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El árbol de Navidad

Por: Adriana Faez

Taller Contar la Propia Historia · 2022-12-02 17:33 · 0 claps · 2.5 min read
#escritura #argentina #upami
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El árbol de Navidad

Por: Adriana Faez

Vengo con poca formación de respeto por las tradiciones. Mi papá y mi mamá, por diferentes razones cada uno, nunca nos inculcaron la práctica de la religión judía, aunque por supuesto festejábamos todas las fiestas de la colectividad, compartiendo en familia sus deliciosas comidas mientras vivió mi Bobe.

Y también festejábamos la Navidad y el año nuevo, en reuniones familiares gigantes con abuelos, tíos y tías, primos y primas, padres y hermanos. En Nochebuena, la fiesta se hacía en la casa de una tía que vivía en Merlo y nos quedábamos todos a dormir allí. Literalmente, todos. Tiraban colchones en el piso para que durmiéramos los chicos, los hombres se quedaban hasta la madrugada jugando al truco, y las mujeres me imagino que descansaban como podían en los sillones y juntando sillas, después de haber cocinado un montón, haberse ocupado de que los quince niños comiéramos, preparado las mesas, lavado los quichicientos platos, cubiertos, ollas y demás enseres.

De todas las fiestas del año, ésa era la que me daba más alegría. Pero como a toda alegría siempre le falta algo, a la mía le faltaba el arbolito de Navidad. Éramos una familia muy asimilada, pero no para tanto.

¡Yo moría por las luces de los arbolitos de Navidad! Desde la ventana del quinto piso donde vivíamos, sobre la avenida Rivadavia, podía ver en diciembre cómo se prendían y apagaban las luces del pinito de un departamento del edificio de enfrente. No era el único, pero las luces de ése eran infinitas y destellantes para mi mirada infantil.

Cuando tuve mi casa, no hubo una sola Navidad en que faltase el arbolito, que por supuesto estaba armado desde el ocho de diciembre. Era para mí un ritual, y disfrutaba desde el armado del árbol en sí, hasta que enchufaba finalmente las luces. Ya unos días antes controlaba si alguna de las bolas rojas estaba rota para reponerla, si faltaban guirnaldas, y me iba a la casa de cotillón para comprar nuevos adornos. Cuando fueron creciendo mis hijas, era un paseo obligado ir a Casa Tía de San Martín, en Buenos Aires. De alguna manera su presencia era garantía de alegría completa para mí.

Pasaron los años, las chicas se fueron de casa, armaron sus vidas independientes, pero siempre celebrábamos la Nochebuena y la Navidad en casa. Y por supuesto, el arbolito estaba amorosamente arreglado, esperando a los invitados. Para las fiestas, a mí siempre me gustó cocinar las preferencias de cada uno, que no coincidían. O sea que laburaba bastante.

Una noche en especial, todos los planetas se descuajeringaron: yo estaba enculada porque mi marido me había largado las compras, la cocina y la limpieza, todo a mí; mi hija más chica se había peleado con el novio, así que vino sola y estaba muy triste; mi hija más grande se molestó porque la música estaba muy fuerte. Yo no podría asegurar si algo más sucedió, pero en un momento toda la alegría completa se transformó en un caos, todos nos peleamos con todos, cada uno se ocupó de echarle la culpa a cada otro, gritos, llantos, cada uno encerrado en su pieza. ¡Una tristeza infinita! Tengo el recuero de que mi sensación era: ¿cómo se vuelve de esto?

Al día siguiente, cada uno desayunó algo y se fue a su casa. Y como suele pasar en toda familia normal, pudimos reencontrarnos pasados unos cuántos días. Diría: muchos días.

Vinieron otras Nochebuenas y otras Navidades, yo seguí cocinando cosas ricas y seguimos festejando en casa todos juntos, pero nunca, nunca más puse el Arbolito de Navidad.

La autora:

Adriana Faez

Adriana Faez


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