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Isla de Sifnos — John Berger

Cuando tenía dieciséis años un depósito de tranvías en Londres — ¿Estaba al sur del río en New Cross? — dejó en mí una profunda impresión…

Joaquin P · 2020-08-25 06:01 · 0 claps · 4.5 min read
#berger #historia #cuento #fotocopia
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Isla de Sifnos — John Berger

Cuando tenía dieciséis años un depósito de tranvías en Londres — ¿Estaba al sur del río en New Cross? — dejó en mí una profunda impresión. Primero por la cantidad de tranvías — había cien o más — y, segundo, por lo cerca que estaban uno de otro, sus líneas convergiendo más cerca de lo que alguna vez lo habían hecho afuera en la calle. Los tranvías quedaban ahí de noche, silenciosos, vacíos, separados solo por el ancho de hombros de un hombre. Eran largos, tranvías de doble piso con empinadas escaleras en espiral en cada extremo y sus grandes ventanas, popa y proa, redondeadas. Antes de que amaneciera, uno a uno, los tranvías dejarían el depósito con dirección a las cuatro esquinas de la ciudad, cada uno siguiendo los carriles de su propia ruta.

La imagen del depósito de tranvías vuelve a mi, inesperadamente, mientras nos apuramos por el muelle del puerto del Pireo, donde los grandes barcos griegos que van a las Islas Egeas amarran uno al lado del otro, sus bordas casi tocando.

El barco que va a Sifnos está lleno, de nuevo, con la mitad de los pasajeros que tenía programado llevar. Es sábado temprano a la mañana, es la semana del séptimo domingo de pascua, y ya hace calor. En la cubierta superior abierta, cada metro cuadrado bajo las sombras del puente o del embudo o de los botes salvavidas o de los ventiladores ya está ocupado. El olor a café griego sube gentilmente de un companionway. Toda la tripulación usa lentes de sol. Los etesios no soplan y el mar está calmo.

Luego de dos horas dejamos atrás la costa del continente y comenzamos a cruzar el círculo de islas y a entrar en las Cícladas. La población del barco ya se tranquilizó para este momento — como una gallina en una canasta cuando el camino al mercado es largo: somnolienta y con sus plumas extendidas. En los salones debajo las mujeres se abanican y a sus niños sentadas en sillas — los pasajeros hombres continuamente arrastran sillas de cubierta a cubierta — o acostadas de a grupos en el piso.

¡Ah bebé! Le dice una abuela a un oficial del barco, vestido de uniforme blanco. ¿Por qué nos hiciste esto? Ella arremangó su falda por encima de sus rodillas hinchadas, ella se sacó los zapatos y está sentada en la alfombra debajo de una mesa. La empresa no puede rechazar clientes, dice el oficial, y usted está cómoda ahí ¿No es cierto?

Miranos, dice ella, !A todos nosotros! Y señala los cuerpos desparramados sirviendo de cojín para otros cuerpos, como si estos cientos de cuerpos dijesen todo, y no se necesitasen más palabras por el resto del viaje.

La belleza de las islas, vistas desde el mar, es proverbial y difícil de describir. Azul. Cristalina. Aérea. (Cerca del fin de cada día el horizonte marítimo parece subir para encontrarse con el cielo). Quizás lo más revelador es recordar que fue aquí, en el Egeo, donde fue formulada la primera teoría atómica del universo. Encaja. Cada entidad que uno mira se distingue, está separada y rodeada por un espacio ilimitado.

Esquilo dijo que en estas islas no había más que mármol, cabras y reyes. A la media tarde el barco nos deposita en Sifnos. En Sifnos también hay olivos, laurel amargo, viñedos, hibisco, cactus.

Tres hombres trabajan juntos debajo de un árbol de acacia, despellejando dos cabras cuyas piernas traseras fueron atadas a una de las ramas bajas, en un camino de mulas, cerca de un pequeño cementerio donde hay una capilla blanca, del tamaño de un carro, con velas encendidas dentro. Su perro, oliendo sangre, lloriquea. Mañana es el festín del Pentecostés — el cincuentavo día después de Pascua. En las iglesias distribuirán ramas de eucaliptos y luego comerán las cabras.

Súbitamente, mientras la luz del día se va y yo miro más allá del cementerio, hacia el mar, me pregunto: ¿Qué puede significar la carne aquí? Sarka en griego. A lo largo del mundo las formas que tienen los hombres y mujeres de pensar en sus cuerpos son diferentes, porque estas ideas son influenciadas por el terreno local, el clima, y los riesgos naturales circundantes. Como cultivos regionales, las imágenes mentales sobre el cuerpo son locales. ¿Cuál es la imagen egea? Tiene, creo yo, poco que ver con el buceo.

La carne aquí es lo único suave, la única sustancia que puede siquiera sugerir una caricia; todo el resto de lo que se puede ver es filoso o mineral, en pedazos o con nudos. La carne aquí es como las pequeñas partes pintadas de esos iconos que por lo demás están cubiertos de inflexible metal grabado. (Los ves en cada iglesia). La carne es simultáneamente herida y curación. Miranos, le dijo la señora al oficial del barco, !Miranos a todos!

Consecuentemente el cuerpo se percata de una crueldad incluso antes de percatarse de un placer, porque su propia existencia es cruel. Entonces para todos, no solo para los filósofos y teólogos, lo físico se aproxima constantemente a lo metafísico. Se aproxima sin palabras, una mirada es suficiente. No hay nadie aquí que no sea experto en añorar, en el deseo largamente prolongado por una vida un poco menos cruel. Y extrañamente, esto coexiste con la belleza y es parte de ella.

Todas esas esculturas robadas de Grecia que ahora están en museos extranjeros, extrañamente no son sensuales y esa es una razón por la que pertenecen aquí. Lo sensual en el arte es de alguna forma una celebración de una complicidad, una continuidad entre cuerpo y naturaleza. Aquí no existe esa complicidad. El famoso ideal que buscaban los escultores clásicos era, de hecho, un consuelo por la soledad del cuerpo. Ahora me parece que todas esas esculturas eran mensajeras de una muy controlada añoranza sin fin.

Y antes — cuatro mil años antes — las esculturas de estas islas fueron hechas de tal manera que su mármol se parece más a una sustancia amable, amasada, y las figuras de hombres y mujeres, desnudas en un mundo indiferente, como hogazas de pan sin leudar.

La noche ya cayó y las cigarras empezaron a cantar. Por primera vez en el año, nos dice la propietaria del hotel, no van a parar, !Van a seguir cantando todo el verano!

“Lamentaré por siempre” escribió Odysseas Elytis, que habla por la multitud en el barco y el pastor en la montaña y los hombres bajo el árbol de acacias y por nosotros sentados en la mesa tomando vino. “Lamentaré por siempre — ¿Me escuchás? Por vos solo en el paraíso”.

Una añoranza sin fin.

Me solía sentar en el piso de arriba del tranvía número 23 y, de ser posible, bien en el fondo desde donde podía escuchar las chispas saltando del cable eléctrico sobre mi cabeza. Y ahí a veces soñaba, mientras el tranvía seguía sus líneas, sobre islas, sobre mujeres en el sol, y todavía no conocía la maravillosa poesía de Odysseas Elytis.

“Hasta que al fin sentí — y que digan que estoy loco — que de la nada nace nuestro paraíso”.


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