9-16 — Mi Camino Portugués
9-16 — Mi Camino Portugués
1 al 8 de agosto de 2023
“Nadie hace el Camino una sola vez”. Esa frase se la escuché a alguien y me quedó en la mente en esa mañana del 1 de agosto. Tenía aún mis pendientes, empezando por la idea de llegar a Finisterre, aquel sitio por el que iba a madrugar pero que tras pensarlo bien, decidí descartar. Igual me desperté tarde, a las 9 a.m.
Por lo pronto, debía ir con mochila en la espalda hasta la estación de bus. Como ya no tenía monedas, tuve que caminar, pero aproveché a comer una tarta de Santiago como desayuno en una cafetería junto a una parada de bus. Allí me atendió una colombiana que descubrió algo familiar en mi voz. Vivía en Santiago hacía más de 10 años. Me obsequió un euro para poder tomar un autobus y llegar a tiempo al terminal.

Terminal de Santiago. Al fondo, la Ciudad de la Cultura (Cidade da Cultura) de Galicia
Era el final de mi peregrinaje a Santiago, pero no el final de mi travesía. Me quise regalar dos días en Porto a modo de turista, donde aprovecharía mi credencial para quedarme en un albergue de peregrinos y poner un último sello. Luego estuve en Fátima, espacio que me regalé para tener un momento de reflexión. Eso fue previo a mi arribo a Lisboa.

Gran cielo para llegar a Fátima
La “excusa” para hacer el Camino en esos días (y no en una época del año con un clima más cómodo) era la Jornada Mundial de la Juventud. Empezó el 1 de agosto, cuando yo todavía estaba en Santiago. Partí a Lisboa tomándome mi tiempo, quizás con demora, pero era necesario para retomar fuerzas y vivir la segunda parte de mi aventura.
Ya conocía Lisboa, en aquel 2017 que he mencionado varias veces en este blog. Y me había prometido volver, luego de pensar que era una ciudad con suficientes atractivos como para haberla recorrido solo dos días. Pero en esta ocasión, había algo extraño. A diferencia de mis pasadas JMJ, sentía que mi propósito del viaje estaba cumplido y que lo que viniera de aquí en adelante era un agregado. Además, a diferencia de mi Camino a Santiago, la soledad en Lisboa se sentía diferente. Ya había tenido mi momento de introspección. Deseaba ya el encuentro con otras personas.
Ese 3 de agosto, luego de mi llegada de Fátima, encontré una ciudad que ya estaba en ambiente de JMJ. Era el día de la bienvenida al Papa Francisco y varias calles estaban cerradas. Por fortuna, y no había caído en cuenta de ello antes, el hostal que reservé justo el día anterior era muy cerca al parque Eduardo VII (o “Colina do Encontro”, como le llamó la organización). Ir hasta allá fue raro. Buscar por dónde entrar al parque sin tener cómplices con quién hacerlo me dejaba insatisfecho. El plan fue básico: entrar, escuchar un rato, salir a comer algo y volver al hostal.
Para el día siguiente, el propósito era llegar lo más temprano posible a mi lugar de hospedaje: Bucelas. Se trataba de un pueblo que no quedaba propiamente en jurisdicción de Lisboa sino de Loures, una ciudad vecina. Me tomaría más de una hora transportarme en bus para finalmente llegar a un coliseo, que sería el lugar donde, en teoría, pasaría las noches de viernes y domingo. Con la esperanza perdida de que me correspondiera una casa de familia como albergue, pensé que lo mejor era comprar una colchoneta para el frío suelo del coliseo, también previendo que necesitaba algo para dormir en el piso durante la vigilia del sábado.

Bucelas desde el alto de Palas do Rei
Pensando en lo difícil que fue entrar a Colina do Encontro, decidí tomar mi propio camino para los eventos siguientes de la JMJ. Había escuchado buenos comentarios del Oceanario de Lisboa, así que decidí hacerle una visita y regalarle a mis sobrinos unas buenas fotos y recuerdos del lugar. Ya para la mañana del sábado, mientras la gente se dirigía a guardar puesto en el Parque Tejo para la vigilia, me regalé un gusto turístico: conocer el estadio del Benfica. No me arrepentí.
Salí algo tarde para la vigilia, aquel momento central de la JMJ con quedada en el sitio, pero lo que menos quería era tener un golpe de calor. Sentía el sol mucho más fuerte que en mis días de camino en bici, así que mientras más pudiera evadirlo, mejor. Llegué al parque Tejo a eso de las 7 PM, luego de una larga caminata desde un lugar cercano al acuario donde había estado el día anterior.

La gente pasando a un lado del puente del río Tajo (o Tejo en portugués)
Algo más de una hora tomó caminar esos 5 km, con la colchoneta y una bolsa llena de comida de parte de la organización de la JMJ. Entre un millón y medio de personas, debía buscar un lugar para comer y dormir, algo lejos de la tarima principal, aunque había suficientes pantallas gigantes y sonido. El sol iba bajando, lo cual significaba iniciar el momento de reflexión. La brisa calmaba el calor de tantas personas juntas en el mismo lugar. Con la luz del atardecer, llegaba el Papa Francisco, cuyas palabras de vigilia resonaron en mí por mi experiencia de pocos días atrás. Nadie más lo sabía, pero ese fue el mensaje que recibí y comprendí.
Lo primero esencial: “detrás de un éxito hay mucho entrenamiento”. Bastante sirvió, desde lo físico, dedicarle un rato del día, seis veces a la semana, a correr, nadar o montar en bicicleta. Cada esfuerzo parecía mínimo, pero al hacerlo durante algo más de cuatro meses, sentía que tenía la fuerza suficiente para lograrlo. Mi entrenador me lo dijo seis semanas antes de iniciar mi Camino en bici: “como yo te llevo, lo logras”. Con aquella subida a la Cuchilla de mayo, por la vertiente de Sueva, entendí que mis piernas estaban a punto. Solo debía perseverar y esperar a que llegara el momento para entender que el esfuerzo y las horas de dedicación habían valido la pena. Y si me caigo, “levantarme y entrenar en el camino”.
Otro mensaje: buscar nuestras “raíces de alegría”. Es decir, ver al pasado y detenerse a observar las lecciones de quienes nos han enseñado a andar por la vida. El Papa hizo una pausa intencional para que pensáramos en ello. Ese fue el momento de ver mi Camino emocional: empezar por las experiencias con mi familia, papá, mamá, hermanas y sobrinos. Los amigos, aquellos con los que tuve una base segura en mis momentos de estudio, mis trabajos, mis aficiones. Todo eso y todos ellos me llevaron a ser la persona que estaba justo en ese momento en Lisboa escuchando. Sin esas raíces, no lo hubiera logrado.
El Papa hizo mucho énfasis en el diálogo: en escuchar y en ofrecer. Escuchar para no equivocarse en el camino, como aquel momento de la fuente del primer día donde varios me ofrecían ir hacia atrás, si buscaba llegar a un destino más adelante. Escuchar para entender qué me hacía semejante a otros caminantes, aprender de otras experiencias y encontrar nuevas oportunidades. Y luego, ofrecer: mostrar la alegría e inspirar con ella, como con aquella pareja que llegó a Santiago el mismo día que yo. “La alegría es misionera”. Con quien sea, más allá de las creencias de unos u otros, las acciones propias son testimonio para el mundo. Son una misión en sí, un “resplandecer en el amor”.

Amanecer a orillas del Tajo
Una noche, una mañana, el día 14 de mi aventura. El amanecer nos traería la misa de clausura de la JMJ, donde el Papa recalcó un mensaje constante de sus encuentros con los jóvenes, pero que siempre debe repetirse: “No tengan miedo, tengan valor”. Es ese valor el que nos lleva hacia adelante, a emprender las mejores aventuras de nuestras vidas y a brillar con luz propia. Ese mismo valor mantenía al Papa enérgico en su labor pastoral, 4 años después de haberlo visto en Panamá cuando pensé: “quizás esta sea la última vez que lo vea”. Ahí estaba para demostrar que las palabras tienen peso. Y seguramente tenga la misma energía para estar presente en el ya anunciado Jubileo de 2025 en Roma.
(Edit: le faltó muy poco)

La búsqueda (infructuosa) de la tarima central
También anunció sitio para la siguiente JMJ en 2027, en Seúl, Corea del Sur. Ahí el de las dudas soy yo. Quizás mis prioridades de vida sean distintas para entonces. Mi tránsito por las JMJ puede haber terminado en esta ocasión, además de que estamos hablando de que la siguiente es al otro lado del mundo. No hay que descartar nada, sin embargo. Mi motivación para salir de Colombia la encontré en una JMJ. Me enamoré gracias a una JMJ. Encontré buenos amigos gracias a una JMJ. Resulté misionando en Paraguay gracias a una JMJ. Hice el Camino de Santiago gracias a una JMJ. Tanto les debo que es demasiado el testimonio que debo dar de ellas.
Con mucho que agradecer (y que no había tenido la fortuna de ver al “viejo” Francisco en persona en este viaje), esa tarde de domingo la dediqué a buscarle en dos lugares: a la salida de la nunciatura apostólica y a la salida del encuentro de voluntarios, último evento oficial antes de su regreso a Roma. En ambas le vi, aunque el registro fotográfico no sea el mejor. Luego de ello, mi cansancio era absoluto. No podía hacer más que acostarme en un rincón de pasto, cerca a la torre de Belem. Al otro lado del río, estaba el Cristo Rey (réplica del Cristo del Corcovado de Rio de Janeiro), lugar al que quería subir el día siguiente para aprovechar mis últimas horas en Lisboa.
¿Olvidé decir que dentro de mis pendientes estaba definir cómo regresaría de Lisboa a Madrid? Pues horas antes, encontré un pasaje de bus relativamente económico que me permitiría ahorrar la última noche de estancia. En Madrid contaba con Martha, aquella caminante que me encontré en Vendas de Narón, quien me había dicho que la llamara si necesitaba algo.
Hubiera podido dedicar el último día de viaje a conocer el nuevo Bernabéu, o dar un paseo por el parque El Retiro. Pero tenía un pendiente del día que llegué, nadar en aquella piscina que encontré apenas salí del metro. Y asimismo, volver al punto donde arranqué mi camino. De nuevo en aquella plaza de Santiago, ya sin bicicleta, pero con la satisfacción de decir “lo hice”.

De nuevo en la iglesia de Santiago y San Juan Bautista en Madrid, donde recibí la credencial
Cerré el círculo. Pero luego recordé, como lo mencionaban en varios de los podcasts que escuché meses atrás, que el Camino de verdad apenas comenzaba.
메타데이터
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