Hijos de Durin
La voz del elfo retumba en la roca. La pequeña cueva que nos hace de refugio refleja nuestras tambaleantes sombras.
Hijos de Durin

Arte de Abelklaer (Web: https://www.abelklaer.com/)
1.
-No, Erui Naure, no sabes. No comprendes el dolor que genera esta brasa ardiente, su fuego negro quema y consume mi interior. No conoces el corte filoso y dañino que produce el olvido en mi alma lastimada, la sangre roja y espesa que inunda mi mente en las noches plagadas de nubes que ocultan lo vivido. Y sobretodo, no tenés idea del precio horroroso que debe pagar el espíritu cuando se borra su pasado, cuando el cuerpo es resultado de historias que ahora están bajo un oscuro velo y nuestra propia carne se nos presenta ajena, lejana e imposible. No sabes cuanto duele no tener pasado. Pero yo sí.
La voz del elfo retumba en la roca. La pequeña cueva que nos hace de refugio refleja nuestras tambaleantes sombras. El viento alimenta el susurro del bosque que nos observa desde la entrada y llega con el frescor de lo que está vivo y respira, inundando con su aire frío la caverna, sólo visible por una pálida y minúscula llama carmesí en su centro. Tras una larga marcha siguiendo el rastro de una banda de ladrones, descansamos por primera vez en semanas en el interior de la Oiolairë, la montaña del bosque, rodeada por los milenarios árboles de Essar. El bosque vive, y su dulce crepitar nocturno parece comprender la discusión que tengo con mi compañero, nos responde con palabras de serenidad. En todos estos años de aventuras, nunca había visto a Elwingfin tan consternado como cuando minimicé los efectos del hechizo de olvido que pesa sobre él desde hace ya cientos de años. Algo adentro suyo contiene las lágrimas mientras me levanta la voz por primera vez en toda nuestra amistad, lastimado por el recuerdo de un peso que su alma ya no puede soportar. No supe qué hacer, inexperto por mi corta vida en las costumbres y emociones de los elfos. Solo atiné a acompañar el silencio con un abrazo, el más largo que había dado en mi vida.
-No pretendo saber más de lo que mi corta vida pudo enseñarme, Elwingfin. Ni comprender el océano oscuro por el cual navega tu alma. Pero por Eru Iluvatar, por el cariño que nos une, por el precio impagable del pasado, juro esta noche acompañarte hasta que recuperemos tu pasado. Algo en mi interior me pide que te lo prometa. Y eso haré.
Sé que mis palabras llegaron a lo profundo de su corazón. Los ojos le brillan con la suavidad de la calma y esta noche, por primera vez, lo veo dormir. Aun así, sé que en la quietud de su rostro dormido anida una duda compleja y antigua. Porque no saber la causa de un hechizo de olvido, en un mundo gobernado por la crueldad, la guerra y la muerte, es motivo suficiente para desconfiar de sus razones. Hay cosas que merecen ser olvidadas. Ambos lo sabíamos muy bien. Pero sea lo que se oculte tras este velo, solo Elwingfin podría juzgarlo, solo la verdad podría liberarlo. Y yo lo iba a ayudar a conseguirla.
Con la salida del sol emprendimos nuestra larga marcha hacia el norte del mundo. El valle de Essar nos despidió en su eterno silencio, con la sabiduría que anida en las raíces mismas del mundo. Sus hojas largas y llenas de pequeños nudos inspiran calma en el corazón de los viajeros como nosotros, que rara vez pensamos en el hogar. Su aroma aminora nuestro caminar y adorna el silencio de la compañía de Elwingfin, cuyo semblante muestra el innegable cambio que produce la determinación en el rostro eterno de los elfos. Estábamos a 5 días de Tanwar, la ciudad del crimen, nuestro destino. Debemos encontrar al líder de una banda criminal que viaja con 2 elfos silvanos secuestrados, de un linaje hermano al de mi compañero. No sabemos los motivos de los criminales pero la ciudad-bosque de Ilfindum paga bien en metálico, argumento suficiente para contar con mi espada. Elwingfin, en cambio, quería hablar con los cautivos. Ambos antiguos escribas, podían tener la clave para descubrir su pasado. Con el futuro asegurado gracias a este trabajo, mi promesa de la noche anterior nacía de una profunda seguridad. Quería acompañar a mi amigo de décadas en esta, la misión de su vida. Casi en silencio pasaron los minutos, las horas, los días. Casi por casualidad, llegamos a Tanwar sin hablar. Ya no hacía falta hacerlo.
La ciudad, cuna de criminales y fugitivos, desborda en su podredumbre. En las chozas malolientes de sus círculos exteriores viven adivinos y acólitos caídos en desgracia, ladrones fracasados y mercenarios de poca monta. El aire de estas calles está impregnado de una perversión extraña, maldita por accidente más que por intención. Las atravesamos seguros, ignorando las falsas ofertas de trabajo y los ruines truques que nos ofrecen. Tras pasar por las rudimentarias murallas de madera que rodean el centro, llegamos a nuestro destino. Tanwar era tan increíble como lúgubre. Sus torres de madera sorprenden incluso la sensibilidad de Elwingfin, conocedor de los milenarios palacios blancos de los elfos del norte. Las casas y posadas, construidas con madera roja, eran duras como la piedra y aguantan 4 o hasta 5 pisos, una hazaña que no puede ser natural. Porque no lo era. Una magia oscura pero suave sostiene los cimientos de la propia ciudad, demasiado sutil para ser detectada por ojos inexpertos. Pero nosotros conocíamos ese olor agridulce, débil e intoxicante, que desprende la magia que tiene por corazón la maldad. Caminamos encapuchados siendo observados por los guardias de la ciudad, encapotados en sus armaduras grises de terminado humano, toscas pero elegantes. Llegamos rápido al corazón del pueblo, la torre de Amón Rur, construida sobre una pequeña pero profunda quebrada. El color cobre oscuro de sus paredes de madera no reflejan el sol, rodeándola de una ligera y fría oscuridad. En su lecho paramos para cazar la mirada atenta de un grupo de hombres ocultos en sus capas. Nos vienen siguiendo hace varias calles y comprendimos rápido sus intenciones, tan negras como la ciudad misma. Cuando captaron nuestra mirada, salieron disparados hacia los laberínticos callejones de la ciudad. A escasos metros suyos las botas élficas de Elwingfin avanzan sobrehumanamente rápido, sin emitir ni un tenue sonido. A nuestro alrededor, los altos edificios rojizos tapan el sol y en la negra tierra de esas calles el frío seco convierte lo que debería ser lodo en una dura y gris superficie, perfecta para nuestra persecución. Justo antes de que Elwingfin los alcanzara, entran por una pesada puerta de roble claro, rodeada por arcos de madera altos y robustos. Paramos un segundo, seguros de la trampa que nos esperaba. Sus ojos élficos claros como la luz de la luna me comunicaron todo lo que debo saber. Entramos decididos.
La escena en la lúgubre habitación ante nosotros es terrorífica. Un techo alto mitiga la pálida luz de 4 antorchas que dejan grandes pozos de oscuridad en un salón de varios metros de ancho y largo. Dentro de él, los 5 hombres ahora empuñan sus espadas largas con fuego asesino en los ojos, seguros de la maldad que encarnan. A su alrededor, la madera clara se encuentra enrojecida por despojos de sangre y piel desperdigados por todos lados, rodeados de herrumbradas cadenas. A una de ellas se encuentran encadenados los elfos que debemos rescatar, vestidos en hilachas de tela gris, con la mirada perdida y sus cuerpos flacos. A un costado, una escalera de álamo finamente construida corona la habitación con una figura oscura y misteriosa. Su capa oculta cada detalle de su rostro y bajo una pesada capucha solo se puede observar el brillo de su mirada penetrante, que observa con atención nuestros movimientos. Su aura maldita se siente en los huesos, dando un escalofrío que hace de oscuro presagio. Este ser era diferente, mucho más peligroso. Elwingfin lo supo de inmediato, transmitiendo sus dudas en un fugaz reojo.
La lucha comenzó rápido. El primero de los hombres se abalanzó sobre mi brazo derecho, buscando atravesarme el hombro. De un rápido movimiento lo evité hacia la izquierda, logrando un tajo profundo en su garganta, a la vez que volvía a ponerme en guardia para evitar otro sablazo. Justo cuando la cantidad de espadas me sobrepasaba y el tercer hombre llegaba a mi flanco expuesto, un preciso cuchillo arrojadizo de elfo impacta en su mejilla, volteandolo en medio de sollozos de dolor. La confusión era mi especialidad, curtido guerrero de choque y primera línea, así que pude asestar 3 rápidos toques con ambas espadas cortas que junto a los cuchillos de Elwingfin pusieron fin al combate. Los 5 cuerpos sangraban en el piso, algunos muertos y otros en silenciosa agonía. Por un segundo sentí la calma de la victoria, pero Elwingfin ya estaba tenso y atento de nuevo, seguro de que el verdadero desafío nos esperaba sobre la escalera de álamo. La tenebrosa figura no había realizado ningún movimiento y con la quietud de las gárgolas nocturnas observó a sus esbirros morir uno a uno. Durante eternos segundos intercambiamos miradas bajo el atronador silencio de la sala. La tensión insoportable acompañaba la lenta realización de que esta figura buscaba algo más que solo nuestra muerte. Elwingfin no realizó ningún amague a atacarlo. Sus ojos de pálido brillo oscuro y profundo parecían maldecirnos en la penumbra, escondidos bajo su capucha. De pronto, comenzó a bajar la escalera con lentitud.
-Elwingfin, hijo de Elwingrod. Ni los siglos que hay desde la última vez que cruzamos miradas podrían borrar los detalles de tu mirada en mi memoria. Es un placer volver a verte, hermano.
Esta última palabra cayó como una daga sobre el corazón de mi amigo. Sus mejillas rojas por el combate palidecieron con la velocidad de una flecha, atónito ante la escena. El extraño daba pasos seguros y lentos, avanzando hacia nosotros mientras me abatía la duda. ¿Era todo esto una especie de truco? ¿Este ser era el líder de los hombres que habíamos masacrado sin que diera la más mínima señal de perturbación? Elwingfin temblaba, algo que jamás sospeche un elfo pudiera hacer. Con la espada bajo mi capa negra, decidí prepararme para lo peor.
-El olvido es un regalo, hermano mío, un regalo hermoso. Se te fue otorgado en una muestra de infinito amor, más celestial e inmenso de lo que jamás podrías entender. ¿Qué te da el derecho a rechazarlo? Conozco tus estúpidas intenciones. Y estoy aquí para hacerte comprender. El olvido, Elwingfin, es un regalo hermoso.

Terminó de bajar la escalera más rápido de lo que hubiera querido. Se detuvo a dos metros de nosotros, al alcance cruel de mi espada. Capto mi tensa atención y por un minúsculo instante cruzamos miradas directamente por primera vez. En sus ojos había fuego, un océano infinito de llamas que ardían en mi pecho y garganta, reclamando el sustrato de un alma humana. Sentí como mi cuerpo entero tiembla mientras el pánico inunda mis extremidades, haciendo flaquear a mis rodillas. Era fuego oscuro, poderoso y antiguo. Estaba ante un elfo oscuro, el primero que vi nunca. Mi voluntad flaqueaba. No podía controlar mi miedo. Dependía de mi amigo que, de pronto, habló.
-Se, Elwinthor, lo que vas a decirme. Conozco los rumores sobre tu espada y tu poder, los susurros de los hombres sobre tu influencia, tu control sobre el mundo. Por eso se que vas a decirme. Que somos hermanos, que debo unirme a ti y que ese pasado que tanto busco y anhelo, es mi enemigo. Tal vez así sea, Elwinthor. ¿Por qué no me ayudas a saberlo?
Se encontraban a medio metro el uno del otro. Incapaz de moverme, caí sobre mis rodillas, con el cuerpo absolutamente negado a dejarme ayudar a mi amigo. Sentía una parálisis sobrehumana, indicio de que esta batalla estaba mucho más allá de mis capacidades. El elfo oscuro se sacó la capucha, mostrando su enceguecedora y palida piel, sus orejas largas y puntiagudas a los costados de unos ojos oscuros como la noche profunda con un intenso y poderoso punto rojo en el centro de cada uno. Ojos de maldad, ojos de muerte. La negrura que emanaba su ser debilitaba la luz de la habitación, hacía vibrar sutilmente la sangre desperdigada. De a poco las sombras crecían, comiéndose la débil iluminación. Ambos elfos eran contrarios perfectos, hijos opuestos de los caminos de la vida en este mundo tan misterioso. Sentí que la consciencia se me desvanecía, intoxicada por un aura indescriptible.
-Ya hemos discutido demasiado, incluso para nuestras largas vidas, Elwingfin. Hoy no vengo a convencerte ni ayudarte a nada, sino a ordenarte. Vete, huye y vive tu vida como te plazca. No te necesito ahora ni lo hice nunca. Pero estos 2 seres encadenados se quedan conmigo. Un precio irrisorio por los siglos de vida que hay en tu cuerpo, esperando que seas sensato y te vayas para dejarlos nacer.
Los separaban unos escasos 20 centímetros. Elwingfin se dio vuelta lentamente, mirándome de reojo. En su semblante había ternura y duda. Tomó un largo respiro y me dirigió una sutil, casi invisible sonrisa antes de hablar. Sabía perfectamente lo que estaba por ocurrir.
-Entonces nos vamos, Elwinthor. No te molestaremos más. Cuanto lamento no poder hablar contigo. Se que dentro tuyo anida una luz que nunca debería haberse apagado.
Los brazos de ambos buscaron sutilmente sus armas bajo la blanca capa. Estaban prácticamente pegados, sintiendo mutuamente sus respiraciones frías y pausadas.
-Esa luz no se apagó hermano. Esa luz soy yo.
Un estruendo macabro y profundo sacudió la habitación, como un eco antiguo emergiendo de olvidadas cavernas. Las maderas de la casa se sacudieron en respeto a su poder. Las antorchas se apagaron súbitamente, sumiendo al cuarto en una sobrenatural oscuridad fría que hacía arder la piel. Sentí como mi cuerpo se rendía y caía desmayado lentamente, mientras retumbaba el sonido de movimientos rápidos intercalados con choques del fino metal elfo. Escuchaba el aire estancado sufrir los cortes precisos y desordenados de estocadas y sablazos. Algunos de esos movimientos terminaban en el inconfundible sonido del contacto de carne y piel. Cerré los ojos, deseando desde lo profundo de mi corazón volver a ver a mi amigo. Hice todo lo que pude Elwingfin, hice todo lo que pude.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
메타데이터
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- 2026-06-27 23:56:40