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Al filo de la cama

Despertar, ducharse, despedirse de la familia… y descubrir que el mundo que creías tuyo tiene paredes vacías. Un viaje de la calidez del…

Miguel Ángel Elizarrarás in vocES en Español · 2026-07-15 21:58 · 0 claps · 2.2 min read
#ficción #relato-corto #psicologia #literatura #cotidiano
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Al filo de la cama

Despertar, ducharse, despedirse de la familia… y descubrir que el mundo que creías tuyo tiene paredes vacías. Un viaje de la calidez del hogar al filo de la realidad.

Photo by Ксения Лапшина on Unsplash

Photo by Ксения Лапшина on Unsplash

Despierta en un cuarto minimalista; suelta una pequeña carcajada sin motivo alguno aparente. Se asoma a una gran ventana; los primeros rayos de sol le obligan a entornar los ojos. Respira hondo, se dirige al baño, se ducha y rasura con cuidado su densa barba mientras tararea una alegre melodía. Baja a desayunar; ya su hijo adolescente y su esposa lo esperan en la mesa. — Buenos días, bello durmiente — bromea la esposa. Él sonríe mientras voltea a ver a su hijo, quien le corresponde de igual forma. — Vamos, apúrate, mamá, o llegaré tarde a la escuela — dice el joven mientras se apresura a terminar sus huevos revueltos. Ellos se despiden del padre, quien al poco rato también sale rumbo a su trabajo. No hay tiempo que perder, piensa para sí mismo. Al abrir la puerta para salir de la casa… — ¡Buenos días! ¿Cómo amaneció hoy? — le saluda una mujer desconocida. — ¡Muy bien… muy bien! — tartamudea un poco al responder. — ¡Perfecto! Vamos, pues — le toma del brazo y lo lleva con cuidado por los largos pasillos de lo que parece una gran casa. Al llegar a un comedor enorme, una señora de edad avanzada lo saluda cariñosamente: — Hola, ¡qué bien amaneciste el día de hoy! Un niño corre hasta donde está él y le da un fuerte abrazo: — ¡Qué bueno verte! Ya quiero jugar contigo. Finalmente se sienta en su lugar en medio de un gran bullicio. Los sirvientes empiezan a servir los platillos. Uno de los comensales se levanta de forma impulsiva; se oye un estruendo de platos y vasos rotos. El hombre parece contrariado. — Oh, lo siento — murmura, y se sienta rápidamente mientras su rostro se ruboriza. El pequeño accidente no cambia el ambiente. Todos parecen platicar al mismo tiempo; unas risas estridentes se escuchan al otro lado de la mesa. Entre tanta algarabía es un milagro que se entiendan. El hombre que acaba de llegar permanece en un silencio casi absoluto; observa a todos los presentes, a los meseros con su extraña vestimenta. La persona que está a su lado le dice algo al oído con el afán de sacarlo de su mutismo. Pero nada, solo una mueca amable recibe a cambio. Come tranquilamente mientras sus ojos se mueven de un lado al otro, inquietos, y se frota las manos una y otra vez. Cuando por fin termina, nuevamente lo toman del brazo y lo llevan a un pequeño cuarto donde lo espera un hombre con semblante intelectual, pero sumamente amable. Comienza a platicar con él sobre temas cotidianos. Pasa de un punto a otro sin una aparente ilación. Responde por cortesía, pero no se atreve a preguntar por qué está en ese lugar, quién es este hombre que lo interroga y cuál es el motivo. Por unos momentos levanta la vista y, en las paredes casi vacías, ve un par de diplomas donde la palabra que resalta e inquieta es «Psiquiatría».


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