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La Trampa: Galletas Amargas de Serial Killer

El umbral · 2024-08-26 19:19 · 0 claps · 3.0 min read
#pelicula #cine #suspenso #shyamalan #serial-killers
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La Trampa: Galletas Amargas de Serial Killer

Hace un par de fines de semana fui a ver La Trampa, novísimo largometraje de M. Night Shyamalan, sin palomitas y con el único objetivo de pasar un buen rato, pero lo que encontré en la pantalla… me dio para muchos días de reflexión. Más allá de que el largometraje sea una inclusión forzada de los pininos de su hija Saleka, no cabe duda que la propuesta es interesante, aunque no necesariamente certera. La historia del multihomicida Cooper, apodado por los medios como El Carnicero por sus despiadados crímenes, es también la de la relación con su hija adolescente Riley y he ahí el primer acierto: una trama centrada en la perspectiva del asesino, que va destapando los rasgos de una personalidad obsesiva y retorcida que se adereza con no mostrar ni una sola gota de sangre durante el desarrollo del concierto.

Mientras Cooper comienza a darse cuenta de las medidas exageradas de seguridad (lideradas por una investigadora del FBI que, la verdad, ni al caso) para el concierto de Lady Raven (Saleka Shyamalan) y entiende los límites del juego que representa esta trampa, experimenté una sensación de ansiedad generalizada por saber cómo podría salir de aquel embrollo imposible de resolver… y resultó una sorpresa agridulce encontrarme con una caricaturización extrema de cada uno de los personajes secundarios (desde la madre controladora de una de las compañeras de escuela que acosa a Riley hasta el vendedor de camisetas introvertido que hace migas con Cooper) y de las situaciones que les envuelven. La Trampa es un gigantesco conjunto de deus ex machina, que no sé si me agotaron o en realidad no me molestaron y me parecieron una manera autorreferencial y picarona de resolver la situación, haciendo uso de una tensión cómica que tiene su culmen en la secuencia que tiene lugar en la casa de Cooper, habiendo llevado todas las coincidencias, lugares comunes y milagros al límite de lo irracional.

Fotograma de La Trampa (Shyamalan; 2024).

Fotograma de La Trampa (Shyamalan; 2024).

El concierto, despliegue exagerado y robapantalla de Saleka, me pareció un preámbulo, una especie de antesala para, únicamente, configurar un final, guardando todas las distancias, cardíaco. La película se siente como una mezcla para galletas con toques de todas las especias y condimentos que Shyamalan encontró en su alacena creativa, que por momentos puede tener dejos de sabores firmes, pero que termina en un regusto amargón.

La Trampa, entonces, no fue tan bien aceptada por mi subconsciente. Aún no decido si es un ejercicio sesudo y paródico del género o si solamente es un guion escrito al calor, sin pensar demasiado en los “durantes” y preocupándose, al parecer en exclusiva, por parir algunas imágenes y secuencias de una tensión particular que hubieran funcionado mejor como cortometrajes de pocos minutos de duración, ahorrándonos la pena de tragarnos un concierto que, si bien puede tener sus puntos a favor, nadie pidió.

Los guiños hacía una crítica sobre el consumo masivo de los nuevos ídolos, endiosados por los más jóvenes, se quedan en eso: comentarios insípidos, nada del otro mundo, nada que pase de dar pie a algunas reflexiones superficiales sobre la mercantilización de ciertas personas y el fenómeno de seguimiento e idealización que despiertan.

Fotograma de La Trampa (Shyamalan; 2024).

Fotograma de La Trampa (Shyamalan; 2024).

Aun con todo, debo admitir que no me la pasé mal, especialmente los últimos veinticinco minutos, cuando se empiezan a unir las piezas; pero algo con lo que mi roñez no pudo lidiar, fue con la amenaza de una posible y casi asegurada secuela, que seguramente escudará los daños de la primera parte con el pretexto de que fue una introducción a un nuevo personaje de una inteligencia sobrenatural, que se unirá, muy probablemente, al panteón de los fenómenos perturbados de Shyamalan.

Y así, estimados cinéfagos del amor y de la vida, nomás no supe (en mi corazón claro que lo sé) si me mareó don Shyamalan y me fregó un buen rato para promocionar a su chamaca o si de verdad esto se trató, todo el tiempo, de reírse y proponer una película de suspenso distinta, que sabe burlarse de los errores comunes del género y que supo, también, carcajearse con la ya conocida reputación del cineasta. Quién sabe. Mejor no saber y quedarse con lo que uno entendió. Así es a veces.


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