“Caer y Levantarse”: En tiempo de hacer guantes con la muerte
★★★★ y 1/2
“Caer y Levantarse”: En tiempo de hacer guantes con la muerte

★★★★ y 1/2
Fotografías: Sol Sábato
En el Teatro Coliseo Podestá de la ciudad de La Plata, Luciano Castro se presentó en su debut en formato unipersonal, bajo la dirección de Mey Scápola. “Caer y Levantarse”, escrito por la dupla autoral conformada por Patricio Abadi y Nacho Ciatti, ofrece un retrato descarnado de la vida íntima y profesional de un boxeador enfrentando su combate más decisivo. La destacada obra, ganadora de múltiples premios, viene de un periplo que incluye su permanencia en cartelera en Teatro Picadero así como una exitosa temporada turística durante el pasado verano en Mar del Plata.
El formato elegido ofrece una vía profundamente reveladora para narrar una historia de estas características, ya que condensa en un único cuerpo y una sola voz la tensión física y emocional que define su condición. El protagonista, Castro, criado en un gimnasio de box y luego entrenado por el campeón mundial Sergio Víctor Palma, resulta el actor indicado para otorgar espesura a semejante rol. A lo largo de cincuenta intensos minutos, debe corporizar tanto la resistencia como el derrumbe. Porque su Junior, poseedor de todas las miserias que un ser humano puede poseer, mira a lo profundo del propio abismo.
Un telón se levanta tras la figura del intérprete, y el mismo adquiere cambios de tonalidades de acuerdo a los climas emotivos que el relato transita. La puesta se completa con imágenes de un tiempo que guarda un especial lugar en el corazón del campeón: vendas humedecidas, suelo que patina, tribuna que grita, agua hervida para panchos. La memoria es sensorial. De la boca de Castro emergen párrafos que traen perfumes de la infancia, recuerdos de Mar del Plata, ese aire inconfundible y lugar que lo vio crecer, en el que fue feliz a su manera…entre abrazos, retos y bifes. Nada más parecido a la libertad. Más tarde, la vida mostrará a Junior realidades más amargas.
La ausencia de otros personajes sobre las tablas –aunque presentes en el imaginario que se recrea– intensifica el pulso dramático: todo se juega en la respiración, en la cadencia de la palabra y en la gestualidad; en la velocidad que lleva cada impacto. La voz en off de Osvaldo Príncipi embellece una epopeya deportiva que avanza, en paralelo, al transitar personal, evocando también las míticas noches de los ’80 en el Luna Park. La esquina de Corrientes y Bouchard, cuna del boxeo argentino en un tiempo de elite para el deporte, cuando las plateas del recinto se llenaban de celebridades.

El espectáculo también funciona como un honesto homenaje a Uby Sacco, cuya trayectoria se viera marcada por un fulgurante ascenso y una abrupta, penosa, caída. Junior hace sombra imitando los movimientos del protagonista de una de las grandes tragedias modernas de nuestro box; mezcla de rebelde, provocador, esgrimista y modelo. Epítome del campeón rodeado de malas compañías. Ambas existencias parecen espejarse: alguna vez, aquel chico de flequillo, que luego se calzó el cinturón de campeón, es hoy quien se apropia de la enseñanza vital de una lección boxística válida de ser aplicada en la más absoluta cotidianeidad: cuándo hay que aprender a esquivar los golpes. Los que duelen de verdad.
Centro de todas las miradas en tan adverso contexto, Castro rememora instantes de suma emotividad; varias veces se quiebra en escena. De esta manera, la puesta se transforma en un ring simbólico, donde la voz solitaria -desde su figurativa reclusión- expone la presión que implica triunfar, el espejismo que toda gloria trae aparejado y la crudeza de un cuerpo que, aun en su fragilidad, lucha por permanecer de pie. Cuando el ojo de tigre parece haberse extraviado, las pérdidas, dentro y fuera del ring, no hacen más que sucederse. La soledad del cuadrilátero -o la prisión- resulta análoga a cualquier otra instancia de vida. Junior carga con sus miedos, cicatrices y deseos. Solo y sin red sobre el escenario. Una vez que te sacan el banquito, diría Bonavena…
La dramaturgia sostiene dicha tensión con un texto despojado de solemnidad, gracias a autores que saben llevar la curva dramática del personaje y la historia. El relato oscila entre la memoria y la confesión, entre la rabia contenida y la fragilidad apenas disimulada, generando una experiencia donde el espectador se convierte en confidente de un combate interior. Junior, el campeón argentino y sudamericano, aquel llamado a cumplir el sueño de su padre, es también su propio enemigo, y su destino se encuentra marcado por no pocas contradicciones: afín a la noche y a los excesos, coloca piedras gigantes en su camino con destino de gloria. La suya es una de otras tantas historias marginales, vinculadas a las tentaciones, un boxeador tratando de salvarse y salvar a los que creyeron en él.
“Caer y Levantarse” es una sensible pieza que, gracias a un sensible intérprete, honra la nobleza del oficio pugilista y maximiza la potencia del unipersonal para revelar el lado luminoso de un hombre que pelea contra todo, incluso contra sí mismo, hasta descubrir dónde se halla el auténtico triunfo y sentido de la vida. Por ello seguirá de pie, caminando, con la vista puesta en un punto que une el horizonte y el cielo.

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