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El país que empezó a expulsar a sus médicos

Gabriel Urrea Botero Abril 2026 — San Antonio, Texas

Gabriel Urrea · 2026-04-13 15:29 · 0 claps · 4.5 min read
#politica #inmigración #medico #salud #estados-unidos
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El país que empezó a expulsar a sus médicos

Gabriel Urrea Botero Abril 2026 — San Antonio, Texas

La política migratoria actual no solo redefine quién puede entrar al país, sino también quién está dispuesto a permanecer en él.

Esta semana, una médica de emergencias de origen venezolano en el sur de Texas fue detenida por agentes migratorios mientras viajaba con su hija de cinco años, ciudadana estadounidense, a una cita de asilo. Tenía un permiso de trabajo vigente y llevaba años ejerciendo en una región que el propio gobierno federal reconoce como médicamente desatendida. Había seguido el camino que se espera de quien llega a este país con la intención de integrarse: certificarse, trabajar, sostenerse dentro del marco legal, construir una vida profesional útil, y aun así fue detenida.

Ese tipo de historia no me resulta distante. Llegué a Estados Unidos con una visa H1B bajo la idea — bastante común en su momento — de que ese era el trayecto más directo hacia una residencia permanente. Pasé seis años en Baylor College of Medicine, formándome en programas de alto nivel, con la expectativa de poder continuar dentro del mismo sistema. Al terminar, la institución no tenía interés en patrocinar el proceso migratorio, y ese punto obliga a replantear el camino con rapidez.

La alternativa fue aplicar a un “waiver”, un mecanismo que permite permanecer en el país a cambio de trabajar durante varios años en zonas donde hay escasez de médicos. Así llegué a Gonzaba Medical Group, en San Antonio, con la idea inicial de cumplir un período limitado, estabilizar la situación migratoria y eventualmente regresar a Houston. Con el tiempo ese plan fue quedando atrás. Empecé a desarrollar un programa de manejo de heridas, a estructurar un equipo, a trabajar con pacientes que no tenían muchas otras opciones dentro del sistema. Terminé quedándome, como se han quedado muchos otros en circunstancias similares.

Ese recorrido corresponde a una de las rutas más frecuentes para médicos formados fuera de Estados Unidos. Algunos llegan con visa H1B, otros con visa J1, que luego implica un “waiver”. En ambos casos, el sistema los dirige hacia áreas donde la oferta local no alcanza. Los puestos se publican, existe prioridad para médicos estadounidenses y, si no hay interesados, se abre el espacio para quienes vienen de afuera. No es un atajo ni una excepción; es una forma organizada de cubrir una necesidad que lleva décadas siendo evidente.

Aproximadamente una cuarta parte de la fuerza laboral médica en Estados Unidos está compuesta por médicos formados en el extranjero. Esa proporción es aún mayor en atención primaria y en regiones rurales o de bajos recursos, donde la continuidad del cuidado depende en buena medida de esa presencia. En muchos de esos lugares, no se trata de complementar el sistema, sino de sostenerlo.

En los últimos meses, médicos con permisos de trabajo válidos han sido detenidos, y procesos migratorios que estaban en curso han quedado en suspenso sin mayor claridad. Personas que están insertas en programas clínicos, que tienen responsabilidades asistenciales y que han cumplido con los requisitos pasan de un día para otro a una situación incierta. En zonas donde ya hay escasez de médicos, la salida abrupta de uno de ellos se traduce en menos disponibilidad, en retrasos, en pacientes que quedan sin seguimiento adecuado.

Durante años, Estados Unidos ha atraído talento altamente calificado en múltiples disciplinas, no solo por razones económicas, sino porque ofrecía un entorno relativamente estable, con reglas que, aunque complejas, eran previsibles. Cuando esa previsibilidad se erosiona, el efecto no es inmediato pero sí acumulativo: empieza a notarse en quién decide venir, en quién prefiere irse, en cómo se percibe el país desde afuera.

Formar un médico dentro del sistema estadounidense toma años y requiere una inversión considerable. La incorporación de médicos formados en el extranjero ha permitido cubrir déficits en áreas críticas mientras se mantiene funcionando la estructura general. Alterar ese equilibrio sin una alternativa clara introduce tensiones donde ya existían limitaciones importantes.

Dentro del propio gremio médico no es difícil encontrar colegas — muchos de ellos latinoamericanos, formados fuera de Estados Unidos o hijos de inmigrantes — que han recorrido trayectorias de integración muy similares y que, aun con ese trasfondo, respaldan abiertamente políticas restrictivas asociadas a Donald Trump. Pasaron por exámenes exigentes, por procesos migratorios largos e inciertos, por residencias competitivas en un idioma que no era el suyo, y terminaron encontrando en este país un espacio para ejercer, crecer y construir estabilidad; conocen de primera mano lo que implica ese proceso. Aun así, en conversaciones clínicas, en pasillos de hospitales o en reuniones informales, aparece con frecuencia un discurso que distingue al “inmigrante que hizo las cosas bien” de otros grupos percibidos como una carga o una amenaza, una forma de ordenar la realidad que puede parecer coherente en teoría, pero que se vuelve inestable cuando las reglas cambian y esa misma línea empieza a desplazarse.

Detrás de muchas de estas decisiones empieza a perfilarse una lógica que no responde únicamente a criterios administrativos o de política pública, sino a una visión más estrecha de identidad nacional, donde la pertenencia se define en términos cada vez más excluyentes. Esa corriente no es nueva, pero su influencia actual es más visible y, en ciertos espacios, más determinante.

No es la primera vez que el país enfrenta este tipo de tensiones. La historia de Estados Unidos está atravesada por episodios en los que la definición de quién pertenece y quién no se ha estrechado de forma deliberada: desde la segregación racial institucionalizada durante la era de Jim Crow hasta distintas formas de exclusión dirigidas contra comunidades inmigrantes, incluyendo poblaciones hispanas en estados como Texas, donde la expansión territorial implicó también desposesión y desplazamiento. Esos antecedentes no son idénticos a lo que ocurre hoy, pero ayudan a entender que ciertas corrientes — marcadas por el temor al otro y por una noción restrictiva de identidad — no son nuevas. Lo que sí cambia es el contexto en el que se activan — y el costo que tienen cuando lo hacen.

Las decisiones migratorias siempre han tenido un componente político, pero cuando empiezan a interferir con áreas como la salud, sus efectos dejan de ser teóricos y se manifiestan en la práctica diaria. No se trata únicamente de quién entra o quién permanece, sino de cómo esas decisiones afectan la capacidad del sistema para sostenerse.

La necesidad de médicos en amplias zonas del país no está en discusión, ni tampoco el papel que han desempeñado los médicos formados en el extranjero para cubrir esa demanda. Lo que empieza a hacerse evidente es una desconexión entre esa realidad y decisiones que parecen ignorarla.

Un país puede darse el lujo de cometer errores ideológicos. Lo que no puede es desmantelar, casi sin darse cuenta, las estructuras que lo mantienen funcionando.

Y pocas cosas son tan difíciles de reemplazar como un médico que decide quedarse. Mucho menos cuando el propio sistema empieza a empujarlo a no hacerlo.

Si no estás en la mesa, estás en el menú. — Mark Carney

PD: Queridos amigos “ coconuts ” (morenos por fuera, blancos por dentro): tú no estás en la mesa, estás en el menú y vas subiendo puestos.


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