con un ademán que se veía a través de la ventana, me besaba y salía de casa acelerada. Yo sufría de soledad, fregaba las cazuelas, hacía la cama y estudiaba hasta que Vicentín venía a buscarme para ir a la escuela.

Mamá regresaba por la noche. Siempre me parecía que llegaba muy tarde porque mis amigos se refugiaban en sus casas cuando se ponía el sol y, aunque muchas veces fui invitado, a mí no me agradaba pasar tiempo con otras familias. Mi papá estaba muerto y yo envidiaba que los otros niños tuvieran papás; incluso envidiaba los moretones que Raulín me mostró un día en clase y que le provocó su padre una noche que bebió demasiado al salir de la mina. Mi papá estaba muerto por culpa de la guerra y por culpa de mi madre que tenía nombre de roja.

Yo no entendía que un nombre tuviera color y, además, que el color de un nombre tuviera tanta importancia en la vida y la muerte de nadie. Por suerte, cuando pregunté en el colegio si Nicolás era nombre de rojo, Don Telmo solo me dio una cachetada y contó la historia de San Nicolás para que me quedase tranquilo. Yo no quería que nadie se mueriese por culpa de mi nombre. Cuando le pregunté por qué María era nombre de roja, Don Telmo me dio tres cachetadas, pero no relató ninguna historia. Cada tarde, antes de que llegase Mamá , yo le llenaba de agua una palangana enorme; me costaba mucho porque tenía que ir dieciocho veces a la fuente con el caldero. Cuando fuera mayor y ganase mi primer sueldo compraría otro caldero y, así, solo repetiría nueve veces el trayecto. Mamá no me besaba hasta que no salía de la palangana con la piel casi blanca del todo. Ese era mi momento preferido del día. —Eres un niño tan bueno, Nico —afirmaba y, proseguía mientras me besaba—: Tan, tan bueno…

Y yo me callaba todas las cachetadas que me había dado el maestro, que salté el muro del huerto del tío Ramón, que rompimos el carro de Modesto y que, antes de entrar al cole, había subido hasta la mina para ver su silueta a lo lejos.

Tampoco le conté nunca que vi al grupo de hombres burlarse de la Agustina y de ella, ni que mis amigos no me llamaban Nico ni Nicolás, sino el de la Carbonera. Y que Vicente, el padre de Vicentín, mandó callar a sus compañeros porque ese, y me señaló, era el Hijo de la Carbonera.


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