Las cigarras de la política (Slow Horses)
Felipe González señaló en una ocasión que los expresidentes son “como grandes jarrones chinos en apartamentos pequeños: no se retiran del…
Las cigarras de la política (Slow Horses)

Felipe González señaló en una ocasión que los expresidentes son “como grandes jarrones chinos en apartamentos pequeños: no se retiran del mobiliario porque se supone que son valiosos, pero están todo el rato estorbando”. Como los replicantes rebeldes de Blade Runner, determinadas personalidades políticas no saben retirarse cuando toca y dar un paso al lado. Pero la cuestión es precisamente esa: ¿cuándo toca? Sería muy inocente afirmar que la respuesta a esta pregunta la debe determinar el sentido común. En pandemia, se pudo comprobar que el sentido común es un estado de opinión condicionado por los acontecimientos del momento. Aunque pueda parecer soez, Harry el Sucio (Clint Eastwood) lo explicó en La lista negra con gran claridad: “Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno”. Ídem para el sentido común.
Hay muchos determinantes que pueden ayudar a entender que es momento de retirarse: un descalabro electoral en el que los ciudadanos retiran su confianza al político, la falta de apoyo dentro un partido político, un período excesivamente largo en el mismo cargo, una cuestión de edad, una enfermedad, un escándalo personal, el fracaso en la gestión… Quizá, a la hora de sopesar si es momento de parar, debería bastar con responder a la siguiente pregunta: si se sigue en el cargo, ¿es superior el daño que se causa (conflicto) a la sociedad que el beneficio que se obtiene al proseguir en la esfera pública? Si la respuesta es ‘sí’, no hace falta opinar ni tirar de sentido común, es momento de parar.
Si se da un paso al lado, puede haber un adiós definitivo a la política o un ‘hasta siempre’ que, obviamente, es un ‘hasta pronto’. En este punto, entran en juego las puertas giratorias, que son retiros dorados o un dulce purgatorio en el que pasar un agradable tiempo de espera. También las tertulias políticas de la televisión y la radio son una buena vía de servicio a la espera de volver a la autopista que es la primera fila. Tanto las organizaciones con puertas giratorias como las tertulias mediáticas son lugares fértiles para que aniden las ‘cigarras’ de la política.
Las ‘cigarras’ en el imaginario del espionaje son agentes ocultos o dormidos que pueden permanecer años e incluso décadas sin realizar un movimiento hasta que reciben una orden o una señal. Como las chicharras, que crecen bajo tierra en silencio en periodos que alcanzan hasta los 17 años, están mimetizados con su ecosistema de tal forma que pasan completamente desapercibidos. En las series de ficción, *Treadstone muestra una versión quizá hiperbólica de esta estrategia desarrollada durante la Guerra Fría. Sin embargo, la segunda temporada de [Slow Horses](https://www.imdb.com/title/tt5875444/)* (2022) se adentra con artesanía en cómo se esconde y se despierta una ‘cigarra’ en el contexto geopolítico actual.
Slow Horses es una brillante saga de literatura de espionaje ideada y escrita por Mick Herron, el mejor autor contemporáneo de este género, con el permiso de Daniel Silva y Charles Cumming. Las dos primeras entregas, Slow Horses y Dead Lions, se han convertido en dos temporadas de ficción, que pueden disfrutarse en Apple TV. El protagonista es un ‘jarrón chino’ que se llama Jackson Lamb, interpretado con oficio y maestría por Gary Oldman. Lamb es un espía que vivió intensamente los avatares de la Guerra Fría y que, tres décadas después, sigue vistiendo igual y aplicando métodos analógicos donde otros trabajan con algoritmos. Sin embargo, dentro del MI5, es lo suficientemente valioso como para que dirija La Ciénaga, una oficina en la que acaban los espías desterrados por su incompetencia, errores y vicios. Este departamento, el de los ‘caballos lentos’ de los que se ríen sus compañeros, asume el trabajo basura del espionaje en suelo británico. Trabajo basura en el sentido literal de la expresión, porque les toca remover dentro de los cubos de basura, sí.
En medio de esta ponzoña, el personaje interpretado por Oldman es una de las grandes noticias de las series de ficción en los últimos años. Desagradable, desaliñado, irreverente, corrosivo y sarcástico, Lamb es el antihéroe entre los espías, un hombre que alterna alcohol, ventosidades y sucias gabardinas con astucia, experiencia y un oficio que deja a sus jefes como meros aprendices. Siempre va tres pasos por delante, aunque sus rudimentarias formas le condenen a parecer un paquidermo estancado en fango. “A mi edad, apuntar con la pistola más de cinco minutos, me destroza las muñecas”, llega a decir.
En la segunda temporada de Slow Horses, Lamb y su equipo desentrañan una trama de cigarras que despiertan a la llamada del FSB ruso. Un exagente soviético desertor vuelve a operar 30 años después para poner en cuestión las relaciones políticas entre Reino Unido y Rusia. A lo largo de seis episodios trepidantes, se narra con esmero y detalle el proceso por el que un espía que ha hibernado se despereza, se pone en forma y vuelve a la actividad. En sí, el propio Lamb es una ‘cigarra’. Un excelente profesional casi retirado al que sólo se despierta para hacer el trabajo que otros no quieren asumir. Mientras otros lucen, él dormita; cuando los demás colapsan, él sale del nido.
Las similitudes con la vida política están a la vista. Cuando se pone algún tema en agenda o llega un compromiso electoral, es habitual despertar a las ‘cigarras’. En España, lo hemos visto recientemente en la firma de manifiestos por parte de notables e históricos de un partido que quieren influir en la opinión pública -por ejemplo, con Nicolás Sartorius en el reciente ‘¡A las urnas las ciudadanas y los ciudadanos!’-; en el liderazgo en una moción de censura -Ramón Tamames con Vox-; la participación en mítines -Aznar o Rajoy con Feijóo-; o en intervenciones en campaña -por ejemplo, José Luis Rodríguez Zapatero-. Otra modalidad de ‘cigarra’ es la que, tras ganar su partido las elecciones, vuelve a la palestra con un cargo público después de haber permanecido en el ostracismo en la legislatura o legislaturas anteriores. Como se ve, la familia de los cicádidos da para mucho. Por no hablar de aquellas chicharras que despiertan a destiempo, cuando nadie les espera, y generan alguna que otra urticaria -¿recuerdan a Rodríguez Ibarra con Zapatero?-.
Y, en el peor de los casos, estas ‘cigarras’ también tienen una ‘utilidad’ cuando pintan bastos. Como pregunta el primer ministro británico tras un monumental despropósito en el último capítulo de la segunda temporada de Slow Horses, “¿y a quién echamos la culpa de todo esto?”.

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