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Pasante, episodio 1: un teléfono

Esta mañana le mandé un mensaje a la nueva del despacho y me contestó. No pretendo negar que, debido a la espontaneidad y lo relajado de su…

Miguel Pulido · 2025-01-16 06:31 · 5 claps · 8.1 min read
#humor #derecho #scjn #godin #novela
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Pasante, episodio 1: un teléfono

Esta mañana le mandé un mensaje a la nueva del despacho y me contestó. No pretendo negar que, debido a la espontaneidad y lo relajado de su respuesta, estoy por demás contento. De hecho, no me ha sido posible eliminar la sonrisa de mi rostro al grado que Esperanza, la secretaria del doctor, lo notó tan pronto me vio. Cuando me dirigía de vuelta a mi escritorio tras servirme un café, Esperanza me dio alcance en el pasillo y me dijo “bueeeeno, ¿y’ora qué contigo Pasante? ¿Pus qué? ¿Por qué traes cara de menso?” Ante tan cariñosa preocupación por mí, sólo atiné a ofrecer como respuesta una sonrisa aún más grande.

Siempre he pensado que en la fluidez del diálogo está la clave de una relación profunda y estable. No puedo dar testimonio de ello con hechos propios, pues nunca he tenido novia, pero he observado mucho lo que sucede en mi entorno. Mis padres, por ejemplo, suelen pasar prolongado tiempo en el mismo espacio, cómodamente, como si se hubieran olvidado de la existencia del otro. Su disciplina para intercambiar con suma rapidez, uno tras otro, largos silencios es muy destacada.

En lo que hace a mi reciente vínculo, dada la velocidad de respuesta en mi comunicación vía mensajes tengo una fuerte corazonada de que hay algo. Siento que la conexión va más allá de la camaradería laboral. Escribí e inmediatamente recibí respuesta. Fluidez. Diálogo. Aunque, la verdad sea dicha, no sé bien cómo dilucidar el significado de la imagen que recibí: un niño desnutrido que baila sin camisa, con los pantalones a media cadera, posando unas gafas de sol y haciendo señas como pandillero con las manos.

Derivado de la ambigüedad interpretativa a la que invita la comunicación a base de iconografía, me entró un poco de nervio. Por un momento me asaltó la duda si, en el ánimo de conversar, pude haberme excedido ingresando a las arenas de la extrema informalidad. Peor, que mi mensaje violara alguno de los códigos del despacho. Así que releí el texto que le envié a Fernanda, sólo para estar seguro de no haber sido transgresor.

Primero, verifiqué la hora: 8:48 am. Un horario decente pensé, dice de mí que estoy listo para la jornada que por contrato empieza 9:00 am. Quizá en el marco de la comunicación institucional podría estar en una zona gris, aunque interpretada bona fide la hora da cuenta de que no soy un invasor de espacios personales y respeto nuestra política laboral de “derecho a la desconexión”. Trascendidas las formalidades, migré al análisis de contenido. Leí para mí en voz alta el texto: “aunque no me especializo en la materia de competencia económica, me permito compartir contigo esta sistematización de precedentes que tenía sobre igualdad y que son aplicables exactamente al asunto que te asignaron”. Quizá mentes más recatadas y formalistas que la mía puedan considerar que soy muy indulgente conmigo mismo en este análisis, pero en mi fuero personal encontré que mi corta misiva estaba dentro de los extremos de la cordialidad. Nada más. Por tal razón, de forma pronta y expedita resolví que en esa parte tampoco tenía de qué preocuparme. No obstante, una nueva duda me asaltó: ¿no habría sido mejor enviar un correo electrónico y no un mensaje de WhatsApp? Vi una vez más al famélico infante del sticker que me envió Fernanda y de nueva cuenta sonreí.

Consciente de que no trabajo en el área de derecho corporativo del despacho y que por tal razón no podía continuar con esa actitud improductiva estando en horas laborales, decidí poner fin a la dispersión que me causaba la comunicación recién entablada con Fer. No sin antes, eso sí, decirme con la voz interior que no había margen para otra interpretación: el raquítico esqueleto del niño haciendo señales era un vestigio. De los buenos.

Justo me disponía a guardar el teléfono en la bolsa de mi saco cuando vi claramente que Zamarripa se acercaba a paso firme hacia mí. Con la intención de levantar una barrera de comunicación que lo inhibiera de hacer contacto, dejé caer el teléfono al piso para tener las manos libres y poder tomar el expediente más abultado de los que estaban frente a mí. Con un dedo hice el ademán de seguir la lectura de un renglón importante y puse rostro de extrema concentración. Zamarripa llegó y me cerró el expediente con cierto atrevimiento, después apuntó fijamente los ojos al teléfono en el piso e hizo un pequeño extraño, como sugiriendo que debería levantarlo. Yo le regresé una mirada de aquí no pasa nada. Inmediatamente lo olvidó y pasó a lo suyo. “Pasante, wey, tienes que escuchar esto. Guess who nailed it, baby? Me mamé, hice un eagle, un doble eagle, un birdie y casi todos los demás hoyos pares. Rob estaba feliz y el cliente rayado. Pinche tarjetaza, como de McIlroy.”

En ocasiones me pregunto si Zamarripa sufre de algún padecimiento especial que lo haga incapaz de recordar ciertas cosas. Pero, a juzgar por otras limitaciones de comunicación y escritura que tiene, tiendo a pensar que no es más que un tarado promedio. Es buena persona, pero hasta en eso es mediocre, su incapacidad no es biológica sino socialmente adquirida. Le he dicho más de veinte veces que no tengo la menor idea de lo que habla cuando me cuenta cómo le fue en el golf y siempre vuelve a lo mismo. Ante lo irremediable de esa circunstancia, de plano, mejor he optado por ignorar su reincidencia y de paso divertirme. Para mí es un asunto de optimización del tiempo. Cada vez que le confesé no entender absolutamente nada de lo que hablaba, Zamarripa comenzó siempre de cero con explicaciones absurdas, me preguntó cómo es posible que no juegue golf y volvió una y otra vez a contarme cuando estuvo en la academia en Bradenton, Florida y que conoce a una tal Nelly Korda. Nombre que recuerdo gracias a la aplicación nemotécnica de nel y es gorda.

Ante el caudal de evidencia de su imposibilidad de discernimiento, he optado por pretender una conversación intercalando palabras que le he escuchado y listo. “Has retomado el estándar que te caracteriza Zama. La semana pasada tiraste casi puros bogeys y mírate ahora. ¡Qué cosa! No sé cómo le hiciste para dejar ese shank que te traía tan mal.” “Ando en modo champ, Pasante. Fucking champ.” Excitado, Zamarripa pretendió que estaba en un campo de golf, en posición de golpeo, flexionó las rodillas de manera chistosa e hizo un movimiento brusco girando los brazos con las manos entrelazadas. “Pum, papá, allá va… Anyways, fíjate que el cliente está en un pedote y Rob me pidió que te metiera al equipo. Ya sabes, sumar ideas. No me vengas con que los temas bursátiles no son tu especialidad y que el socio y que whatever. Ya está en tu correo el invite. Bueno, como te decía, pinche score mamón. Desde la salida sentí que era mi día, tú te la sándwich, el primer hoyo es par 4 y la puse ahí. Fino, 250 yardas caón.”

Al parecer, Zamarripa estaba decidido una vez más a quitarme el tiempo con los insustanciales detalles de su travesía en el club de golf Chapultepec. Por mi parte, de plano me resigné y mientras hablaba comencé a calcular cuánto tiempo tendría que reponer en la madrugada a causa de la merma en el desempeño que su visita me causaría. Por suerte, en eso se apareció a pie de mi escritorio el licenciado Pérez-Lostanau, quien al llegar, sin intención alguna, pateó el teléfono que estaba tirado en el piso. Al sentir el contacto bajó la mirada y vio el aparato deslizarse por el suelo, torció la boca y nada más. “Buenas tardes jóvenes. Pasante, voy a comer con el cliente de la regulación sobre rentas breves que hablamos ayer” dijo como tratando de esconder que hablaba de Airbnb. “Mándame en un mensaje los argumentos que me dijiste. Es el CEO, no el jurídico, así que ¡por favor! no te claves. Necesito un punteo muy concreto y es para ayer.” Al terminar su frase, puso el énfasis en “es para ayer”, esa contradicción en el manejo de la temporalidad tan usada por los jefes del despacho, con la intención de sugerir urgencia, que yo encuentro incoherente por las razones que explica la retrocausalidad. En adición, debo decir que los asuntos del licenciado Pérez-Lostanau me parecen más aburridos que agarrarse a besos con un clavo, pero es socio del despacho, así que disfracé el impulso por corregirlo y la apatía que me produjo su petición bajo una educada respuesta. “Ahora mismo se lo mando licenciado.”

En fin. La vida y sus curiosos ejercicios alexianos de ponderación para conciliar valores antagónicos. Esa interrupción me dejó más trabajo, pero también espantó a mi golfística visita. Tan pronto llegó el licenciado Pérez-Lostanau, Zamarripa se hizo el distraído, como si sólo hubiera pasado por ahí, alzó la mano en señal de despedida y se fue. A la distancia noté que mientras regresaba a su oficina iba haciendo ridículos movimientos fingiendo golpeos de golf y celebraciones, chocó las manos en alto con el licenciado Camarena y se hizo señas con Gurvitz o tal vez era Berlanga o alguno de esos. No es fácil distinguirlos de lejos y además no le presté demasiada atención, pues tenía otras turbaciones.

Con el retorno de la tranquilidad y mi espacio laboral liberado me permití ponerme a cuatro patas en el suelo e inclinarme para sacar el teléfono que, con la patada del licenciado Pérez-Lostanau, había ido a dar a un lugar de difícil acceso. Me estiré tanto como pude y alcancé a sentir la esquina de la carcasa. Tan pronto estuve a ras del piso noté que el personal de limpieza llega poco a estas esquinas y pensé que eso no habla bien de su compromiso institucional. También reflexioné sucintamente en que es difícil que logren especialización o dominio de sus tareas con las altas rotaciones que tenemos. Cada servicio externo es peor que el anterior y la gente cada vez dura menos en sus responsabilidades contractuales. Pero no sólo tuve pensamientos para el esquema de explotación laboral del que participa el despacho, evadiendo los efectos y el espíritu de la reforma que prohíbe el outsourcing, también pensé en que seguramente tendría que llevar el traje y la corbata que estuvo rozando el suelo lleno de polvo de nueva cuenta a la tintorería. Con lo cara que está.

Me acomedí con determinación al objetivo de recuperar el teléfono. Tan pronto mis yemas hicieron contacto firme con el dispositivo comencé a friccionarlo. Un par de esos esfuerzos repetidos acompañados de dos o tres gemidos permitieron que el teléfono superara la superficie rugosa que le impedía deslizarse. Ya con los centímetros ganados fue muy fácil tomar posesión plena de él, lo hice con la enjundia de quien encuentra un bien mostrenco. Apreté el teléfono ejerciendo presión entre mi dedo pulgar y el índice. Entonces lo acerqué lentamente inmerso en una meditación: la súplica para que no estuviera dañado. “Que esté bien, que esté bien” susurré con el temor que impone conocer su precio. Bueno, conocer el precio y también el análisis pormenorizado que hice de las cláusulas abusivas del contrato de adhesión a 36 meses sin intereses que suscribí durante el Buen Fin. Cuando finalmente llegó a mí, o lo correcto es decir, cuando lo traje hasta a mí, lo giré de súbito sólo para descubrir que el iphone 15 había salido ileso del azotón que le propiné. Tal fue mi excitación por tal eventualidad -y quiero insistir que también derivado del precio y sobre todo del estudio de las cláusulas leoninas de esa aberración jurídica llamada contrato de adhesión- que impulsivamente lo besé mientras repetí con firmeza un par de veces: “qué bueno que estás bien chiquito.”

Estaba totalmente entregado a mi gesto de gratitud casi lamiendo la pantalla del teléfono, y en una posición ciertamente retorcida, como entre genuflexión y esa posición de yoga conocida como perro boca abajo, cuando sentí la poderosa energía de una mirada sobre mí. Alcé la vista sólo para descubrir el rostro de Fernanda en total asombro. Con la espontaneidad que caracteriza nuestra comunicación le dije: “Hola Fer, ¿puedo ayudarte en algo?”. Tuve la impresión que sus ojos juzgaron mi cercanía con el suelo. “Eeeeh… mmmmmh… solo quería darte las gracias por tu documento, está buenísimo.” Se dio la media vuelta y se fue. Diálogo. Fluidez.


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