Elisa y su ilustración desobediente
Soy Elisa María Monsalve Valenzuela. Nunca digo el apellido de mi mamá porque me llamo igual que ella, entonces siento que el homenaje está…
Elisa y su ilustración desobediente
Soy Elisa María Monsalve Valenzuela. Nunca digo el apellido de mi mamá porque me llamo igual que ella, entonces siento que el homenaje está a través de mi nombre. Soy de Chile y vivo en la Ciudad de México.
Platícanos un poco de ti, ¿a qué te dedicas?
Estudié en la Universidad de Chile, luego estudié un diplomado de ilustración y narración visual que está más vinculado a lo editorial, algo que me gusta mucho. Trabajo como ilustradora y también hice un postítulo de divulgación científica en comunicación de la ciencia, porque me interesa también esa área; me gusta trabajar con científicos y en libros que son informativos. Esto me ha llevado a realizar talleres que se vinculan con la divulgación científica.

¿A qué edad empezaste a pintar de manera formal?
Yo creo que después de haber estudiado la universidad, si bien cuando estudiaba pintaba murales y salía a pintar con amigos. Pero a nivel formal y laboral fue como a los veinticinco años. Empecé a participar en ferias de ilustración y a tener un trabajo con una identidad más propia.
¿Cómo fue tu acercamiento a ilustrar libros?
La primera vez que sentí que era algo que quería hacer, fue por unos libros que le regalaron a mi hermana chica; eran de un proyecto que se llama Viva Leer y que los vendían a muy bajo costo en las gasolineras. Esos libros estaban ilustrados por ilustradores chilenos, un colectivo que se llamaba Siete Rayas, ahí estaban Isabel Hojas, Raquel Echenique y Paloma Valdivia, que para mí fueron y siguen siendo referentes. Ahora las conozco y he podido compartir con ellas como colegas, es muy emocionante.
Cuando vi esos libros, empecé a seguir al colectivo y fui a ver sus exposiciones, a sus ventas de taller. Sentía que era algo que podía hacer. Además tuve un profesor, Guillermo Frommer, que me dijo que confiara en lo que hacía, que siguiera mi camino. Después estudié el diplomado de ilustración, que me permitió entender que existía este mundo, el mundo de los libros; y que se podía ilustrar.
¿Cuáles han sido tus retos más grandes en tu trabajo?
Un libro que no ha salido, que no he publicado. Es un libro que hice 27 doble páginas en grafito y aún no lo publicamos. En general me cuesta sostener proyectos largos porque me hacen cuestionar todo lo que hago, no estoy de acuerdo con todo lo que digo, con las palabras que se están utilizando. Es un desafío sostener proyectos largos, porque paralelamente estoy trabajando en otros proyectos, entonces estoy con varias cosas al mismo tiempo.
También, Somos bajo la noche ha sido un gran desafío, porque me cuesta sostener proyectos de tan largo aliento. Con el tiempo suelo cambiar de perspectiva, descubrir cosas que antes no veía y cuestionar aquello que hago, digo o escribo. Aunque pueda parecer terrible, no lo considero necesariamente algo negativo. Si bien existen certezas que he construido a lo largo de los años, la duda aparece una y otra vez como parte del proceso. Más que un obstáculo, la entiendo como una forma de mantenerme atenta, de seguir preguntándome por el sentido de las imágenes y de permanecer abierta a la duda y a que las cosas se transforman.

Trabajas muchos formatos, ¿cúal te gusta más?
Mi técnica favorita es la litografía; me gusta mucho. Me ha gustado que en este tiempo he trabajado formatos grandes con la xilografía, pero creo que la litografía me gusta porque soy más del dibujo, del lápiz, siento que transmito de mejor manera lo que quiero decir así. Ahora, cerrando este proyecto, tengo muchas ganas de pintar. Quiero retomar la acuarela, el gouache, pastel seco. Sentir lo espontáneo.
¿Qué importancia tiene para ti la comunidad y cómo la vinculas en tu práctica?
Es fundamental, yo creo que este trabajo (los libros, el arte) no sería lo mismo si no interactuara con las personas. Creo que a veces somos muy cínicos al decir que uno hace cosas para sí mismo, porque hacemos cosas que se transmiten, que se comunican.
También es importante desde el lugar educativo. Trabajé nueve años dando clases en la universidad, entonces tengo un compromiso con la enseñanza, me gusta mucho, es lo que más quiero volver a hacer. Me parece muy importante la comunidad porque necesitamos imágenes para pensar, emocionarnos, y también necesitamos que alguien nos comunique, que transmita o entregue herramientas para que otros hagan, me parece que es fundamental.
A lo largo de tu carrera has trabajado mucho con libros para niños, ¿por qué consideras importante el trabajo con las infancias?
Para mí, la infancia es una etapa que se debiera extender a nuestra adultez; deberíamos ser más conscientes de lo que traemos de nuestra infancia. Los mejores libros que existen en la literatura infantil actual no son con moraleja, o sea están los libros tradicionales en los que sí es más presente la moraleja; pero pensando en una cuestión más contemporánea, la idea es que el libro haga preguntas, que nos accione la imaginación, que nos invite a observar el mundo. El libro no debería ser un instructivo de cómo comportarse, eso es una cuestión bastante adulto-céntrica.
Siento que la infancia esconde un montón de cosas, y yo me siento afortunada porque siento que todavía las traigo, como nunca dejé de dibujar, hay algo que se extendió, que nunca se acabó. Soy defensora de esa experiencia porque debiéramos traerla a la adultez. La posibilidad de imaginar, de crear, de preguntarse, que a veces se condensa mucho en la infancia y después pareciera que la perdemos, o la tendemos a perder. Por eso me gusta trabajar con los niños y los adolescentes, porque es una puerta a otras reflexiones y preguntas que muchas veces son muy filosóficas y nos invitan a ver desde otro prisma.

Hablemos de Somos Bajo la Noche, tu exposición en la Ciudad de México.
Esta exposición es un proceso que no se acaba. De hecho, hay dos dibujos que forman parte de la muestra y que hablan de lo que estoy encontrando ahora; pertenecen a una etapa muy distinta de aquella con la que comenzó este proyecto. En ese sentido, la exposición no es un punto de llegada, sino una investigación en constante transformación.
Se trata también de una investigación teórica que nace de mi trabajo de maestría. Mis principales referentes provienen del pensamiento crítico y feminista, especialmente Silvia Federici, Mona Chollet y Gloria Anzaldúa. Federici ha sido una autora fundamental en este proceso, ya que aborda la persecución de las brujas desde una perspectiva histórica, social y política. Su trabajo permite comprender cómo este fenómeno se relaciona con cuestiones de género; también con procesos más amplios como el colonialismo, la consolidación del patriarcado y el surgimiento de la modernidad.
Sin embargo, existe otro eje que atraviesa esta investigación y que tiene que ver con la experiencia íntima y cotidiana: la importancia de ciertos rituales, los amuletos, la relación con mi madre y con una forma de entender el mundo en donde lo simbólico ocupa un lugar central. Pienso que en Latinoamérica convivimos constantemente con el pensamiento mágico, con la imaginación y con la necesidad de atribuir significado a ciertos objetos, gestos o relatos que forman parte de nuestra historia personal y colectiva.
De alguna manera, esta exposición es una condensación de múltiples dimensiones: políticas, afectivas, espirituales, familiares y creativas. También me ha permitido comprender que el acto de crear posee algo de ritual y de conjuro. Hoy siento que este proceso me ha acercado precisamente a eso: a una forma de trabajo y de creación que llevaba mucho tiempo intentando encontrar.

¿Cómo surge esta exposición y tu interés hacia el arquetipo de la bruja?
Mi interés por la figura de la bruja se fue construyendo de manera gradual. Desde 2017 venía trabajando en torno a las representaciones de lo femenino. Ese año realicé la exposición (Des)Memoria, una serie vinculada a la ensoñación, la memoria fragmentada y mi historia familiar, especialmente a la experiencia de mi abuela materna con Alzheimer.
Ese mismo año estudié litografía en Estados Unidos y realicé una obra titulada Hermanas, que hoy forma parte de esta exposición. Durante esa experiencia, una compañera argentina me recomendó la lectura de Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés. Aunque hoy observo con cierta distancia algunos aspectos de la noción de arquetipo y sus apropiaciones desde corrientes más cercanas a la New Age, ese libro fue importante porque me llevó a preguntarme por la presencia recurrente de la figura de la bruja en mis imágenes.
Más adelante cursé un seminario sobre la persecución de las brujas en Latinoamérica, impartido por María Teresa Aedo y Fabiana Rivas desde el Museo de las Mujeres de Chile y Argentina. Esa experiencia amplió mis preguntas y me permitió abordar el tema desde una perspectiva histórica y política. Luego postulé a la Maestría en Artes Visuales de la UNAM con una investigación centrada en la figura de la bruja, una línea de trabajo que continúa creciendo y transformándose hasta hoy.
¿Desde dónde te encuentras con la bruja?
A través del linaje, a través de mis procesos personales, también por haber elegido no tener hijos en un momento, en los feminismos, en lo colectivo y lo político. Creo que no me definiría como bruja, pero sí que me encuentro con ella. La bruja representa el cuerpo, lo salvaje; permite reconocerse en lo salvaje y en la desobediencia. El encuentro con la bruja también es desde un lugar súper político. Hay autoras como Ire’ne Lara que habla de la posicionalidad bruja o de lo que significa la escoba. Es como este cuerpo, mente, espíritu, que señala Anzaldúa. Es una cuestión política y espiritual que va concatenada. No suelto ninguna arista, no puedo reducir a la bruja sólo a leer el tarot. La figura de la bruja es política, eso es muy importante.

¿Por qué crees que la imagen de la bruja demoníaca ha sido sostenida a lo largo de tanto tiempo?
Creo que la figura de la bruja ha logrado sostenerse en el tiempo porque permite construir la idea de la otredad. Funciona como una advertencia, como la representación de aquello que no deberíamos ser: no deberíamos ser mujeres solas, ni viejas, ni feas, ni demasiado seductoras. En ese sentido, nada en el arquetipo de la bruja es completamente inocente. Su figura instala un relato binario entre lo bueno y lo malo, entre lo aceptable y lo que debe ser castigado.
Fue una imagen muy útil para los inquisidores, y sigue siendo una figura en disputa en la actualidad. La vemos aparecer constantemente en el cine, la literatura, la música y la cultura popular. Al final, la bruja sigue siendo una representación de la mujer desobediente, y esa sigue siendo una cuestión profundamente política; en esa desobediencia está su riqueza (Muy bien lo han hecho autoras como Dahlia de la Cerda, Fernanda Melchor o Mónica Ojeda).
La bruja condensa esa idea de la otredad. También fue una figura central durante los procesos de colonización. Cuando la Inquisición llegó a América, lo hizo con una mirada que tendía a convertir las prácticas espirituales y culturales de los pueblos originarios en signos de paganismo o de adoración al diablo. Simplificando mucho, la figura de la bruja permitía nombrar aquello que era distinto, aquello que no se comprendía o que amenazaba el orden establecido. En ese sentido, el arquetipo siempre ha funcionado como una forma de identificar y señalar un chivo expiatorio.
¿De qué forma atraviesa la perspectiva de género y el sostén colectivo en la encarnación de la bruja?
Creo que la bruja, desde los pensamientos feministas colectivos, nos permite encontrar la desobediencia, y esa desobediencia es nuestra acción de contra respuesta a un sistema opresor y patriarcal.

¿De qué forma a través de tu obra gráfica resignificas el papel de la bruja en la actualidad?
Siempre me ha costado la palabra resignificar. Al comienzo de este proyecto pensaba que eso era precisamente lo que estaba intentando hacer, pero con el tiempo entendí que se trata más bien de una reflexión. Me cuesta hacerme cargo de una resignificación completa, porque mientras más investigo, más me doy cuenta de que el arquetipo de la bruja — la escoba, el gato negro, el sombrero puntiagudo y todos esos símbolos — sigue siendo profundamente interesante y que hay que seguir analizando.
Al principio quería alejarme de esas imágenes tan binarias y estereotipadas. Sin embargo, lo que más me atrae de la bruja es justamente su condición liminal, aquello que no termina de definirse. Nadie sabe del todo quién es la bruja, y eso es algo que intento que aparezca en mi trabajo. ¿Es buena o es mala? ¿Es sabia, peligrosa o es ambas?
Creo que la resignificación, si es que existe, tiene más que ver con abrir posibilidades para imaginarla de otras maneras. Me interesa que sigamos imaginando a la bruja, pero desde lugares menos rígidos y la invitación es a que sean más profundos y más complejos. Que pueda habitar ese espacio intermedio, ese intersticio.
La bruja puede ser muchas cosas a la vez: la que vuela, la curandera, la abortera, la partera, la feminista, la que resiste, la que incomoda. Es una figura que admite múltiples lecturas y reapropiaciones, pero creo que es importante no perder de vista su dimensión histórica y política. Más que vaciarla de significado, me interesa preguntarme constantemente qué implica invocarla hoy en día.
Flashround
Una palabra: desobediencia
Una canción: “Antigona” de Gata Cattana
Tu comida favorita: las papas en todas sus formas
Una bebida: el vino
Un color: azul
Un olor: copal
Un sonido: el mar
Una textura: las sábanas limpias
Una mujer que te inspira: mis amigas
Animal de poder: murciélago
Lo que más se repite en tus notas: “pensar en”
메타데이터
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- 2026-06-26 21:52:29