Por qué leer a los clásicos… con Editorial Arte y Literatura
Perderle la aprensión a esos libros llamados “clásicos”, permitirá disfrutar mejor de Nuestra Señora de París, Quo Vadis, Napoleón…
Por qué leer a los clásicos… con Editorial Arte y Literatura

Perderle la aprensión a esos libros llamados “clásicos”, permitirá disfrutar mejor de Nuestra Señora de París, Quo Vadis, Napoleón, que son las ofertas de un emblemático sello cubano para la venidera Feria del Libro…
Por Rafael Grillo
¿Qué universitario se sienta en la Plaza Cadenas con un ejemplar de Cecilia Valdés,confesando a ojos de los demás que acaba de descubrir la novela decimonónica de Cirilo Villaverde? ¿Algún cubano mayor de treinta años le revela a sus coterráneos el entusiasmo por iniciarse en el conocimiento de Carpentier o Lezama Lima? Seamos honestos, en este momento nadie está “leyendo” un clásico. Si acaso, alguien dirá que lo está “releyendo”. Y no es que lo asevere yo, pues Italo Calvino (1923–1985) — todo un clásico él mismo — , ya hizo esa afirmaciónen su Por qué leer a los clásicos. Qué atroz para con esos libros magnos que hoy se prefiera elogiarlos aunque no se les lea; o que se les arranque una cita tomada de Internet tan sólo para no admitir la ignorancia propia. Tampoco debería ocurrir que los pocos atrevidos en acometer ese acto de lectura, se sientan atravesados por un sentimiento de culpa.
Habría que hacer caso al italiano nacido en Santiago de las Vegas: “los clásicos son esos libros que nunca terminan de decir lo que tienen que decir, textos que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”. También, cuando asegura que “constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos”. No hay que avergonzarse, entonces, de la situación o la edad con la que debutamos en su lectura.
Más cuando ni siquiera tendría que inquietarnos el no saber por qué esa, precisamente, y no cualquier obra, devino en imprescindible, puesto que, al decir de Jorge Luis Borges (1899–1986) — todo un clásico, de más está decirlo — : “Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. Luego, por puro contagio, ¿si tantos lo han leído, por qué no probar uno mismo?
Cierto que se confabulan, además, los aires de la actual época, donde la novedad se privilegia y restregarle al prójimo que uno está leyendo la última novela de Murakami es más cool que si se tratase de un arcaico mamotreto de Dostoievski. Paradójicamente, también la máxima accesibilidad a todos estos volúmenes, puestos hoy en el dominio público, conspira en su contra. La apertura en internet a sus archivos de instituciones como la Unesco, con la Biblioteca Digital Mundial; y la creación de las gigantescas bases de textos de Google Books, Proyecto Guttenberg, Loyal Books, Internet Archive y Europeana, los ha dejado disponibles al simple alcance de un clic para su lectura online o la descarga en los distintos formatos de ebook. Con lo cual, dada la lógica humana de que si se consiguen con poco esfuerzo individual y escaso dinero de mi bolsillo, en casi nada se les va a valorar; y entonces, muy poco importarán la sabiduría profunda, dolor de la creación, iluminaciones de la intuición y chispa del ingenio humano, empeñadas y resumidas en esas páginas del pasado.
Antes, para otras generaciones, la cosa era muy distinta. Había que esperar a que distinguidos sellos editoriales pusieran los clásicos a disposición de los amplios públicos, en cuidadas y a veces muy costosas ediciones en papel, distribuidas a través de las librerías. La gente de mi edad, y en el caso de Cuba, vivíamos a la espera de que la colección Aventuras de Editorial Gente Nueva fuera sacando de las imprentas, tomo a tomo, a todo Verne y Dumas; de que el escudo de Dragón complaciera, ejemplar por ejemplar, a los fanáticos de los policiales de Agatha Christie y Raymond Chandler y a los del fantástico y la ciencia ficción; o de que la serie entera de los Episodios Nacionales de Galdós o La Comedia Humana de Balzac saliera al ruedo, novela tras novela, merced al emblema de Ediciones Huracán — sellos pertenecientes a Editorial Arte y Literatura, los dos últimos.
Así y a precios irrisorios, pude leer El Padrino de Mario Puzo y las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury y desde entonces ni la mafia italoamericana ni el planeta Marte me parecieron tan lejanos. A la primera edición cubana de Nuestra Señora de París de Víctor Hugo le debo mi amor no correspondido — porque no he tenido el chance de pisarla nunca — por la capital francesa y el encandilamiento por el gótico y la arquitectura religiosa en general. Tengo un amigo de Puerto Rico que me enseñó en una videollamada su volumen envejecido, en edición de Huracán, de El Rojo y el Negro de Stendhal, y que me confesó cómo en los 80 viajaba a La Habana ligerito de ropa, solamente para regresar a su isla con la maleta llena de clásicos. A otros extranjeros he visto sacar de sus bibliotecas a volúmenes made in Cuba de El nombre de la Rosa de Eco y de valiosas antologías como Cuentos norteamericanos y Los policiacos involuntarios.
Pero ha pasado el tiempo…y pasó el Periodo Especial que arrasó con la industria editorial cubana en los 90. Y llegó el nuevo siglo y una recuperación paulatina y hasta notable. Sin embargo, a una producción editorial especializada en clásicos — y autores contemporáneos del exterior — , como la mentada Arte y Literatura, les vino arriba además la era digital con las consecuencias anteriormente descritas. En los años más recientes, para colmo, la crisis del papel regresó. Y la adaptación de Cuba al moderno escenario del ebook ha sido más mucho más lenta de lo que debió, en una medida importante por el propio empecinamiento, rigidez o falta de previsión de las instituciones autóctonas del libro — sin obviar causas reales, en ocasiones solo pretextos, sobre la insuficiencia de recursos tecnológicos.
A pesar de ello, Arte y Literatura se ha anotado sus puntos en los rankings de libros vendidos, como ocurrió hace un par de años con la primera publicación nativa del incombustible clásico de Orwell, 1984; o con las reediciones del Drácula de Stoker, biografías de Stefan Sweig y la Decadencia y caída de casi todo el mundo de Will Cuppy. Contra viento y marea, esta editorial ha llegado viva al día de hoy y es propósito de este artículo terminar repasando las propuestas que estarían listas para la Feria Internacional del Libro de 2022, en la fecha que esta se realice, sea en abril próximo o cuando Covid quiera.

Había oído decir que la muerte del libro en papel ocurriría cuando cayera el último nativo de la Era Guttenberg; y en eso creí a pie juntillas, por toda una época en la que me convertí en abanderado de la defensa del libro digital. Hoy ya no pienso tanto así; y regreso muchas veces al fetichismo del objeto corpóreo y al goce de pasar las hojas en lugar de tocar una esquina del Kindle. Y ahora resulta, merced a la oportunidad que brinda Arte y Literatura con una reedición de esa novela de 1831, que podré volver a palpar con fruición a Nuestra Señora de París. De paso, ruego porque con la “fiebre de feria” — la de Omicron no, por supuesto — tantísimas personas más se contagien, sobre todo de los más jóvenes, y dejen a un lado la espuria vergüenza de leer a los clásicos para vivir el drama romántico que envuelve a la bella gitana Esmeralda, el jorobado Quasimodo y el malvado diácono Frollo.


Un clásico inmarcesible, Napoleón (1906) de Emil Ludwig, la mejor (en mi opinión) biografía hecha jamás sobre el estadista y caudillo francés, llega también a los anaqueles. A su lado, la novela de 1896 que te enseñará todo lo que hace falta saber sobre la Roma de Nerón, la represión a los cristianos y la imparable multiplicación de esta creencia en el corazón mismo del politeísta imperio de la Antigüedad: Quo Vadis, de Henryk Sienkiewicz. Junto a estos platos fuertes de su colección nombrada, precisamente, Clásicos, sigue ampliando Arte y Literatura el catálogo de la popularísima Dragón, con la entrega de una de las obras iniciadoras de la ciencia ficción: Frankenstein (1818), de Mary Shelley; de una divertida parodia que reúne a dos de los personajes más carismáticos del género policial: Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes (1910), de Maurice Leblanc; y de los Cuentos crueles (1833), de Auguste Villiers de L’Isle, pieza clave en la historia del género fantástico.


Por otros sellos de la misma editorial brotan otros grandes autores pero en obras suyas de las consideradas menores; es el caso del ruso Nikolai Gogol, el de la novela Almas Muertas, representado por la breve narración El retrato (1835); y el del checo Karel Čapek, creador de La guerra de las salamandras, de quien se publican sus visiones satíricas de la historia recogidas en Apócrifos(1945). La figura cumbre del modernismo literario hispanoamericano, el nicaragüense Rubén Darío (1867–1916) conocido por los poemas de Azul, es incluido en su faceta de narrador, mediante una selección titulada Cuentos macabros. Pero la poesía no se queda fuera, pues la enarbolan un par de voces contemporáneas de primer nivel: el valenciano Jaime Siles, nacido en 1951 y Premio Loewe 1990, visto a través de su Antología Poética; y la ecuatoriana Aleyda Quevedo Rojas, nacida en 1972 y Premio Nacional de Poesía Jorge Andrade Carrera, de quien se publica La otra, la misma de Dios.

Como se desprende de ahí, no sólo de muertos y clásicos vive Arte y Literatura. También algunos escritores del presente, aquellos a los que interesa llegar hasta los lectores cubanos y que hacen una cesión gratuita de sus derechos de autor, facilitan a la editorial que cumpla con la intención de no funcionar de frente solo al ayer y de espaldas a la actualidad literaria internacional. En 2022 destaca la publicación de La historia del Griot, novela que versa sobre el proceso de la esclavitud y escrita por Ron Ramdin, oriundo de Trinidad Tobago y emigrado a Inglaterra desde 1962. Además, del fundador de la revista Orsai, el popular argentino que se autodefine un showman de la literatura, Hernán Casciari, verán la luz los relatos de El pibe que arruinaba las fotos.
Es asunto obligado mencionar que varios de los títulos publicados en años anteriores y de los mencionados aquí, se han logrado convertir a formatos de ebook para que puedan ser descargados en internet de modo gratuito, mediante la colaboración con la web de *Cubaliteraria*, el grupo encargado de las ediciones digitales del Instituto Cubano del Libro. A esta vía de distribución se ha incorporado RUTH Librería Virtual, con una nutrida cartera accesible a través de canales en Telegram y WhatsApp.
Esta editorial trata siempre de acompañar a la Feria Internacional del Libro de La Habana con ofertas concernientes al país invitado de honor de cada edición. Pero en los años recientes, el atraso que se ahonda cada vez más en la producción de los libros, provoca un desfase entre la cartera de títulos programados y hasta editados y los que realmente salen de imprenta para llegar a manos de los lectores. De ahí que se vea salir ahora a libros correspondientes a 2018, año en que fue agasajado el gigante asiático. En tal situación están la selección de Cuentos chinos contemporáneos y un par de volúmenes de tema culinario (La comida china en Cuba, de Silvia Mayra Gómez Fariñas; y Las joyas de la cocina china, de Gertrudis Ortiz Carrero y Roberto Carlos Silva Díaz).
Aunque me apene cerrar así, tengo que apuntar que de México, invitado de honor de 2022, no habrá nada, ni de literatura ni de cocina. Pero creo que si nos enfocamos en el plato medio lleno, en vez de mirar al vacío, podremos disfrutar mejor el manjar literario de clásicos (y de contemporáneos) ofrecido por Arte y Literatura. Y mientras, quedemos a la espera del dichoso contenedor de libros para ver qué trae desde la nación azteca…
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