Jesús Pérez en una canción impredecible
Por Dailene Dovale de la Cruz
Jesús Pérez en una canción impredecible

Foto de Iván Soca
Por Dailene Dovale de la Cruz
Jesús Ricardo Pérez Cecilia canta en la peña de El Caimán Barbudo. Está en la Pérgola en el Pabellón Cuba, un espacio de creación, arte y cultura de la Asociación Hermanos Saíz. El trovador canta sus canciones y resulta una voz dulce, afinada, con una delicadeza que envuelve. Nació el mismo año mío, 1996, es tunero, amigo de una de mis hermanas menores, Lizy y a través de ella llegó nuestra primera anécdota compartida. Era entonces otra locación distinta, el joven no iba como trovador, sino público, un puntico junto a Lizy, Esteban, Alejandra del Risco y yo en medio de una multitud que ama a Silvio y escucha al trovador como un profeta o un apóstol.
Desde entonces descubro en sus palabras, en el canto y la proyección como ser humano a un hombre amable y particularmente tierno. Por tanto, las preguntas que mandé el mediodía del sábado 7 de febrero de 2026 no buscaban otra cosa que explorar en esas búsquedas por la belleza, la armonía y la paz. Es esta entrevista un fragmento de un joven que está cerquita de los treinta y que merece nuestra atención y escucha. Acá como postales, instantes de una vida, una vida marcada por la música desde el primer instante. La canción de Jesús Perez empieza cuando a los 5 años le regalan una guitarra y fue tanta la emoción que durmió junto a ella. Aún conserva esa primera guitarra, ese amor interminable que marcó hacia la música el rumbo de su música. Un terreno donde lo esperaba las letras de Silvio y Pablo, los acordes de sus canciones intentó aprender desde temprano.

Foto de Andrés Castellanos
«También tuve una etapa muy efímera donde, mientras estudiaba la carrera de actuación en la escuela de arte, la guitarra fue refugio y “tocaba” para mí mismo o para mi novia de entonces. Pero realmente comencé a tocarla, con toda la seriedad que lleva, en el servicio militar. Fui aprendiendo y haciendo canciones de forma simultánea. Una necesidad del alma».
En el tema de Jesús hay fragmentos y escenas muy diversas. Están la madre, el padre, su familia, Las Tunas, Cuba todo en una historia, con fragmentos más felices y otros no exentos de conflictos. «Todas esas palabras se juntan en una de mis palabras más amadas: Patria. Patria es mi madre y su amor, mi padre y su abrazo, mi familia y su apoyo, mi tierra y su luz, mi país y su poesía. Amo todo lo que significan esas palabras, amo todo lo que en mi alma significa Patria». Si hay algo que identifica a este joven y la canción que es su vida es el interés y el amor por esas raíces intangibles que nos hace parte de una experiencia común como cubanos. Es el Jesús que canta en un parque, en el Pabellón, en el Museo de Artes Decorativas, en Santa Clara, en su tierra natal o el rincón cubano que reclame para sí sus melodías.
Luego ante la pregunta, explicará sus procesos que son como todo en la vida muy propios, aunque no excesivamente peculiares, «Componer tiene como factor imprescindible la vivencia. Aunque no escriba sobre algo personal, hay cosas que solo pueden verse a través de la experiencia, la propia o la de otros. En ese sentido es importante la empatía y la capacidad de observación sobre el entorno y las circunstancias. A mí me inspira todo lo que duele: el amor, el tiempo, las ideas. Pero también hay mucha belleza en el dolor y creo que un artista, por encima de todo, es eso: un cauce para la belleza. No tengo ningún ritual, ni un método, ni un algoritmo para componer. A veces aparece un verso o una melodía, a veces es un juego de acordes entre la guitarra y yo, a veces estoy caminando por la ciudad y la musa decide conversar conmigo. Quizás, el único elemento que necesito es el silencio externo, para poder escuchar la música, las palabras o la emoción que esté sonando en mi interior. Pero como dije, ningún camino es una certeza, las canciones son como los niños: impredecibles».

Silvio Rodríguez es una gran inspiración para muchos. ¿Cómo te sentiste en aquel concierto en la escalinata?
«Silvio es algo demasiado grande para mí. Me siento muy identificado con él, a pesar de nuestras diferencias. Sus canciones han sido mi escuela, mi mantra, mi oasis de fe. El concierto de la escalinata fue un capítulo necesario en la historia que vengo compartiendo junto a su trabajo. Porque Silvio ha estado siempre, de muchas formas. Pero hace unos años comencé a estudiar su obra con detenimiento y desde entonces no ha parado de enamorarme cada vez más. Por eso ese concierto era mi forma de sentirlo real. Esa inspiración que despierta en mí no termina en un disco, en una canción o en una entrevista. Ahí estuvo el hombre, con sus luces y sus sombras, dando lo mejor de sí, haciendo lo que sabe hacer, sin abstracciones y desde el amor. Eso, en estos tiempos, es un bálsamo y un privilegio».
[embed]En esta entrevista encontrarás otras historias de Jesús Ricardo Pérez Cecilia.
Si se trata de privilegios, uno grandísimo es la amistad, la amistad como un refugio y un espacio común, una salvación más colectiva. «La amistad es uno de los pilares de mi vida. Siempre he sido una persona muy solitaria y algo introvertida, pero, para mi fortuna, muchos seres maravillosos me han dejado formar parte de sus vidas, me han hecho crecer. Ellos también están dentro de mi Patria». La amistad y la hermandad que pudieran sonar a palabras gastadas tienen en el Festival Longina una concreción evidente. El Longina es uno de los rostros de Cuba que se puede amar con más pasión. Es la música, el arte y la libertad creativa unida para dar una atmósfera que es imposible de replicar. «El Longina tiene mucho de eso. Es un espacio tiempo donde la amistad ha germinado con libertad absoluta».

Foto de Lorena López
¿Que inspiró Horizontes Blancos?
«Escribí Horizontes blancos después de una ruptura amorosa. Es curioso, en aquel momento no llegué a imaginar todo lo que significaría para mí. La vida es extraordinaria en ocasiones, de repente uno se encuentra con que una joven trovadora como Alejandra del Risco que, sin conocerme, se aprendió la canción y la cantaba en Santa Clara, pero años más tarde me veo usando esa misma canción para nombrar mi concierto en el teatro del Museo Nacional de Bellas Artes y así, sin darme cuenta, con cientos de historias, se ha convertido en mi canción espada. Una espada blanca como la rosa de Martí. Es una canción muy sincera, como trato de ser. Quizás es de mis batallas más importantes, ser sincero, cada vez más. Horizontes blancos es eso, es inocencia, sensibilidad, es esperanza también. Es una de mis primeras canciones, pero ha demostrado estar por encima de muchas tempestades. Siempre regresa para estar a mi lado».

Foto de Rey López
¿Cuáles son los retos de un trovador que vive más bien alejado de la Habana?
«Nunca me he planteado un reto en función de mi geografía, tampoco he pensado en vivir en una ciudad que no sea Las Tunas, así como no deseo vivir en otro país que no sea Cuba. La Habana es una ciudad que disfruto visitar por los amigos, por la historia, por el mar. Afortunadamente, he tenido la oportunidad de realizar conciertos y presentaciones allá. Eso es algo que muy significativo para mí, sobre todo porque sé lo díficil que pueden resultar esos escenarios para jóvenes artistas como yo, y más cuando se viene de una provincia como Las Tunas. Pero eso es algo que debo agradecer a los amigos, esos seres que han hecho que las puertas de la felicidad se abran de par en par. También es importantísimo el apoyo de la Asociación Hermanos Saíz. Pero para responder la pregunta, el reto es el mismo de siempre: seguir y seguir y seguir. “Yo no sé lo que es el destino” pero aspiro que el presente me encuentre trabajando».
[embed]Puedes apreciar la música de Jesús Pérez en este audiovisual.
«Mis mejores historias son esas en las que este oficio va más allá de mí y comienza a ser útil para los demás», dirá y comenzará a tejer relatos donde su voz ayudó a otros a sentir mejor o, en tantísimos casos, fue la música su propia salvadora. «Recuerdo cuando murió mi bisabuela y al pie de su tumba canté su canción preferida, como tantas veces lo hice mirándola a los ojos. Recuerdo también un concierto que realicé en la que fue mi escuela primaria, el mismo día que mi hija estaba yéndose de Cuba. Recuerdo cuando alguien me dijo que le había dedicado una canción mía a otra persona. Recuerdo cuando canté “Óleo de una mujer con sombrero” con mi madre. Recuerdo cuando mi abuela, días antes de morir, cantaba en la cocina: “Vuela, tempestad…”.
Recuerdo cuando, durante la pandemia, utilizamos Telegram para hacer conciertos donde varias personas de distintas partes de Cuba y el mundo se conectaban y dejaban su mensaje de agradecimiento y ternura. Recuerdo cuando cantaba para mis compañeros en el servicio militar, y en ese instante, la vida parecía diferente. Recuerdo tanto, de tantos sitios y tantas emociones, que quizás mi mente y estas palabras no me alcancen para mostrar todas las maravillas que la música y las canciones han regalado»
¿Qué música anhelas crear en el futuro?
Una música que haga bien, que sea un espacio seguro para encontrarse con el amor, con la empatía, con lo hermoso de la duda, con la paz con uno mismo, con la responsabilidad social. Una música que sea hija y voz de la naturaleza. Una música que crezca sin mayor aspiración que la libertad de dos almas que se abrazan.
Esa canción de Jesús Pérez seguirá tomando rumbos de bondad y belleza como un río cristalino en el corazón de la Sierra. Nos queda la hermosa oportunidad de ser sus cómplices.

Foto de Raúl Verdecie
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