Mi examiga cis hetero: Reflexiones sobre alianzas frágiles y trabajo afectivo no remunerado
Preambulo sobre las fracturas necesarias
Mi examiga cis hetero: Reflexiones sobre alianzas frágiles y trabajo afectivo no remunerado
Preambulo sobre las fracturas necesarias
Estoy buscando el libro de “Mi año de descanso y relajación” de Ottessa Moshfegh, lo encontré en Telegram en mi bot biblioteca personal, he tenido que convertirlo de formato mobi a pdf. Es una de las manías que tengo antes de empezar a escribir algo personal: buscar textos sobre mujeres que deciden desaparecer, sobre amistades tóxicas, sobre el agotamiento de performar constantemente para otros. Hablar sobre una relación de amistad que no sobrevivió al 2025 me tomará más que unos minutos, porque en realidad no estoy hablando solo de una persona, sino de un patrón sistemático de extracción emocional.
Siento tantas ganas de explicar por qué tener una examiga cis hetero puede ser una puerta a entender las alianzas que en silencio se han fraguado entre maricas y feministas, y no tan feministas. Estas alianzas, que parecieran naturales y solidarias, esconden dinámicas de poder más complejas: ¿quién cuida a quién? ¿quién realiza el trabajo emocional? ¿quién traduce constantemente entre mundos?
Nos conocimos cuando ambas estábamos estudiando antropología, yo tenía 24 y ella recién cumplía los 18. Yo era un ex cristiano, un marica adventista en proceso de descomposición y reconstrucción, y sobre todo alguien que siempre había tenido solo “amigas”. Esta última palabra entrecomillada porque nunca fue solo amistad: fue refugio, fue estrategia de supervivencia, fue pedagogía mutua, pero también fue trabajo no reconocido.
Durante la primaria me gustaba juntarme con las niñas. Eran más divertidas y siempre parecían conocer secretos que nadie más sabía, secretos sobre cómo navegar un mundo hostil con gracia aparente. Me gustaba jugar agarradera y la cuerda con ellas. Pero aquí hay que hacer una pausa analítica: ¿era realmente preferencia o era supervivencia? Aparte de la homofobia explícita y violenta de los niños, solo me quedaba refugiarme durante el recreo en los corre-corres de las niñas, en sus círculos de chismes que eran también círculos de protección.
Ya más puberto, descubrí que hay un gran abismo que separaba la experiencia entre niñas y niños, y maricas, claro está. Entre los mariquitas y las niñas a veces se daban puentes — infraestructuras afectivas precarias pero necesarias — . No sé con exactitud si fueron puentes ya creados históricamente para nosotras, herencias de otras maricas que necesitaron sobrevivir, o si es algo que se creaba al calor de la protección mutua contra los pequeños misóginos que ya ensayaban sus futuras violencias.
En el bachiller descubrí mejor a mis amigas, o más bien, descubrí mi función en sus vidas. Hasta la fecha mi mejor amiga Mónica pertenece a esa época, una excepción en un mar de relaciones instrumentalizadas. Me hice muy amigo de unas amigas en común de ella, todas super heterosexuales — y uso “super” no como intensificador casual sino como descriptor de una heterosexualidad performativa, excesiva, casi defensiva — . La mayoría ya tienen hijos y mandatos de feminidad que cumplir como si fueran contratos laborales con el patriarcado.
Fueron muy amigables conmigo, me contaban sus secretos como quien deposita objetos valiosos en una caja fuerte que saben que nunca competirá por el mismo mercado afectivo-sexual. Como era el amigo “gay” — otra etiqueta que simplifica y domestica — , era fácil para sus novios comprender que yo no era una amenaza. En realidad, creo que eso de “no ser una amenaza” era más la forma cifrada de decirme “no te van a golpear mientras estés en tu lugar asignado”. Las mujeres siempre cuidando un poquito a los maricones, pero ¿a qué precio? ¿bajo qué términos de intercambio?
En la universidad las cosas fueron distintas, o eso creí inicialmente. Me topé con amigas que ya se consideraban feministas, la mayoría heterosexuales con una conciencia política que no llegaba a cuestionar sus propias prácticas afectivas. No he tenido mucha suerte vinculándome con lesbianas, quizás porque la mayoría de las que conozco performan o se posicionan desde masculinidades lésbicas, y la masculinidad es algo de lo que yo personalmente vengo huyendo como quien huye de un incendio. Es extraño y revelador ver cómo tu experiencia de género te ubica en una red específica y limitada de posibilidades afectivas, como si fuéramos piezas de un rompecabezas que solo encajan en ciertos lugares predeterminados.
Después de todo, hablar sobre el género siendo un marica continúa siendo un misterio epistemológico: ¿desde qué lugar hablo? ¿con qué autoridad? ¿para quién traduzco mi experiencia? Como continuaba relatando, este grupo de amigas feministas cishetero con el tiempo manifestaron una serie de prácticas que me gustaría llamar, sin eufemismos, trabajo emocional no remunerado con características de explotación sistémica.
Yo, el marica extrovertido que coloca al centro las prácticas de cuidado afectivo — porque es lo que aprendí para sobrevivir, no por vocación natural — , realizaba todo el trabajo de escucha activa, de comprensión empática, de atención sostenida y de análisis feminista que las parejas hetero de estas amigas no lograban, no querían o no sabían hacer en sus respectivas relaciones.
Recuerdo llamadas de dos horas, verdaderas sesiones de terapia no profesional, tratando de hacer entender a mis amigas cómo es que los hombres cis hetero tienen no solo mucho trabajo pendiente de cuestionamiento al género, sino una deuda histórica con sus propias capacidades emocionales atrofiadas. Pero aquí surge la pregunta incómoda: ¿por qué era yo quien hacía este trabajo? ¿Por qué no lo exigían directamente a sus parejas?
No sé recordar que de forma honesta traté de estar presente, pero en el fondo solo me he sentido utilizado, instrumentalizado como una herramienta de traducción entre mundos. Suelo dar lo mejor de mí en cuanto a un consejo crítico y situado desde los feminismos, pero ¿qué recibo a cambio? No hablo de una lógica transaccional capitalista, sino del reconocimiento básico de que mi trabajo emocional tiene valor, que mi tiempo tiene límites, que mi energía no es infinita.
Quiero decirles a esas amigas — y lo digo aquí porque nunca pude decírselo directamente — que el trabajo pendiente que nunca realizaron sus novios o ex parejas, yo lo terminé haciendo por ellos. Fui el traductor no pagado entre la masculinidad hegemónica y el feminismo de superficie. Fui el puente que permitía que sus relaciones heterosexuales continuaran sin transformación real. Fui, en última instancia, cómplice involuntario de la perpetuación de dinámicas que decía cuestionar.
Quiero proponer que la próxima frontera no solo se trata de cuestionar el género de los que se benefician más evidentemente de la opresión — los varones cis hetero con sus privilegios intactos — . La frontera que tenemos adelante, más compleja y dolorosa, es que los sujetos cis hetero que se identifican como mujeres necesitan impregnar de cuiridad sus prácticas relacionales.
No basta con declararse feminista si se continúa reproduciendo modelos de amistad extractivistas con las maricas. No es suficiente cuestionar al patriarcado en abstracto mientras se utiliza a los cuerpos maricas como amortiguadores emocionales, como traductores no pagados, como terapeutas de emergencia disponibles 24/7.
El feminismo y lo cuir no solo desafían las manifestaciones evidentes de opresión; también posibilitan imaginar y construir nuevas formas de intercambio afectivo. Necesitamos repensar desde qué sitios queremos relacionarnos y aprender nuevas prácticas de amor, de cuidado, de camaradería que no reproduzcan las lógicas de explotación que decimos combatir.
El duelo necesario y la reconstrucción posible
Esta examiga de la que hablo, que es todas y ninguna a la vez, representa un patrón que debe ser nombrado y desmantelado. No se trata de victimizarme ni de demonizar las amistades entre maricas y mujeres cis hetero, sino de exigir términos más justos de intercambio afectivo.
Las alianzas entre feministas y maricas son necesarias y potentes, pero no pueden construirse sobre la base del trabajo no reconocido de unos para mantener el confort emocional de otras. Necesitamos alianzas que reconozcan la especificidad de nuestras luchas sin instrumentalizar nuestras diferencias. Alianzas que entiendan que la ternura radical no es un recurso infinito que las maricas proveemos gratuitamente, sino una práctica política que requiere reciprocidad.
Mi año de descanso y relajación no es solo el título del libro que busqué antes de escribir esto. Es también una declaración de intenciones: descansar de ser el soporte emocional no remunerado, relajarme de la obligación de traducir constantemente entre mundos. Y en ese descanso, en esa pausa necesaria, quizás podamos imaginar y construir formas más justas de amarnos, cuidarnos y acompañarnos en la lucha compartida contra todas las opresiones que nos atraviesan, sin reproducir nuevas formas de explotación en el proceso.
La amistad, como el amor, como cualquier vínculo humano significativo, debe ser un espacio de transformación mutua, no un servicio que unos proveen y otros consumen. En el reconocimiento de esta verdad incómoda está la posibilidad de construir algo genuinamente revolucionario: relaciones que no reproduzcan las lógicas de poder que decimos querer destruir.
메타데이터
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