La oruga inconforme
La Tía Tata llamó un día a los muchachos del barrio, los sentó en corro bajo la sombra del viejo almendro, acomodó su falda con parsimonia…
La oruga inconforme

Quería volar…
La Tía Tata llamó un día a los muchachos del barrio, los sentó en corro bajo la sombra del viejo almendro, acomodó su falda con parsimonia, se ajustó el pañuelo a la cabeza y dijo:
— Hoy no vamos a hablar ni de repollos que crecen solos, ni de computadoras que se creen personas. Hoy les voy a contar la historia de una oruga muy especial… tan especial, que sin saberlo, fue la última de su especie.
Los niños se miraron entre ellos. Eso de “la última” siempre sonaba importante.
— Esta — continuó la Tía Tata — era una oruguita verde, de rayitas finas, de esas que se enroscan cuando las miran. Vivía en un jardín hermoso, lleno de hojas frescas, con flores de todos los colores y un riachuelo que pasaba cantando cerquita. Pero ella… ella nunca estaba contenta.
— ¿Por qué, Tía? — preguntó uno de los chicos.
— Porque se pasaba la vida mirándose a sí misma con disgusto. Decía que era fea, que era lenta, que su cuerpo era torpe, que la hoja donde vivía era pequeña, que el sol calentaba demasiado, que la sombra enfriaba mucho… Siempre encontraba algo de lo que quejarse. Y lo que más repetía era:
“Yo no nací para arrastrarme. Yo quiero volar.”
La Tía Tata miró al cielo un segundo, como recordando algo muy antiguo.
— Todas las orugas nacen sin alas, mijitos. Pero no todas saben esperar.
La oruga inconforme veía pasar a los pájaros por encima del río y suspiraba. Veía a las libélulas cruzar como flechas de colores, y se retorcía de rabia. Veía a las mariposas adultas revolotear a lo lejos, y murmuraba:
— Yo debería estar allá arriba… no aquí abajo.
Las demás orugas, sus vecinas, eran tranquilas. Comían su hojita, descansaban al sol, conversaban bajito por las noches. Sabían, sin saber explicarlo, que cada cosa llega cuando tiene que llegar. Pero la oruga inconforme no paraba de hablar:
— Esto es injusto. Yo no nací para esta vida. Yo quiero cruzar el río, quiero viajar, quiero ver el mundo desde el aire. No pienso quedarme aquí esperando eternamente.
Y tanto se quejaba, tanto repetía su disgusto, que algunas de las otras orugas comenzaron a dudar también.
— ¿Y si tiene razón? — ¿Y si estamos perdiendo el tiempo aquí? — ¿Y si hay otro lugar mejor?
La Tía Tata bajó un poco la voz:
— Y así, sin darse cuenta, la inconforme empezó a arrastrar a las otras con su prisa.
Un día, la oruga inconforme descubrió un lugar que a ella le pareció maravilloso. Estaba protegido del viento, casi no le daba la lluvia y tenía un olor fuerte, extraño, poderoso. Allí, colgando del alero de una casa, había una construcción grande, con muchos huequitos, por donde entraban y salían unas avispas nerviosas.
— ¡Este es el sitio perfecto para hacer la pupa! — dijo — . Aquí nadie nos molestará. Aquí dormiremos tranquilas hasta despertar con alas.
— Pero ahí viven avispas… — susurró una de las orugas.
— Bah — respondió la inconforme — . Ustedes siempre con miedo. Si queremos volar, hay que ser valientes.
Y una a una, convencidas por su entusiasmo, las orugas fueron colgándose cerca del avispero para construir sus pupas y “dormir el sueño de la transformación”.
La Tía Tata hizo una pausa. Los niños estaban en silencio.
— La noche cayó — continuó — . Todo quedó muy quieto. Las pupas colgaban inmóviles, como pequeños secretos envueltos en seda. Y entonces… las avispas notaron lo que estaba pasando.
Los niños apretaron las manos contra las rodillas.
— No les voy a contar lo que pasó con detalles, porque esta es una historia para aprender, no para asustar — dijo suavemente la Tía Tata — . Solo les diré que cuando volvió a salir el sol… ya no quedaba ninguna de aquellas pupas, excepto una.
— ¿La de la oruga inconforme? — susurró alguien.
— La misma.
Ella sobrevivió. Pero no salió ilesa. Nadie lo podía ver por fuera, pero por dentro algo había cambiado. Un parásito diminuto había entrado en su cuerpo, silencioso, escondido, como una semilla oscura.
Pasaron los días. Y llegó el momento.
Una mañana, la última pupa comenzó a agitarse. La seda se rajó despacito… y salió una mariposa.
— ¡Tenía alas! — exclamó un niño.
— Sí — sonrió la Tía Tata — . Tenía alas grandes, suaves, de colores hermosos. Cuando se vio reflejada en el agua del riachuelo, pensó:
“Mi diosito por fin me escuchó. Ya no soy fea. Ya no me arrastro. Ahora sí soy lo que siempre quise ser.”
Y voló. Voló alto. Voló lejos. Cruzó el río que tanto había soñado cruzar.
Pero volaba sola.
No encontró a ninguna de sus antiguas compañeras. Nadie más tenía sus mismos colores, sus mismas alas, su mismo vuelo.
Hasta que un día conoció a un mariposo. Bello, fuerte, de alas firmes. Volaron juntos, se acompañaron, danzaron entre las flores.
La mariposa estaba feliz.
— Pero — dijo la Tía Tata bajando la voz — el tiempo pasó… y aquello que debía ocurrir… no ocurrió.
Los niños entendieron sin que la Tía Tata dijera más.
— El parásito, ese que nadie veía, había hecho su trabajo. La mariposa no podía dar vida. No nacieron nuevas orugas. No hubo más huevos. No hubo continuidad.
Y con ella… se apagó su especie entera.
La última mariposa murió vieja, ya sin fuerzas, posada en una hoja, mirando el cielo que tanto había deseado.
La Tía Tata suspiró.
— Y así, mijitos… por correr sin entender, por despreciar su propio tiempo, por no saber de dónde venía… no supo nunca a dónde iba de verdad.
Se hizo un silencio largo.
Entonces la Tía Tata cerró la historia con su voz de siempre, suave como quien no regaña, pero deja la verdad sembrada:
“Tanto el hombre como las orugas, si no saben de dónde vienen, no van a poder llegar nunca a donde creen que iban.”
Y los niños se quedaron quietos… pensando.
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