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salir para que pasen cosas

Salir para que pasen cosas. Hace casi un año, unos amigos me regalaron Los perezosos, de Charles Dickens y Wilkie Collins. Septiembre de…

Rafa Rodríguez · 2020-02-13 16:13 · 3 claps · 8.0 min read
#pasear #escribir #valència
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salir para que pasen cosas

Salir para que pasen cosas. Hace casi un año, unos amigos me regalaron Los perezosos, de Charles Dickens y Wilkie Collins. Septiembre de 1857, “dos aprendices holgazanes, exhaustos por el largo y caluroso verano y por el largo y caluroso trabajo que el verano les había deparado, desertaron de sus obligaciones”. Bajo al supermercado a comprar agua. Hace una tarde primaveral en invierno, calurosa. Subo a casa y decido desertar de mis obligaciones. Voy a salir. Salir para que pasen cosas. Y me llevo a Dickens y a Collins conmigo.

Ando sin rumbo fijo, esperando que algo ocurra. Copio a Thomas y Francis, los protagonistas del libro, que “no tenían intención de dirigirse a ningún sitio en particular; no querían ver nada; no querían conocer nada; no querían aprender nada; no querían hacer nada”. Paso por un parque que no es un parque. Está en una mediana de Tomás de Montañana. Hay columpios y bancos para sentarse. En los primeros, niños que juegan; en los segundos, hombres que beben. Más adelante hay uno de verdad. Es la Plaza del Equipo Crónica. Está lleno de pequeños y adultos. Pienso en las realidades que uno no vive, pero que están ahí, te rozan. Por ejemplo, la de interactuar con padres y madres con los que solo te une el mínimo común denominador de tener hijos. Suspiro aliviado.

Enfilo Manuel Candela. Un bar chino con pórtico, un horno argentino, un garage, una tienda de ropa. Enfrente, un cartel ultraluminoso y psicodélico de un bingo. Veo a un señor mayor recostado en la esquina con Ramiro de Maeztu. Me acerco y le pregunto por la calle Rafael Rodríguez Gimeno. No la conoce, lamenta no poder ayudarme. He decidido buscar en mi ciudad una calle con mi nombre que sé que no existe. O eso, al menos, es lo que creo. Estoy abierto a la sorpresa. Le pregunto a dos abuelitas y se ríen porque ellas no son de por allí y, también, han estado perdidas un rato buscando donde iban. Que equiparen nuestras situaciones significa, de alguna manera, que la calle con mi nombre existe. Aunque no esté en el callejero. Aunque no esté en València.

Doblo por Rodríguez de Cepeda. Una madre y una hija están en la puerta de una joyería. Me dicen que no les suena de nada. Entro en una zapatería. La dependienta tampoco la conoce. Saca su móvil para buscarla. Le digo que ya lo he hecho antes sin éxito. Es mentira, claro está. Tengo la necesidad de reforzar la supuesta veracidad de mi relato y miento de nuevo, le digo que me han dicho que está por Manuel Candela. Nada, Google Maps no encuentra nada. Me sugiere que vaya a la tienda de ropa de al lado. Que sus trabajadoras viven por el barrio. Esta vez me miente ella. La mujer que está detrás del mostrador, sin apenas levantar la vista de algo que parece un albarán, me explica que va directa de su casa al trabajo y que no conoce la zona.

Vuelvo a salir a Manuel Candela. Como si me hubiera acabado creyendo las pistas que yo mismo he inventado y la calle Rafael Rodríguez Gimeno estuviera por allí. Una pareja con un niño me dice que no tienen ni idea. Es muy extraño cada vez que pronuncio mi nombre. No como si no me perteneciera, sino todo lo contrario. Con cierto orgullo. Tal vez el de tener una calle y que los otros no sepan que está dedicada a mí. Un hombre bebe una cerveza y fuma un cigarro sentado en la terraza del bar chino con pórtico de antes. Me acerco y le pregunto. No sé si me entiende porque parece ruso. O ucraniano. O polaco. O simplemente está cansado y estoy interrumpiendo su momento de libertad y aislamiento. Murmura algo que traduzco como que no conoce esa dirección.

Ya he preguntado siete veces por la calle Rafael Rodríguez Gimeno y temo, como no estoy tomando notas, olvidarme de todo. No me apetece usar la app del móvil. En la Avenida del Puerto, enfrente del Bar Piqueras (nunca he ido, tiene un cartel que me encanta, parece cerrado definitivamente), entro en una tienda de chinos. Compro una libretita, un bolígrafo negro y una chocolatina. Estoy un rato intentando elegir el boli. La carcasa de los Bic es ahora de mucha peor calidad. Y los de punta fina ya no son anaranjados por fuera, sino que son también transparentes, llevan una ortopédica pegatina que avisa de su diferencia. En la caja le pregunto a la chica por mi calle. Es sudamericana y no parece hacerme caso, así que hago partícipe a un hombre que está detrás de mí en la cola. Ha ido a por una bombilla, o un enchufe, o algo parecido. Ni la cajera ni el cliente saben donde está, pero él me aporta una pista. La primera que consigo. Por fin algo de lo que tirar. “Eso debe de ser por la zona nueva de la Avenida de Francia”. Pago un euro y cincuenta céntimos y salgo.

Dudo qué hacer, pero al rato me pongo a seguir esa única pista. Creo que llevar un libro en la mano, me ha dado credibilidad cada vez que he preguntado. Como si la gente no pudiera sospechar algo extraño de alguien con una novela sobre dos perezosos. Esta tontería se me ocurre mientras me descubro al lado de la Cruz Camino del Grao. Está entre unos matorrales, en una mediana, semioculta, y se supone que en el siglo XV marcaba el límite de la ciudad por el este. Digo se supone porque ha cambiado varias veces de localización y ha sido lo suficientemente reformada para que ya solo quede la columna del original. Todo esto lo sabré después porque lo leo en un par de blogs. Me acerco, busco alguna placa informativa que no hay, le hago varias fotos (entre ellas, la que encabeza este escrito) y sigo mi camino. Dejo su impostura que con la mía tengo suficiente.

Cerca de la Avenida de Francia veo a una pareja paseando un perro. Les pregunto por la calle Rafael Rodríguez Gimeno. No les suena, pero ella, muy amable, saca su móvil. No importa que le diga varias veces que ya lo he hecho yo con nulos resultados. Mientras rastrea por internet, para no estar en silencio, les comentó que me han dicho que estaba por Manuel Candela. El chico que va con ella, apura un cigarro de liar o un porro, no sé, y me hace ver que Manuel Candela ya está algo alejada de donde nos encontramos. Yo le echo la culpa a quien me ha dado las indicaciones. Estoy a punto de entrar en una espiral sin fin como vaya ampliando el campo de implicados.

Y de repente … ¡ella dice que ha encontrado la calle!.

Una calle con mi nombre y apellidos. Hay una calle con mi nombre en mi ciudad. La calle Rafael Rodríguez Gimeno existe en València.

Me cuesta creérmelo. Me avisa, con cierto tono de disculpa, como si fuera responsabilidad suya, que la calle está algo lejos de allí. El chico y yo nos acercamos, él con curiosidad, yo con temor, a la pantalla de su móvil. Según Google Maps está en un punto indeterminado entre Russafa y En Corts. Así lo marca un simbolito rojo. Algo ha debido de hacer mal, pero miro furtivamente el buscador de la parte superior y ahí está mi nombre completo, bien escrito. Incluso Gimeno con G. Sale, sin querer, del plano y aparecen varios resultados de Google. El chico confunde un negocio a nombre de un tal Rafa Gimeno en la calle Aben al Abbar con el destino que yo busco. Mientras ella le aclara la confusión, he reconocido mi linkedin y mi trabajo como editor en una revista digital entre las primeras opciones del buscador. Empiezo a pensar que como entren en esta última o le den a la pestañita de imágenes saldrá mi cara, me reconocerán. Y será muy incómodo y difícil de explicar. Porque seguro que piensan mal, seguro que piensan lo que no es. No hay intención de burla, ni de reírse de nadie. No es una cámara oculta sin cámara oculta. Solo he querido comprobar si la realidad puede cambiarse simplemente saliendo de casa.

Me despido de ellos con prisas, les doy las gracias y ando todo lo rápido que puedo. Creo oír que me llaman aunque no es así, por si acaso no me giro. Disimulo viendo a una mujer paseando a su perro en un solar atestado de hierbajos. Tantos que al perro no lo llego a ver. Fantaseo con que no existe. Repaso mentalmente a todos los que les he preguntado por la calle Rafael Rodríguez Gimeno. Esta tarde he formado parte de sus vidas durante unos segundos. Y ellos de la mía. Gente que no nos conocíamos. Gente a la que seguramente no volveré a ver. Y que si ocurriera puede que no reconociera. Me parece muy curioso, muy interesante, esa manera casual de que interactúen nuestras realidades. Y de que a su vez proyecten y construyan una tercera, que no tendría porque ser menos verdadera que las otras. Pienso en qué pensará esa última pareja, si más tarde, en su casa, encuentran una imagen mía asociada al nombre de la calle por la que les he preguntado. Y si el resto contará nuestro encuentro a sus familiares y amigos. Tampoco ha sido nada excepcional que merezca ser comentado. Un tipo preguntando por una dirección. Sigo andando, busco un sitio donde sentarme a leer.

Camino por la acera de lo que fue el Colegio 103. Un centro escolar prefabricado de la Avenida Baleares que ya no existe. Ahora es un solar inmenso. Solo queda un testimonio de lo que fue, una pintada con su nombre en una pared. Busco alguno más desde fuera. Si lo encuentro pienso pasar por la valla derruida y recogerlo. No sé bien para qué. Una hoja de un cuaderno con deberes, un examen corregido, una tiza, un estuche,… Nada. Solo veo un dispensador de jabón de manos. Seguramente, algún vecino lo ha lanzado allí por algún motivo que se me escapa y que, sinceramente, no me importa. Ese colegio realmente nunca fue un colegio. Como la calle con mi nombre. Solo ha existido en dos cabezas. La del hombre que me indicó que igual estaba por una zona nueva de la ciudad y la de la mujer que la localizó, durante unos segundos, en su móvil. Igual es suficiente para que al menos esté en una especie de limbo de la realidad.

Paso por delante del Conservatorio José Iturbi y decido entrar. Su patio es agradable, aunque no hace nada por serlo. Te aisla de la ciudad, de su ruido. Un búnker sin connotaciones bélicas y al aire libre. Estoy en la calle, pero me siento lejos de ella. No sé muy bien donde. En otra realidad. Pienso en qué diré si me reconoce desde fuera un vecino o un amigo. Pacto conmigo algunas respuestas para salir del paso. Somos, allí, cinco personas. Entiendo que las otras cuatro deben de estar esperando a alguien. Tres están sentadas y el cuarto, un hombre, habla por el iphone, de pie, caminando, contándole a alguien un cambio que se ha producido en su vida, y se sale del recinto. La única mujer que hay, también charla con su móvil. Me siento en un banco y me pongo a leer, sin la presión y la impaciencia de ver que el tiempo pasa muy despacio y la persona esperada no sale. Ventajas de no esperar a nadie. En el banco de mi derecha hay un señor leyendo. Parece una novela histórica por el grosor y el dibujo de la cubierta. Pero no distingo su título. Al fondo, un casi anciano, al menos comparado con nosotros, no hace nada, mira a la nada. Cuatro seres humanos y dos leyendo un libro. Si yo no estuviera aquí en este momento no hubiera ocurrido. Salir para que pasen cosas. Aunque no todo el mundo las perciba. Veinte minutos después noto cierto picor en la garganta, temo constiparme, cierro el libro, me levanto, finjo haber recibido un whatsapp como si eso importara a alguien, pongo cara de fastidio que nadie puede ver, y me voy.


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