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La flecha de Cupido es una lágrima

Memorias científicas del Dr. Aurelio Castañeda Pereyra, investigador independiente, México D.F.

Marcelo Moglione · 2026-06-19 00:55 · 0 claps · 8.7 min read
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La flecha de Cupido es una lágrima

Memorias científicas del Dr. Aurelio Castañeda Pereyra, investigador independiente, México D.F.

Compiladas por él mismo porque nadie más se tomó la molestia

I. Hipótesis inicial

Permítame comenzar con una aclaración metodológica: no estoy loco.

Lo digo porque es lo primero que dice todo el mundo cuando termina de escucharme, y prefiero adelantarme. Estoy, en todo caso, obsesionado, que es una condición distinta y en algunos círculos académicos se considera una virtud. Mis colegas de la Universidad Nacional me llamaban excéntrico, que es la palabra que usan los mediocres para describir a los que piensan más rápido que ellos. Eventualmente me retiraron la cátedra, lo cual interpreto como una distinción honorífica.

La hipótesis es simple: el amor es un fenómeno físico producido por un agente externo no identificado. Ese agente, por razones históricas que no vienen al caso, ha sido representado como un querubín con arco y flecha. Mi posición es que la mitología, en su torpeza narrativa, tiene razón en lo esencial y se equivoca solo en los detalles. No hay querubín. Hay un mecanismo. Y los mecanismos, a diferencia de los querubines, se pueden atrapar.

¿Por qué me interesa atrapar dicho mecanismo?

Razones científicas, naturalmente.

Si alguien además quisiera especular que detrás de las razones científicas hay una mujer llamada Consuelo que en el verano de 1921 me dijo que lo nuestro no tenía futuro y se casó con un contador de Guadalajara, esa persona estaría entrometiéndose en asuntos que no le competen y le sugiero que busque su propio dolor y lo analice.

Procedamos.

II. Experimentos preliminares (1922–1928)

Los primeros experimentos fueron, reconozco, imprecisos.

Experimento 1: La trampa olfativa. Basándome en la teoría de que Cupido, como toda criatura alada, orientaría su vuelo por estímulos olfativos, desarrollé un aerosol compuesto de feromonas concentradas de dieciséis especies distintas de mamíferos. Lo rociaba en espacios públicos — plazas, mercados, la antesala del registro civil — y observaba si algún fenómeno anómalo ocurría en el aire circundante. Los resultados fueron negativos en términos de captura. Positivos, inesperadamente, en términos de reproducción humana: el índice de matrimonios en las zonas tratadas aumentó un cuarenta y dos por ciento en los meses siguientes. Consideré publicar estos datos. Decidí no hacerlo porque implicaba admitir que el experimento había fracasado en su objetivo principal.

Experimento 2: La cámara de alta velocidad. Si la flecha de Cupido existe físicamente, pensé, debe desplazarse a una velocidad medible. Instalé cámaras de alta velocidad en dieciséis puntos estratégicos de la ciudad y filmé durante nueve meses. Capturé cuatrocientas horas de material. No encontré flechas. Encontré, en cambio, evidencia visual de que el alcalde se reunía los jueves con una señora que no era su esposa, información que guardé como seguro de vida y que hasta la fecha no he necesitado usar.

Experimento 3: La jaula electromagnética. Basándome en la hipótesis alternativa de que Cupido emitía radiación electromagnética, construí en el sótano de mi casa una jaula de Faraday del tamaño de una habitación y convencí a doce parejas recién enamoradas de pasar una noche adentro, con el argumento de que era un estudio sobre la calidad del sueño. Nueve de las doce parejas siguieron juntas cinco años después. Las otras tres, curiosamente, se enamoraron de otros participantes del experimento dentro de la jaula. Conclusión: Cupido no es electromagnético, o si lo es, la jaula de Faraday no lo detiene. También conclusión: encerrar a personas enamoradas en espacios pequeños es metodológicamente irresponsable y éticamente cuestionable. Lo haría de nuevo.

III. El episodio africano (1931)

En 1931 recibí financiamiento de una fuente que prefiero no identificar para realizar trabajo de campo en una región del Congo Belga. El dinero venía con pocas preguntas, que es la única condición bajo la cual el dinero científico debería entregarse.

La hipótesis que quería probar era la siguiente: si Cupido detecta corazones para apuntar sus flechas, entonces un sujeto con más corazones debería ser un blanco más grande, más fácil de rastrear. Un corazón humano late setenta veces por minuto. Treinta corazones de mono Rhesus, conectados por vía sanguínea al sistema circulatorio del sujeto y mantenidos vivos en soluciones proteicas, elevarían la señal cardíaca a un nivel difícilmente ignorable.

Soy consciente de que este párrafo suena a locura. Lo escribo de todas formas porque es lo que ocurrió.

El sujeto era un hombre de la tribu local llamado Essomba, que aceptó participar a cambio de una compensación que negoció con una frialdad que me inspiró respeto profesional. Essomba fue conectado a treinta corazones de mono sumergidos en cubetas de vidrio llenas de solución proteica caliente. Los corazones latían. El ritmo era sincrónico, como una orquesta pequeña y viscosa. La habitación sonaba como algo entre una clínica y un tambor ceremonial.

Después hice desfilar ante Essomba a distintas mujeres de la tribu. Buscaba señales del flechazo: dilatación pupilar, aceleración cardíaca, sudoración, el conjunto de síntomas que los poetas llaman amor y los fisiólogos llaman respuesta autonómica y yo llamo evidencia.

Essomba miraba a las mujeres con la expresión de alguien que espera el autobús.

Cupido no apareció.

Repetí el experimento con dieciséis sujetos distintos a lo largo de seis semanas. Los resultados fueron consistentemente negativos. Regresé a México con mis notas, mis películas, y la convicción de que o Cupido no existe o es más escurridizo de lo que pensaba.

Guardé las películas en una caja. Guardé la hipótesis en algún lugar entre el orgullo y la vergüenza, que es donde viven la mayoría de mis ideas.

Seguí adelante.

IV. El gas (1939–1942)

La Segunda Guerra Mundial llegó, como todas las catástrofes, en el momento más inconveniente.

Fui contactado por intermediarios de un bando que tampoco identificaré, aunque diré que sus uniformes eran de un verde que no favorecía a nadie. Querían un agente químico que redujera la agresividad en combate. No para usarlo en sus propias tropas, aclaró el intermediario con una sonrisa que contenía más información de la que pretendía. Para usarlo en el enemigo.

Desarrollé el Compuesto C-7 en dieciocho meses.

El C-7 actuaba sobre los receptores de cortisol y adrenalina, bloqueando la respuesta de combate. En dosis bajas producía calma. En dosis medias producía placidez. En dosis altas producía algo que en mis notas describí como benevolencia extrema hacia todo ser viviente, que es la forma científica de decir que los sujetos querían abrazar a los desconocidos y llorar de gratitud ante los árboles.

Las pruebas de campo fueron, desde un punto de vista bélico, un fracaso completo.

Un batallón expuesto al C-7 en concentración alta depuso las armas en cuarenta minutos. Esto era el resultado esperado. Lo no esperado fue lo que ocurrió después: los soldados de bandos opuestos, igualmente expuestos por deriva del gas, comenzaron a confraternizar. Confraternizar es el término que usé en el informe oficial. En las películas que filmé personalmente puede observarse que la confraternización incluía abrazos prolongados, intercambio de fotografías familiares, canciones en dos idiomas simultáneos, y en al menos tres casos documentados, actividad sexual consentida entre combatientes que cuarenta minutos antes intentaban matarse mutuamente.

El informe fue clasificado. El contrato fue cancelado. Me devolvieron a México en un barco que olía a desinfectante y a algo que prefiero no identificar.

Guardé también esas películas.

La conclusión que extraje entonces fue simple: debajo de la guerra hay amor. Quiten la agresividad y lo que queda es esto. No lo publiqué porque no tenía con qué financiar la publicación y porque la conclusión, en 1942, no era bienvenida en ningún lado.

V. Las películas (1971)

Tenía setenta y tres años cuando volví a abrir las cajas.

No fue una decisión romántica. Fue que me mudé a un departamento más pequeño porque el anterior se había vuelto demasiado grande para un hombre solo, y al empacar encontré las latas de película apiladas detrás de una biblioteca. Las miré un momento. Después las llevé al nuevo departamento. Después, una noche sin otra cosa que hacer, las puse en el proyector.

Vi primero las películas africanas del 31.

Las había visto entonces, por supuesto. Pero entonces buscaba a Cupido en el aire, en el espacio entre el sujeto y las mujeres que desfilaban. Buscaba algo externo. Una perturbación. Una figura.

Esta vez, sin saber bien por qué, miré al sujeto.

Y vi algo que no había visto antes.

En el momento que yo había registrado en mis notas como posible flechazo — ese instante en que algo cambiaba en la expresión de Essomba, en que los parámetros vitales daban un salto antes de volver a la normalidad — el ojo derecho del sujeto hacía un movimiento extraño. No era un parpadeo. Era algo más sutil: una contracción del músculo orbital inferior, brevísima, casi imperceptible.

Revisé las otras películas. El mismo movimiento. En todos los sujetos. En el mismo momento.

Aumenté el zoom hasta el límite de la resolución.

Y ahí estaba.

En la mejilla derecha, exactamente debajo del ojo, en el instante del movimiento: una gota.

Pequeña. Transparente. Que aparecía y desaparecía en menos de un segundo, reabsorbida antes de llegar a formarse del todo.

No era sudor. El ángulo era incorrecto. La composición de la piel en esa zona no produce sudor de esa forma.

Era el inicio de una lágrima.

Me quedé sentado frente al proyector apagado durante un tiempo que no puedo calcular con precisión. Afuera llovía. Adentro, en el departamento demasiado pequeño para un hombre solo, algo se reorganizaba.

VI. El experimento final (1972–1974)

Tenía setenta y cuatro años y artritis en la mano derecha. No importaba. Había esperado cincuenta años para esto.

La hipótesis era la siguiente: en el momento del enamoramiento, el cuerpo humano produce un compuesto lacrimal de composición desconocida. Ese compuesto es el mecanismo. Eso es la flecha.

Para probarlo necesitaba capturarlo.

Lo que siguió fueron dos años de trabajo que no describiré en detalle porque implicarían revelar métodos que varios comités de ética considerarían objetables. Diré solamente que involucró voluntarios, estímulos emocionales cuidadosamente seleccionados, equipamiento de microanálisis que tuve que importar de Alemania a un costo que consumió la mayor parte de mis ahorros, y una cantidad de películas románticas mexicanas de los años cuarenta que me dejó una melancolía residual de la que nunca me recuperé del todo.

El compuesto fue aislado en marzo de 1974.

Lo llamé Lacrymina-C, porque a mi edad uno puede permitirse cierta teatralidad.

Su estructura química era extraordinaria. Reconocí en ella, inmediatamente, una familia molecular cercana al Compuesto C-7, mi gas de guerra. La misma familia, sí, pero con una potencia que los instrumentos tardaron tres días en confirmar porque los primeros resultados me parecieron un error.

No era un error.

La Lacrymina-C era, en su acción sobre los receptores de apego y benevolencia, aproximadamente diez mil millones de veces más potente que el C-7.

Diez mil millones.

Me senté con ese número durante una semana.

Después escribí la conclusión.

VII. Conclusión

Cupido no tiene alas.

Cupido no tiene arco. No tiene flecha. No es un bebé rechoncho flotando sobre los parques en tardes de domingo disparando proyectiles a los incautos.

Cupido es una lágrima.

Más precisamente: Cupido es un compuesto lacrimal producido por el cuerpo humano en el momento exacto en que algo — un rostro, una voz, un gesto, una forma de reírse antes de terminar las frases — activa en el sistema nervioso una respuesta que no tiene nombre científico todavía pero que los poetas, con su habitual imprecisión útil, han llamado siempre amor.

El cuerpo llora antes de saber que está llorando. La lágrima no llega: se produce, se reabsorbe, deja su carga química en el torrente sanguíneo, y el sujeto no sabe que nada ocurrió. Solo sabe que algo cambió. Que esa persona, de alguna manera, ya es distinta a todas las demás.

Eso es la flecha.

No viene de afuera. Viene de adentro.

Cupido no te dispara. Cupido eres vos, en el momento exacto en que algo te rompe lo suficiente como para producir una lágrima que no llega a caer.

Escribo esto a los setenta y seis años, en un departamento que huele a papel viejo y a café recalentado, con la artritis avanzando por la mano izquierda ahora también.

No publiqué nada de esto. No porque no pudiera: porque no sé a quién le importa. La ciencia no quiere esto. Los enamorados tampoco: nadie quiere que le expliquen el mecanismo. Es como contarle el truco a alguien que está disfrutando del ilusionismo.

Consuelo se divorció del contador de Guadalajara en 1948. Me enteré tarde. Para entonces yo estaba en el Congo, o en Europa, o en algún sótano con corazones de mono latiendo en cubetas de vidrio. Para entonces yo estaba, como siempre, buscando lo que tenía enfrente y no sabía ver.

Pienso a veces que en algún momento de 1921, en algún lugar entre su cara y la mía, mi cuerpo produjo una Lacrymina-C que no llegué a sentir. Que la flecha me pasó rozando y yo estaba mirando para otro lado, buscando al querubín en el aire.

Eso me parece, a esta altura, lo más científico de todo lo que descubrí.

El amor no se atrapa. Ocurre. Y si no estás mirando en la dirección correcta en el momento exacto, no hay experimento en el mundo que te lo devuelva.

Archivo cerrado.

Dr. Aurelio Castañeda Pereyra México D.F., noviembre de 1974 Sin afiliación institucional. Sin financiamiento. Sin arrepentimientos verificables.

La Lacrymina-C fue redescubierta independientemente por un laboratorio suizo en 2003. Le pusieron otro nombre. Publicaron en Nature. Ganaron un premio.

El Dr. Castañeda había muerto en 1981.

En su departamento encontraron dos cosas: las cajas con las películas y una fotografía de una mujer que nadie supo identificar.

La fotografía estaba en el espejo del baño.


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