La brújula perdida del 83
Cinco lecturas sobre Raúl Alfonsín y su presidencia para un reseteo de la democracia.
La brújula perdida del 83
Cinco lecturas sobre Raúl Alfonsín y su presidencia para un reseteo de la democracia.

Raúl Alfonsín, desde los balcones del Cabildo, en un discurso a la ciudadanía reunida para festejar el retorno de la democracia en Argentina, el 10 de diciembre de 1983. Foto de Víctor Buggé, expuesta en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en mayo de 2023, por los 40 años de la democracia.
Por Martín Páez Molina
En tiempos de volatilidades, siento la necesidad de recapitular los comienzos y preguntarme cómo ordenar la experiencia de la democracia argentina desde la promesa del 83.
¿En qué momento perdimos la brújula?
Dejemos de lado todo lo que el mundo cambió en estos poco más de cuarenta años. ¿O podemos consentir, frente a la admisión de que el mundo efectivamente es otro, el espectáculo de la arbitrariedad sin ley, la degradación del discurso público, la violencia de los estamentos más altos del poder contra las instituciones y contra la sociedad misma?
Yo era niño entrando a la adolescencia cuando miraba, con mi viejo, los programas de los domingos de Tato Bores. Mi viejo reía como loco. No sé si entonces, en medio del desastre, el humor funcionaba como bálsamo o catarsis. Yo apenas si entendía: “Pá, ¿qué es la devaluación?”.
Tato jugaba a telefonear a los jefes militares. Mi niñez había estado marcada por la dictadura. Toda perspectiva de una sociedad política -es decir, toda idea de lo común, de lo público- había sido obturada por el terror y el miedo.
Después de Malvinas, el cambio de clima se empezó a notar en la mesa familiar, en el aula del cole con mis compañeros y profes, en la sociabilidad adolescente. También en los programas de televisión. En los monólogos de Tato ya no solo aparecían los milicos, sino cada vez más las figuras de los hoy denostados partidos políticos.
“¡Así es Raúl, así es!”, celebraba mi viejo, cuando el noticiero mostraba a Alfonsín peleándose con viejitos radicales.
Obviamente, mi viejo fue el primer alfonsinista que conocí.
Eran los tiempos donde Alfonsín remaba contra la corriente de un radicalismo anquilosado, resignado a ir a la zaga del peronismo.
Me llevó a verlo al acto en Redes Cordobesas, cuando recién despuntaba la interna. Lleno estaba aquel polideportivo. Mucha juventud. Habló primero Carlos Vicente, por Franja Morada; luego Mario Negri, presidente de la Juventud Radical. Cerró Raúl, que por entonces ya ensayaba su recitado del Preámbulo en el final de sus discursos. Te ibas cargado de emoción y de esperanza.
Fue un viernes. Al otro día, algunos amigos del grupo scout Guy de Larigaudie hablaban del acto y de Alfonsín. Ya se presentía el fenómeno. Era la época de las vibrantes homilías del cura Mariani en la Cripta de Villa Belgrano.
“Tantas veces me mataron, tantas veces me morí”, cantaba María Elena Walsh.
Que aquella época vuelva con recurrencia a mi memoria se explica en parte por el hecho de que coincide con nuestro ingreso al mundo adulto. En el 82 nos hicimos grandes de golpe. Sin decir agua va, pasamos de pac man y pole position a decir democracia y cantar Serú Girán. Los más esclarecidos podían conectar con fluidez hechos del pasado reciente. Los últimos años de la secundaria se me hicieron eternos.
Pero aquella transición vuelve también, inevitablemente, en este presente negro. Sé que se trata de una situación generalizada y global, pero Argentina se parece a una antena rabiosa que capta y condensa lo peor. Un presente de intolerancia, cinismo, exclusión, vulgaridad.
De pavoneo, incluso, de todos esos defectos.
Desde una moral política, sería sencillo caracterizar la trayectoria que va de Alfonsín a Milei como la de una debacle. Así, estos más de cuarenta años marcarían el pasaje de una gesta colectiva a su reverso abyecto de crueldad y abandono (de recitar el Preámbulo, a blandir motosierras).
Pero no quiero caer en la tentación romántica. Alfonsín fue la esperanza del 83, pero también el fracaso de su gestión.
Como dice Jennifer Adair, el gobierno de Alfonsín se inició con el lema “Con la democracia se come” y terminó con saqueos a los supermercados.
En tal caso, de esa retorsión con la que se cierra el primer gobierno de nuestra era democrática puede que encontremos algunas de las claves que ayuden a entender el presente.
Repasar sus promesas de justicia, de bienestar, de unión nacional; los consensos que alcanzó; los factores que se interpusieron en el camino y el colapso de la hiperinflación, tal vez ayude a atenuar las incertidumbres y reencaminar una hoja de ruta.
Porque -y acaso allí resida la gran contribución del líder radical-, la democracia sigue en pie. Pese a todo.
Cinco aproximaciones
Con este objetivo, reúno cinco publicaciones recientes sobre Alfonsín y su gobierno (1983–1989). Son libros publicados en los últimos cinco años y abordan el período alfonsinista desde distintos ángulos.
Algunos tuvieron suficiente repercusión y reseñas, otros menos.
Son textos, a su vez, que combinan diferentes géneros, que van desde el discurso historiográfico hasta el diario personal, pasando por la biografía, la crónica y la entrevista. Eso hace mucho más rica la inmersión.
Podríamos decir que los cinco comparten el contexto evaluativo de la conmemoración por los 40 años de la democracia. Y acaso también la pulsión memorialística vinculada a un umbral generacional: todavía viven y se mantienen activos muchos de los protagonistas de aquellos años.
Voy a hacer una ojeada veloz de cada uno, destacando cuáles son a mi modo de ver algunos de sus principales aportes y hallazgos. Y, al final, un fragmento de cada uno de ellos.

Fotos: Clara Cogorno
El pulso de un derrumbe: Diario de una temporada en el quinto piso. Episodios de política económica en los años de Alfonsín, de Juan Carlos Torre (Edhasa, Buenos Aires, 2021, 540 páginas). Desde el Ministerio de Economía, corazón de la administración, Torre apunta todo el proceso que va de la expectativa inicial del gobierno a su abrupto final. Si los cinco textos de este corpus muestran más o menos el mismo movimiento que va de la ilusión a la decepción (sacando el de Estévez Andrade y Méndez, que se concentra en los años 1982–1983), el libro de Torre intensifica tal efecto a partir del registro del diario personal, combinado con otras formas de escrituras del yo, como el género epistolar. Un tipo de diario íntimo particular, porque se concentra sobre acontecimientos de interés público, pero sin ahorrar en reacciones, impresiones y los vaivenes emocionales que estos acontecimientos van produciendo en el narrador. El autor fue integrante del equipo de trabajo de Juan Vital Sourrouille, primero secretario de Planificación y luego ministro de Economía de Alfonsín. Sociólogo e historiador, Torre era el único no economista de aquel equipo (sus reflexiones siempre desbordan el apego tecnómano a los números). De su texto tenemos una narración de primera mano de lo que fue la gestación del Plan Austral, sus primeros éxitos de estabilización, los cascoteos que sufrió (empresas formadoras de precios, sindicalismo, sectores internos de la UCR) hasta su caída. Particularmente interesante de seguir son las tensiones entre dos grupos de economistas que rodearon a Alfonsín: por un lado la “vieja guardia” radical, muchos de ellos amigos personales del presidente, formados bajo el clima cepalino de los años 60; y por otro lado el de los “técnicos”, más jóvenes, liderado por Sourrouille, formados en general en universidades norteamericanas y a favor de soluciones más ortodoxas (no obstante, el Plan Austral se diseñó combinando elementos ortodoxos y heterodoxos, como el congelamiento de precios, salarios y tarifas, así como la creación de una nueva moneda). Muy interesante seguir también, a través del pulso escritural de Torre, la forma como va evolucionando la percepción de Alfonsín sobre la gravedad de la situación económica, en especial esa gran espada de Damocles heredada de la dictadura que fue la deuda externa (con el FMI y con bancos internacionales), la conciencia del ajuste y la paulatina y cautelosa asimilación del ideario privatizador y de reforma estructural del Estado, en línea con el neoliberalismo por entonces ya en boga.

La empatía analítica: Raúl Alfonsín. El planisferio invertido, de Pablo Gerchunoff (Edhasa, Buenos Aires, 2022, 460 páginas). El trabajo de Gerchunoff nos propone una biografía política e intelectual de Alfonsín. Se ordenan y comentan los libros escritos por el ex presidente, las revistas que lo tuvieron como animador, vinculando cada una de estas intervenciones o proyectos editoriales con el marco histórico con el que interactuó; se construye un itinerario biográfico deteniéndose en aquellos avatares que habrían de tener alguna significación o impacto en el futuro dirigente y futuro jefe de Estado. Por ejemplo, la identidad rural chascomunense que nunca perdió; o sus afinidades electivas en la historia del radicalismo, su intransigencia (su laborioso pragmatismo), su terca ofuscación con Alvear; por caso, también, su formación militar en el Liceo General San Martín, donde se graduó a los 17 años. El autor toma encrucijadas de la trayectoria política de Alfonsín y las analiza no solo con su talento y conocimiento de historiador, sino también poniendo en juego una capacidad de empatía analítica. Gerchunoff piensa a Alfonsín desde un tipo de empatía ideológica que no alcanza a ser completa identificación, lo que permite cierta distancia y objetividad. Nos ayuda a pensar por qué el Alfonsín de fines de los ’50 no se fue detrás de los cantos modernizadores de Frondizi -como lo hicieron muchos de los jóvenes politizados de su generación- y prefirió mantenerse bajo el ala de su más conservador mentor Ricardo Balbín. O, años después, por qué el ya maduro Alfonsín decide romper su lealtad con Balbín y sus políticas acuerdistas hacia Lanusse y Perón, y poner en marcha su proyecto presidencial, con la fundación en 1972 del Movimiento Nacional de Renovación y Cambio. Sobre su presidencia, destaco algo que se vislumbra como crítica a la desmesura (no solo fiscal) del proyecto de traslado de la Capital a Viedma: “Alfonsín quería ser en ese instante Mitre más Roca: arquitectura institucional, más ocupación del territorio” (p. 262). Un último aspecto que me gustaría resaltar de lo que nos deja este monumental ensayo: Alfonsín y el antiperonismo. O el modo como Alfonsín discute con su propio antiperonismo: su reconocimiento algo culposo, su recurso a las fuentes doctrinarias de la UCR (la “Declaración de Avellaneda” de 1945, el antifascismo de Crisólogo Larralde) y su lucidez para señalar también a “los gorilas del peronismo”, en tiempos de Vandor. Una gimnasia crítica que se echa de menos en el radicalismo de hoy.

Microhistorias de hambre y la primera fake news de la democracia: 1983. Un proyecto inconcluso, de Jennifer Adair (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2023, traducción de Lilia Mosconi, 320 páginas; original en inglés In Search of the Lost Decade. Everyday Rights in Post-Dictatorship Argentina, University of California Press, 2020). Único de los textos de esta selección escrito por una no argentina. La investigadora estadounidense se enfoca en un plano no suficientemente atendido del gobierno de Alfonsín: su política social y en particular lo que respecta a su programa alimentario (el PAN). De los cinco textos, es quizás también el más protocolarmente académico, lo que no impide su lectura ágil y cautivante. El libro parte de una hipótesis interesante: el comienzo del fin de la dictadura no fue la guerra de Malvinas ni las denuncias por los desaparecidos, sino el empobrecimiento y las consecuencias sociales producidas por las políticas económicas y la crisis de la deuda. La autora no recurre a grandes narrativas explicativas, sino que opta por describir y analizar contextos locales significativos (por ejemplo, la llamada “Marcha del Hambre”, de agosto de 1981 en el municipio de Quilmes, motorizada por el obispo católico Jorge Novak, que puso temprana y valientemente en escena el drama de las políticas desindustrializadoras de la dictadura en el conurbano bonaerense) o incluso echando mano de la microhistoria, cuando, por caso, analiza las cartas de ciudadanos comunes enviadas al presidente Alfonsín, que van de la esperanza y la admiración a la desilusión, según fue avanzando la gestión de gobierno. El trabajo de Adair trata cuestiones del PAN que siguen siendo candentes: la tensión entre paliativo-soluciones de fondo en la lucha contra la pobreza, el rol preponderante de la mujer en las tareas de cuidado y la visibilización de un sujeto social hasta entonces desconocido: el indigente. Y algo más: uno de los capítulos aborda el escándalo de “los pollos de Mazzorín”, injustificadamente recordado como un caso de corrupción y no como lo que en verdad fue: una operación político-mediática. Con un objetivo preciso: deslegitimar los resortes regulatorios del Estado y preparar una opinión pública favorable a las privatizaciones. El éxito de esta operación -podríamos llamarla la “primera fake news” de la democracia- se debió a su contemporaneidad con el desplome del Plan Austral, lo que dio verosimilitud a las historias de pollos podridos, propaladas con morbo y sensacionalismo por los medios (desde el joven Daniel Hadad a la progresista revista Humor). Al punto que ni el propio Alfonsín defendió enfáticamente a su secretario de Comercio Interior, Ricardo Mazzorín, que había encargado la importación de pollo de distintos países para que llegara con precios subsidiados al consumidor argentino.

Crónicas del ahora: Ahora Alfonsín. Historia íntima de la campaña electoral que cambió la Argentina para siempre, de Rodrigo Estévez Andrade y Matías Méndez (Margen izquierdo, Buenos Aires, 2023, 340 páginas). Minuciosa reconstrucción del breve e intenso período que va del retiro de la dictadura al triunfo del 30 de octubre de 1983, pasando por la construcción y posicionamiento del candidato radical. El libro nos hace revivir aquella apertura democrática. Alfonsín está retratado como líder de una épica colectiva. Los autores emplean el epíteto “el retador”, tomada del mundo del boxeo, porque Alfonsín tiene claro desde el principio que hay que proponerse vencer al peronismo -invicto hasta ese momento en todas las elecciones limpias, sin proscripciones-, y ganarle con votos peronistas, dando la batalla de las ideas, desafiando lo que parecía imposible (en ese sentido, se vincula con el símbolo del “planisferio invertido”, de Gerchunoff). Varios capítulos valiosos: el dedicado a los amigos del círculo íntimo de Alfonsín (Germán López, Roque Carranza, Raúl Borrás, los dos últimos fallecidos con el gobierno recién asumido); los pormenores del recordado acto del 14 de julio de 1982 en la Federación Box, apenas un mes después de la rendición de los militares en la guerra con Gran Bretaña y con un activismo que se había vuelto inusual en la UCR: el de la juventud, los jóvenes de la Coordinadora Nacional que en poco tiempo jugarían un rol clave en la capacidad de movilización y densidad política del gobierno radical; las negociaciones internas del radicalismo que llevaron a Renovación y Cambio a anudar su sociedad con Línea Córdoba y la elección de Víctor Martínez como el candidato a vice; el profesionalismo de los ideólogos de la campaña publicitaria y el talento de Alfonsín como comunicador; la astucia del candidato y la verosimilitud de sus denuncias sobre el “pacto sindical-militar”, con un peronismo ambiguo frente al decreto de “autoamnistía” de los jefes militares. Además de entrevistar a actores relevantes, el repaso de diarios y publicaciones gráficas permite seguir el hilo nacional de la campaña del 83, la que tiene a un Alfonsín incansable, recorriendo el país de punta a punta.

Concepción de una decisión histórica: el Juicio a las Juntas: Alfonsín y los derechos humanos. El trasfondo ético, político y jurídico del juicio al mal absoluto, de Alejandro Carrió (Sudamericana, Buenos Aires, 2023, 219 páginas). Otra arista insoslayable para el repaso de los años de Alfonsín es la de los derechos humanos. El libro de Carrió consta de una serie de entrevistas con actores fundamentales vinculados al proceso de memoria, verdad y justicia en los años de la transición, así como específicamente a la política militar de Alfonsín, cuando los cuarteles eran todavía una amenaza cierta sobre la naciente democracia. Todos los testimonios son valiosos, aunque destaco en particular las entrevistas con dos de los tres “arquitectos” jurídicos del Juicio a las Juntas, Martín Farrel y Jaime Malamud Goti (el tercero, ya fallecido, es Carlos Nino). En esas conversaciones se plantea con claridad la firme decisión política de Alfonsín de avanzar con el juicio a los jefes militares de la dictadura (hito del que se están cumpliendo 40 años), aun sin antecedentes y sin una demanda social generalizada que lo haya impulsado. “Yo no puedo ser presidente sin intentar que se enjuicie a las Juntas” (p. 31), dice Farrell, que les dijo Alfonsín, en julio de 1983. Muy esclarecedora la génesis y vicisitudes respecto al controvertido principio de los “tres niveles de responsabilidad”, una política que Alfonsín ya esboza en un acto en Ferro, en septiembre de 1983. Y cómo este concepto, que se introduce de manera poco clara en el proyecto de ley de modificación del Código de Justicia Militar, debatido y sancionado en extraordinarias por el Congreso en el verano 1983–1984, deriva años más tarde en la ley de “obediencia debida”. La publicación contiene también las entrevistas con Graciela Fernández Meijide, sobre la CONADEP y el Nunca Más; con cuatro de los seis jueces de la Cámara Federal que llevaron adelante el Juicio a las Juntas: Guillermo Ledesma, León Arslanián, Ricardo Gil Lavedra y Jorge Valerga Aráoz (Andrés D’Alessio y Jorge Torlasco, ya fallecidos); con Horacio Jaunarena (sobre la política militar de Alfonsín); y con José Ignacio López, vocero presidencial durante todo el período de Alfonsín, y Raúl Alconada Sempé, estrecho colaborador y funcionario de Alfonsín en áreas de Cancillería y Defensa. El libro se cierra con balances del autor, una reflexión sobre los indultos dispuestos por el presidente Carlos Menem y, a modo de anexo documental, los tres decretos de diciembre de 1983 que condensan la política de derechos humanos de Alfonsín: el Nº 157 de promoción de investigaciones contra los líderes de organizaciones terroristas, el Nº 158 de enjuiciamiento a las Juntas Militares; y el Nº 187 de creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP).
A continuación, va un fragmento de cada uno de los libros.
Carrió se refiere a la motivación de Alfonsín en relación a enjuiciar a las juntas militares.
Gerchunoff cuenta el momento en que Alfonsín, en medio de la sublevación de Semana Santa, decide ir a Campo de Mayo y arrostrar a Aldo Rico, el líder de los carapintadas.
Torre relata la tensión que significó el discurso de Alfonsín ante una Plaza de Mayo colmada, cuando habló de la necesidad de una “economía de guerra”.
Adair reflexiona sobre la agenda del bienestar material en la política de restauración de derechos que se propuso Alfonsín.
Estévez Andrade y Méndez, finalmente, recrean la anécdota sobre un comercial para televisión que Alfonsín discute con los creativos de su campaña.
A. Carrió
“Tampoco existía en el país ninguna exigencia generalizada por el juzgamiento y castigo por los delitos que pudieran haber cometido las Fuerzas Armadas. Eso era algo que, en el pasado, no se había hecho nunca. Ni en Argentina, ni en toda la región, donde los golpes de Estado fueron moneda corriente durante buena parte del siglo XX. Los medios periodísticos, a su vez, se habían ocupado muy poco de exigir respuestas ante los reclamos provenientes de las organizaciones por los derechos humanos. Vale decir, tampoco puede sostenerse que Alfonsín se haya sentido presionado o influenciado por una suerte de ‘ola’ de demandas en ese sentido. Casi todos los entrevistados han coincidido en que una supuesta demanda de juicio y castigo a los militares era algo inexistente.
El presidente, en definitiva, puso en ejecución su política de derechos humanos movido por imperativos morales y de recuperación del imperio del derecho. ‘No podría nunca reconstruirse la República sobre la base de la impunidad y mirando para otro lado’, fue básicamente lo que les transmitió a algunos asesores y colaboradores en esos momentos fundacionales” (p. 176)
P. Gerchunoff
“Antes de abordar el helicóptero hacia Campo de Mayo, Alfonsín pidió a sus colaboradores unos minutos y se dirigió en soledad a la capilla de la Casa Rosada para rezar. Observemos esa escena a la que se le ha dado, injustificadamente, poca importancia. Alfonsín y el credo católico reapareciendo periódicamente, ahora en un instante decisivo, pidiendo fuerzas a Dios. Alfonsín concurría poco a misa y no comulgaba porque había dejado de creer en el rito de la confesión, pero eso no significaba que hubiera perdido la fe. Después de rezar se encaminó al helipuerto, acompañado por el jefe de la Casa Militar, sus edecanes, el jefe de su custodia, el fotógrafo de la Casa Rosada y el jefe de la Fuerza Aérea. Tomando dirección noroeste, Alfonsín pudo ver desde las alturas que la movilización no se limitaba al centro de la capital: también San Martín, San Miguel, Hurlingham y Tres de Febrero, al menos, con gente en la calle. Después de unos quince minutos, un hito en el vasto universo militar de 8.000 hectáreas, en el cruce de la ruta nacional 8 y la ruta nacional 202, el enorme predio en el que él había vivido de adolescente pero que ahora casi ni reconocía. El general Augusto Vidal recibió al presidente al pie del helicóptero con una advertencia: ‘No vaya a la Escuela de Infantería, los ánimos siguen calientes’. Vidal sabía de qué hablaba. Era director del Instituto de Perfeccionamiento del Ejército y era a él a quien habían desobedecido los sublevados. Sus palabras no valían por su devaluada autoridad como jefe, pero sí por su experiencia hora a hora con los carapintadas, que, de todas maneras, seguían estimándolo y veían en él a un posible aliado. Alfonsín aceptó el consejo, les encomendó a Vidal y a Hang que fueran a buscar a Rico y recorrió 300 metros en automóvil hasta el despacho del general Naldo Dasso, en la Dirección de Institutos Militares. Allí esperó a Rico, hasta que pasados veinte minutos escuchó: ‘Permiso, señor presidente’” (pp. 195–196)
J. C. Torre
“El presidente fue muy brutal en la expresión de sus ideas, más brutal de lo que jamás hubiéramos podido serlo nosotros mismos. Es que la situación por la que está atravesando es muy complicada. Se trata de un momento muy difícil para él, diría yo. El hombre que salió al balcón de la Casa Rosada expuso ante la multitud la áspera convicción que había madurado en sus conversaciones con el equipo económico. Afirmar, como lo hizo, que el nivel de vida no iba a aumentar durante 1985 fue una confesión costosa. Por supuesto, el discurso sorprendió. Yo estaba de observador en Plaza de Mayo y pude ver que una buena parte de la gente convocada se marchó descontenta. Los radicales, perplejos, escucharon en silencio a su líder político. Una vez terminado el discurso, el presidente se retiró a su escritorio. Allí lo acompañaron sus correligionarios, y supe que todos, al mismo tiempo, le reprocharon sus palabras porque, en su evaluación, había sido un discurso desmovilizador. La militancia radical regresó a sus comités, con la cabeza gacha, todavía no repuesta del shock. A los radicales no les convenció la intervención del presidente. Fue demasiado sincera, sin anestesia, no estaban preparados. El presidente se mantuvo firme y no bajó la guardia. En todo caso, para justificar esa intervención fuera del programa, sostuvo ante algunos de sus críticos que no podía callar lo que sabía, que no podía dejar de hablar sobre lo que pensaba hacer. Si pensaba moverse hacia una política de ajuste, esto se debía saber, y así fue que utilizó ese escenario tan propenso a la demagogia para hacer todo lo contrario” (pp. 221–222)
J. Adair
“… la importancia del PAN trascendió por mucho la entrega de alimentos. Como metáfora y como realidad tangible, el hambre animaba una visión más abarcativa de los derechos humanos, sobre la cual se había basado la restauración democrática. La promesa gubernamental de erradicar el hambre que habían causado los militares formaba parte de una agenda exhaustiva de los derechos que apuntaba a proteger a los ciudadanos contra los daños físicos, así como a asegurar su bienestar material. La extensa bibliografía sobre la ‘transición democrática’ en Argentina ha centrado la mayor parte de su atención en los juicios a los militares y los duros reveses de la justicia. Sin embargo, los esfuerzos del gobierno alfonsinista por diferenciarse de la dictadura no se limitaron a la restauración de las instituciones políticas y las libertades civiles, sino que también incluyeron la meta de garantizar derechos sociales mínimos, entre los cuales el principal era el derecho a comer. Por otra parte, los ciudadanos no juzgaban el gobierno de Alfonsín solo con referencia a sus intentos de juzgar a las Fuerzas Armadas, sino también por su capacidad para satisfacer las demandas de bienestar” (p. 101)
R. Estévez Andrade y M. Méndez
“Muestra una homogeneidad a lo largo de los meses que se advierte en lo conceptual con un eje claro puesto en la idea de cambio con democracia, en la presencia del candidato por sobre la sigla, en la presentación de propuestas y en la innovación con algunos temas como el rol de la mujer, la reivindicación de la participación juvenil y la ampliación de derechos con la inclusión de temas como la patria potestad compartida o la eliminación del servicio militar obligatorio. A esto hay que sumarle la incorporación al discurso radical de temáticas del mundo laboral, como contracara de la burocracia sindical que fue el enemigo elegido para confrontar con Alfonsín.
Cosin narra una anécdota referida al comercial que Dreyfus imaginó el día que conoció al candidato en la agenda de Ratto y que nunca llegó a pautarse en los medios. Alfonsín aparece parado en una tranquera de Chascomús diciendo algo así como: ‘Señora, yo soy como su marido. Solo que un poco más feo. Fíjese, mi señora es como usted. Los radicales nacemos y morimos en casas como la suya’. Los dos creativos y Ratto estaban muy conformes con su trabajo y fueron a presentarlo entusiasmados. Alfonsín lo vio, hizo un momento de silencio y les respondió: ‘Está muy lindo, me hicieron llorar, pero ahora vayan y hagan un comercial peronista’” (pp. 189–190)
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