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Los que sentimos demasiado.

No recuerdo cuándo fue que me di cuenta de que tendía a sentir el doble: doble dolor, doble felicidad, doble todo.

Khalee$i · 2025-09-22 04:57 · 2 claps · 1.6 min read
#emocional #duelo
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Los que sentimos demasiado.

No recuerdo cuándo fue que me di cuenta de que tendía a sentir el doble: doble dolor, doble felicidad, doble todo.

Mis abuelos paternos fallecieron hace muchos años. Primero se fue mi abuela. Ella se llamaba Julia. Tenía artritis y otras enfermedades crueles. Recuerdo que nos decían que siempre preguntaba por mi papá: — “¿Mincho?”, decía. “¿Cuándo va a venir Mincho?”

Mi papá siempre se sintió fuera de lugar entre sus hermanos. Era más sensible, más sentimental… como una oveja en una manada de lobos: fríos, machos e indiferentes. Y por eso mismo, mi papá no iba de visita. Por tanto, tampoco íbamos mis hermanos y yo.

Pero cuando íbamos, todo era lindo. Mi abuela siempre corría a sacar su olla para café, su bastón, y usaba una pañoleta con ´´hojitas verdes felices´´ que me causaba gracia. Mi abuelo se llamaba Roberto, siempre estaba sentado, descansando después de haber trabajado en la tierra, con su sombrero en la rodilla y sus botas de hule llenas de lodo y su piel roja por el sol.

Un día mi abuelo empezó a decaer. Le diagnosticaron Alzheimer, y siempre que recuerdo que esa enfermedad existe me dan ganas de llorar. Se me hace una enfermedad abusiva, intrusiva, malvada… sin ningún tipo de piedad.

Y de repente, ya no me reconoció. Ni a su hijo. Solo reconocía a mi abuela.

Cuando ella murió, yo no lloré. Juro que quería hacerlo, pero no podía. Veía a mis primos deshacerse en lágrimas, rogando e implorando a Dios que no fuese cruel, y yo… no podía llorar.

Meses después, mi abuelo se fue con ella. Tampoco lloré. Y sí que me dolió.

Vi llorar a mi papá. Mi papá, que fue su niño alguna vez. Mi papá se había quedado sin sus padres.

Un año después, vinieron fugazmente a mi cabeza… y ahí comenzó mi duelo. Lloraba todos los días. Me arrepentía por no haber ido más seguido con ellos. Sentía una nube de culpa y tristeza, porque sabía que ya no los volvería a ver.

Hasta el día de hoy les lloro a veces. Ya no por culpa, sino porque los echo de menos. Y porque siento en el pecho lo que mi papá podría seguir sintiendo: añorando sus abrazos, extrañando el café que le hacía su mamá, extrañando a su papá, las festividades que ya no puede celebrarles.

Es como si me pusiera en su lugar, como si me metiera bajo su piel y sintiera aquel vacío… aquel hueco en el espacio que solo les pertenece a los padres en el corazón de sus hijos.


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