#Ellas52: Martha M. (48/52)
La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos sino lo que somos.
#Ellas52: Martha M. (48/52)
La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos sino lo que somos.
Fernando Pessoa

I
La primera vez que descubrí en mí unas ganas incontrolables por escribir iba en segundo de secundaria. Una tarde encontré en la sala de mi casa unas hojas impresas con un cuento que me atrapó desde la primera frase. Mi mamá me vio leyéndolo, se me acercó y me dijo que lo había escrito M.M. Asentí, pues ya había llegado al final de la líneas, donde aparecía su nombre, el lugar y una fecha.
Yo sabía bien quién era ella, en ese tiempo trabajaba con mi mamá, aunque antes había trabajado en otros proyectos con mi papá. No sé si en ese momento ya la conocía en persona, tal vez sí, pero supongo que, por mi edad, era demasiado temprano para estrechar algún vínculo.
El cuento del viajero era corto y redondo: empezaba como terminaba. Causó tal impacto en mí, que decidí llevarlo a la escuela para compartirlo en la clase de lectura y redacción, mi clase favorita del momento. Lo leímos y, más tarde le confesé al maestro que si un día yo lograba escribir algo así, podría estar satisfecha.
Durante mucho tiempo guardé la copia del cuento y lo revisitaba cada tanto, incluso podía recitar el primer párrafo de tantas veces que lo leí. Pero los años trajeron capas de polvo y miedo, bajo ellas escondí las ganas de escribir y postergué la práctica.
II
Llegué unos minutos tarde al desayuno en la Condesa. Casi al sentarme me enteré de que más tarde se nos uniría M.M. para formar parte del proyecto al que se me invitaba a trabajar. Sentí alegría de verla después de tantos años y, al mismo tiempo, noté cómo el sudor inundaba mis manos.
Cuando la vi llegar confirmé el gusto que me daba verla, y en cuanto la escuché hablar, mi admiración. Qué buen reto trabajar a su lado y aprender de su creatividad y entusiasmo.
En cuanto terminamos la reunión, caminamos juntas un rato, compartimos un pan de muerto. Todas las historias que me contó me llenaron de inspiración y ganas por seguir observando el mundo y conociendo lugares y personas que lo enriquecen. Ese mismo día me presentó a un amigo suyo que trabaja tiñiendo y diseñando textiles. Al despedirme, caminé un buen rato pensando en lo afortunada que soy por haber llegado a este punto del camino en donde puedo escuchar algo de todo lo que ella tiene para contar.
III
Es extraño entrar por primera vez a un lugar y no sentirse extraño. Eso me pasó esta tarde, cuando vi a M.M en su casa para trabajar. Después de compartir su escritorio, de organizarnos para trazar un proyecto emocionante, de buscar las palabras correctas, me preguntó si me quedaba a cenar. Me recorrió un calorcito, dije que sí, y en silencio me pregunté qué significa “sentirse como en familia”.
M.M., además de haber sido una fuente de inspiración secreta en mi adolescencia, es mamá de Matías. Y Matías es mi primo, aunque lo he visto sólo tres veces a lo largo de sus casi-quince-años. A pesar de eso, sentí una familiaridad particular hoy que estuve con ellos y me compartieron la cena. Sentí un vínculo expandiéndose en varias direcciones. Hablamos para conocernos como si ya nos conociéramos.
Como cada vez que la he visto, me conmovieron las escenas que me describió, me contagió de delfines y tortugas que me acompañaron hasta que estuve de regreso en mi casa.
Entonces fue inevitable dedicarle estas líneas, porque las ramas de la admiración han crecido y formado lazos que me hacen sentir agradecida por haber llegado hasta aquí, por los rumbos caminados por este viajero que también soy.
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