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Carpooling: la llanta de refacción de la movilidad

La cultura de compartir viajes puede ser una gran auxiliar ante condiciones urbanas y laborales desafiantes.

Ricardo de la Barrera · 2025-10-17 00:36 · 0 claps · 18.9 min read
#carpooling #movilidad #clima-laboral #transporte #león-guanajuato
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Wiki topics: 📊 · Economic Policy

Carpooling: la llanta de refacción de la movilidad

La cultura de compartir viajes puede ser una gran auxiliar ante condiciones urbanas y laborales desafiantes.

¿Qué tan seguido ofreces un ride a tus colegas? Quizás no lo hagas muy consciente, pero podrías estar mejorando sustancialmente la calidad de vida de esas personas.

León. El sueño mexicano

Cuando era niño, cada vez que iba a León, Guanajuato, me sentía como en lo que yo suponía que eran varias de las ciudades del sur de Estados Unidos: sus avenidas de alta velocidad y de varios carriles, pasos a desnivel, buena iluminación nocturna, aire cálido, tiendas de franquicias americanas, outlets de calzado, etcétera. Complementado por el hecho de que siempre nos quedábamos con unos familiares que vivían en un club campestre de golf — al estilo de los suburbios americanos — , el cual en ese entonces aún no había sido encapsulado por la ciudad. En fin, siempre que iba me sentía como de vacaciones, un destino en lo que, para mí, en ese entonces, era símbolo de modernidad y progreso (y eso que yo crecí en el Distrito Federal).

León tenía algo especial, algo que el mexicano promedio busca en su afán de tener una vida al estilo americano. Que, por cierto, este aspecto aspiracionista tan arraigado en el colectivo es lo que considero que ha definido fuertemente el modelo de desarrollo de las ciudades mexicanas.

“La Antorcha Maratónica”

Más tarde, ya de adulto, en 2019, y a un año de haberme graduado de arquitecto, me ofrecieron un trabajo en el departamento de construcción de una empresa minera, en León . Me emocionó la idea de irme a una ciudad más grande (en ese entonces vivía en Morelia), y es bien sabido que la zona del Bajío, en especial esta ciudad, tiene buen desarrollo económico gracias a su producción industrial. Pero también sabía que iba a ser un reto, pues no tenía carro para moverme y las oficinas se encontraban junto a un monumento que le llaman “La Antorcha”, en un retirado cerro de la periferia. Lo bueno es que, a mis veinticinco años, la emoción por una nueva vida y una oportunidad profesional era mayor que cualquier condicionante.

Comencé viviendo en la casa de mis tíos, en el mismo fraccionamiento tipo campestre, el cual estaba al pie del Periférico Blvd. Morelos, algo muy conveniente si tienes carro — o incluso bicicleta —, pues cuenta con una ciclovía central que conecta con buena parte de la ciudad. A mí no me daba muy buena pinta porque la sentía aislada de la vida pública, y en esos días había escuchado que ahí habían asaltado a un conocido y le habían robado la bici. Eso no quitaba que fuera vital, pues mucha gente la utilizaba.

Para dimensionar: En 2018 se contabilizaron 45,731 usuarios a partir de aforos ciclistas en 53 puntos de la ciudad (Contraloría Municipal de León, 2023), y un 89.7% de los viajes en las ciclovías son con motivo de trabajo (GIZ & ITDP, 2019).

“…además del riesgo vial, URBE ha documentado que los bajopuentes y camellones…son focos de asaltos a ciclistas” (Vilches, 2025). Bajo puente Hilario Medina (2025)

“…además del riesgo vial, URBE ha documentado que los bajopuentes y camellones…son focos de asaltos a ciclistas” (Vilches, 2025). Bajo puente Hilario Medina (2025)

León cuenta con una red de ciclovías de alrededor de 245 km, una de las más amplias del país (IMPLAN León, 2024). Sin embargo, cerca de 45 km presentan deterioro o detalles de diseño que pueden representar riesgos, y todavía hay desconexiones entre tramos y cruces (Contraloría Municipal de León, 2023).

En 2024 se registraron 130 siniestros con ciclistas, nueve de ellos mortales (Vilches, 2025).

Pero yo, ¿de qué me preocupaba? Ni tenía bici, ni la ruta llegaba hasta mi trabajo.

Bienvenido al mundo godín

Mi primer día de trabajo llegué en Uber. Al bajarme, pude vislumbrar lo que era la famosa “Antorcha”. A un costado se encontraba Puerta Bajío, un moderno conjunto de usos mixtos al noroeste de la ciudad, donde se ubicaban las oficinas corporativas. La zona estaba poco densificada: a su alrededor había un hotel Hyatt, un Walmart, algunos condominios de vivienda seriada y algunas escuelas; fuera de eso, los servicios y la infraestructura peatonal eran limitados. Junto al edificio de oficinas había otro de departamentos nuevos y, en la planta baja, locales comerciales: un Starbucks, un gimnasio Anytime Fitness, un Domino’s Pizza, un restaurante fino, un par de bancos y, para mi sorpresa, una pequeña librería Gandhi. El resto del complejo aún estaba vacío. En resumen, un clúster inmobiliario y comercial que buscaba consolidarse.

Puerta Bajío, León, Guanajuato.  Ubicación satelital (Google Earth, © Google, 2025) y fachada del conjunto (2025).

Puerta Bajío, León, Guanajuato. Ubicación satelital (Google Earth, © Google, 2025) y fachada del conjunto (2025).

Al piso de las oficinas se accedía a través de un moderno elevador. Pasando la recepción, había una gran sala con escritorios tipo caballeriza rodeada de oficinas privadas de cristal esmerilado: un escenario godín en todo su esplendor. Con ello sentí un augurio que terminó siendo real: registro de asistencia con huella biométrica, ir vestido con camisas de la empresa, horarios de comida, traer tu propio lunch, la colecta para los festejos cumpleañeros, los chismes cafeteros, etcétera.

Y bueno, ser godín no significa algo negativo. Hoy en día podría tener una connotación “peyorativa”, pero es la realidad inevitable de muchos de nosotros, y que también tiene su encanto. De eso precisamente quiero contarles: del compañerismo y la convivencia en ese ambiente que se permeó más allá de la oficina y llegó hasta los asientos del automóvil, con personas que, en distintos momentos, se convirtieron en protagonistas de mi día a día y marcaron los capítulos de mi experiencia en León.

Carlos

Poco a poco me fui acostumbrando al trabajo, y mucho fue gracias a Carlos, mi jefe directo, gestor de proyectos. Yo entré como auxiliar de proyectos y, al inicio, estaba nervioso: aún era muy verde en eso de la construcción y mis actividades incluían de todo — catálogos de conceptos, presupuestos, cotizaciones, cuantificaciones — lo cual para mí era un gran reto comparado con trabajos de diseño. Pero Carlos siempre confió en mí y me guió paso a paso. Además, era alguien que se preocupaba genuinamente por todos y nos hacía reír con sus ocurrencias. Tuvo un rol especialmente importante porque me presentó a todos en la oficina, incluida Doris.

Doris

Doris trabajaba en el área administrativa, encargándose de los cierres de compras y del control de ingresos y egresos. Su carga de trabajo la obligaba a quedarse hasta tarde, y como mi área también requería quedarnos horas extras recurrentemente, terminábamos casi a la misma hora. Al inicio, Carlos le pidió si podía darme un “aventón”, ya que le quedaba de pasada el periférico, y Doris accedió muy amablemente. Comenzó a pasar por mí todas las mañanas y a regresarme al salir de la oficina; a veces yo tenía que esperarla y otras, ella a mí. Conducía un Chevrolet Spark verde y, aunque pequeño, sí que era veloz.

No pretendo romantizar la resiliencia de muchas mujeres en la misma situación de Doris, pero no dejaba de ser admirable: mamá soltera, siempre resolviendo asuntos familiares, muy disciplinada y cumplida en su trabajo, y además emprendía otros negocios personales. Sabía que darme aventón podía representarle un compromiso adicional y aun así lo hacía.

Italia

Un mes después, me salí de la casa de mis tíos y empecé a rentar un pequeño departamento en Hidalgo del Valle, un conjunto de edificios multifamiliares que me gustó por su ubicación: Blvd. Miguel Hidalgo, casi con la esquina de Blvd. Juan Alonso de Torres (conocido como Bulevar Las Torres). Había una placita moderna enfrente y otra más antigua con mercado cerca. Algo que me emocionó fue que tenía una ciclovía y una estación de las Orugas justo enfrente.

A finales de los 90, León buscó estar a la vanguardia mediante la transformación de su transporte público, comenzando a planear Optibús, también conocido como Las Orugas, con el objetivo inicial de reestructurar el 35% de los servicios de transporte público en la ciudad. Optibús fue el primer BRT de México, enmarcado dentro de un sistema integrado de transporte (SIT), e inaugurado en septiembre de 2003 (World Resources Institute, s.f.).

Estación de Optibus y ciclovía enfrente del conjunto habitacional “Hidalgo del Valle” (Captura tomada desde Google Street View, Blvd. Miguel Hidalgo, León, Gto. © Google, 2025)

Estación de Optibus y ciclovía enfrente del conjunto habitacional “Hidalgo del Valle” (Captura tomada desde Google Street View, Blvd. Miguel Hidalgo, León, Gto. © Google, 2025)

Llegué a utilizar estas Orugas de carril exclusivo para ir al centro — una verdadera monada — muy cómoda y funcional. Sin embargo, me desilusioné al investigar las posibles rutas hacia la Antorcha y otros de mis destinos de interés, ya que descubrí que esta estación no me iba a conectar realmente, y que tenía que tomar un bus que saliera desde la Terminal San Jerónimo, que me quedaba a 20 minutos caminando — no era tanto — pero ahora tendría que madrugar más de lo que pensaba ¿Había alguna otra alternativa?

A Doris ya no le quedaba de paso mi nuevo entorno, pero por suerte estaba también Italia, ingeniera del equipo de construcción, quien desde el inicio me hizo sentir cómodo y me enseñó muchas cosas, entre ellas el uso de la herramienta administrativa Opus. Entre explicaciones y charlas coloquiales, me platicó que ella pasaba a diario por el Blvd. Las Torres, así que se ofreció a estar pasando por mí ahí y a regresarme al salir de la oficina. Yo ofrecí darle un monto simbólico semanal para la gasolina.

Esta dinámica me permitió empezar a aprovechar una prestación de la empresa: un descuento en el gimnasio Anytime Fitness, que hasta entonces no podía usar porque, si entrenaba al terminar la jornada, ya no tenía cómo regresar a casa. Italia ya lo aprovechaba, pero por las mañanas.

Para llegar al gym con Italia a las 7:00 a.m., tenía que estar tempranito en el punto donde siempre me recogía. Era padre tener una compañera de entrenamiento: hacíamos ejercicio y después nos arreglábamos ahí mismo para estar puntuales; lo bueno era que solo era cuestión de subir por el elevador. Aunque al principio me dio flojera, logré adaptarme a esa rutina, pero justo cuando lo hice, ella empezó a tener dificultades para ir, así que dejamos de entrenar. Aun así, seguimos yendo juntos al trabajo.

En los trayectos, la conversación no paraba; hablábamos de muchos temas, entre ellos, sus hijas; estaba muy orgullosa de ellas y era una súper mamá. Además, su sentido del humor y risa contagiosa me llenaban de vida en una jornada que me oprimía por el tipo de actividades tan técnicas.

Un día cualquiera en la oficina (2019)

Un día cualquiera en la oficina (2019)

Claudia

Con el tiempo, Italia ya no siempre podía pasar por mí, así que empecé a irme en autobús. Resultó que no solo debía llegar hasta la Terminal de San Jerónimo para tomarlo, sino que, además, si quería evitar múltiples transbordos, solo había un camión de ida hasta La Antorcha, a las 7:45 a.m., y uno de regreso, por ahí de las 6:30 p.m. Eso acotaba mis horarios de llegada y salida.

Para llegar y hacer fila en San Jerónimo tenía dos opciones: ir a pie o tomar una Oruga que me acercara. Generalmente elegía caminar porque la “opción más cómoda” implicaba riesgos de retraso por el tráfico y los tiempos de espera en las paradas. Lo bueno es que me servía de ejercicio y aprovechaba para comprarme un juguito en el camino. Una vez en el bus, el recorrido era largo, ya que pasaba por varios puntos de la ciudad para recoger a todos los que se dirigían a la misma zona, así que siempre se llenaba.

El Sistema Integrado de Transporte (SIT) de León combina rutas troncales, alimentadoras y auxiliares que confluyen en las terminales de transferencia. Las rutas convencionales, en cambio, siguen su propio recorrido conectando colonias de manera independiente (Ayuntamiento de León, 2025). De este modo, moverse por la ciudad a veces implica varios transbordos o trayectos largos,

Generalmente llegaba a tiempo, pero el regreso ya era más complicado. La hora a la que pasaba el bus era muy impredecible, y en esa zona no se sabía con certeza cuáles eran las paradas; en León, muchas de ellas son solo una placa simbolizada en un poste o pared, y a veces ni eso — uno solo lo descubre al observar a un grupo de personas esperando — . Si es hora pico, con el sol a todo, caminar hacia otra parada más agradable puede significar perder el bus justo en ese intervalo. Y ni hablar de los nombres de las rutas: nomenclaturas confusas. En muchas ocasiones solo me queda confiar en que me subía al bus correcto.

Paradas de autobuses sobre Blvd. Hilario Medina (2025)

Paradas de autobuses sobre Blvd. Hilario Medina (2025)

En un periodo en que me tocaba sacar muchas copias e impresiones para un concurso de obra, hice muy buen vínculo con Claudia, cuyo escritorio estaba junto a la fotocopiadora. Era muy alivianada y tenía un humor sarcástico pero agradable. En una de nuestras pláticas resultó que ella vivía en una colonia cercana a la mía y también que ya le daba ride a Marce, otra compañera de mi equipo, así que me sumé al carpooling. Solo debía llegar a su casa, aunque aún tenía que tomar un bus hasta allí. Las idas al trabajo se volvieron muy amenas: siempre platicando de todo, cosas buenas y malas del trabajo, y compartirlo ayudaba a liberar un poco el estrés.

Ana

En el trabajo nos daban dos horas de comida; la mayoría podía ir y regresar a sus casas en sus autos, pero para mí, sin esa posibilidad, representaba tiempo muerto. Afortunadamente, varias veces el equipo nos íbamos juntos a comer, pero también había días en que me quedaba solo y debía bajar a buscar algún restaurante cercano; había tres a la redonda: uno de comidas completas, el Domino’s Pizza y el de cortes finos.

Muchas veces no me daba tiempo de desayunar ni de cocinarme algo, y además mi refrigerador se la pasaba descompuesto. Pero hubo alguien que me salvó de pasar hambre: Ana. Ella era la chica que hacía la limpieza, pero además muy lista; tenía un negocito de contrabando. Ana nos vendía a escondidas unas tortas buenísimas — de huevito con chorizo, con jamón, de chicharrón — y a un módico precio. Había que ir al cuartito de insumos y limpieza para comprarle y comer, porque aaah… “a los licenciados no les gusta que apeste a comida”, se decía.

Siendo una empresa mediana, me confrontó el hecho de que no tuviéramos un espacio con algunas mesas para comer, mientras el dueño tenía toda una oficina ejecutiva, una sala de juntas y una amplia terraza que, juntas, sumaban casi la misma área hacinada para sus empleados. Era una empresa chapada a la antigua, con jerarquías visiblemente marcadas.

La oficina donde trabajábamos y el cuarto de insumos (2019)

La oficina donde trabajábamos y el cuarto de insumos (2019)

A Ana le gustaba estar en todo, y no solo se encargaba de la limpieza, sino que además se encargaba de organizar los festejos de cumpleaños, juntando la cooperacha y consiguiendo lo necesario por su cuenta. Alguna vez le ayudé a subir un pastel desde el estacionamiento y me sorprendió mucho — desde mi concepción psicoculturalmente clasista — ¡Que tuviera carro propio!

Así debería ser la equidad social: una realidad donde tener un carro no sea un lujo, donde usar el transporte público no sea un símbolo de pobreza y donde las oportunidades sean parejas, sin importar el rango social, la profesión o el oficio. Aunque bueno, en el caso particular de Ana, creo que tuvo más que ver con la vocación motorizada de la ciudad y su estrecha relación con la industria automotriz.

De acuerdo con la Secretaría de Finanzas de Guanajuato, el padrón vehicular de la ciudad de León es de 658,851 autos según el último registro de noviembre de 2021. Acorde al Censo de Población y Vivienda 2020, el municipio tiene 1,721,215 habitantes; es decir, existe un automóvil por cada 2.6 personas, una tasa de motorización elevada para su tamaño (Rivas, 2021).

Y no solo el automóvil ha crecido. Según el INEGI, Guanajuato ocupa el cuarto lugar nacional en número de motocicletas. En los últimos cinco años, León registró un incremento del 41.7% en su padrón de motocicletas.(Ávila, 2025)

“León alcanzó un padrón de 154,598 motocicletas en 2024” (Ávila, 2025). Familia en moto, retratada desde un carro (2025)

“León alcanzó un padrón de 154,598 motocicletas en 2024” (Ávila, 2025). Familia en moto, retratada desde un carro (2025)

“…este fenómeno responde, en gran medida, a las deficiencias del sistema de transporte público, lo que ha llevado a miles de ciudadanos a optar por la motocicleta como medio de transporte económico y accesible.” (Ávila, 2025)

José Alberto

Tiempo después, regresó Beto a la oficina, también del área de construcción. Yo había estado usando su escritorio y ahora lo compartiríamos. No habíamos convivido mucho porque él había estado haciendo trabajo de campo. Al ser vecinos de escritorio y platicar más, resultó que también era mi vecino residencial: vivía en el mismo complejo multifamiliar que yo. Además, esa coincidencia no podía ser más favorable, pues le prestaban una pick-up de la empresa. Y bueno, como era de esperarse, empecé a irme con él todos los días. Fue lo más cómodo para mí hasta el momento: no tenía que madrugar, ni caminar, ni tomar ningún bus.

Según un estudio elaborado en 2022, el tiempo promedio que un usuario de transporte público invierte en su traslado es de aproximadamente 78.8 minutos. En cuanto a las opciones de viaje:

  • 45.04% utiliza el transporte público porque no tiene otra alternativa.
  • 24.56% puede trasladarse en taxi o Uber.
  • 11.12% puede hacerlo en bicicleta.
  • 4.48% tiene opción de ir a pie (Ayuntamiento de León, 2022).

Basta con esperar bajo el sol o caminar por banquetas inexistentes para entender.

De camino, Beto me platicaba también sobre su familia; se veía que era un papá muy cercano, aunque también muy comprometido con su trabajo, al grado de que yo notaba que el estrés parecía afectarle en su salud. Conmigo fue igual de presente, casi paternal. Siempre se preocupaba por mí y me explicaba con mucha paciencia.

Con su regreso a la oficina — y una camioneta más a disposición — empezaron a delegarme actividades de campo. En un par de ocasiones incluso me prestaron la pick-up para ir a hacer unos levantamientos en el zoológico de León. Esas veces las sentí como un respiro, un momento de libertad y empoderamiento: conducir por la ciudad sin depender de nadie y trazando mi propia ruta. Fue padrísimo. Ahí me di cuenta de lo distinto que se vive León cuando se tiene un vehículo.

Los Hilarios

Unas semanas después, Beto dejó de poder llevarme a diario, pues tenía otros compromisos. Esos días no me quedaba de otra que tomar un Uber, sobre todo porque las juntas mañaneras se habían vuelto más frecuentes — ya imaginarán las cuotas de la app por llevarme hasta allá — .

Pero no solo las juntas eran más seguidas; uno de los proyectos en los que trabajábamos consistía en unos invernaderos en una zona agropecuaria de Silao, y ahora me pedían ir casi diario a revisar temas de diseño y levantar planos as-built. Ahí, en campo, siempre habían estado “los Hilarios”: un arquitecto y un ingeniero que, aunque no eran familia, casual e — hilarantemente — se llamaban igual y trabajaban muy de la mano. Ahora me iba a tocar colaborar con ellos.

Me tenía que levantar por ahí de las 6:00 a.m., arreglarme y desayunar algo sin mucho apetito. Veía el mensaje de Hilario avisándome que ya había llegado; salía todavía a oscuras; cruzaba el Blvd. Hidalgo y me subía atrás, en la caja de la troca. Generalmente iban también otros trabajadores. Yo siempre iba bien abrigado y aprovechaba para echarme otra pestañita en el trayecto; en ocasiones también iba contemplando el cielo o platicando con los demás.

El camino duraba poco más de hora y media. Y aunque Silao estuviera relativamente cerca, el destino eran los invernaderos, a los que se llegaba tras una larga ruta de senderos de terracería. Algo lindo de esa experiencia era ver el amanecer entre los campos de cultivo y respirar el olor del rocío matutino. El gusto me duraba poco porque enseguida había que empezar a chambear. Si bien había que revisar algunas cosas en obra, mi trabajo se concentraba mayormente en pasar horas dentro de una traila, sin aire acondicionado, con más de diez moscas zumbando alrededor, modificando planos técnicos y tediosos en AutoCAD.

Fragmentos de mis días en campo, entre invernaderos y cultivos de Silao (2019)

Fragmentos de mis días en campo, entre invernaderos y cultivos de Silao (2019)

Para las 3:00 de la tarde yo ya moría de hambre y no llevaba más que unas galletas. No había ni un solo lugar donde comprar comida; solo alrededor de las 5:00 p.m. pasaba una señora en moto que vendía papitas preparadas, y eso terminó siendo mi comida diaria. ¿Por qué no llevaba yo mi comida? Porque todos los días partíamos de regreso por ahí de las 7:00 p.m., siempre esperando a que todos acabaran para poder irnos. Me dejaban en mi departamento en León cerca de las 8:15 p.m. Llegaba siempre muy cansado. Me limitaba a comprar una pizza del Oxxo, una hamburguesa o un tamalito de la calle — que me sabían a gloria — y me iba directo a dormir.

Esa rutina diaria me llevó a un burnout insostenible. Eventualmente, en un estado de cansancio meditativo, que derivó en un momento de epifanía y amor propio, tomé la sana decisión de renunciar.

Ya era hora de tomar el volante

¿Hasta qué punto es sana la cultura del esfuerzo y el mérito? ¿Por qué sentí que tenía que ajustarme a un trabajo con malas condiciones y horas extras no pagadas? Y lo peor, ¿por qué me sentía culpable? Sobre todo cuando veía que compañeros como los Hilarios se habían adaptado a un jale extenuante y malpagado. ¿Tenía que aguantarme y no quejarme como gesto de compañerismo? ¿Era acaso parte de la “generación de cristal”? Estas y otras preguntas me invadieron cuando dejé mi trabajo, como una punzada de gaslighting autoinfligida.

Hoy, después de seis años y muchas más experiencias, me doy cuenta de que el problema no era yo: el problema era sistémico. Muchas empresas con modelo neoliberal en México se han aprovechado de la necesidad de la gente, al grado de alimentar una cultura laboral rota e injusta. Está claro que circunstancias, como por ejemplo, el transporte, no son su completa responsabilidad, pero tampoco pueden esperar un buen desempeño si no existen condiciones más humanas en términos de ubicación, horarios, prestaciones, instalaciones… Todo eso influye.

La riqueza de ir acompañado

Cuando las condiciones urbanas son desafiantes y los esquemas laborales desfavorecen a la clase trabajadora, los mexicanos hacemos lo que mejor sabemos hacer: salir al quite y apoyarnos mutuamente. Quizás León no me encantó como ciudad, y probablemente mi experiencia se opacó por no vivirla a través de un auto, pero me quedo con algo mucho más valioso: la gente. Carlos, Doris, Italia, Claudia, Marce, Ana, Beto, los Hilarios y muchas otras personas extraordinarias que también fueron parte. Sin esa red que me apoyó, me cuidó, me hizo reír, — ¡y me dio ride! — no habría podido sobrellevar esa vida.

“Sin esa red que me apoyó, me cuidó, me hizo reír — ¡y me dio ride! — no habría podido sobrellevar esa vida.” Foto instantánea con mis compañeros de trabajo (2019)

“Sin esa red que me apoyó, me cuidó, me hizo reír — ¡y me dio ride! — no habría podido sobrellevar esa vida.” Foto instantánea con mis compañeros de trabajo (2019)

Esta experiencia de ganarse la vida sin la facilidad de un carro propio es algo que vive alrededor del 67% de la población en México, según estimaciones con base en el Censo de Población y Vivienda del INEGI (Milenio, 2020). Yo, que he tenido la oportunidad de estudiar, viajar y probar diferentes medios de transporte — a elección —, tengo ahora referencias y la plena conciencia sobre derechos universales como para dar mi testimonio. Pero incontables, resignadas y silenciosas deben ser las historias parecidas y seguramente más adversas— .

“El 32.5% de la población en México utiliza el camión, combi, taxi o colectivo para ir al trabajo” (Milenio, 2020). Transporte público en Blvd. Hilario Medina (2025)

“El 32.5% de la población en México utiliza el camión, combi, taxi o colectivo para ir al trabajo” (Milenio, 2020). Transporte público en Blvd. Hilario Medina (2025)

No deberíamos normalizar la ineficiencia de servicios básicos como el transporte público, pero mientras eso mejora, el carpooling es una buena alternativa. El problema es que muchos aspiramos — o ya adoptamos — una cultura no sostenible de confort; una rutina individualista basada en “ir a donde yo quiera, cuando yo quiera”.

Y sí, lo entiendo: había días en que algunos compañeros no estaban de humor para llevarme (y eso que les cooperaba para la gasolina), tal vez porque querían manejar solos, escuchar su música o desviarse de la ruta. También era incómodo para mí tener que ajustarme a los tiempos de los demás o vivir con la incertidumbre de no saber con quién regresaría a casa. Pero era parte de los sacrificios que tenía que hacer, considerando que era mi mejor opción.

Entiendo que el carpooling formal implica turnarse los días entre un grupo, pero para mí esta experiencia fue una gran aproximación. Fueron casi seis meses de traslados compartidos que fortalecieron vínculos, rompieron la rutina y amenizaron mis días. Quienes repiten sus trayectos solos en sus carros pueden gozar de comodidad, pero se pierden de una riqueza humana extraordinaria: esa que también se vive en el transporte público, entre caras distintas y conversaciones ajenas que estimulan la vivencia del día a día.

La ciudad que calza, pero no camina

Sin duda, León es pionera en temas de movilidad. Pero por su configuración urbana — expandida e industrial — , es ilógico esperar que funcione con menos autos como lo podría hacer una ciudad densificada. Lo que sí se puede — y se debe — es seguir fomentando una cultura más amigable con quienes no tienen coche, y ceder terreno — o, en este caso, ceder vía — a la movilidad multimodal.

“En la población en general vemos muchas quejas, por ejemplo, cuando se hace una ciclovía. Esto es porque no se percibe el beneficio que trae el tener una ciclovía. Lo mismo pasa cuando se confina un carril para el transporte público, pero muchos dirán que quitan un carril para el auto” (González, Y. 2024).

Sé que, para muchos leoneses, la infraestructura vial de su ciudad — la ciclovía, el Optibús, los pasos a desnivel — es un motivo de orgullo, y con justa razón, pues ha sido un precedente en el país. Pero el privilegio puede separarnos de una realidad que no palpamos. Aún queda mucho por mejorar, y aunque organismos como el IMPLAN y el Ayuntamiento ya impulsan proyectos estratégicos para lograrlo, no bastará si no se transforma desde lo sistémico: si el gobierno no refina sus políticas, si el empleador no mejora las condiciones laborales, si el desarrollador no deja de expandir la ciudad, si el automovilista no se empatiza.

Referencias


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