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El tercer día — borrador 1

Era un domingo de puro silencio, estaba disfrutando lo que quedaba de la noche en mis últimos días de libertad. No es que me fueran a meter…

Sofia · 2026-04-18 16:59 · 0 claps · 6.7 min read
#conurbano #trabajo-remoto #tiempos-modernos
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El tercer día — borrador 1

Era un domingo de puro silencio, estaba disfrutando lo que quedaba de la noche en mis últimos días de libertad. No es que me fueran a meter preso, estaba a punto de casarme o alguna desgracia similar, lo que pasaba es que por decisión del nuevo CEO de Magar Business, al día siguiente volvía la presencialidad. La cuestión me tenía bastante amargado, no hay nada como la paz que me da trabajar desde casa. Como si fuera poco, la situación caía en el peor momento: se me fundió el motor del auto y me dijeron que el arreglo iba a tardar como mínimo una semana. Lo bueno de todo esto — si es que había algo — era que podía aprovechar para fortalecer el vínculo con el líder de mi equipo, mostrarle mis ganas de trabajar y tal vez por fin conseguir ese aumento que estaba esperando. Después de todo, el arreglo del auto no es gratis y, por cómo se están dando las cosas, voy a empezar a usarlo mucho más seguido.

Para pasar el momento, decidí respirar hondo y tomarme el 109.

Después de esperar el 109 durante veinte fríos minutos, por fin me subí al colectivo. Como para no extrañar a mi auto, el escenario era poco deseable: una mezcla entre hedores humanos con perfume barato, humedad, y la ruidosa sinfonía de estornudos, bocinazos e historias de Instagram a volúmenes desubicados. El último asiento disponible me esperaba y, sin pensarlo, me senté con la esperanza de dormir una dulce siesta hasta la oficina. A mi mala suerte, unos minutos después me despertó un ruido insoportable:

— Si me pagás el pasaje, yo te doy la plata, por favor. Para mi nene, que no me alcanza…

Era una mujer de unos treinta y pico. Tenía a sus dos “nenes” — ya bastante grandes — con mochilas, parados uno de cada lado. Los tres se notaban incómodos, esperando a que su madre encuentre quién le resuelva el problema. Yo tenía la cantidad de sueño justa como para hacerme el dormido. Esperando que nadie se diera cuenta, esquivé cualquier tipo de demanda cerrando los ojos y tratando de recordar el silencio de mi casa y el sabor del café molido en el confort de mi sillón. Con esa deliciosa imagen mental, me distraje hasta que el viaje terminó. Cuando menos lo esperé, ya estaba bajando del colectivo que me dejaba justo en el lugar. Caminando pocos pasos entre la neblina y la gente apurada de Buenos Aires, ya me encontraba frente al edificio: alto, imponente y lujoso.

— No está tan mal haber venido — pensé.

Llegando a la entrada, me encontré con unos molinetes muy modernos que me dejaron confundido.

— Disculpe, señor, tiene que pasar la tarjeta — me dijo un tipo joven y robusto, de traje con el logo de Magar bordado.

— ¿Qué tarjeta? — pregunté sin entender de qué carajos me hablaba.

— La tarjeta de ingreso que le corresponde, para identificarse — reafirmó con frialdad.

Claramente yo no tenía idea. Estuve un poco desconectado de toda la burocracia del nuevo CEO.

— Trabajo acá hace cuatro años ya — dije en un tono neutral.

— Disculpe, señor, no puede ingresar sin su acreditación — insistió.

A mis espaldas, se escuchaba a alguien aproximándose:

— ¡Juan! ¿Cómo estás? — Era Octavio, mi compañero de equipo a quien jamás había visto cara a cara. Es mucho más joven y resplandeciente de lo que veía a través de las meetings.

— Perdón que me meta, tenemos la tarjeta digital para usar. Te paso el QR e ingresás con tu nombre y DNI.

Con la cara dura de vergüenza, hago paso a paso lo que él me dice, y finalmente me dan el acceso.

— Gracias, la verdad no tenía idea — aclaré con incomodidad.

— Tranqui, vos harías lo mismo. Vamos yendo, así llegamos a compartir un cafecito.

Entre tarea y tarea, después de un largo día de nuevos estímulos y responsabilidades, ya estaba de vuelta en casa como si nada. El día fue un éxito. Estaba seguro de que, entre todo mi equipo, yo había sido el que más se destacó. Esperaba que mi jefe lo hubiese notado. Las oficinas se veían espectaculares, con un mobiliario de última moda y detalles en cada rincón. El café me sorprendió gratamente. Por otra parte, mis compañeros parecían mucho más emocionados que yo con la compañía, ya que, si tenía que quejarme de algo, me molestaba un poco el ruido y el tiempo perdido en conversaciones triviales. Consideré empezar a acostumbrarme. Por el momento, lo que necesito es dormirme temprano para poder esperar el colectivo un poco antes y tal vez evitar situaciones indeseables como la de hoy. Pensándolo un poco, lo de la madre con sus hijos me dejó un sabor amargo. Una parte de mí se empieza a imaginar qué les habrá pasado, qué le habrá pasado a ella para andar tan distraída. Después de todo, yo también tengo mis momentos. Entre el nido de pensamientos diluyéndose y el agotamiento físico, finalmente me fui quedando dormido, y cualquier idea pasajera fue dejando de importar.

Sin desayunar y con una alarma que me abandonó en mi segundo día con la nueva modalidad, vuelvo a subirme al 109, que de forma casi milagrosa hoy tardó solo diez minutos. Mismo paisaje de resfríos ajenos y ruidos varios, pero con la diferencia de que hay mucha más gente que ayer. Hoy no viajo sentado. Después de un rato de dormitar parado, con mi mano hábilmente agarrada a un asiento, me desperté por una maniobra brusca del conductor. Abrí los ojos y pude ver algo que me desconcertó: no parecía ser el mismo recorrido que ayer. Con un poco de ansiedad y miedo a llegar tarde, pregunté casi pensando en voz alta:

— ¿Cómo puede ser? ¿Este colectivo no pasa por Catalinas?

De pronto, una voz de mujer se escucha detrás mío:

— Sí, este va. Nomás que el Ramal B hace unas vueltas raras, pero sí va para el complejo por Manso. Tranquilo, que llega — era la misma mujer de ayer, esta vez sola.

Su rostro me incomodó sin motivo. Le agradecí por lo bajo. Tenía ojos café, expresión de cansancio y una vestimenta que deambulaba entre maestra jardinera y comerciante. No sabía si me recordaba a alguien, o fue la sensación del día anterior lo que me dejó dudoso por un rato. Queriendo volver de esa abrupta intrusión en mis pensamientos, cerré los ojos y la incomodidad se disuadió hasta que finalmente llegué a mi destino.

Tal cual me dijeron, otra vez me encontré frente al edificio y la rueda rutinaria empezó a correr. Saludos por todos lados, ruidos de teclas y olor a café. Me empecé a acostumbrar. Entre todo el barullo y la gente, descubrí que si le prestaba atención a las conversaciones de mis compañeros, podía llegar a aprender algunos atajos de Excel, trucos con la máquina de café y dónde comprar un almuerzo que valga la pena. No preguntaba por motu propio, ya que todavía era muy pronto para tener ganas de forzar una conversación, y la sonrisa y simpatía de los demás me irritaba un poco. Suficiente por la jornada, ya se acercaba el momento de ir a casa.

Finalmente me tomé un Uber porque estaba lloviendo, y llegué a mi dulce hogar. Me pedí una comida rica y, después de una ducha caliente, me acosté. No tenía el mismo sofocamiento de ayer, pero sí mi cuerpo tenía muchas ganas de dormir. No pude ver a mi jefe, pero sí pude conocer un poco más a Octavio, cuya amabilidad un poco irritante me sacó charla. Resultó ser que vive lo suficientemente cerca como para pasarme a buscar por las mañanas. Le inventé una excusa porque un poco me molestaba aceptar tanto de él, pero tal vez lo considere. Por el momento no había noticias de mi auto y, con mi orgullo, al otro día tocaba esperar el colectivo. Pero si mi paciencia me lo permite, tal vez sea la última vez. Después de todo, no está mal hacer aliados en la empresa. Me vendría bien. Mejor no pensar tanto. Mejor dormir.

Empezando otra mañana fría, me hice un café para despabilarme y fui a esperar el colectivo. Tardó nada más y nada menos que dieciocho minutos, pero vino primero el ramal con el recorrido más directo. Directo al último asiento, ya me empecé a acomodar, no para dormir la siesta sino para revisar un poco más mi agenda para adelantarme mentalmente con algunas cosas. Mi jefe si iba a encontrarse presente y tenía que estar bien despabilado. Después de dos paradas y un giro mal hecho del conductor, la ví subir: La misma mujer, otra vez con sus dos hijos, y en esta ocasión con la SUBE aparentemente cargada.

— Tres hasta Almagro, por favor — exclama, junto a uno de sus hijos agarrado de la mano.

Otra vez esa sensación extraña. Sus ojos café, un rostro tan común que sin embargo no olvidé. Empecé a sentir ansiedad, algo desconocido, y una inquietud algo familiar se me clavó en el pecho. Casi sin darme cuenta, como si alguien hubiera poseído mi cuerpo, digo bruscamente:

— Señorita, si quiere puede sentarse acá.

No sé de dónde salió eso, pero lo hecho está. Me paré con la mirada baja. Cuando la ví más de cerca, pude notar cómo una sonrisa aparecía como si siempre hubiera estado ahí. Como si me atrapara distraído. Como si me insinuara algo que era evidente y yo no podía terminar de entender. Pude sentir mi respiración diferente, como un aliento saliendo de mi cuerpo. Era como tomar café, pero al revés. Se parecía a la tranquilidad de mis noches, pero mezclado con otra cosa.

— Gracias — me dijo amablemente — . ¿Pudo llegar bien ayer?

No entendí cómo se acordó, pero su comentario me hizo sentir como si estuviera en otro colectivo diferente al de todos los días.

— Sí, llegué un poco tarde, pero al fin y al cabo llegué — le dije — . Y ahí me di cuenta de que tomarme el colectivo incorrecto no era lo único que se me había pasado por alto este tiempo.

FIN


메타데이터
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