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¿Por qué?

Hace un mes fuimos a Portosín. A una casa de piedra, con suelo de madera y ventanales a un jardín verde botella-de-vino. El sonido del agua…

Leopoldo Salinas · 2024-06-10 17:57 · 0 claps · 2.0 min read
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¿Por qué?

Hace un mes fuimos a Portosín. A una casa de piedra, con suelo de madera y ventanales a un jardín verde botella-de-vino. El sonido del agua lo atravesaba todo. Como una aguja cosiendo el tiempo o la envidia pasando de generación en generación.

Así estábamos.

Escondidos en Galicia. Ajenos a todo.

Con los bosques de eucaliptos como telón de fondo. La ría, impasible, reflejando los destellos de luz como quien te guiña un ojo. Y Leiva sonando en cada rincón. Susurrándonos que esa nostalgia que esconde todo español en su pecho se magnifica en Finisterre.

La casa era de la familia de Roque. Su padre la había comprado y restaurado hacía ya veinte años, pero parecía nueva. Incluso moderna. La piedra de sillería le daba solidez. Las ventanas verdes y la parra que cubría la mesa del patio, elegancia.

Hay cosas que nadie dice, pero que flotan en el aire como presagios. Como tormentas en la lejanía. Nos sentamos en el porche y empezamos a beber té, whisky y champán; y, a las ocho de la tarde, cuando el sol se escondía entre las montañas y las botellas vacías rodaban por el suelo, el tema acudió a nosotros.

— Mi padre murió hace dos años — murmuró Roque — . Tenía ELA.

— Hace un año y ocho meses — le corrigió Julia, su madre.

Las voces de ambos surgían de algún lugar en su pecho donde las palabras eran únicamente sonidos y hacía tiempo que habían dejado de tener sentido. Pero se notaba que tenían que sacarlas para que no les explotasen en los pulmones.

Con una entonación firme, entrenada en mil conversaciones, Julia, nos resumió el proceso. El miedo, las dudas, la soledad. La impotencia. La pregunta que le hacía a su marido todas las mañanas:

¿Por qué nos está pasando esto? ¿Por qué a nosotros?

Y, hoy, en la soledad de mi oficina, a cientos de kilómetros de Portosín, mientras me peleo con los asesores de un fondo Noruego que quieren comprar una mierda de empresa, me han dicho que el libro que he escrito — que he sudado durante casi dos años — no está funcionando. Que no se está vendiendo bien. Que la apuesta ha salido mal. Que tuvimos esperanza, que peleamos, pero que, a pesar de todo, no ha sido suficiente.

Repitiendo una escena milenaria, acudo a esa pregunta traidora y reincidente, que se lleva formulando desde que descubrimos el fuego. La pregunta del campesino mirando al cielo. La del marino que contempla cómo su barco se hunde. La del soldado a punto de morir.

La rabiosa pregunta de un hijo. La pregunta desesperada de una madre.

¿Por qué?

¿Por qué las cosas nos salen mal? ¿Por qué la vida nos obliga a sufrir? ¿Por qué nos condena a caer y levantarnos?

¿Por qué a nosotros?

Y en mi cabeza surge el padre de Roque, con una sonrisa que nunca conocí, pero que intuyo en la paciencia y el cariño con la que construyó aquella casa de piedra y contraventanas verdes. Adivino la resolución de sus ojos. El amor en sus gestos. La convicción de sus palabras cuando le respondía a su mujer:

Porque podemos soportarlo.


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