El polibandi eterno
/ Reflexiones en torno a la elección de bandos
El polibandi eterno
/ Reflexiones en torno a la elección de bandos
Texto: Humberto Fuentes / Fotografía: David López

Fotografía: David López
«Ser o no ser, aquélla no era la cuestión».
Amélie Nothomb, Metafísica de los tubos.
Tin, marín, de dos, pingüé; cúcara, mácara, títere, fue. ¿Cuántas patas tiene el gato? Una, dos, tres y cuatro. La manzana se pasea de la sala al comedor; no me pinches con cuchillo, pín-cha-me con te-ne…
El mismo mantra es repetido otras cinco o seis veces y la pandilla se divide en los dos bandos resultantes. Inicia el conteo. Unos se tapan los ojos; el resto se esconde. Dos, uno… Cero. Los que contaban se desperdigan por el área de juego. Griterío, risas infantiles: ha comenzado el «polibandi».
Entonces, un árbol se convierte en puesto de vigía para el «poli» y cualquier caseta abandonada en la guarida perfecta del «bandi». El sitio designado como cárcel se llena y vacía con intermitencia; en lo que un nuevo «bandi» es capturado, los demás reclusos se escapan. Algunas variantes del juego incluyen «polis» corruptos y «bandis» delatores. Los niños corren, saltan, se halan la ropa, ríen; protestan si les tocó ser «poli», se mofan en voz alta de resultar «bandi».
Cae la noche y las sombras se hacen cada vez más largas. Algunos niños se van por sí solos; otros son llevados a rastras por mamá y papá. Sin embargo, los hay que no regresan esa noche a sus casas y continúan jugando, en un «polibandi» eterno, a policías y bandidos, hasta el fin de los tiempos.
Siempre puse a Marino en mis equipos. Ningún profesor me obligó nunca a hacerlo. Tampoco es que le tuviera lástima. Simplemente, entendí que el único adolescente del batey aledaño al central «Humberto Álvarez» — otrora «Dos rosas» y hoy por hoy una torre gigantesca sin humo, azúcar ni central — que cursaba el séptimo grado en aquella secundaria básica de Varadero necesitaba ayuda; un empujoncito, vaya, para poder abrirse paso en un entorno tan hostil.
Marino, el indisciplinado. Marino, el revoltoso. Violento, contestón, bruto: bandido. Éstas y otras tantas fueron las etiquetas que le encasquetaron. Yo solo veía a un muchacho callado, más bien bajito, de peinado militar y uniforme ancho; mientras sus compañeros exhibían el último machimbrao del Príncipe — todavía no era el Taiger — , bíceps abultados y unos pantalones color mostaza que, de tan tubos, les impedían caminar bien o quitárselos para ponerse el short de educación física.
No pasó mucho tiempo antes de que Marino usara también el peinado de moda y los pantalones apretados. Llegaron el primer tatuaje, los piercings abiertos con aguja de coser y una cerda de escoba para que no se cerraran; el gimnasio a las cinco de la tarde, los cigarros. Fue más o menos por la época de la bronca en La Bolera. «¡Marino se está fajando!», gritaban a coro. «¡El otro tiene una botella!», agregó más de uno. No estuve presente, pero casi le oí gritar aquel «¡yo soy Marino, el hijo de Vladimir!» que reservaba para momentos de definición.
Muchas veces, cuando se reunía el equipo para hacer un seminario, el único que acudía era Marino. Me parece estarlo viendo, con su lápiz de punta afilada y aquella mirada noble, casi melancólica. Una vez, jugando con otros muchachos a lanzar un pomo de agua congelada, le partió la cabeza a uno que ni siquiera participaba en el juego. Cuando la mamá de este último llegó a la escuela y vio la expresión de Marino, solo atinó a decir, entre sollozos: «El día que tengas un hijo, me entenderás». Y esto sí nadie me lo contó: por primera y última vez en el tiempo y espacio que compartimos juntos, vi una lágrima descender por la mejilla del muchacho.
No recuerdo bien qué le llegó al terminar la secundaria. Preuniversitario no era; quizás un técnico medio, o algo relacionado con el turismo. No tuve más noticias de Marino hasta varios años después, cuando supe del accidente. Iba en un motor con un amigo, a alta velocidad. El amigo falleció; a Marino hubo que reconstruirle una pierna.
No hace mucho coincidimos. Al principio no lo reconocí; fue él quien se acercó, cojeando, y me saludó con efusividad. Flaco, barbudo, lleno de tatuajes. «Marino, de la secundaria», y estrechó mi mano con fuerza. Observándolo alejarse, tuve, por primera vez en la vida, la sensación de estar completamente seguro de algo: Marino podrá haber sido muchas cosas, pero no era — no es, no será nunca — un bandido.
Cormac McCarthy escribió en Meridiano de sangre que «(…) todo juego aspira a la categoría de guerra, pues en esta el envite lo devora todo, juego y jugadores». En el «polibandi», los niños protagonizan una guerra encarnizada: de un lado, los policías; del otro, los bandidos. Los unos husmeando en la maleza; su contraparte aguantando la respiración para no ser descubiertos. Como en la vida real, el policía persigue al bandido. No al revés.
Bandido. Palabra de significado un tanto contradictorio si nos remontamos a su origen; pues se trata, en realidad, de un participio cuyo infinitivo, «bandir» — del italiano bandire, «proscribir», y éste a su vez del franco bannjan, «desterrar» — , quedó en desuso hace ya un par de siglos y hacía referencia a la emisión de un bando de búsqueda, captura y ajusticiamiento contra determinado individuo.
En este sentido, cabría reflexionar lo siguiente: según la lógica original del término, el medio millón de campesinos cubanos obligados a abandonar sus hogares en 1896 por el bando de reconcentración de Valeriano Weyler — de ellos 300 000 fallecidos según datos ¿oficiales? — fue considerado, en su momento, medio millón de bandidos.
Podríamos concluir, entonces, que, antes de declarar a alguien «bandido», es preciso preguntarse: ¿quién emitió el bando que lo declara como tal?; ¿cuál es el contenido del mismo?; y, sobre todo, ¿cuántas personas, incluso cercanas al bandido en cuestión, aprobaron su condena sin siquiera leerla o, aun haciéndolo, no sopesaron las más profundas consecuencias de su desidia?
«Hoy viene el de La Paula», casi susurraban en aquella unidad militar donde pasé el Servicio. Llevaba escuchando sobre él desde que puse el primer pie en ella. Era algo así como una leyenda: el número de plantilla que los oficiales se saltaban en el pase de revista. «Está cumpliendo sanción por evadir el verde», decían los más viejos. No se sabía mucho sobre él; tan solo su apellido: Arévalo.
El día que llegó a la unidad, ni siquiera nos dimos cuenta. Recuerdo que veíamos el televisor, de noche, en los banquitos destinados para ese fin, y de un segundo a otro comenzó la haladera de camisas: «Míralo, es él». Al voltear la vista, lo encontramos al fondo de la salita, de pie, observando el televisor como uno más.
Flaco, alto, de tez oscura, pelo ensortijado y unos ojos inusualmente claros. En todo el rato que estuvimos viendo el televisor, Arévalo no se sentó ni articuló palabra alguna. Cuando el oficial de guardia decretó el horario de sueño, nunca lo vimos entrar al cuartel. Al otro día, luego de la diana matutina, lo descubrimos en el mismo lugar donde lo dejamos la noche anterior, aún de pie. Tardó varios días en hablar. Cuando lo hizo por primera vez, ya no se calló más.
Arévalo era de Méyer, un pueblito olvidado en las faldas del Escambray. Allí, el Caballo de Mayaguara, figura cuasi legendaria de la lucha contra bandidos, conformó su pelotón: los Potricos de Méyer; sólo a unos kilómetros del caserío que inspiró Condenados de Condado, de Norberto Fuentes. Arévalo, que no sabía del Caballo ni del comandante Bunder Pacheco, fue condenado a seis meses de privación de libertad en La Paula, cárcel del Ejército Central, por evadir el Servicio Militar Activo. Cuando le preguntamos por qué lo hizo, respondió con serenidad: «Nunca me entregaron la citación; yo estaba trabajando en el campo y en eso llegan y cargan conmigo porque, según ellos, estaba “escondido” allí, a pleno sol, en el surco».
Arévalo era el mejor jugador de damas y dominó de toda la unidad. «Lo aprendí en La Paula», decía, y luego agregaba: «era mi único entretenimiento». Su sistema de pases era distinto al de los demás, pues vivía demasiado lejos, así que salía una vez cada varios meses. A pesar de no poder aplicar al pase por estímulo — otorgado de forma diaria — , nunca dormía o se sentaba en sus guardias: las hacía al quilo, y a la jornada siguiente era el que más trabajaba.
«Ese no vira», dijeron cuando salió de pase por primera vez. Diez días. En la mañana del noveno, un camión militar se parqueó en la entrada de la unidad. ¿Y quién se bajó del asiento del copiloto? Mira tú: Arévalo. Llevaba en carretera desde la noche anterior: su octavo día de pase, de los diez que le tocaban. «Si no, no hubiera llegado a tiempo», sonrió.
Desde el primer día, Arévalo se hizo amigo de un perro sato que había en la unidad. «¡Boquivirao!», lo llamaba, y Boquivirao salía disparado a su encuentro, moviendo la cola. Era su fiel compañero, tanto en las largas horas de posta como en la búsqueda de nidos de gallina para hacer merengue con sus huevos. Con quien único hablaba por teléfono, noche tras noche, era con su esposa, una guajira mucho mayor que él. Ella lo llamaba, y él salía disparado para el teléfono, con una sonrisa de oreja a oreja.
Arévalo nos hacía muchos cuentos del campo. Trabajaba en su propia finca, con dos bueyes llamados, según él, «Negro-bueno» y «No-hay-ninguno». Cuando araba la tierra con ellos, gritaba: «¡Negro bueeeno…! ¡No hay ninguuuno!». La mayoría de los negros de la unidad, oficiales incluidos, reían a carcajadas cada vez que hacía el cuento; los menos lo miraban atravesado. Pero, ¿cómo acusar de racista a aquel guajiro flaco, alto, de tez oscura, pelo ensortijado y unos ojos inusualmente claros, que cubría guardias sin pedir nada a cambio, para que el negro y el blanco pudieran salir de pase a ver a la novia, los viejos, el hermano que estaba al irse?
Con el paso de los meses, me fui dando cuenta de que mis botas eran las más codiciadas de la unidad. Las supe cuidar, y después de un año continuaban como el primer día. Los que permanecerían allí luego de mi partida se las disputaban; incluso desde mucho antes de la fecha señalada. Todos menos Arévalo.
El mismo día de mi baja, se me acercó. «Déjamelas a mí, por favor. Para trabajar en el campo». No lo pensé dos veces; era quien más se las merecía. Al fin y al cabo, Arévalo, como ya se deben estar imaginando, tampoco era un bandido.
Según el Diccionario de la Real Academia Española, un bandido es un «malhechor, delincuente, persona sin escrúpulos» que, llegado el punto, eligió pertenecer a ese bando. Mas, ¿cuánto se hizo para evitar su elección — más bien aceptación — de un bando que lo acompañará, quizás, de por vida?
En ocasiones, dicha elección es dictada, influenciada, impuesta por un bando contextual, y eso es lo que a menudo ignoramos. Los bandidos no eligen su condición por medio de un piteo; la vida es mucho más compleja que un juego de niños. Ser o no ser, en materia de bandos y bandidos, no es la cuestión. No obstante, dado el caso — y lo siguiente no es un absolutismo ni mucho menos, sino otra reflexión entre tantas — : en el «polibandi», los jugadores prefieren ser bandidos antes que policías. Nada: cosas de niños.
메타데이터
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